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Entradas etiquetadas como ‘China’

Yahoo caca

Viernes, Septiembre 25th, 2009

Acabo de terminar  de ver un documental sobre el comportamiento de Yahoo en China. Se puede encontrar por internet, lo emitieron en la 2. En él se explica cómo determinadas empresas –Msn, Google–, se autocensuran para que el gobierno chino no bloquee sus servidores. Es decir, aceptan las reglas del juego chino a cambio de un pedazo del inmenso y suculento pastel de los sinointernautas.

El caso de Yahoo es significativamente más repugnate que el de Google y Msn. Existen pruebas que demuestran que los amiguetes de Yahoo han proporcionado al gobierno chino datos privados sobre disidentes políticos que han terminado en la cárcel. La perversa colaboración entre el capitalismo y los regímenes totalitarios… No es nada nuevo, y se repetirá en el futuro.

Ya he cancelado mi cuenta de correo Yahoo, y también la de Flickr, que pertenece a estos individuos que se dedican a colaborar con la detención y encarcelamiento de personas que defienden los derechos humanos en internet. Habrá que piense que no es asunto mío, pero a mi me parece que sí lo es. No quiero tener una cuenta en una empresa que se dedica a denunciar a otros usuarios por dinero. La autocensura de Msn y Google es patética, pero de ahí a entregar a una persona inocente a las autoridades para que la enchironen y la silencien va un mundo.

Mañana o pasado escribiré la sexta entrega del diario de verano para, por lo menos, contar cosas un poco más bonitas. ¡Yahoo, caca!

La stella che non c’é (la estrella ausente)

Viernes, Diciembre 19th, 2008

Es difícil encontrar, en los días que corren, un retrato equilibrado de la China moderna. La mayor parte de la gente cae en los extremos y nos muestra, o bien una China idílica poblada de obreros rebosantes de felicidad gracias al sistema maoísta o a la filosofía taoísta -todo depende de las tendencias políticas del relator-, o bien una China mostruosa, degenerada, en la que la gente sufre una vida indigna de tal nombre y solamente cuenta para el estado como una célula sin personalidad ni derechos del inmenso cuerpo de la producción masiva.

Sobra decir que China no es ni una cosa ni la otra, como bien refleja la película que vi ayer: La stella che non c’é.  Italiana, del año 2005, dirigida por Gianni Amelio y protagonizada por el grandísimo actor Sergio Castellitto, es una de las descripciones que más se ajustan a la China que yo he vivido durante dos años.

Una China -perdóneseme el tópico- plaga de contrastes: socialista y capitalista a la vez -es decir, ninguna de las dos cosas-, llena de sabiduría y al mismo tiempo víctima de una gran ignorancia sobre todo aquello que no sea su propio ombligo, dueña de una serenidad excepcional relacionada con sus más antiguas tradiciones filosóficas y a la vez poseída de una crispación difícil de soportar en ocasiones, la película de Amelio muestra, con gran dosis de crítica, pero también de mano izquierda, el horror y el amor que siente, a partes iguales, un extranjero que se encuentra en el País del Centro sin preparación ninguna.

Lo mejor de la película, sin duda, la relación entre el protagonista italiano que, sin pensárselo dos veces, se mete en las entrañas de la China trabajadora del Oeste -Shanghai y las demás ciudades de la costa no son más que engañosos escaparates- y su traductora, una mujer a la que ha ofendido en su primer encuentro, y que es deudora y víctima de lo mejor y lo peor que puede ofrecer hoy al mundo la cultura china: paciente, discreta, dueña de una gran dignidad y de un delicado sentido del humor, pero también víctima de un sistema económico inhumano y marginada, a causa de su maternidad fuera del matrimonio, por una sociedad que une, en su intolerancia, las más rígidas normas confucianas -no reflexionadas aún a pesar de  su falta de vigencia en el mundo moderno- con el repugnante puritanismo socialista.

