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El horizonte desde Milán

lunes, abril 21st, 2008

Al coronar la cima del puerto, Renzo vio aquella gran máquina del Duomo sola sobre el llano, como si no estuviera en medio de una ciudad, sino que surgiese de un desierto; y se detuvo, olvidando todos sus problemas, a contemplar de lejos aquella octava maravilla de la que tanto había oído hablar desde niño”.  

Así, hace casi dos siglos, describía Manzoni, en Los novios, la vista de la catedral de Milán desde las colinas que ascienden hacia los Alpes.  

Vine hace dos años, siguiendo el hilo de una relación sentimental. No fue fácil tomar la decisión, a pesar que desde siempre me ha gustado viajar y me considero una persona bastante cosmopolita. Sin embargo, en aquellos días de verano tardío me pareció que estaba cambiando mis horizontes para siempre, y aunque la llanura de cambiante azul que se abría por detrás del Monte do Boi, en Baiona, parecía hecha para la mera contemplación, lo cierto es que ejercía en mí un fuerte magnetismo al que me costaba escapar. 

Aquí en Milán los horizontes no se dejan ver a menudo, cubiertos seis o siete meses al año por una obstinada y gélida neblina que apaga los colores de las cosas, ya de por sí mortecinos en los crudos inviernos del valle del Po.  

En este país el invierno dura ya varios años. Y es que, después de haber sido una de las primeras potencias del mundo, gracias a un ascenso meteórico que la llevó de la del año cero de Roma città aperta a proclamar en los ochenta el sorpasso al Reino Unido; ahora se encuentra sumido en una crisis económica, social y política que devora a dentelladas el optimismo del pasado. Esta situación ha acentuado el perfil conservador de una sociedad donde nunca ha dejado de gravitar el peso de la iglesia y la influencia de la mafia en todos los niveles de la vida política y social, a lo cual hay que añadir el carácter fatalista de una parte de los italianos, que no siempre puede contrarrestar su natural alegría y sentido de la iniciativa.  

En vísperas de las dos jornadas electorales, que como siempre prometen cambiarlo todo para que todo siga igual; la sensación es que esta es, hoy por hoy, una sociedad más conservadora que la española: se observa en algunos detalles banales, como que los alumnos de secundaria siguen tratando de usted al profesor, a pesar de que no dejan de aumentar en los últimos años los casos de violencia en las aulas y los propios profesores no gozan de una gran consideración social; donde la sociedad en general es bastante formal y observadora de normas rituales, aunque sistemáticamente se salte aquellas registradas en el código civil. Un país donde es difícil recibir cualquier tipo de ayuda si no se está casado, y donde los matrimonios civiles y los divorcios siguen estando mal vistos por mucha gente. Un país, donde cuarenta y ocho horas después del hecho inédito de que las protestas de un grupo de alumnos y docentes hubieran abortado la visita del papa Ratzinger a la Universidad de Roma, bastó una reunión del Papa con un pequeño número de diputados aliados del gobierno de Prodi para hacer caer el gobierno a la semana siguiente.    

Un país donde el sur es muy sur y el norte es muy norte, y después de ciento cuarenta años de unidad aún no parecen conocerse entre sí y desde luego no han cerrado el abismo económico y cultural que los separa. En estas condiciones, el racismo entre los propios connacionales es una realidad que se escribe con mayúscula, y con respecto a los llamados “extracomunitarios” la situación es mucho peor. Baste decir que el líder de la secesionista Liga Norte ha propuesto hundir las pateras de los inmigrantes a golpes de cañón, disparando a matar siempre que fuera posible.

Un país orgulloso del Made in Italy y la excelencia, que cuida ante todo la imagen y está orgulloso de vestir la propia ropa, un país donde te miran raro por mezclar vino con coca-cola o caminar por la ciudad con calzado de montaña. Un país incapaz de levantar cabeza ante la competencia con China, incapaz de dejar de ser rabiosamente complicado y leal a la belleza más refinada, un país que se hunde pero donde el cuarteto de cuerda no deja de tocar.

Un país donde, a pesar de la omnipresencia de los sindicatos, no existe un salario mínimo interprofesional y cuenta con los salarios más bajos de toda Europa; con ciudades como Milán, donde el mercado del alquiler es un infierno para muchas familias, que aúna las cifras más bajas de construcción de vivienda de protección oficial y el mayor número de viviendas vacías. Una sociedad tremendamente corporativizada, donde casi cualquier actividad laboral tiene su colegio profesional, convertidos en lobbys de intereses a menudo inconfesables. Un país donde un diputado en el parlamento puede llegar a cobrar 32.000 euros al mes. Un país donde la mafia es la primera actividad económica por volumen de mercado, muy por delante de la FIAT o cualquiera de las multinacionales que operan en el territorio.Un país que en lo político y en todo lo demás, no promete cambios a corto plazo, y donde la gente se encuentra cada vez más desmoralizada, sin lograr entender las causas de su decadencia, mientras sigue con más fervor a oradores surgidos del mundo del espectáculo: personajes como Beppe Grillo, que predican la antipolítica y han instarurado el “Vaffanculo Day” (“Día del a tomar por culo”). Un país donde el mismísimo invierno ya no es lo que era, ni siquiera aquí en Milán, ni siquiera en lo meteorológico. 

Sin embargo en algún momento de esta época incierta, el sol se asoma y la primavera irrumpe sin avisar. Entonces, el gris de los edificios, tiznado por décadas de crudeza industrial y cicatrizado de graffitis, se enciende con el característico amarillo milanés (nosotros lo llamaríamos amarillo huevo); la vida estalla en los cortile (patios) de las casas de ringhiera (similares a las madrileñas corralas); la niebla abandona las aguas oscuras de los navigli, los canales que enlazan el vecino Ticino con la Darsena de Milán, en tiempos uno de los mayores puertos de Italia;  al tiempo que el acero helado de las vías del tranvía, la siniestra oscuridad de las calles y esos tonos ferruginosos de los viejos portones se ven disipados por la fuerza del verde que brota de los árboles, el bullicio que inunda las calles y la rotundidad del cielo azul. Entonces, el Duomo, la joya gótica de Milán, gracias a la propiedad camaleónica del mármol de Carrara, cambia su aspecto blanquecino y desvaído por un rosa casi obsceno, coronado por el oro macizo de la madonina, virgen de Milán.  

Es entonces cuando al doblar la esquina del larguísimo boulevard del corso San Gottardo, lo encontramos, como una epifanía que nos sorprende perdidos en nuestra propia telaraña: como el desfallecido Renzo nos rendimos ante la vista sublime de la mayor catedral de Europa: la majestuosa silueta de los Alpes surge en la lejanía como una enorme muralla. Sus cumbres, con su madonnina de nieve, dominan el curso del Po y parecen contemplar el devenir de este viejo pedazo de tierra a lo largo de los siglos.

Y en eso estamos, esperando que el tiempo mejore. Consuela saber que, aunque a menudo no se vea, el horizonte sigue allí.