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Terremoto en China

lunes, mayo 12th, 2008

Hoy, a las 14:28, hora de Beijing (06:28 GMT), un terremoto de 7,8 de magnitud en la escala Richter con epicentro en la provincia de Sichuan ha sacudido China y los países adyacentes. Solamente en la provincia del epicentro se habla ya de entre 3.000 y 5.000 muertos y de más de 10.000 heridos, aunque se prevé que las cifras se disparen en los próximos días.

Nosotros, en Dalian, no hemos notado el temblor –para recorrer, en Europa, una distancia como la que hay entre la ciudad donde vivo y Sichuan habría que atravesar todo el continente–, y no entiendo ni hablo suficiente mandarín como para informarme en los medios nacionales. Los hispanohablantes de mi ciudad nos hemos enterado por los periódicos de nuestros países y por los emails de los amigos.

Sin embargo, se masca el nerviosismo. No pocos de los alumnos de nuestra facultad son de las provincias del sur, y están lógicamente preocupados.

En cuanto a mí, estoy triste. Triste por el sufrimiento este país en el que soy feliz, triste por mis amigos chinos. Y, por supuesto, por las víctimas. Una catástrofe natural es siempre terrible, y todos los muertos valen lo mismo, pero se siente de otra manera cuando vives en el país afectado. Hoy he descubierto, sorprendido, que estoy emocionalmente ligado a China mucho más de lo que pensaba. Espero de todo corazón que no haya más réplicas, que los muertos sean los menos posibles y las autoridades gestionen la crisis con efectividad, cosa que estoy, seguro, intentarán con todas su fuerzas.

Supongo que en estos momentos podemos echar manos de consignas y decir “hoy todos somos chinos”, pero es que hace unas semanas todos tendríamos que haber sido de Myanmar, y siempre africanos, y de tantos y tantos lugares en los que padres como los nuestros, hijos como los nuestros, hermanos y amigos como los nuestros sufren y mueren cada día, muchas veces por causas mucho menos comprensibles que un terremoto. Deberíamos pensar siempre en esa gente, y preguntarnos qué parte tomamos en ese dolor suyo. No somos culpables, claro está, de un terremoto, pero ¿no podríamos trabajar en la erradicación de ciertos tipos de pobreza extrema que magnifican los efectos de guerras y desastres naturales? ¿Y qué decir del cambio climático, que parece afectar siempre a los mismos?

Mejor voy parando, que una cosa me lleva a la otra y no sé dónde puedo acabar. Ahora les toca a ustedes informarme, si no les importa. ¿Qué se dice en España del terremoto? Toda información es bienvenida.

Y Bush y Sarkozy ¿ya le han echado la culpa a la violación de los derechos humanos?

Más sabiduría del Sanzijing

viernes, mayo 9th, 2008

Ya terminé el Sanzijing, y ha merecido la pena. Los principios morales del confucianismo son muy interesantes, aunque mi debilidad sigue siendo el taoísmo. Una de las frases que más me ha gustado es de Confucio mismo: “Estudiar sin reflexionar genera confusión. Reflexionar sin estudiar es fuente de desvaríos.”
Era un hombre observador, este Confucio. La primera parte de la frase es clara: todos nos hemos chapado la lección de naturales o de historia sin entender n-a-d-a de lo que decía. Ni una línea. ¿Cuál era el resultado? Que en cuanto una palabra de la larga cadena memorizada nos fallaba, allá iba el resto detrás, y acabábamos poniendo el aparato de Golgi en la falda de un volcán o a Gengis Khan en la batalla del Ebro.
En cuanto a la segunda parte, ¿quién no recuerda los domingos de resaca, hablando por hablar, que no pescábamos nuestros ideas inteligentes ni con trueiro, a pesar de que nos parecieran auténticas obras maestras de la lógica? Pues eso, puro desvarío.
Otra de las aportaciones interesantes de la moral confuciana es la de otorgar, por los méritos obtenidos por alguien, títulos a sus antepasados, y no a sus descendientes. Poco que decir de la sabiduría y la justicia de tal costumbre, excepto que nos hubiéramos ahorrado muchos privilegios injustos.
Por último, una frase de esas para leerla despacio, pero que da en el clavo, también de Confucio en persona:

“Quien quiera ser virtuoso y se aparte del estudio, desembocará en la estupidez. Quien quiera ser un hombre de ciencia sin estudiar, caerá en la incertidumbre. Quien pretenda ser sincero y no preste atención al estudio, acabará teniendo malas intenciones. Quien desee ser recto, pero no estudie, se volverá un temerario. Quien aspire al valor, pero no se dedique al estudio, acabará envuelto en el desorden. Aquel que ame la perseverancia pero no ame el estudio, caerá en el fanatismo.”

