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Foto de Diego Wang, mi alumo concinero

viernes, junio 13th, 2008

Queridos amigos:

 

Aquí una foto de Diego Wang, mi alumno cocinero, pasando por el wok los libros de español. La hice para la columna que Beatriz Antón, de La Voz edición Ferrol, dedicó a la futura aventura de mi alumno entre los peroles patrios. Como veréis, Diego tiene un buen sentido del humor. Es un tío grande.

Por cierto, ese que lleva es el pijama en el que me recibe cada mañana para aprender español, no es coña. Algún día hablaré de la falta de pudor de los chinos que, por cierto, a mí me parece maravillosa.

Foto.

 

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Mi alumno el cocinero (cosas veredes…)

lunes, junio 9th, 2008

Tengo alumno nuevo. Llevo con él apenas una semana. Me llamaron del Insitituto Cervantes de Beijing para preguntarme si estaría dispuesto a darle un curso intensivo de 250 horas en apenas seis semanas. Tiene que viajar a España en cuestión de meses. Acepté.

El tío –Allen en inglés, aunque ha elegido Diego como nombre español– es chef en el Shangrilá, uno de los mejores hoteles de Dalian. Allí se encarga del restaurante occidental. Trabaja una media de doce horas al día por una miseria, y está feliz porque va a pasarse un año en España aprendiendo nuevas técnicas.

–¿Dónde? –le pregunto, en inglés, el primer día.

Él intenta responderme, pronunciando, en un idioma que no conoce, una palabra que no tienen ningún sentido para él:

–Abuli –dice. Y añade que cree que es a little famous.

–Ni idea –contesto. Pero Diego parece sorprendido de mi ignorancia. Se acerca al ordenador y me enseña una página web. Miro el nombre: El Bulli.

Así que mi nuevo alumno cocinero, un chaval de 28 años que duerme hacinado en una habitación con otros siete compañeros de trabajo, que gana un sueldo ridículo acambio de su esfuerzo, que nació y vive en un remoto rincón de China, se va a trabajar durante un año a otro rincón perdido del planeta, Cala Montjoi, en Roses, donde –quién lo diría– está el hoy por hoy mejor restaurante del mundo.

Así que dentro de unos meses, cuando un ajetrerado Ferrán Adriá le pida al aprendiz chino no sé qué nuevo y misterioso ingrediente para añadírselo a la cena, Diego contestará con palabras que yo le he enseñado en su cuartito de Manchuria, bebiendo el té que me ofrece cada día a las ocho de la mañana, cuando me lo encuentro en pijama y dispuesto a comerse el mundo.

¿No tiene la vida, en ocasiones, momentos sorprendentes? A mí me divierte un montón la idea de estar enseñándole a un futuro gran cocinero –quizá el primer chino en estudiar en El Bulli, qué se yo– palabras como cazo, espumadera o emplatar, que tan de moda está.

Qué cosas.