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Elogio de los palillos

jueves, julio 3rd, 2008

Comía hoy con unas italianas bobas, cuando una de ellas, llevada por la frustración de no poder coger un pedazo de pollo agridulce y viscoso con los palillos, exclamó: “¡A ver si estos chinos se civilizan y empiezan de una vez a usar cuchillo y tenedor!”

No es la primera vez desde que vivo en China que oigo afirmaciones así de categóricas en boca de un extranjero. La vida diaria en este país choca de frente con nuestras costumbre europea: escupitajos, semáforos y pasos de cebra ignorados, uñas del dedo meñique largas y amenazantes… Ya me toca bastante las narices que determinados extranjeros –no pocos, por cierto– juzguen cada pequeño detalle de la cultura china con sus estrechas mentes, y que se interesen tan poco por la idiosincrasia del país –viene solamente a aprender mandarín para medrar antes en el mundo empresarial–. Pero que se metan con los palillos, que son una de las obras cumbres del ingenio humano, que muestran un grado de civilización y refinamiento reservado a los pocos objetos verdaderamente geniales que ha creado el Hombre, me parece una desfachatez.

“Exagerado”, pensarán. Pues no exagero un pelo. ¿Qué sí? Enumeremos sin demora las bondades del palillo:

 

1. Precisión. Es cierto que aprender a manejar los palillos cuesta un poco, pero superado ese pequeño escollo se revelan como instrumentos diabólicamente precisos. ¿Quién puede pinchar un grano de arroz con un tenedor? Con un poco de práctica, es coser y cantar con los palillos.

2. Autonomía. El tenedor, en ocasiones, no es suficiente, y necesita de otro instrumento que retenga los alimentos que han de subir a sus lomos. ¿Quién no ha perseguido durante horas trocitos de comida plato a través, sin conseguir encaramarlo al tenedor? ¿Quién no se ha servido del cuchillo –o del dedillo– para poder llevarse a la boca el último bocado? Con los palillos, sin embargo, el éxito está asegurado.

3. Seguridad. El uso de los palillos cambia radicalmente la manera de cocinar y presentar la comida. En China, el único que corta es el cocinero, que para eso es el profesional. Toda la comida llega troceada al plato. Los torpes –entre los que me cuento– respiran tranquilos. Y los que frecuentan comensales con tendencia a cometer actos violentos, también: con unos palillos es más dificil ejecutar a los compañeros de mesa. Además, con un tenedor, uno se puede pinchar la lengua. Con unos palillos es imposible.

4. Silencio. Con los palillos no se hace ruido ni queriendo. ¿Cuántas veces nos hemos sentado junto a alguien que hace chirriar el cuchillo contra el plato, o que entrechoca los cubiertos como si hubiera una pelea de espadachines? Insoportable, ¿verdad? Regale unos palillos a s vecino de mesa y cambiará su vida.

5. Pulcritud. A la hora de recoger la mesa y de lavar los cacharros, los palillos ganan de nuevo a los cubiertos occidentales. Se recogen en un pispás, se limpian en un periquete y se almacenan mucho mejor.

6. Sencillez de fabricación. ¿No es más fácil hacer unos palillos que un cuchillo y un tenedor? Si usted tiene un pedazo de madera y una navaja, ¿qué terminaría antes?

 

Así que me niego a aceptar la afirmación de la inconsciente de la italiana. De dos objetos, demuestra un mayor grado de civilización el que hace la misma función con mayor sencillez y eficacia. En mi opinión, los palillos gana por goleada. Requieren, cómo no, de un periodo de entrenamiento, pero también el cuchillo y el tenedor presentan tal inconveniente. Lo que pasa es que aprendemos a usarlos de niños y no nos acordamos.

Éste es, en fin, mi elogio de los palillos. ¿Les parece que tengo razón o prefieren pincharse la lengua?