Si la protagonista femenina es una inteligente representación del la actual juventud china, el personaje que representa Castellito no lo es menos de lo más luminoso y oscuro dela vieja Europa: apasionado, guiado por un inquebrantable sentido del deber individual -que choca en varias ocasiones con la visión colectiva que la mentalidad china tiene del ser humano-, lleno de un amor propio que le permite estar en pie a pesar de ser un perdedor, pero víctima a su vez de la soledad y el desencanto -refinado e irónico, pero desencanto al fin y al cabo- a los que nos ha llevado en Occidente el individualismo -excesivo, sin duda, en ocasiones- de la vida moderna.

Y es que como dice Li en una escena de la película, “la caña de azúcar nunca es dulce por los dos extremos”. ¿Cómo  condenar en bloque a toda una civilización como la China? ¿O cómo idealizarla, negar que existe un lado oscuro -oscurísimo-? Y lo mismo se puede aplicar a la cultura europea. ¿Quién más sino nosotros ha llevado a los cuatro rincones de la Tierra lo mejor y lo peor de su manera de ver el mundo?

Esperemos a ver qué ocurre con China. Seamos exigentes con ellos en la misma medida que lo somos con los demás y con nosotros mismos, pero no les pidamos más -no sería justo- y, sobre todo, no nos escandalicemos como puritanas cada vez que hacen algo malo que se repite, aunque a escondidas, en nuestros patios traseros.

Ayer la película me recordó un poema de Kipling que creo haber mencionado ya en este blog. Dice:

 

“Oh, East is Est and West is West, and never the twain shall meet…

But there is neither East nor West, Border, nor Breed, nor Birth

When two strong men stand face to face, though they

come from the ends to the earth!”

 

[¡Ah, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente, y nunca se encontrarán… / Mas no hay Occidente ni Oriente, no hay frontera, linaje ni cuna / Cuando dos hombres fuertes se encuentran cara a cara, así vengan de los confines de la tierra!]

 

Dos hombres, o dos mujeres, o una mujer y un hombre, como es el caso de La stella che non c’é. El ser humano es igual en todas partes, y basta querer entenderse para hacerlo -aunque a veces la dosis de buena voluntad necesaria para conseguirlo nos parezca excesiva-. Y no estoy dando un sermón: yo mismo, hoy en día, no soy capaz del sacrificio que me exige aceptar ciertas diferencias que existen entre mi mundo y la sociedad que me ha acogido, y que me están complicando la vida más de lo que quisiera. Procuro no juzgar la cultura china, pero ¡cuántas veces me sorprendo a mí mismo haciéndolo!

Me voy por las ramas. Vean, en todo caso, La stella che non c’é. Cuando terminen de verla,  sabrán un poco más de China.

Haga usté el Fagor (historia real sucedida hace unos meses)

Viernes, Septiembre 19th, 2008

Casa nueva. Problemas con la caldera. Llamadas pertinentes.
Oiga usté, es que la casa es nueva y no tengo agua caliente, que ya está bien, siempre igual, en China siempre pasa algo, recién estrenada y todo, y gotea, y qué frío. ¿Por qué aquí no funcionan jamás nada como tiene que funcionar? Chapuceros, ñapas, vale cualquier cosas, mírela usted a ver cuál es el problema ahora mismo… Ah, ¿la caldera está directamente rota? Es que hay que ver, todo de mala calidad, hecho con prisas, ensamblado de cualquier manera para ahorrar costes… ¿Qué dice? ¿Que en la caldera está escrito Xibanya (España)? Eso es imposible, seguro que es alguna marca cutre china, ¿podría decirme el nombre? F…Fa… ¿Cómo dice? ¿Fagor?
Espere que ponga mis palabras en un plato para comérmelas más comodamente. Ustéd tómese su tiempo, que tengo para rato.

Olimpiadas poco olímpicas

Lunes, Septiembre 8th, 2008

Ya estoy en Taiwán. Tengo casa, y hoy he visitado por primera vez mi Universidad.

Sin embargo, no es de mis primeras impresiones como taiwanés de lo que quiero escribir hoy, sino sobre las noticias que me llegan, de aquí y de allá, de diferentes amigos que, desconocidos entre ellos, han vivido en persona las Olimpiadas de Pekín. Es curioso que todos –cinco en total, aunque dos de ellos las vieran juntos– hayan coincidido en su juicio: han sido unos juegos brillantes en lo formal, muy destacados en lo deportivo, y sin embargo, nada, pero nada olímpicos en espíritu.