Atención, en particular, a la última, que alguno de esos perseverantes que no estudian existen entre nuestros políticos. Propongo que la lectura del Sanzijing se vuelva obligatoria en nuestra enseñanza secundaria, en lugar de aceptar que autores que hablen de patrias, etnias y guerras gloriosas pululen por los libros de texto. ¿Qué les parece la idea?

El juez Di

miércoles, mayo 7th, 2008

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Estoy leyéndome Los asesinos de campana china, quinto volumen de los que Robert Van Gulik escribió sobre las aventuras del juez Di.
El autor, nacido en 1910 y fallecido en 1967, fue secretario de la legación de Asuntos Exteriores de Holanda en Japón y Corea, entre otros destinos. Enamorado de China y considerado un eminente sinólogo, realizó diversos trabajos sobre arte y cultura asiática –destaca entre todos La vida sexual en la antigua China, publicado en España por Siruela y convertido en un libro de referencia–.
Sin embargo es más conocido por su producción estrictamente literaria. Basándose en la figura histórica del juez Di Jen Djieh (630-700 d.c, dinastía Ming, un poquito antes de que los árabes llegaran a la Península Ibérica, es decir, hace muuuucho tiempo), y permitiéndose algún que otro desliz histórico de poca importancia, escribió numerosas novelas de misterio. Hasta ahora he leído cinco de ellas: Tres cuentos Chinos, El monasterio maldito, El biombo lacado –la primera que leí-, Los misterios del lago asesino y Los asesinos de la campana china, que es el que me tiene en ascuas.
Los relatos de Van Gulik son literatura directa, intuitiva, pura narración. El autor se detiene poco en las descripciones, y forma los personajes con tres o cuatro rasgos que estos mantienen a lo largo de todas las novelas de manera inamovible. De poca hondura pero mucha efectividad, las tramas enganchan desde el primer momento. La ambientación, dados los conocimientos del autor sobre la época, es muy sugerente.
Es una combinación agradable para quien quiera entretenerse: personajes sencillos de los que siempre sabes qué esperar; tramas que mantienen bien la tensión sin llegar a complicarse nunca demasiado y buena ambientación.
Además, leyéndolos he aprendido cosas interesantes, como la manía que les tenían los confucianos puros, orgullosos de seguir una tradición netamente china, a los budistas, por aquel entonces meros advenedizos, seguidores de una moda extranjera que son descritos como místicos alucinados fuera de toda mesura o maleantes que ocultan bajo sus hábitos intenciones poco edificantes (en dos de los relatos son directamente los malos). El juez Di siempre observa, consternado, cómo los hombres de negro, como los llama, van acaparando influencia en la corte.
Por último anotar que acompañan al texto las ilustraciones del propio autor, esquemáticas pero muy curiosas. Los dos dibujos de esta entrada pertenecen a los libros.
Si les apetece literatura entretenida, sin pretensiones, novela histórica de calidad –en estos tiempos aciagos para el género– mezclada con tramas detectivescas, encontrarán en las obras de Van Gulik lo que están buscando.
Muy, pero que muy recomendable. Háganme caso y viajen al Celeste Imperio de la mano de un escritor holandés. Por cierto, están todos en la editorial Edhasa. ¡Disfrútenlos!

Taiwán: Sutras en la montaña

martes, mayo 6th, 2008

Ya he vuelto de mis vacaciones en Taiwán. Ha sido una experiencia muy enriquecedora en aspectos que serían largos de explicar aquí, pero también me he traído de vuelta algunas fotos y anécdotas curiosas que iré colgando del blog.

Hace dos sábados, apenas dos días después de llegar a la isla, acompañé a mi novia y su familia a una excursión mañanera a la montaña. Es ésta una costumbre muy taiwanesa, por lo visto: se levantan antes del amanecer, se acercan en coche al pie de la montaña, suben un trecho y desayunan después, para volver a bajar a tiempo de realizar todas las labores diarias, digamos alrededor de las ocho de la mañana.

Y así lo hicimos esta vez. A las cuatro y media de la madrugada, toque de corneta. A eso de las cinco y cuarto estábamos subiendo. Veinte minutos después llegamos a una explanada rodeada de vegetación y llena de gente que aguardaba en cola a que unos monjes budistas les sirvieran el desayuno vegetariano que ofrecen gratis a los que se acercan a rezar al templo. Las opciones, tallarines fritos o arroz caldoso con cebolleta. Me apunto a lo segundo –es uno de los desayunos chinos que más me gustan–.

