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¡Hasta luego, Dalian!

viernes, septiembre 5th, 2008

Son las seis de la mañana. A las once menos cinco sale mi avión hacia Taipei, capital de Taiwán. Ayer cené con los pocos amigos que ya han regresado: Noda, un japonés indescriptible que aprendió español en Guatemala, karateka y  maestro mío durante estos dos años; David, mi vecino alicantino, y su hermano Antonio, que con sus 20 añitos se ha venido para aquí a estudiar chino; Beate, la lectora de alemán, que pasó seis meses de Erasmus en Santiago –me llama, con su acento duro del este, Mikeliño y siempre me pide que le traiga licor café–; Edna, una sinoamericana de 19 años la mar de simpática, que siempre está llena de heridas en codos y rodillas porque juega al fútbol gaélico; y un servidor.

Faltaban algunos importantes: Luis, que ya se volvió a Madrid, como comenté en las páginas de este blog, y los tres mexicanos: Emiliano –con su chica, Kathleen, de Texas–, Ana, y Miguel. Les eché de menos, sentimiento al que a partir de ahora tendré que acostumbrarme.

Después hice la maleta, me acosté pronto, y esta mañana me he levantado a las cinco para ver el último amanecer. Nada especial –aquí lo bueno son los atardeceres, con ese sol inflamado de rojo intenso consecuencia de la contaminación–, pero, al fin y al cabo, es el útimo amanecer que paso –como residente, porque volveré de visita– en Dalian, la ciudad donde he vivido estos últimos dos años.

¿Qué se puede decir en una situación así? Vosotros, los emigrantes, los que compartís este blog conmigo, sabéis bien de qué hablo. Ha habido de todo, como en botica: buenos y malos momentos, pero el balance es, de largo, positivo. Así que solo queda una palabra: gracias.

Gracias a mis jefes, que me han hecho sentir siempre valorado, y querido. Gracias a César, Yola, Li Ni, Blanca, Teresa, y Susana, mis compañeros de trabajo, que siempre me han echado una mano. Gracias a mis amigos; a mis alumnos, vagos y currantes; los dependientes que han tenido paciencia para comunicarse conmigo por gestos; a las camareras de mis sitios favoritos, que ya saben lo que me gusta y me lo traen sin preguntar; a todos los conductores chinos que frenaron cada vez que, acostumbrado a que el paso de cebra signifique algo, crucé sin mirar; a los cocineros del restaurante budista vegetariano, donde se come carne que no es carne, del pequeño sitio de sushi, de la tasquita de la Fuwuyuen, donde sirven las berenjenas más ricas del mundo; Al bar nepalés, al Makawai, antro oscuro pero entrañable, al Bobo’s, infame centro de reunión de todos los anglosajones del planeta Dalian; gracias a los preciosos árboles y estanques del parque de debajo de mi ventana; a la número 8 de Mu Rong, la mejor masajista de Manchuria; gracias a Dragón, el monitor de mi gimasio, a quien siempre ignoré cortesmente a pesar de su insistencia –cortés también– en desarrollar mis músculos; gracias a Derek McNamara, un guitarrista irlandés y albino que me adoptó la misma noche en que llegué; a Wang Bin, el propietario de mi casa, que ha sido, a despecho de la turbia fama de los chinos en lo tocante al dinero y los negocios, claro como el agua, comprensivo, generoso y confiado; gracias al caos cotidiano, que te hace sentir vivo, que a veces cansa pero otras divierte y estimula; a las porras con leche de soja de los tenderetes mañaneros; a los escupitajos congelados en las gélidas aceras invernales, centelleantes como estrellas; a los perrillos pekineses que pasean sus carnes por los parques, y a los que acaban en un plato; a los pinchos morunos de escorpiones que nunca me atreví a probar, convencido de que un escorpion no muere aunque lo frían; a los mercados de plantas, a los peces de colores; a las acantarillas tapadas con papel rojo los días de boda; a la campana que resuena cada mañana en el templo cercano a mi casa; a las quemas colectivas de dinero amarillo para los parientes muertos; a los ancianos que cada mañana hacen restallar un látigo en el parque para mover su chi –energía vital–, y los que buscan lo mismo en la práctica del elegantísimo taichi; a las encantadoras tiendas de películas piratas, escondidas siempre en las entrañas de algún garage lleno de mugre y de coches destartalados…

Gracias, en fin, a los chinos. Porque mayoritariamente me han tratado bien, porque me han hecho sentir como en casa en un país tan diferenteal mío, por confirmarme, como ya sospechaba, que en cualquier rincón de este gastado planeta hay más gente buena que mala.

Si las conclusiones que puedo sacar son éstas, ¿cómo no afrontar con optimismo mi nueva etapa en Taiwán?