Y es que parece ser que la actitud del público chino –así en general, se entiende, asumiendo lo arriesgado de las generalizaciones–  ha sido de olímpico desprecio hacia todos aquellos deportistas que no fueran compatriotas. Por lo visto, los estadios, campos y piscinas se atiborraban minutos antes de que los participantes anfitriones lucieran sus habilidades, para vaciarse casi por completo de espectadores nacionales momentos después de que éstos terminaran sus exhibiciones. Insisto, recibo la misma impresión de personas fiables –viven en China y aprecian a sus habitantes– que no se conocen de nada.

Esto es lo malo del nacionalismo a machamartillo: importa nada más lo propio porque la boina tapa el horizonte. Tal comportamiento es irritante siempre, pero en un evento como el olímpico, en el que han de primar la internacionalidad y los vínculos entre patrias y continentes, en el que el protagonista ha de ser el deporte, la superación, el juego limpio y la solidaridad humana, fastidia todavía más que haya gente a la que le importe tres pitos lo de los demás, por bueno que sea lo que tengan que ofrecer.

Si los chinos no se han sentado a admirar a las gimnastas rusas, a los saltadores alemanes, a los fondistas etíopes,  si no les han jaleado en la persecución del lema olímpico –más lejos, más alto, más fuerte–, si solamente han aclamado a sus compatriotas –más nosotros, más nosotros, más nosotros– ¿qué es lo que han aprendido? ¿Qué ha dejado el espíritu olímpico en la capital del Imperio de Centro?

Triste asunto si es cierto lo que mis fuentes me aseguran.

Y ustedes, ¿han oído críticas similares?

¡Hasta luego, Dalian!

Viernes, Septiembre 5th, 2008

Son las seis de la mañana. A las once menos cinco sale mi avión hacia Taipei, capital de Taiwán. Ayer cené con los pocos amigos que ya han regresado: Noda, un japonés indescriptible que aprendió español en Guatemala, karateka y  maestro mío durante estos dos años; David, mi vecino alicantino, y su hermano Antonio, que con sus 20 añitos se ha venido para aquí a estudiar chino; Beate, la lectora de alemán, que pasó seis meses de Erasmus en Santiago –me llama, con su acento duro del este, Mikeliño y siempre me pide que le traiga licor café–; Edna, una sinoamericana de 19 años la mar de simpática, que siempre está llena de heridas en codos y rodillas porque juega al fútbol gaélico; y un servidor.

Faltaban algunos importantes: Luis, que ya se volvió a Madrid, como comenté en las páginas de este blog, y los tres mexicanos: Emiliano –con su chica, Kathleen, de Texas–, Ana, y Miguel. Les eché de menos, sentimiento al que a partir de ahora tendré que acostumbrarme.

Después hice la maleta, me acosté pronto, y esta mañana me he levantado a las cinco para ver el último amanecer. Nada especial –aquí lo bueno son los atardeceres, con ese sol inflamado de rojo intenso consecuencia de la contaminación–, pero, al fin y al cabo, es el útimo amanecer que paso –como residente, porque volveré de visita– en Dalian, la ciudad donde he vivido estos últimos dos años.

¿Qué se puede decir en una situación así? Vosotros, los emigrantes, los que compartís este blog conmigo, sabéis bien de qué hablo. Ha habido de todo, como en botica: buenos y malos momentos, pero el balance es, de largo, positivo. Así que solo queda una palabra: gracias.

