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El populismo

jueves, febrero 19th, 2009

Empiezan las elecciones: Galicia entera se revoluciona. Escándalos de última hora, estadísticas que suben y bajan como los ascensores de un centro comercial, órdagos políticos (“si me votáis erradico el paro, la enfermedad, la muerte”), acusaciones cruzadas incluso entre los dos candidatos que, presumiblemente, volverán a aliarse… Y yo, que vivo en un país en el que soy analfabeto, porque no puedo ni leer ni escribir el idioma que manejan los nativos, me encuentro, en medio de este rifirrafe político, con que también me falta texto, chicha, sustancia, meollo… Es decir, programa.

El mundo político evoluciona hacia el de la publicidad comercial. Cada vez interesan menos las propuestas políticas –¿ha cumplido el actual gobierno sus promesas? ¿Cuáles son sus nuevas propuestas? Y la oposición: ¿ofrece soluciones? ¿critica o construye?– y más los lemas, las sintonías, los gestos. Falta poquito para que Feijoo, Touriño y Quintana –en estricto orden de intención de voto del electorado gallego– nos suelten un “Just do it“, un “Cocacola es así“, o un “Porque yo lo valgo“. Lo importante es seducir, embrujar, transmitir un ritmo al que puedan bailar los votantes –bailar porque no piensen–.La prueba, los lemasy logotipos de los últimos años: ZP, Feij009… Muy moderno todo, oiga.

También surge de nuevo el léxico bélico: hay que defender el país, estar a la vanguardia, proteger a los nuestros, permanecer en la trinchera, dejarse la piel. Todo por meter miedo, que es el lenguaje de la política. Si votas al PSOE –nos dice el PP–la crisis se convertirá en crónica, España se hará pedazos y Tintín jamás regresará del país de los Soviet –horror–. Si votas al PP –dice el PSOE– volverá la derecha cavernaria, Franco reirá en su tumba y el Madrid ganará para siempre la copa de Europa –terror–. Si votas a los partidos españoles –dice el BNG– se perderá el gallego, todos asistiremos a los toros y nos iremos por bulerías, y los pulpos emigrarán a las costas de las otras naciones celtas –pánico–.

Mientras, el escándalo del cabeza de lista orensano, el minibar de Quintana y el Audi AOito de Touriño pasan por delante de nuestras narices sin que sepamos realmente si  las acusaciones tenían o no fundamento, porque cuando suceden esas cosas los políticos hacen como las gaviotas: chillan un montón y luego se van volando para posarse lejos, al fondo de la playa, hasta que baje la marea.

Un buen ejemplo de esta demagogia es –caigan los palos si han de caer– el reggaeton que le han hecho a Anxo Quintana. y que el BNG utiliza en sus mítines (http://www.youtube.com/watch?v=Z52mSBOVT7A). A Obama también le hicieron uno, pero claro, el nuevo presidente de EEUU estaba interesado en el voto de los latinos. ¿Cuál es el objetivo de tan céltico reggaetón dedicado a “Quin”? Me imagino que los gallegos de ultramar. Tenemos que demostrarles que nosotros, los gallegos de Europa ,también somos Caribe, que Breogán sabe mover el culo. Fraternidad de celtas y boricuas: empanada de papaya, brother.

Y digo que es demagógico, claro, no por la música, sino por la letra, que comparte con las intervenciones de la mayoría de los políticos una profundidad de cubito de playa. Aquí el video:

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Y aquí la letra:

Oíde todos, este é un home preparado,

a esperanza chegou ao noso lado.

¿Cómo lle din? ¡Quin!

¿cómo se chama? ¡Quintana!

Disque en Madrid non contamos

invisibles porque non votamos,

pero aquí estamos,

e todo isto vai cambiar,

xuntos pola rúa, agora imos votar.

¡Escoitade xente,

é tempo pra algo diferente,

o que precisamos é un novo presidente!

Os de A Coruña, ¿cómo se chama?

¡Quintana, Quintana!

Pontevedreses, ¿cómo se chama?

¡Quintana, Quintana!

E os de Lugo, ¿cómo se chama?

¡Quintana, Quintana!

Nesta gran nación

fai falla predisposición

pra non esquecer a emigración.

É doado culpar alguna xente

porque Galiza está doente.

¡Esperta, imos a elixir a quen nos defenda!

 

Obviando que esta letra te la gritan (es el estilo Reggaetón) y los insoportables ripios, vamos a ver algunas cosas que dice la letra:

 

“Disque en Madrid non contamos, invisibles porque non votamos”

 

Pero a ver… ¿cómo que no votamos? ¿Quienes? En Galicia la gente vota igual que en el resto de España… Y la mayoría al PSOE y al PP. Y los que votan al BNG votan también…¿Entonces quién no vota? ¡Reggaetooooon!

 

“Nesta gran nación fai falta predisposición para non esquecer a emigración”.

 

Falso. En esta gran nación te meten la emigración por los ojos y las orejas desde que eres pequeño. Enciendes la tele: emigración. Abres el periódico: emigración. Enciendes la radio, lo mismo. Abres un yogur: emigración otra vez. En esta gran nación nadie se ha olvidado de la emigración. Es más, olvidarla es lo difícil. Además, y ya poniéndome el chip de profe: ¿qué tipo de frase es esa de “hace falta predisposición para no olvidar la emigración”? ¿Cómo se hace eso? ¿Te lo repites por las mañanas? “Estoy dispuesto a no olvidar la emigración hoy”… ¡Pero si dan ganas de emigrar para no oir hablar todo el día de emigración!

 

“É doado culpar alguna xente porque Galiza está doente.”

 

Ya estamos: culpar, culpar, culpar… ