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Volver a casa

martes, marzo 25th, 2008

Ahora estaba frente a la ventanilla, donde nada importaba más que los minutos interminables y la persona en cuyas manos se encontraba mi destino. De nada valía mi bolso de diseño, mi pelo recién peinado en una buena peluquería coruñesa o mis joyas. Todos los elementos que me separasen de la mayoría de los compatriotas a los que yo observaba con cierto desdén, desde mi condición de emigrante sentimental venida a más, carecían de importancia en estos momentos.

Me encontraba en la Embajada de los Estados Unidos de América en Madrid, la fecha, 8 de agosto de 2007. Ya habían transcurrido más de 24 horas desde que me había encontrado el infortunio en el aeropuerto de Barajas, donde a pesar de mis esfuerzos para evitar a última hora que la señorita de facturación viese mi tarjeta de residente en mi mano el destino se rió de mí. –¿Mi dirección en Estados Unidos? Sí, sí ya se la digo, deje que guarde esto en la cartera. -No la guarde, no, déjeme ver su tarjeta de residente… Yo sabía que esa tarjeta estaba caducada y que había tenido suerte de haber pasado el control de seguridad de inmigración para llegar al mostrador de facturación, donde solamente quedaba pesar la maleta y recoger la tarjeta del embarque.

Ahora, una empleada impertinente con acento de barrio madrileño, rellenita y con corte de pelo masculino se había empeñado en hacerme difícil el camino de regreso a Filadelfia… Más tarde supe que era una sustituta contratada temporalmente en agosto y que mi justificante de renovación del permiso de residencia era más que suficiente para viajar (Te entiendo, espero que encuentres sentido a tu vida, dejes de tocarle las narices a los que no son como tú y aceptes el mundo en el que nos ha tocado vivir). 

Tengo 28 años, soy gallega (coruñesa) y hace unos 11 que viajo por el mundo. Los puntos clave de mis viajes donde he estudiado o residido han sido por orden cronológico: Madrid, Dublín, Marbella, Aix en Provence, Liverpool, Granada, Milwaukee, Madison, Chicago, Barcelona y Filadelfia, donde actualmente resido. Soy hija de padres divorciados residentes en La Coruña, fui al Colegio Liceo y tuve una insignificante carrera como modelo que culminó y terminó en el programa matutino de María Teresa Campos. Hoy eso queda lejos, soy empresaria, tengo amigos por todo el mundo, hablo muchos idiomas y puedo decir soy un feliz híbrido de raíces claramente gallegas. Creo haber aprendido a vivir “trasterrada”, como menciona Ángeles, aunque la condición de emigrante trae consigo un alto grado de confusión que azota cuando menos te lo esperas. 

-Tienes que irte a la Embajada, hoy de aquí no pasas.  Recibía esta noticia con el ruido de taladro y las cortinas de plástico cubre reformas, la gente y el caos se apoderaban paulatinamente del aeropuerto y de mis oídos mientras me alejaba de allí estupefacta y asustada ante la adversidad que había inundado mi día…el desastre estaba servido.  A ese momento le siguieron otros igual de frustrantes, el calor de Madrid en agosto, la sensación de que todo funciona a medias durante ese mes, la confusión y la desesperación. Personajes que surgieron de la tierra como aquel operario del aeropuerto que por unos minutos se convirtió en mi ángel de la guardia, abriendo puertas de acceso restringido como una bala mientras se unía a mi causa y me hablaba como a una hermana pequeña. 48 horas de soledad, taxis y gastos inesperados, minutos contra reloj, ojos apenados de la gente que escuchaba mi historia con interés, una funcionaria redentora (Débora) que dijo que me ayudaría y que nunca llegaba al trabajo a la hora, un teléfono que tras horas de espera de alguna noticia sonaba con la voz de Débora al otro lado del hilo, sobre el cual me abalanzaba yo bajo la atenta mirada de una recepcionista solidaria. Marines norteamericanos que se saltaban alguna norma para ayudarme a hacer llamadas al exterior, mesas para uno en restaurantes de moda de la Castellana, pelos peinados ya en una peluquería de poca monta, de las que solamente existen dentro de los centros comerciales españoles. 

Delante de aquella ventanilla en la sala de espera en la que ya solamente esperaba yo todo parecía absurdo y disfuncional. Mientras agarraba el sobre cuyo contenido permitiría la conclusión de este viaje cargado de alegrías, emociones, recuerdos, vistas al mar, desengaños y paseos por San Andrés, recordé precisamente en qué consistía volver. Pronto os hablaré de la vida en América, de la crisis económica y de cómo nos afecta a los que no estamos aquí de paso, de cómo se creó Covalingua desde cero, de la importancia del historial de crédito en Estados Unidos, de los retos de un matrimonio bicultural, de cómo nos comportamos los españoles en el exterior y de lo que se os ocurra preguntarme.