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La campana de Cobas (o Covas)

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria)
7 de abril de 2008 a las 17:16h

campana.jpgMi pueblo de toda la vida, ya lo dije, es Cobas, o Covas, como señala la legislación actual. A mí me da más o menos igual –me gusta más con Cobas, porque así estaba escrito en el cartel que veía cuando llegaba en verano a pasar las vacaciones en casa de mis abuelos–, pero con b o con v sigue siendo el mismo lugar estupendo donde reencontrarme con mi familia y  mis amigos de la infancia. Lo importante es que conserve sus costumbres y que sea un lugar de paz y de felicidad para mí y los míos.

La semana pasada Cobas fue noticia. Alguien robó la campana de la vieja iglesia, a unos cientos de metros de mi casa. Miles de veces he recorrido aquel camino en bicicleta, y no en pocas ocasiones hemos entrado de noche en el cementerio, mis amigos y yo, para probarnos mutuamente nuestro valor. Y la campana siempre ha estado ahí, no solamente desde que yo recuerdo, sino desde que recuerdan los más ancianos del lugar.

Quizá la falta de la campana parezca poca cosa tal como está el mundo –hambre, guerras, calentamiento global–. Y lo es, desde luego, pero no deja de parecerme una pena que las pequeñas cosas que acumulan el paso del tiempo, que son, para las viejas y las nuevas generaciones, catalizadores de la memoria colectiva, falten de pronto por motivos tan pobres como el robo.

No dramaticemos. Es solamente una pedazo de bronce. Pero me entristece, y sé que no soy el único en sentirme así, que esa vieja campana del cementerio no vigile la aldea desde la altura de su pequeño campanario, como ha hecho durante tantos años.

Da la casualidad que durante mis últimas vacaciones en Galicia, en el mes de febrero, hice, durante un paseo con mi madre, esta fotografía. Está desenfocada, pero muestra nuestra campana de Cobas, y muy probablemente no podamos volver a verla al natural.

Aunque no hay mal que por bien no venga: como dice el refrán que me acabo de inventar, “cuando roban la campana de la iglesia, todos los viejos recuerdan su boda”. Que este percance nos traiga a todos buenos y viejos recuerdos.

Un mar de referencias

Escrito por Angeles Fernández Ramil | Desde Chile
6 de abril de 2008 a las 18:40h

Tengo que agradecer a este blog el reencuentro con ciertas referencias que, con el correr de los años, se me habían ido como escapando entre los dedos. Este blog, definitivamente, y para todos los que andamos dispersos por el mundo, gatilla la emoción. Viví mi niñez y adolescencia en Coruña, y es efectivo que padezco de “morriña gastronómica”, como bien dice Claudia en su entrada, desde Argelia. Cuando era niña, odiaba el caldo gallego. Ahora, ¡que no daría por un tazón! Somos bien contradictorios los humanos.

Pero no sólo de añoranzas culinarias vivimos los gallegos. En otra entrada se habla de los acantilados y de los océanos. Me he puesto a recordar mis paseos a la Torre de Hércules, a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Nuestra torre, dicho sea de paso y en aquellos años, no era estaba tan glamorosa como ahora y menos, no se le ocurría a nadie postularla como “patrimonio de la humanidad”. Era una torre que estaba ahí, simpática, rodeada de campos con vacas, pero sin constituir un centro de especial atención para nadie. Sin embargo, mi niñez está entrelazada indisolublemente a esa torre a la que, pasados los años, veo que se le ha hecho justicia y hoy corona todo un parque que sirve de solaz y recreación a miles de coruñeses. En aquellos años, y digamos las cosas como son, Coruña le daba la espalda al mar. Era una ciudad como encogida en torno a los Cantones. Hoy, menos mal, es otra cosa y todos los que la visitan, la alaban.

No creo que no haya gallego que no tenga grabado a fuego, en el centro de su mente, la figura de un hórreo. Nadie, según creo recordar, lo ha comentado hasta ahora. El hórreo y el cruceiro son artefactos indisolublemente unidos a nuestras aldeas y campos y no me cabe duda de que, al momento de yo mencionarlo en este blog, muchos de vosotros cerráis los ojos y los rememoráis con vuestra memoria. Yo me he traído mi hórreo chiquito y lo tengo coronando una esquina de mi escritorio de trabajo.

Es cierto que España es más que flamenco y toros. Sin embargo, mi niñez gallega estuvo marcada por lo que yo pienso ahora que era una trilogía esperpéntica: flamenco, que era el folklore oficial; toros y más toros y fùtbol. En aquellos años sesenteros, no había más que un canal y las tardes sabatinas y buena parte del domingo veían las pantallas inundadas de fútbol mientras los parroquianos se instalaban en los bares a fumar y a jugar al mus. No era un panorama muy alentador para una niña de ocho años. Le he declarado la guerra a esta trilogía y debo reconocer que el fútbol me produce alergia.

Y, para terminar por ahora con las referencias a las que este blog me remite de manera inexcusable, no puedo dejar de mencionar a la “piolla”, esa lluvia fina que ya lo creo que moja. Mis recuerdos están indisolublemente unidos a la imagen de la lluvia menudita trás las ventanas, esa lluvia que antaño nos parecía fastidiosa y que prometía arruinar los juegos infantiles. Sin embargo, ante la amenaza de sequía que ya parece ser una epidemia mundial, y que no sólo afectará a Chile, ¡cuánto daríamos por recuperar esa lluvia persistente! 

Luego, hay todo un tema con eso de los olores. Cuando viajo, desde el lejano Chile hasta Galicia, nada más pisar el aeropuero de Santiago de Compostela algo muy familiar inunda mis narices.  No sé bien lo que es: mezcla de pasto, de lluvia, de cocimientos… Siempre le comento a mis hijos que el contraste con Santiago de Chile es demasiado grande. Esta ciudad, que me acoge ya por veintidós años, siempre me parece inodora e insípida. Sin embargo, el olor que me invade cuando llego a Galicia es un olor muy particular, es un olor que me dice que estoy en casa.

A Galicia inconcebible

Escrito por Ivám Cozinha | Desde República Checa
5 de abril de 2008 a las 17:44h

Onte foi un deses seráns onde se confirma que o rictus severo non é a calificación que máis lle acae aos checos, lonxe da impresión que lle queda ao turista ocasional en Praga. Os checos son xente de farra, como calquera outro pobo, se ben á súa maneira e á súa hora… A isto último, que mo perdoen, aínda non acabo de pillarlle o tranganillo. Unha cea de profesores que comeza ás catro da tarde, cando nesta época do ano quedan aínda tres horas e media de luz por diante… Pois, que se lle vai facer, o ritual é así. Botei de menos o xantar do curso pasado do noso ex-centro de secundaria, no outono, nunha taberna de aldea… con soliño, pero frío frío alá pola tardiña do mes de San Martiño. Teñen unha grande eiva os lacazáns dos carniceiros aquí, pois o pobo non sabe a que sabe, a non ser que un críe o ranchiño no cortello da casa, así que para min, nin orella nin rabo, ¡que canallada! Pero como xa dixen doutra volta, o da comida mellor deixámolo para outro capítulo. 

Volvendo ao conto. Comemos, bebemos –„más comiéramos si hubiera qué…“, como me aprendeu Carme, da Guarda-, eu botar non lle botei mais que dúas pezas, porque bailador non son, niso non saín aos Peilaos. Nisto do baile máis ben „me gusta menear…“, como canta Manu Chao, así que para min non foron mais que dez minutos apoteósicos, e aí coincidiu que Stepanka, a xefa de linguas, subiu ao cenario botarlles unha mao á parella que amenizaba, cunha caixa de ritmos facendo chimpún-chimpún, e púxose a cantar „I will survive“… e Jana pillou a Jirka polos pións desde atrás –aaaai!… a Jana ha de ter uns corenta, e o Jirka, de educación física, que non baixa dos cincuenta, é todo un personaxe, pequeneiro, con calva monacal, mostacho e os dentes coma Ronaldo, pero máis único que o whisky Dyc. E os checos pulando todo ao redor deles. Para que despois me digan que os checos son secos! 