Nos sentamos a una mesa de madera a comer y a beber té, y en esto aparece un conocido de la familia. Es un hombre de unos setenta años, jubilado, y trae consigo una caja de tela y un cartapacio. Saluda amablemente, comparte un poco de té caliente con nosotros, y pronto se sienta solo, en una mesa indvidual un poco apartada, a escribir caracteres chinos con pincel sobre un inmenso papel blanco. Llevado por la curiosidad, pregunto a mi novia qué está haciendo, y me cuenta que aquel hombre se levanta cada mañana a la misma hora, sube a la montaña, escribe un fragmento de sutra budista, siempre el mismo, lo dona al monasterio como ofrenda y desayuna, satisfecho por el trabajo realizado, antes de volver a bajar al mundo para continuar con sus quehaceres de jubilado, sean cuales sean. Lo hace, dice, porque le da paz.

Y a mí, de alguna manera que no sé explicar, también me da paz que lo haga. En esas rutinan aparentemente inútiles, y precisamente por eso utilísimas, se manifiesta el viejo espíritu de Oriente, que sobrevive todavía en medio de la industrialización salvaje del Asia moderna. Es un placer descubrir estos pequeños detalles que me recuerdan la China que vine buscando y que casi siempre olvido entre los pitidos de los coches, la matraca olímpica y los mordiscos implacables del capitalismo.

Aquí dejo unas fotos que le tomé al jubilado mientras concentraba toda su atención en la escritura, como cada día, de su trocito de sutra en la montaña.

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El lejano Occidente

miércoles, abril 23rd, 2008

Me estoy leyendo un libro que os recomiendo. Se llama Nuevas cartas edificantes y curiosas escritas desde el extremo Occidente por ilustrados viajeros chinos durante la Bella Época (André Levy, F.C.E, México, 1991). Es un ensayo entretenidísimo que cuenta los primeros viajes oficiales que chinos cultos hicieron a Europa, buscando soluciones políticas y comerciales a la presión sanguinaria de los países “blancos” sobre las materias primas de Asia y, sobre todo, al problema del opio.
Estos viajeros, entre los que destacan algunos nombres como Yüan Tsu-Tchi o Tang Tingshu, dejan memoria escrita de sus experiencias.
¿Por qué recomiendo el libro? Porque está bien escrito, porque los textos chinos seleccionados son muy entretenidos, y porque nos ilustra sobre cómo vieron la Europa de la segunda mitad del XIX y principios del XX aquellos chinos a los que nosotros también observábamos con curiosidad y cierta distancia. Ahora estamos muy acostumbrados a ellos, que han llenado nuestras calles con sus tiendas y productos, pero imaginaos el revuelo que causarían aquellos primeros chinos que luego inspiraron a Fumanchú y la marca de flanes en polvo de la que se alimentaron nuestros padres. Es muy interesante poder acceder a las descripciones que alguien perteneciente a una cultura tan lejana hace de nuestra forma de vida. Para muestra, un botón:

“En Inglaterra es donde más llueve, todavía más que en Francia, aunque en un mismo día puede haber chubascos y escampar después. Sin embargo, las calles están limpias y las cunetas en buen estado: en cuanto deja de llover, camina uno sin enlodarse ni ensuciarse. Lo único es que en invierno es tal la niebla, que autos y transeúntes chocan: hay que salir tocando una campanilla; para no equivocarse de puerta, también hay que tocar antes de entrar. En esta época muchos se refugian en el extranjero o en su casa de campo, igual que en verano, cuando huyen del calor. (…)
Entre las costumbres occidentales se encuentra el amor a la limpieza. La suciedad es la peor de las cosas. Nadie desordena una mesa ni una habitación, ni usa calzado, ropa o sombrero empolvados; por ello, todos los días lavan la ropa y cambian los cubiertos después de cada alimento, igual que los platos. Consituye una grosería servirse de un plato con los cubiertos del anterior. (…)
Tampoco puede uno entrar a su antojo en la habitación de otra persona. (…) No se entra de sopetón, sino cuando le contestan a uno o le abren.
En los retretes hay un conducto de agua por el que se desalojan las suciedades. Para ello es necesario jalar una cadena y dejar correr el agua; antes que nada, hay que cuidar este punto, o la siguiente persona no dejaría de señalarlo. No está permitido escupir en cualquier lugar: hay que hacerlo en una escupidera. (…)
Como regla general hay que cederle el lugar a las mujeres, ya sea que caminen, se sienten o entren. En un banquete, si hacen como si lo rechazaran a uno, es por temor al vómito o a ser pisoteadas. No hay que hablar de su edad: no responderían (…) Tampoco conviene hablar de excrementos, de las necesidades naturales ni de otras suciedades. Si uno no cubre el piso con alfombras, si no pone mantel a la mesa, si no utiliza platos para los alimentos y si no tiene cortinas en puertas y ventanas, lo critican y ridiculizan.”

