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Corrupción

lunes, mayo 26th, 2008

La he vivido en España. La he vivido en Italia. Y la semana pasada me toco vivirla en China en una forma que hasta ahora desconocía de forma directa.

Es inútil intentar aclarar si la corrupción se da con más frecuencia en tal o cuál país. Cuando en España nos creemos a salvo de semejante plaga saltan a las páginas de los periódicos noticias sobre políticos nepotistas o especuladores, o sobre redes de policías aficionados a la extorsión, de esos de la cicatriz en la mejilla y la frente de búfalo de las películas sobre la mafia de Chicago, pero en versión patria y casposa.

Y eso es, precisamente, lo que me tocó experimentar hace apenas unos días. En China, las cosas se están poniendo para los extranjeros claramente más difíciles de lo que estaban. Si antes se extendían permisos de trabajo por tres meses, ahora es poco frecuente conseguirlos de más de uno. Si los visitantes ociosos entraban en el País del Centro (eso significa Zhong Guo, China en chino) con relativa facilidad gracias a la carísima campaña de promoción turística que ha llevado a cabo el Partido los últimos años, las medidas se están endureciendo. M., mi compañero mexicano, ha tenido que escribir una carta en español y en chino y enviarla a la embajada de China en México para que su hermano pueda venir a visitarle este verano. La malísima prensa internacional –injusta en buena medida– que ha sufrido la actuación china a raíz de los sucesos del Tíbet ha metido el miedo en el cuerpo a los dirigentes. A escasos dos meses y medio de las Olimpiadas, se temen disturbios, protestas organizadas e intentos de dejar en evidencia las carencias que organizaciones como Amnistía Internacional han sacado a la palestra.

Así que los policías se dedican a ir casa por casa buscando extranjeros para que nos demos de alta en la comisaría de nuestro barrio. El otro día, en el portal de mi edificio, un agente alto, de cara roja y poco amistosa, me agarró de la manga y me pidió el pasaporte de muy malas maneras. Se lo enseñé, y me emplazó en su oficina al día siguiente para formalizar mi situación. A pesar de que no tenía nada más que decirme, me retuvo más de veinte minutos, en los que se dedicó a hojear mi pasaporte. Qué buscaba no lo sé, y me parece que él tampoco lo tenía claro. Supongo que es divertido detener la vida de alguien por un rato solamente porque le apetece a uno.

Al día siguiente, después de comer, me planto en la comisaría con el pasaporte, el Carné de Experto, el contrato de la universidad, el contrato de alquiler y el dueño de mi piso, W.B., un hombre de unos cuarenta años que hasta ahora me ha tratado mejor que bien. Nos sientan a los dos con mi amigo el madero de la sonrisa imposible, saco los papeles y empieza entre él y W.B. una conversación en mandarín que me empeño inútilmente en seguir. Al rato, W.B. se dirige a mí en chinglés y me dice que tiene que subir al segundo piso a hacer unos papeleos. Asiento y me quedo solo con el sargento cararroja. El hombre apaga un pitillo, enciende otro, revisa el pasaporte durante otros cinco minutos por si el día anterior se le había pasado algo por alto a su sagaz mirada, apaga el pitillo a medio fumar y enciende uno nuevo, me mira, me pregunta en chino cosas que no entiendo, se ríe de mala gana –¡milagro!– cuando le contesto que no sé chino, vuelve a hojear el pasaporte con muy poco cuidado, y encuentra por fin una pregunta que puedo entender.

–¿Por qué fuiste a Taiwán?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Por qué fuiste a Taiwán? ¿Entiendes lo que digo?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Te gusta Taiwán?

–Me gusta mucho.

–¿Crees que Taiwán es China?

–Sí, Taiwán es China.

–¿La gente en Taiwán creen que son chinos?

–Muchos sí lo creen.

–¿Tu novia lo cree?

Empiezo a ponerme verdaderamente incómodo. La habitación está llena de humo, la puerta cerrada, el policía adopta un tono más que insolente, el tema es muy delicado y la pregunta demasiado personal.

–Sí, ella piensa que Taiwán es China.

–No me gusta que hayas ido a Taiwán. (Silencio). No me gustan los extranjeros (utiliza la expresión Lao Wai, forma despectiva. Me echa el humo a la cara descaradamente. No sé qué decir ni a dónde mirar). Entraste en China el 4 de mayo. Tenías que venir aquí al día siguiente para avisarnos de que habías llegado. Tienes que pagar 500 yuanes (50 euros) por el retraso.

Saco el dinero, que llevo encima porque esa misma mañana he ido al banco. Se lo doy. Se ríe a carcajadas. Fuma y me mira con calma. Tarda en contestar.

–500 yuanes por cada día que te has retrasado. (Saca una calculadora). Son 8.000 yuanes (800 euros).

–¿8.000?

–Sí, 8.000. Me los tienes que dar. Los Lao Wai tienen dinero. ¿Es un problema para ti?

–No tengo ese dinero.

–¿No lo tienes? ¿No lo tienes? (Duda un momento, echa la ceniza en el cenicero). Dame entonces 4.000.

De repente lo comprendo todo. Hasta ese mismo instante me había creído lo de la multa, aunque la cantidad me pareciera excesiva, pero lo que en realidad estaba intentando el agente Nicotina era sacarme los cuartos con malas artes. Pensé que lo mejor era hacerme el loco, abusar del Tin bu tong (no entiendo) y hacer tienpo hasta que W.B. volviera al despacho. Y funcionó, a pesar de que sospecho que lo de mandarle a otra ventanilla formaba parte del paripé. En cuanto mi casero regresó con nosotros, la actitud del policía cambió. Serio como siempre, evitó mirarme lo que duró la entrevista y no volvió a mencionar el dinero. Le conté a W.B., en chinglés también, lo que me había sucedio, y él, con cara de póker, me dijo que no me preocupara: si conseguía arreglarlo de chino a chino, la mordida sería muy inferior a 4.000 yuanes.

Y así fue. La cosa se quedó en unos cuantos cartones de tabaco que W.B, a pesar de mi empeño en ser yo el pagador, dado que mía era la infracción, compró como agradecimiento a la magnífica labor del desgraciado del agente. No quiso mi amigo –porque, a partir de ahora, además de casero, es amigo– que me metiera en esas aguas. “Déjamelo a mí –me dijo–. No es asunto de extranjeros.”

La verdad, aunque la aventura haya quedado en nada, pasé un mal rato en la comisaría. Siempre es desagradable encontrase acudir a casa de la ley y que la única ley allí sea la del más fuerte. Eso no quita, cuidado, que la gran mayoría de los agentes chinos se porten como tienen que portarse. He hablado del tema con muchos extranjeros durante esta semana y soy el único que ha tenido la mala suerte de encontrarse con un corrupto con todas las letras. Por lo demás, el resto de mi experiencia en China –he visitado hospitales, universidades, aduanas y otras comisarías además de esta última– ha sido siempre inmejorable y el departamento de la universidad donde trabajo es, de largo, el que mejor me ha tratado de todos los que conozco. Si es justo que cuente lo poco malo, lo es más que recuerde lo mucho bueno. La anécdota siniestra, ya se sabe, es siempre más llamativa, pero mi trato con las autoridades del país ha sido mayoritaria y abrumadoramente positivo. Y no nos hagamos los nuevos: no hace falte venirse a China para encontrarse un sinvergüenza de tomo y lomo, que nuestro producto típico es reconocido internacionalmente y no tiene nada que envidiarle a la yakuza japonesa.

Y ustedes, los del exilio exterior y los del exilio interior, ¿han tenido alguna experiencia similar, en casa o fuera?