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La aguja estaba en el pajar

Escrito por Carlos Agulló
5 de abril de 2008 a las 2:00h

fer.jpg

Por medio de este blog, Víctor, que vive en Brasil, y Fernando, que reside en Ferrol, se reencontraron después de 46 años sin saber el uno del otro. Lo que fue imposible durante más de cuatro décadas, se hizo realidad en menos de cuatro horas por medio de Internet. Su historia, que aparece hoy en la última de La Voz, ya tiene imágenes.

 Después de los primeros correos electrónicos que se intercambiaron los dos amigos de infancia, se cruzaron algunas fotografías de sus respectivas familias.

victor-freire-1.jpg En esta imagen aparece Víctor (segundo por la izquierda) con toda su familia en su casa de Sao Paulo. Con ellos están tambiénb la mujer y el suegro de su hijo, que son de origen japonés.

clip_image002-1.jpgFernando Funcasta, con su mujer, Rosa, en una imagen reciente tomada en Ferrol, donde compartió una amistad infantil con Víctor Freire. A los 13 años ocupó el empleo que dejó vacante Víctor al marcha a Brasil.

victor-mama-1.jpgUna imagen con  mucha historia. Víctor Freire con su madre, fotografiados en una calle de Ferrol. Víctor partió en el año 60 para Brasil, adonde antes había marchado ya su madre y su hermano. Víctor y Fernando siguieron en contacto por carta hasta el año 62.

Una gallega en Singapur

Escrito por Miriam Rodríguez | Desde Singapur
4 de abril de 2008 a las 12:35h

Cuando le dije a la gente que me iba a vivir un año a Singapur, la mayoría decía dos cosas: ¿dónde queda Singapur? y ¡carallo! Pues al carallo no tengo respuesta, pero para aquellos que aun tengan la duda, Singapur es un pequeño estado-ciudad situado en la punta de la península malaya, en el sudeste asiático. Mis flamantes vecinos son Indonesia por el sur, Malasia por el norte y un poco más al este las Filipinas.

Aunque en los mapas no se distinga muy bien, Singapur es una isla, pero no os puedo decir muy bien el tamaño porque está creciendo constantemente. Compran arena a los otros países y van rellenando y ganando terreno al mar; lo mismito que el puerto de Vigo, pero a lo grande. Tanto es así, que Indonesia ha prohibido venderle arena a Singapur, porque les roban terreno a ellos. Así que ahora tienen que comprar la arena por Sudamérica y así.

Aquí hay un montón de idiomas distintos, casi tantos como etnias, pero por suerte para mí, uno de los idiomas es el inglés. Aunque con el acento que tienen hablándolo, a veces lo mismo daba que me hablaran en chino. 

Pulpo con alioli

Escrito por Pilar Pousada | Desde Oxford, Gran Bretaña
4 de abril de 2008 a las 9:54h

Una voz en off mientras en la televisión se veían imágenes de la costa gallega explicaba que el viaje culinario por España había comenzado en Andalucía y tenía como último puerto la costa de nuestra tierra. Con mi taza de té entre las manos me acurruqué en el sillón expectante ante el programa que prometía traerme los aromas del hogar hasta Oxford. Pero enseguida comenzaron mis dudas sobre cómo de real sería la Galicia que la cocinera conductora del programa me iba a mostrar: “Galicia está al noreste de España” fue la frase que me puso en alerta.