Gracias a mis jefes, que me han hecho sentir siempre valorado, y querido. Gracias a César, Yola, Li Ni, Blanca, Teresa, y Susana, mis compañeros de trabajo, que siempre me han echado una mano. Gracias a mis amigos; a mis alumnos, vagos y currantes; los dependientes que han tenido paciencia para comunicarse conmigo por gestos; a las camareras de mis sitios favoritos, que ya saben lo que me gusta y me lo traen sin preguntar; a todos los conductores chinos que frenaron cada vez que, acostumbrado a que el paso de cebra signifique algo, crucé sin mirar; a los cocineros del restaurante budista vegetariano, donde se come carne que no es carne, del pequeño sitio de sushi, de la tasquita de la Fuwuyuen, donde sirven las berenjenas más ricas del mundo; Al bar nepalés, al Makawai, antro oscuro pero entrañable, al Bobo’s, infame centro de reunión de todos los anglosajones del planeta Dalian; gracias a los preciosos árboles y estanques del parque de debajo de mi ventana; a la número 8 de Mu Rong, la mejor masajista de Manchuria; gracias a Dragón, el monitor de mi gimasio, a quien siempre ignoré cortesmente a pesar de su insistencia –cortés también– en desarrollar mis músculos; gracias a Derek McNamara, un guitarrista irlandés y albino que me adoptó la misma noche en que llegué; a Wang Bin, el propietario de mi casa, que ha sido, a despecho de la turbia fama de los chinos en lo tocante al dinero y los negocios, claro como el agua, comprensivo, generoso y confiado; gracias al caos cotidiano, que te hace sentir vivo, que a veces cansa pero otras divierte y estimula; a las porras con leche de soja de los tenderetes mañaneros; a los escupitajos congelados en las gélidas aceras invernales, centelleantes como estrellas; a los perrillos pekineses que pasean sus carnes por los parques, y a los que acaban en un plato; a los pinchos morunos de escorpiones que nunca me atreví a probar, convencido de que un escorpion no muere aunque lo frían; a los mercados de plantas, a los peces de colores; a las acantarillas tapadas con papel rojo los días de boda; a la campana que resuena cada mañana en el templo cercano a mi casa; a las quemas colectivas de dinero amarillo para los parientes muertos; a los ancianos que cada mañana hacen restallar un látigo en el parque para mover su chi –energía vital–, y los que buscan lo mismo en la práctica del elegantísimo taichi; a las encantadoras tiendas de películas piratas, escondidas siempre en las entrañas de algún garage lleno de mugre y de coches destartalados…

Gracias, en fin, a los chinos. Porque mayoritariamente me han tratado bien, porque me han hecho sentir como en casa en un país tan diferenteal mío, por confirmarme, como ya sospechaba, que en cualquier rincón de este gastado planeta hay más gente buena que mala.

Si las conclusiones que puedo sacar son éstas, ¿cómo no afrontar con optimismo mi nueva etapa en Taiwán?

 

Casa Dragón

Lunes, Agosto 25th, 2008

10 de agosto, domingo, 3 de la tarde. Madrid. Acompaño a mi hermana a comprar tabaco. El sol castiga a los poquísimos viandantes que nos encontramos por la calle. Todas las tiendas cerradas a cal y canto. Mala combinación, esa de agosto, domingo y sobremesa, si la intención es comprar algo, aunque sea tabaco: los bares también están cerrados. Caminamos, mirando a derecha e izquierda, hasta que encontramos uno abierto. Casa Dragón, reza el cartel. Yo pienso que es un nombre raro, pero tiene máquina de tabaco. Entramos. Un bar español: media docena de paisanos descamisados, pelo en pecho y Marca en mano, en plena sesión cafetera. Un jamón en la barra, boquerones en vinagre y patatas bravas, serrín y servilletas en el suelo de baldosas mugrientas.

Perfectamente español, si no fuera porque la dueña, que en el momento de entrar nosotros sirve una caña con notable pericia, es perfectamente china, al igual que lo son su hija, que hace los deberes en la barra, y la pequeña bandera de la República Popular que, entre una botella de Soberano y otra de güisqui DYC, ondea al son intermitente de un viejo ventilador con voz de helicóptero.

 

Así son los chinos, y eso explica su inmensa capacidad de adaptación. Conquistada la sociedad española por sus restaurantes y satisfecha la demanda de tiendas de todo a un euro, dan un paso más en el camino de la integración regentando negocios tan típicamente españoles como las tascas. Cambian el nombre para recordar su lejana patria, pero mantienen su ibérico espíritu. Al gusto de los nativos.

No me extrañaría, la verdad, que la mitad de los clientes que agostaban en Casa Dragón movidos por el descanso vacacional de sus taberneros habituales, se queden allí cuando, confiados, éstos vuelvan de su pueblo. La combinación de tasca española y horario chino es tentadora para cualquier amigo del bareo: vinitos y raciones 365 días a año. Y nuestros amigos de ojos rasgados han aplicado la misma fórmula a las castizas tiendas de ultramarinos, antes en extinción y ahora negocios de éxito, haciendo las delicias de los adolescentes botelloneros.