 

Y así sigue la cosa. Hablan de la belleza de las mujeres y de los hombres, de las costumbres gastronómicas, del barco, del tren, de los edificios, de la iluminación nocturna; de todo, en fin, y lo hacen casi siempre con gran exactitud. Si a alguien le interesa vernos tal como éramos, a través de los ojos de espectadores absolutamente ajenos a nuestras costumbres, éste es el libro adecuado. Yo me lo estoy pasando en grande.
Ya hablaré más adelante –quizás después de las vacaciones del 1 de mayo– de cómo ven los chinos actuales nuestro idealizado occidente moderno.

 

Un abrazo desde Manchuria.

Los alumnos chinos y el azar

sábado, abril 19th, 2008

Tras cuatro semestres enseñando expresión escrita en China he de afirmar que ser profesor en este país es fácil. Los alumnos son aplicados, obedientes y bien dispuestos. Sin embargo, tienen un pequeño punto débil: les aterroriza improvisar en el aula. Cualquiera que conozca la facilidad con la que los chinos se echan a cantar o hablar en público sin reparos se extrañará ante este hecho, pero para los alumnos chinos el aula es un espacio de estudio y sacrificio y no de esparcimiento (aunque los teléfonos móviles estén poniendo en crisis esta forma de comportamiento).
Uno de los métodos que prefiero a la hora de hacer escribir a mis alumnos es introducir en los requisitos de la redacción elementos que ellos no hayan podido prever antes de comenzar el ejercicio. De este modo, los estudiantes se ven en la obligación de echar un pulso con la lengua española y solamente cuentan con los recursos que les proporcionan sus capacidades lingüística, por un lado, y creativa, por otro. Al ejercicio de escritura se le añade el ejercicio de improvisación.

Una de mis actividades favoritas se llama “el poema de las siete palabras.” Cada alumno ha de utilizar una cuartilla en blanco y escribir una palabra en ella. Una vez hecho esto, pasan el papel a su compañero de la derecha, quien ha de escribir otra palabra sobre la hoja. El procedimiento se repite hasta que en cada cuartilla haya escritas siete palabras. Entonces, por última vez, los papeles se pasan una vez más a la derecha.
De este modo, cada alumno tiene en su poder, al terminar, una hoja con siete palabras que no ha escrito. Una vez que han buscado los significados de las que les resulten desconocidas, cada uno procederá a escribir un poema que incluya todas y cada una de las palabras que le han tocado en suerte. Para ilustrar el ejercicio descrito, expondré algunos ejemplos escritos por mis alumnos hace unos meses:

Poema de Agustín
Palabras: olivo, paloma, matar, edificio, odio, desayunar, muerte.
El edificio cayó cuando pasé a su lado, me mataron. / La muerte se me llevó la vida al otro mundo. / No tengo odio pero lo que me molesta es que no puedo desayunar más. / Porque el desayuno de mi madre es suculento… / Ojalá un día una paloma con la rama de olivo venga, / me dirija a mi propia casa de nuevo, / no sufra la vida triste en el infierno.

Poema de Gracia
Palabras: hermoso, joven, libro, chino, mirar, silla, competencia.
Los pétalos están cayendo, / volando en la lluvia y el viento. / ¿Quién todavía recuerda la competencia entre las flores / en primavera? / Al oír la lluvia caer en la ventana, / una joven hermosa mira hacia fuera, / deja el libro antiguo chino, / se levanta de la silla / y sale con una azada para flores y un paraguas, / también un suspiro suave de tristeza.

Poema de Lola
Palabras: ecuador, casa, bailar, pluma, rabo, ocho, estrella
El ecuador divide la tierra en dos hemisferios, / pero el amor los une. / La inundación convierte todas las casas en ruinas, / pero el amor las reconstruye. / Con el amor el bailarín puede bailar / la mejor danza en el peor escenario. / Con el amor el escritor puede escribir / el mejor artículo con la peor pluma. / Sin el amor todos los animales perderían sus rabos. / Sin el amor todas las estrellas desaparecerían / y yo creo que todo el mundo está de acuerdo / con estas ocho oraciones.