A continuación, la cocinera y su compañero de viaje, un personaje que podríamos definir como aventurero (capaz de bucear para coger navajas o de cazar una cabra salvaje en los Picos de Europa) pescaron un par de pulpos e incluso se atrevieron a acompañar a unos percebeiros. Eso si, los marineros que los ayudaron en estas dos faenas se mostraron un tanto reticentes a probar el pulpo con alioli preparado por la cocinera inglesa a pie de playa.  Y es que la comida española les parece a los ingleses un poco sosa (ellos que están acostumbrados a salsas y especias de todas partes del mundo).

Y esa fue la parte del programa más difícil digerir para mi. Ver a la chef preparar un plato de lubina en filetes muy finitos pero crudos, con unas patatas cocidas por encima, alcaparras y una vinagreta con anchoas y muchísimo zumo de limón al tiempo que repetía una y otra vez que este es un plato muy típico de Galicia se me hizo, para que voy a mentir, un poco difícil.

Al final, mi noche de tele me dejó con cierto sentimiento de nostalgia y con el convencimiento de que transmitir nuestras costumbres no es tan fácil como parece y hay que aceptar la idea de que a nosotros nos parece maravilloso quizás es una nimiedad para el otro. A mí el pulpo que pesca mi padre y cocina mi madre me parece el mejor del mundo (pero ¿no decimos esto todos los gallegos?).

¿Qué pasa con el agua?

Escrito por
3 de abril de 2008 a las 19:45h

Últimamente hay un gran debate en todo el estado español por el tema del agua. La última información ha sido que quieren hacer un trasvase desde el Ródano. Desde luego a algunos políticos les tendrían que hacer un test de validez política, oiga pues si usted no lo pasa a su casita y que venga otro.

Desde Canarias, creánme se ve desde la lejanía. Muchas autonomías piden solidaridad con éste tema, (una de ellas Cataluña). Habría que preguntarles dónde estaban cuando algún que otro millón de gallegos tuvieron que emigrar. Ahí la solidaridad brilló por su ausencia, y que conste que no tengo ningún tipo de resquemor ni con los catalanes ni con ningún otro/s.

Aquí donde yo vivo, en el sur de Tenerife, reutilizamos las aguas negras  para regadios de jardines, y también los hoteles usan pozos de hasta cien metros de profundidad y con bombas desaladoras hacen que el agua sea potable. Y les aseguro (yo la he probado) de una magnifica calidad. Como sabrán, por éstos lares el agua de la traída es de una dureza máxima, por eso hemos tenido que ingeniar mil y una argucias para tener recursos hidrológicos.

He leído que los embalses gallegos están rebosando, pero también he leído que en Barcelona una de las cañerías principales de las que abastecen a la capital lleva dos años rota por varios sitios perdiendo la friolera de doscientos mil litros de agua. Si eso lo multiplicamos por setecientos treinta y uno, por que este año fue bisiesto, pues ya te digo…en fin a ver si esos políticos catalanes que cobran un pastón se ponen de una vez las pilas y hacen un plan hidrológico con arreglo a sus necesidades. Ah y también los del Levante, Murcia,etc. Un saludo.

La Santa Compaña madrileña

Escrito por Manuel Ríos | Desde Madrid
3 de abril de 2008 a las 16:32h

casa.jpg

Vivas en la diáspora o en Galicia, no creas en absoluto que nuestra tierra posee la exclusiva de la Santa Compaña: me aseguran que ha sido vista en varios lugares castellanos, y una villa capitalina que se precie, como es Madrid, no podría existir sin esa regalía.
El Ministerio de Cultura tiene su sede en la Plaza del Rey, número 1, en un precioso y singular edificio del siglo XVI conocido como Casa de las Siete Chimeneas; se llama así porque siete son las chimeneas que coronan su tejado.
 
