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El río Kuskokwim ya se ha helado

domingo, noviembre 16th, 2008

Estamos a mediados de Noviembre, y como es fácil imaginar, en Alaska ya es invierno desde hace mes y medio. En el pueblo cayeron las primeras nieves a principios de Octubre. Desde entonces nos cubre un manto blanco y las temperaturas no han subido en ningún momento de cero grados, llegando incluso a los 20 bajo cero, lo cual no es tan frecuente en Octubre por lo visto. Al menos en estas latitudes. Más al norte desde luego que sí.

Después de las primeras nieves, comienza el proceso de congelación del río, que este año también ocurrió relativamente temprano. A mediados de Octubre ya bajaba la corriente llena de trozos de hielo. El sonido de estos pedazos chocando suavemente unos con otros es único e indescriptible.

Poco a poco se agolpan los pedazos, van encajándose unos con otros, hasta que las aguas se paralizan del todo. Por la superficie, claro está, porque por debajo sigue avanzando implacable la corriente del río.

Cada año el proceso es diferente. Este año, el congelamiento está siendo muy abrupto, con grandes pedazos de hielo que hacen muy incómodo viajar por el río en moto de nieve.

El año pasado en cambio, el proceso fue completamente diferente, mucho más suave y gradual, lo que dejó la superficie del río mucho más lisa y transitable.

De todos modos, a mí que no me digan, pero imaginarme esa corriente gélida debajo de mí cuando estoy encima del hielo, todavía me pone el corazón en la boca. Quién sabe cuanto tardaré en acostumbrarme del todo…

Y por fin llegó la primavera

miércoles, junio 4th, 2008

Después del duro invierno de Alaska, que nos ha durado unos casi siete meses, la llegada de la tardía primavera es recibida con los brazos abiertos. La primera señal es la rotura del río, unos días después de que comience oficialmente el deshielo. Este año el río se rompió el 9 de Mayo. Es todo un espectáculo de la naturaleza. Inmensos placas de hielo rompiéndose, y desplazándose poco a poco río abajo hasta que unos días más tarde el río vuelve a fluir normalmente.


El blanco paisaje que nos ha rodeado durante meses comienza a cambiar drásticamente.  La nieve y el hielo se derriten del todo dando lugar al agua y dejando al descubierto todos aquellos objetos que se quedaron bajo el metro largo de nieve y que habían sido olvidados de no verlos. Donde sea que haya un pequeño valle, un riachuelo, o simplemente terreno más bajo, se crean lagunas y pantanales. Este año hemos tenido suerte de que el hielo no se ha atascado en ningún meandro río abajo en su viaje hacia el mar y nos hemos librado de la inundación que a veces sigue al deshielo. Inundación que cuando ocurre transforma el pueblo en una pequeña Venecia y hace imprescindible moverse en barca a todas partes. Este año simplemente nos tocó lago en la parte de atrás de nuestro terreno, que nos duró una semanita o así, para gran deleite de mi hijo y de su querido padre.

En este último mes desde la rotura del hielo, han llegado también las aves migratorias. De una día para otro, la banda sonora de la naturaleza que nos rodea se llena de trinos de lo más variopinto. Cuando llegan las golondrinas es una señal de que ya estean aquí también los mosquitos. Y de esos aquí hay a millones. Llegan también los patos, gansos, cisnes… Los alces entran en el pueblo más a menudo huyendo de los osos que andan hambrientos, ya que todavía no ha llegado el salmón y no tienen demasiado que comer. A veces te los encuentras al ir a echar la basura al vertedero y cuando sales al monte a pasear, no es mala idea llevarse un rifle, por si los osos están hambrientos y te encuentran apetecible.

La vida se acelera, aparecen mil y una cosas que hacer, y con tanta luz, no es infrecuente encontrarse a las 11 de la noche trabajando en la huerta como si tal cosa. Y eso que todavía no ha llegado el salmón. En cuanto llegue, ya será la locura. Los días se están haciendo larguísimos y apenas tenemos ya una oscuridad muy tenue que dura un par de horas. El sol se pone a medianoche, los colores del anochecer duran eternamente y se confunden con los del amanecer pocas horás más tarde.