Poema de Rocío
Palabras: Finlandia, estrella, lotería, luna, enfermedad, cielo, morir.
Finlandia, mi patria. / Es para mí una lotería / poder ver tu cielo / tan azul y limpio, / con las estrellas, / con la luna. / Sin enfermedad, me moriré / en paz / recordando mi patria.

Poema de Marcela
Palabras: Mágico, matar, árbol, amor, lenguado, imaginación, saltar
Un árbol y un lenguado se enamoran. / Es un lenguado mágico. / Ama al árbol por su cuerpo recto, / por sus hojas verdes. / Es un árbol guapo / pero es ciego, no tiene ojos / ¡qué pena! / Menos mal que tiene mucha imaginación: / imagina la cara del lenguado, / imagina su piel, / imagina su cola y aleta. / Sin embargo / no pueden tocarse / no pueden besarse. / Un día / el lenguado decidió hacer algo para su novio. / Él saltó sobre el mar / y voló hacia el árbol. / Sí, el se suicidó / y murió en los brazos de su novio. / Antes de dejar de respirar / el lenguado dio sus ojos al árbol / como último regalo.

poema de Penélope
Palabras: Lujo, aprender, cerdo, bien, árbol, flor, lugar
Agradezco a mis padres que no me hayan criado / como a un cerdo. / ¡Huy! ¿Qué sería de mí si fuera un cerdo? / No podría aprender –eso está bien. / No podría oler las flores –eso también está bien. / No podría entender qué bonito lugar es el mundo –está bien. / Lo importante es que no podría trepara a un árbol / porque es un lujo con las piernas cortitas de un cerdo. / Pero lo puedo hacer fácilmente / porque soy un mono orgulloso.

Poema de Santiago
Palabras: Suiza, elegante, antigüedad, lápiz, sobre, nieve, abuela
En la antigüedad suiza / vivieron muchas personas extraordinarias, / sobre todo una elegante abuela / que con sus lápices de nieve / pintó un país bonito: /Suiza.

 

¿Qué les parecen? Cada vez que hago esta actividad la empiezo pensando que va a resultar demasiado difícil para los estudiantes, y cada vez me sorprendo, al corregir, de la capacidad lingüística que han adquirido en tan poco tiempo. Piensen que estos poemas los escribieron en noviembre, apenas un año después de haber comenzado a estudiar español. Y no solamente tienen una buena comprensión de la lengua, sino que además demuestran un gran sentido del humor. ¿Qué me dicen de la elegante abuela de Suiza, del mono orgulloso que agradece no haber sido criado como un cerdo, o del muerto que echa de menos los desayunos de su madre? Por no hablar de los ecos clásicos del poema de Gracia, que demuestra tener grandes dotes para la lírica.

Soy un afortunado. Cada vez me lo paso mejor en mi trabajo.

Hasta la vista, Luis

jueves, abril 17th, 2008

Quizás suene extraño, pero si me preguntan que palabras describen China para mí, entre las primeras diez aparecerían, sin lugar a dudas, México, Alicante, Japón, Dinamarca y Madrid. Son los lugares de origen de mis amigos más próximos en esta vida del exilio. Uno de ellos, Luis el madrileño, se ha marchado esta mañana a su casa, dispuesto a trabajar por unos años en la empresa de su padre.

Luis habla un chino excelente, además de dominar el francés y el inglés. Ha vivido también en Londres, París y Chicago, y su novia, encantadora y muy guapa, es tailandesa. Con menos de treinta años –anda entre los veinticinco y los veintiocho, no estoy yo muy seguro–, es todo un ciudadano del mundo. Le apasiona la cultura china, y pretende volver en cuanto pueda escapar de los compromisos familiares, a los que acude gustoso, como buen hijo, pero triste por tener que abandonar su hogar, que él considera en China.

Luis es una de estas escasas personas que echa una mano a la gente sin preguntar. A mí me consiguió piso sin apenas conocerme, y me ha ayudado cada vez que ha surgido algún problema: que si la caldera rebosa, que si tengo que pagar una factura y no sé dónde, que si se ha plantado un chino en mi casa y yo no le entiendo ni jota. Llamadita a Luis, y Luis contesta alegre y encantado de ayudar. A pesar de que me he visto con él menos que con otros amigos, le he tomado ley.