La casa fue residencia de personajes singulares, de los que el más controvertido resultó ser el marqués de Esquilache, el ministro que Carlos III trajo de Italia y que consiguió unir y amotinar a los madrileños en contra de su empeño por imponer la moda, aunque no se nos esconde el mar de fondo que vivía la sociedad de la época y que es la causa profunda del levantamiento popular. Pero la moradora de la mansión que dejó en los gatos una huella más profunda es una bella dama de tiempos de Felipe II.

Cuéntase de la mujer que era objeto de escándalo a causa de las numerosas visitas que recibía, incluida la del propio monarca. La alarma social debió alcanzar grado tal que el Rey optó por casarla. El destino o quien fuese jugó sus cartas y llevó al marido a la guerra en Flandes, donde falleció. Y nuestra viuda pasó a desarrollar una vida recatada y discreta, tanto que trascurridos unos meses apareció muerta en su lecho.

Narra la leyenda que, después de la hora bruja, la silueta de una hermosa mujer vestida de blanco se deslizaba por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas.

(Fotografía de procedente de Wikipedia)

Las “vidas” de Londres

Escrito por Marisol Estévez | Desde Londres
3 de abril de 2008 a las 14:48h

Londres (Reino Unido): Entre 7,5 y 14 millones de habitantes (si incluimos el área metropolitana). El inglés es su idioma oficial, pero la diversidad de su población hace que se puedan escuchar más de 300 lenguas distintas en esta ciudad, la más poblada de la UE.


london.jpg

Vivir en Londres te asoma al mundo. Londres es una ciudad hecha por sus habitantes: ingleses, irlandeses, originarios de las antiguas colonias como India, Bangladesh, Pakistán, Sudáfrica, Kenya, Hong Kong y las islas del Caribe; además de una gran comunidad procedente de África y de Australia y, por supuesto, de los países de la UE. Los latinoamericanos también se han asentado en la capital; con una afluencia creciente, sobre todo de brasileños. Todas estas gentes, culturas, etnias, clases sociales y vidas te hacen olvidar que eres de un sitio y querer ser de todos los sitios. Otras veces, sientes que la suerte ha estado de tu parte por haber nacido en este lado del globo.

Y hay quien pensará: “¿Diversidad? Para lo bueno y para lo malo”. Yo prefiero centrarme en el “para lo bueno”. Diversidad, lenguas y gentes. Como mis compañeros de trabajo. Como C., un colombiano que nació en un pueblo que no sale en los mapas, junto a la selva, no muy lejos del Pacífico, al que le gustaba ver muertos cuando era adolescente y se acostumbró a ver “soltar” en la plaza de su pueblo los cadáveres de los guerrilleros, a los que bajaban desde las montañas para que fueran reconocidos y enterrados por sus familiares; y que te lo cuenta tan tranquilo y te descubre que el realismo mágico magistralmente narrado por García Márquez no es un invento excepcional, es Colombia. Como S., pakistaní, que se va ahora a su tierra a casarse con una chica preciosa –los padres de ella lo “escogieron” para su hija y a ella le gustó, porque él también es muy guapo-. Muy jóvenes los dos, apenas se conocen, pero él dice que en Europa andamos al revés, que el matrimonio se construye durante el matrimonio, no antes. Y digo yo ¿por qué no? Aunque mis padres nunca han tenido muy buen gusto a la hora de presentarme “sin ningún tipo de intención” al hijo del vecino del pueblo, o de una prima, o de un amigo…

Creo que al final no somos tan distintos.  Sí es verdad que Londres no es la mejor ciudad para aprender inglés (de cualquier forma, desconfío de que se pueda aprender el inglés, o cualquier idioma, en unos meses). No obstante, en el esfuerzo por captar la lengua anglosajona se aguza el oído para otras. Así, llegamos a entender o chapurrar el italiano, el portugués, y hasta un poco de francés (¡vivan las lenguas latinas!).