De compras en Alaska

domingo, marzo 30th, 2008

Hogar, dulce hogar

Cuando cuento que vivo en una cabaña de madera en un pueblo perdido en medio de la tundra de Alaska, a la gran mayoría de la gente lo primero que le viene a la mente es la famosa serie de televisión “Doctor en Alaska.” Por si acaso también se te ha ocurrido a tí al leer esto, te cuento que Aniak en realidad no tiene mucho que ver con Cicely.

Según los datos del último censo, Aniak cuenta con 527 de los aproximadamente 13.000 habitantes de la cuenca del río Kuskokwim, en el suroeste de Alaska. El Kuskokwim es el río libre más largo de EEUU, con unos 1200 km de longitud. Su cuenca ocupa un territorio tan grande como la mitad de España. Y en todo esa inmensidad no hay una sola carretera que comunique un pueblo con otro. Esto es, durante el verano, claro. En invierno puedes ir a todas partes conduciendo sobre el río helado. Si te atreves.

En el pueblo en sí no hay mucho que ver. Tenemos una tienda de víveres, una oficina de correos, una cabañita transformada en pizzería donde no hay ni una silla, una escuela y un instituto, una clínica, un aeropuerto, un basurero, un campo de tiro y tres iglesias (católica, metodista, y ortodoxa rusa). Poco más. No hay cines, cafeterías, tiendas, restaurantes, bares, parques, o transporte público. Nos faltan muchas de las cosas que el mundo occidental “civilizado” considera en muchas ocasiones imprescindibles para el día a día.

En la tienda puedes, más o menos, encontrar un poco de todo. Eso sí, a unos precios desorbitados. Un kilo de uvas puede costarte tranquilamente 16 dólares, o un galón de leche 10 o 12. Alcohol no venden, ya que Aniak es un pueblo “húmedo.” Eso significa que no se permite la venta de alcohol, pero es legal consumirlo. Hay otros pueblos en la zona que han votado ser “secos” y donde es ilegal beber alcohol en tu propia casa. Y otros en cambio son “mojados” y hasta tienen algún bar.

Como no hay sueldo que aguante comprando todos los víveres en la tienda del pueblo, la compra la hacemos cuando vamos a la ciudad, a Anchorage. Como no hay otro medio de transporte posible desde Aniak, ir a la ciudad implica un viaje de hora y media en avioncito o avioneta sobrevolando tundra, ríos, lagos, montañas y glaciares. Ir a “hacer la compra” es toda una aventura: pasar horas y horas corriendo de acá para allá comprando comida al por mayor, herramientas, materiales de construción, ropa, y todo lo necesario para pasar unos meses hasta que haya oportunidad de viajar de nuevo; hacer paquetes y más paquetes con todas las compras para llevarlas a correos o a alguna empresa de cargo; y regresar a casa cargados con enormes neveras de camping llenas de verduras frescas y comida refrigerada y congelada que no hemos podido enviar por correo por temor a un estropicio. A este estilo de ir de compras se le llama aquí “guerrilla shopping.”

Una de las tiendas por donde solemos pasarnos es la de vinos y demás bebidas alcohólicas. Los vinos españoles suelen abundar en EEUU, y esperábamos que Anchorage no fuese una excepción. No sólo tenían vino español, sino que además tenían un Albariño. Y para deleite de mi morriña, el vino se llamaba “Albariño Vionta.” Que no será el mejor pero está muy rico y además me trae recuerdos de mi rincón favorito del mundo, de lo más parecido que tengo a unas raíces. Una casita de piedra junto al mar en Castiñeiras, desde donde se ve ahí al ladito a la derecha, la preciosa isla de Vionta. Y Sálvora, un poquito más atrás.