Cuando uno vive en China, tiene un trabajo-beca con fecha de caducidad y se relaciona con estudiantes y trabajadores jóvenes que caen por aquí con la intención de hacer méritos y ascender en sus empresas, está acosumbrado a ver que la gente va y viene. Con algunos se mantiene el contacto –mi querida Chiaretta, la italiana más divertida del planeta, blanca como un filete de pollo y desolada, estos días, por la victoria de Berlusconi–. Pero son siempre los menos. Uno se hace, cómo no, a las relaciones temporales, a los camaradas coyunturales, compañeros de té, clase o cerveza –no es mi caso, que apenas salgo–, y les ve marcharse con una mezcla de tristeza ligera y aceptación de lo inevitable: hoy se van ellos y mañana seré yo el que se largue de aquí como llegó, en un taxi destartalado y sin saber bien qué va a suceder a continuación.

Espero sinceramente que con Luis no pase esto. Ayer no conseguí despedirme de él, y he soñado que me lo encontraba al pie de un autobús a punto de partir, agobiado porque no podía subir él solo todas las maletas. Mi inconsciente ha querido decirme, creo, que lamento de veras no haberle dicho adiós. Este inconsciente mío, como el de todos, a veces dice cosas que yo ya sé sin su ayuda.

Le he llamado esta mañana, de camino al trabajo. Él me ha contestado desde el taxi que iba al aeropuerto. Hemos quedado en que nos vemos este verano en Madrid, y voy a hacer todo lo que esté en mi mano porque se cumpla la cita. En esta vida que llevo de relaciones fugaces uno tiene que agarrar, aunque sea por los pelos, a la gente que de verdad merece la pena.

Y con pena recuerdo hoy las charlas con Luis, las noches en el Nepalese o el Makawai –pocas, pero buenas–, el subir al undécimo piso de mi edificio y encontrármelo, con muchas prisas y la cabeza llena de pájaros, bien dispuesto, como siempre, a contar y escuchar historias, dos cosas que hace muy bien.

No pasa nada. Faltan solamente tres meses para que nos enontremos en el Foro. Y además, ¿no estamos en la era de la informática? Si algo tiene de bueno la globalización es que uno puede tener amigos, y de los buenos, viviendo la otra esquina de este mundo que, hoy más que nunca, es un pañuelo.

Sistemas educativos

miércoles, abril 16th, 2008

Dibujo en la pizarra

Las diferencias entre el sistema educativo chino y el español son notables. A veces en mi trabajo me topo con situaciones que me impresionan negativamente, pero son, con mucha diferencia, las menos. Una de las que me agradan es la diferente actitud de la mayoría de los alumnos y de sus familias.

Recuerdo que dos o tres semanas después de llegar a China, en septiembre de 2006, viví una situación que me dejó perplejo. M., mi compañera china de trabajó, que ahora completa su formación en Alcalá, me había hablado de algunos alumnos vaguetes que se iban a ver obligados a repetir curso. Un mediodía, mientras comíamos, M. recibió una llamada y se pasó un buen rato a teléfono. Al acabar me explicó que que era la madre de uno de esos alumnos de los que me había hablado, para… ¡pedirle perdón por no conseguir que su hijo estudiara más! La mujer estaba arrepentida de no haber seguido más de cerca a su hijo. Increíble para un profesor español, que lo que se encuentra de vez en cuando son papás que preguntan airados las razones de que su chaval, listo entre los listos, haya suspendido –en ocasiones incluso de malas maneras–.

En la universidad donde trabajo, por ejemplo, los alumnos son responsables únicos de la decoración y la limpieza del aula donde transcurren sus clases. Ellos barren, friegan, recogen los desperdicios y llenan las paredes de collages y carteles de aliento al estudio. A veces éstos suenan a programa socialista (¡Viva la juventud!, o China y España, hermanas, por ejemplo), pero son siempre de una inocencia sorprendente. Las clases reflejan, desde luego, el carácter de los estudiantes del cada grupo, por lo que algunas están menos limpias y bonitas que otras, pero nunca llegan a mostrar abandono. Creo que es una magnífica idea responsabilizar a los alumnos de tales menesteres: cansados estamos en nuestro país de ver niños que piensan que ensuciar es un derecho porque siempre hay alguien a que recibe dinero para recoger lo que tiran.

Ayer mis alumnos terminaron de sorprenderme. Llegué a clase y me encontré el cuadro que aparece en la foto dibujado en la pizarra. Les pregunté qué era y me respondieron que un regalo para el profesor L.