Los chinos vinieron, observaron nuestra cultura, la comprendieron –quizá sin compartir sus presupuestos– y ahora ya no solamente saben hacer arroz tres delicias y pollo con almendras, sino también tinto de verano y tortilla de patata. Y créanme cuando les digo que ninguno de los parroquianos de Casa Dragón tenía cara de estar a disgusto.

Han venido para quedarse, y conocen las reglas tan bien como nosotros.

 

Acupuntura

Sábado, Agosto 23rd, 2008

Escucho en La Rosa de los Vientos, el magnífico programa de radio, que se han publicado recientemente un par de estudios sobre acupuntura en famosas revistas científicas internacionales.
El primero de ellos ha salido esta semana pasada en Archives of Internal Medicine, publicación norteamericana de contrastado prestigio. Habla de un experimento realizado con un montón de gente: 1162 personas adultas, con las que se han realizado casi 10.000 pruebas. Todos padecían un mismo mal relacionado con problemas de espalda. Se les dividió en tres grupos: el primero fue tratado con terapia convencional –medicamentos–, el segundo con acupuntura tradicional china y el tercero con falsa acupuntura. Es decir: pinchaban al tuntún.
El objetivo de la prueba era saber qué porcentaje de cada grupo había experimentado progresos en su dolencia. Los resultados fueron los siguientes:
-Terapia convencional: 29%, con un altísimo índice de efectos secundarios.
-Acupuntura tradicional china: 49%, sin efectos secundarios.
-Falsa acupuntura: 44%, sin efectos secundarios. Los expertos deducen que el mero hecho de clavar agujas activa determinados mecanismos en el sistema nervioso que pueden ser beneficiosos, unidos al efecto placebo.

La segunda prueba a la que hace referencia la noticia fue dada a conocer por The Lancet. Se llevó a cabo en 900 pacientes que sufrían de migrañas. Se hicieron tres grupos de nuevo: acupuntura tradicional china para el primero, acupuntura falsa para el segundo, fármacos contra el dolor para el tercero. Sin más rollos, resultados después de 26 semanas:
-Fármacos: 40% de éxito.
-Acupuntura falsa: 39% de éxito.
-Acupuntura tradicional china: 48 % de éxito.
acupuntura.jpg
Habría que insistir de nuevo en el hecho de que la acupuntura no genera efectos secundarios, y recordar también que los fármacos contra la migraña suprimen el dolor pero normalmente no van a las causas, no terminan con la dolencia, cosa que consigue más a menudo la acupuntura china.
No quiero decir con esto que nos entreguemos a los curanderos o que intentemos curarnos de cáncer tomando una hierba crecida a los pies del Himalaya, pero sí que existen muchas dolencias que se pueden curar con terapias menos agresivas, más sencillas y más baratas. Hay buenos profesionales que se dedican a ellas, y en no pocos países civilizados se ofrecen en la seguridad social. Eso por no hablar de que si comiéramos bien, pero bien de verdad, no esa pseudo dieta mediterránea (la verdadera no la hace en nuestro país ni a mitad de la gente que dice hacerla) que muchas mamás y papás españoles freidores compulsivos de sanjacobos congelados dicen imponer en su casa, necesitaríamos mucha menos asistencia médica.

 

Quizás sea hora de mirar con desprecio ciertas prácticas solamente porque pertenezcan a otras tradiciones o porque se resistan a nuestra limitada visión cientificista. Yo he probado la acupuntura y la homeopatía con resultados excelentes.

 

¿Y ustedes?
Saludos.

Destino Formosa

Jueves, Agosto 21st, 2008

Ya lo sabía desde hace unas semanas, pero desde esta mañana es oficial: el 15 de septiembre me uno a la plantilla de profesores del Departamento de Español de la Universidad de Providence, en Taichung, Taiwán. Una nueva etapa en… ¿un nuevo país? Pues depende de a quién preguntes.