También en Londres, aunque habrá quien me contradiga,  te sonríe la gente, y te saluda y es amable y educada; y le gusta hablar, incluso en el autobús. Malo, cuando una estaba recién llegada y no se enteraba. Pero bien, la clave está en intercambiar uno, o dos, o tres, sorry (perdone). Nos “sorriamos”  todos ­-que digo yo-, y sonreímos. Siempre una sonrisa. Aunque ya estemos en abril y aún no se vaya el frío.

American dream

Escrito por Esther Diz | Desde Filadelfia, EE.UU
3 de abril de 2008 a las 12:02h

Lo vemos en las películas, en la historia real de personajes americanos mundialmente aclamados. ¿Qué ocurre en este país que hace que lo que parece imposible o ficción ocurra realmente y nos deje atónitos de nuevo delante de las pantallas del televisor? ¿En qué consiste ser americano y por qué nos importa tanto lo que pase en este lado del charco?

Tras cinco años viviendo en este país y diez en contacto directo con sus gentes y costumbres creo que América hoy es como me explicaba una profesora en la facultad de letras de Aix, en Provence, “un gran bol de ensalada” donde cada elemento aporta un sabor y un color diferente, haciendo que el plato quede lleno de color, sabor y textura. América es el resultado de las personas que llegan a ella cargadas de sus respectivas costumbres e historias. Considero que aquí existe la oportunidad de observar y aprender de los demás cada día, es un sitio global, de convergencia de cultura, raza y religión.

Posiblemente su fortaleza provenga de esta unión de elementos, del afán de superación de los que deciden o consiguen instalarse aquí. En los meses posteriores a los atentados del 11-S se veían carteles por todas partes; en las puertas de las casas, en los paneles de las carreteras, en los bolígrafos en la consulta del médico, en las portadas de las revistas, en las batas de las enfermeras, en las pegatinas de los coches, en las bolsas de la compra. Todos ellos rezaban: “United We Stand”, “Unidos nos Mantendremos en Pié”, ¿y a quién le cabe la menor duda de que lo harán?

Somos muchos los que en ocasiones ridiculizamos la simpleza del americano medio, nos burlamos de su mentalidad infantil, de que escriban utilizando frases cortas y prefieran no crear oraciones subordinadas de tercer grado. Tras oponerme durante los primeros años, he de reconocer que el acercamiento simplista de las cosas que tiene el americano y la ñoñez con las que celebra y aborda las pequeñas y grandes cosas es liberadora y sana, especialmente para la mente europea, acostumbrada a que un simple trámite administrativo se torne en un proyecto de largas horas de dedicación y a que las relaciones humanas sean mayormente complicadas. En América por el contrario la gente tiende a querer ver un final feliz en una película y en la vida, aunque no sea lo más realista y se esfuerza en simplificar absolutamente todo lo que pueda.

Tal vez su éxito radique en la visión optimista y sin complejos que tienen de las cosas. Los amigos se abrazan cada vez que se ven y se dicen te quiero si hace falta. Es agradable. Hace un par de años, cenando con Carlos Núñez en una hamburguesería de Chicago tras un concierto que había dado con los Chiftains, hablábamos precisamente de estas cosas, mientras veíamos los oscars en la televisión (aquella noche se reconocía el score de la película Mar Adentro). Nuestro gaitero me decía que le asombraba la positividad y la mentalidad alentadora de los americanos. Admiraba que aquí se animase a una niña sin aparente talento musical a continuar practicando con una frase de tipo “buen trabajo” o “lo haces muy bien” por cada nota que daba. – Si fuese en España, le dirían que abandonase la música.

Tengo que estar de acuerdo con esa afirmación, pues no olvido que fue mi profesor de inglés de COU quien me dijo que me dedicase a la poesía, que el inglés no era lo mío. Por suerte no le hice mucho caso. Hoy soy traductor jurado del ministerio de Asuntos Exteriores, tengo tres licenciaturas en traducción y dirijo una empresa de servicios lingüísticos en America.