El profesor L. es un hombre que pasa de los 65, y que daba clase en otra importante universidad de China. Cuando se jubiló, le pidieron que se hiciera cargo del recién inaugurado departamento de la Universidad de Dalian. En lugar de disfrutar de su bien merecido retiro, aceptó. Y lo hizo por amor a la docencia, a la juventud y al español. Y a su gente, claro, porque en China todavía creen en eso de aportar algo al país, aunque cueste sacrificio. El profesor L. ha hecho un trabajo magnífico: en ninguno de los centros docentes donde he trabajado los alumnos aprenden mejor. El nivel es excelente y el ambiente del departamento inmejorable.

Los alumnos de segundo se van el año que viene al extranjero. Se repartirán entre España y Cuba. Son unos setenta, y el profesor L. se ha encargado él solo de la tramitación de sus documentos. El dibujo de la pizarra ha sido una forma, barata y sencilla, pero muy sentida, de agradecerle su esfuerzo.

Quizá todo esto les parezca a ustedes una ñoñería, pero cuando uno está en esto de la docencia por vocación y ve que los alumnos son capaces de valorar así el esfuerzo de un profesor, se siente motivado y feliz por haber escogido este trabajo. El detalle de los chicos me ha sorprendido tanto que he querido compartirlo con ustedes. Sé que en Galicia más de un profesor sentirá algo de envidia. Sana, eso sí.

Razones para oponerse al boicot olímpico

sábado, abril 12th, 2008

Mucha saliva, y más tinta, se está gastando en Occidente a causa de los Juegos Olímpicos de Beijing. Miles son las voces que, indignadas y en nombre de la causa tibetana, se alzan sin dudar un instante para exigir a los políticos que tomen cartas en el asunto olímpico.

Sin embargo, y después de pensarlo mucho, considero que el boicot a los Juegos no solamente sería una injusticia histórica, sino una acción absolutamente contraproducente. Por las siguientes razones:

1. La hipocresía de la medida. Hace cuatro años, cuando el COI convirtió a Beijing en sede de los Juegos Olímpicos, la situación de los derechos humanos en China era tan mala como ahora. Supongo que se escogió China como país anfitrión por múltiples razones –sería la más importante de ellas, si viviéramos en un mundo rosa en el que las Olimpiadas nada tienen que ver por la política, los logros deportivos del Gigante Asiático–, pero desde luego influyó el interés que los países occidentales tienen en dorarle la píldora a una potencia económica como la china. Si se consideraba intolerable la situación habría que haber protestado desde el principio, y no ahora que algunos de los principales protestones –aaaay, Sarkozy– viven momentos de gran impopularidad y pueden verse beneficiados por un golpe de mano efectista disfrazado de solidaridad. Creo que en esta ola de protestas hay también un deseo latente de darle a China en las narices, para que no se entusiasme. No lo neguemos, es un gesto muy nuestro.

2. La injusticia de la medida: por razones fáciles –y no tan fáciles– de comprender, los medios de comunicación europeos se han hartado de emitir imágenes de la represión policial contra los tibetanistas en países como India o Pakistán. Han puesto, sin embargo, mucho menos interés las escenas del vandalismo, injustificable a todas luces, de muchos tibetanos enervados que terminaron quemando las casas y los negocios de chinos inocentes que no tienen por qué pagar por la política de su gobierno. Se trata, simple y llanamente, de manipulación flagrante de la información y colaboración con una injusticia de tomo y lomo. China no tendrá derecho a reprimir a los tibetanos por sus creencias, pero sí lo tiene a detener y procesar a una banda de animales que ha destrozado la vida de muchas personas, llegando a matar a algunos pobres chinos que se ganaban la vida honradamente. Si nosotros esperamos de nuestros gobiernos que nos protejan de los violentos, ¿por qué pedimos a los chinos que se queden de manos cruzadas? Sin tortura ni pena de muerte, eso sí, pero que la justicia caiga sobre los asesinos, aunque tengan tan buena prensa comoen este caso.

3. Eso no lleva a otra razón contra el boicot. El gobienro chino estará en estos momentos torturando a algunos de los participantes en las manifestaciones de Tíbet, y eso es, a todas luces, inaceptable. Para muchos, es motivo suficiente para boicotear unos Juegos Olímpicos, pero… ¿Qué pasa con Guantánamo, Afganistán, Irak, y otros tantos desastres humanos en los que están implicados directamente gobiernos occidentales? ¿Dejaría Sarkozy de asistir a unas Olimpiadas en, por ejemplo, NY, por solidaridad con los presos de Guantánamo? Pues… O jugamos todos, o rompemos la baraja. Así de sencillo. Me parece muy mal que a los Chinos les tengamos en cuenta ciertas “medidas” que otros países pueden llevar a cabo sin consecuencias. ¿O son menos humanos los derechos de los presos irakíes solamente porque no se violan en terreno americano y los chinos sí lo hacen en su propia casa? Cómo gustan algunos políticos del arte del doble rasero…

