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Amiguetes que traducen

jueves, junio 4th, 2009

¡Ah, el blog! Últimamente estoy tan ocupado que apenas me acuerdo de él, y cuando lo hago es para sentir una punzada de remordimiento. ¡Más de un mes sin escribir una línea! El fin de la primavera es un mal momento para los profesores. El curso avanza pacífico como un río, pero cuando llega a su trecho final se precipita en una cascada incontenible de pequeñas obligaciones: reuniones, preparación de exámenes, correcciones, alumnos nerviosos –generalmente los que no se han asomado por clase–. Los chicos del máster no me dan problemas, pero la clase de gramática, con sus 80 pasajeros, es un barco difícil de dirigir.

Si a eso se le suma una época complicada en lo personal y grandiosa en lo literario, apaga y vámonos. Y no menciono la literatura porque esté escribiendo una obra maestra, sino porque estoy leyendo cosas que me absorben. Jung, por ejemplo. ¡Qué descubrimiento! No puedo parar de leer y tomar notas, y en eso se me van los días. Pero hoy no escribo para hablar de esos asuntos, aunque también son literarios los que me traen por aquí. Vengo a presumir de amiguetes traductores.

El primero de ellos es ya un viejo amigo. Lo conocí en Coruña, estudiado la carrera. Después el destino nos separó, pero seguimos poniéndonos en contacto de vez en cuando: algún email, algún comentario en nuestros respectivos blogs. El grupo de amigos al que ambos pertenecíamos –aquellos fueron días divertidísimos, de grandes descubrimientos literarios, gracias a la guía de nuestro común profesor, David Pujante– no se reúne ya, pero el aprecio que siento por casi todos sus miembros permanece intacto.

Alfonso Cazenave –así se llama mi amigo traductor– era uno de ellos. Ahora es profesor del Instituto Cervantes en Varsovia. Siempre ha sido un tío interesante. No hace falta más que ver sus fotos para saber que es un artista. Pues Alfonso, decía, publicó hace unos meses la traducción del libro De camino a Babadag, del novelista polaco Andrzej Stasiuk, en la editorial Acantilado, ni más ni menos. Los que leéis conocéis de sobra la editorial: es una de las más importantes del panorama nacional, y tiene un catálogo de títulos espectacular. Así que me apetecía contároslo, porque estoy orgulloso de mi amiguete Alfonso. Yo me lo leo este verano sin falta.

El segundo de mis amigos traductores se llama Luis Roncero, y es una máquina. Lo conocí aquí en Taiwán, donde es casi una leyenda. Tiene mi edad, pero lleva estudiando chino desde la adolescencia. Algunos nativos me han dicho que, si cierras los ojos mientras habla mandarín, apenas puedes distinguir que se trata de un extranjero. Casi nada.Además, maneja con soltura el chino clásico y hace una tesis sobre alquimia interior taoísta, por lo que no solamente conoce el idioma, sino la cultura tradicional china. Es un gusto, en los días que corren, encontrarse con alguien que no estudia lenguas mayoritarias para hacer negocios…

El caso es que Luis, que también practica Taichiquan desde hace años, acaba de publicar, en la editorial Alas, la traducción de un clásico moderno sobre el tema. Se llama Taichi Tueishou, y el autor es Wang Fengmin (en chino, el apellido primero, no lo olvidéis), un maestro de las artes marciales internas. Cinco ediciones en cuatro años, lleva el librito en cuestión en China, así que si estáis interesados en aprender a mover vuestra energía o Qi, comprar este libro será un acierto seguro.

Lo dicho. Me encanta tener amigos que aportan su esfuerzo al enriquecimiento de la cultura española. Es un orgullo para mí poder recomendaros sus libros. Ninguno de los dos, estoy seguro, os decepcionará. ¡Compradlos!