Tras perder la guerra contra el ejército de Mao en el año 1945, Chiang Kai Chek, presidente del Kuomintang (partido nacionalista chino), que dirigía por aquel entonces el País del Centro, se trasladó con su gobierno a la isla de Taiwán, antes Formosa. Desde entonces, la isla ha seguido una evolución política diferente de la de China continental, aunque su sustrato cultural es el mismo.

Taiwán, situado frente a las costas de la provincia china de Fujian, es un lugar fascinante. Poblada por más de 20 millones de habitantes, hasta el sigo XVII su población era, en exclusiva, malayo-polinesia. Llegaron después holandeses y chinos en ese orden, y ya a finales del siglo XIX los japoneses. De clima tropical –la atraviesa el Trópico de Cáncer–, una frondosísima cordillera la recorre de norte a sur. El pico más alto tiene casi 4.000 metros. El 75% de la población se concentra, en la costa oeste, la que mira a China. La costa este, bañada por el Océano Pacífico, tienes unas playas que ni se las imaginan.

Desde allí seguiré escribiendo en este blog, con la ilusión de iniciar esta nueva etapa de mi vida después de dos años maravillosos en Dalian, ciudad que siempre permanecerá en mi corazón y a la que vuelvo el martes que viene para, una vez más, envolver un hogar en papel de periódico y despedirme de queridos amigos que durante estos años han sido para mí una auténtica familia.

Me da pena, cómo no, pero hay que mirar hacia adelante con ilusión y alegría.

¡A Formosa!

Cestas de serpientes

Lunes, Agosto 4th, 2008

Ya estoy en Galicia otra vez, por otros tres días. La aldea por fin. Después de los calores madrileños, agradezco el cielo gris y el fresco del mar –lo siento por los que, después del invierno, sufren un verano sin carácter.

Deshaciendo la maleta me ha dado por pensar cómo han cambiado los equipajes en los últimos años. No solamente los materiales y las formas –la mía la compré baratísima en la Gran Vía el verano pasado, y parece un satélite–, sino lo que metemos en ellas.

Ayer me fui a la cama de cabeza, y ha sido esta mañana cuando me he decidido, con más calma a abrir la maleta. Como siempre, el contenido se había revuelto, pero lo que me ha llamado la atención no han sido las camisetas engurruñadas, sino que dentro había más cables que ropa. ¡El siglo XXI! El cable de recarga del Mp3, el del ordenador, el cargador del móvil y el de la cámara de fotos, el ratón, el del cepillo de dientes –me he enganchado a la higiene bucal motorizada–…

En fin, que mi maleta parecía una cesta llena de serpientes. Si me hubiera puesto a tocar la flauta delante de ella, todos los cables habrían saido despacio, ondulando hipnotizados, amenazándome con sus rectísimos colmillos de enchufe, dispuestos a envenenarme con sus no sé cuántos voltios de veneno eléctrico.

¿Y en sus maletas de emigrantes? ¿Hay ya más cables que chorizos y quesos?

El dragón y la vaca

Jueves, Julio 31st, 2008

Llevo ya quince días en España. He estado en Madrid, en Valladolid después, luego en Galicia –muy fugazmente– y ahora  estoy en Madrid de nuevo, asistiendo al congreso de la Asociación Europea de Profesores de Español en la UNED. Vuelvo a Ferrol la semana que viene, pero solo por unos días: el día 8 de agosto se casa mi primo, en Madrid. Después volveré a Galicia hasta finales de agosto y luego a China de nuevo.

Menudo ajetreo. Me paso la vida entre el Dragón (animal simbólico de China) y la Vaca (el ídem de Galicia), pero funciono al revés: vivo como un rumiante en China –pocas clases, pocos viajes, mucha lectura y mucha comida– y como un dragón cuando regreso de vacaciones –siempre moviéndome de un lado para otro, trazando un zigzag que nunca termina entre Madrid, Castilla y Galicia–.

Digo todo esto para disculpar, en la medida de lo posible, mi silencio. Llevo quince días en España y me parecen dos meses. El pasado semestre en Dalian lo siento remotísimo. Me pasará igual cuando vuelva a China: las vacaciones en España serán como un sueño. El Dragón y la Vaca, la Vaca y el Dragón.

Qué mareo.