4. Tampoco está bien que seamos más papistas que el papa. Mientras los protibetanos del mundo piden el boicot sin concesiones y el aislamiento internacional de la República China, el Dalai Lama, líder espiritual y terrenal en el exilio de Tíbet, pide moderación y apoyo a los Juegos, además de amenazar con dimitir si la violencia continúa. Sigamos su ejemplo y bajemos la voz. Siempre es más efectivo el diálogo que el insulto. ¿O es que ahora es Richard Gere quien lidera el movimiento independentista tibetano?

5. La ineficacia de la medida es otra de las razones que me lleva a oponerme al boicot. ¿Qué creen que sienten los chinos  –ya humillados por el colonialismo occidental hace siglos– cuando ven que un mundo que se abría a ellos para dejarles sitio, un mundo que infringe las mismas normas cuya violación ahora les echan en cara interesadamente, grita pidiendo que se anulen los Juegos Olímpicos, que son su puerta a la vida moderna, su puesta de largo ante el mundo occidental, la demostración de lo que son capaces de hacer? En mi opinión las Olimpiadas son una oportunidad única para que China acelere una apertura que ya es patente hoy en día, para que la convierta en una promesa en firme, en una línea de comportamiento definitiva hacia la libertad de expresión y la democracia. El boicot, sin embargo, puede provocar lo contrario de lo que pretende. Dejarles con la miel en los labios, premiarles con los Juegos y quitárselos a unos meses de su celebración serviría de excusa a los más radicales y decepcionaría a los moderados y aperturistas.

Luchar contra la violación de los derechos humanos es una cosa, y el boicot otra muy distinta. Quizá la protesta honrada sea la motivación de muchos de los que lo apoyan, pero cuando los gobiernos occidentales participan es muy difícil creer en la pureza de intenciones. Que boicotee el gobierno alemán a Bayern por auspiciar, a cambio de la explotación de las minas de tántalo, una guerrilla que devasta el centro de África desde hace décadas; que España investigue el deterioro del entorno de las tribus amazónicas causado por Repsol; que en Bégica esclarezcan de una vez lo que su rey Leopoldo hizo en el Congo.

¿China hace mal las cosas? Sí. Pero muchos otros países también, y a ellos no se les castiga en nombre del Bien de la Humanidad. Para que hablar –quizá en otros artículos– de la maldad inherente a organismos transnacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Todos tenemos defectos que mejorar, y creo que la celebración de los Juegos Olímpicos es una buena oportunidad para que China trabaje en los suyos.

Por todas estas razones, creo que no es justo, honrado ni efectivo boicotear los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

La sabiduría del Sanzijing: reflexiones sobre patrias

viernes, abril 11th, 2008

Estoy leyendo el Sanzijing –Clásico de los tres caracteres, significa–, que es un libro escrito por Wan Yinglin durante la dinastía Song del Sur (1127-1279). La intención del autor fue la de reunir en un breve texto la filosofía educativa de la corriente neoconfucianista, además de nociones de historia china.

 

El neoconfucianismo convirtió en una de sus discusiones centrales la de la bondad innata de los seres humanos, y fueron muchos los filósofos que ofrecieron sus propuestas: el ser humanos es bueno en esencia, o es malo, o no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Wang Yinglin se decanta por la primera posibilidad, la del optimismo: somos buenos, sí, desde nuestro nacimiento, pero la falta de educación, dice, puede hacernos olvidar la bondad de nuestra primera naturaleza. Todo su pensamiento al respecto se resume en la primera frase del manual. Tengamos en cuenta que eran frases diseñadas para que los niños las repitieran en alto hasta memorizarlas, y que, aprendidas en la más tierna infancia, formaban parte del bagaje cultural del individuo para siempre jamás. Dice:

 

“Los seres humanos en su origen son de una naturaleza esencialmente buena. Esta naturaleza nos acerca. Las costumbres nos separan.”

 

Sencillo: somos bondadosos, y esta naturaleza nos une: no hay pues, diferencias entre los seres humanos. Son las costumbres, buenas o malas, las que crean las divisiones, las que nos hacen diferentes unos de otros. Es decir, no nos distingue el dinero, o la clase social, o las fronteras, sino las acciones virtuosas o viciadas.

 

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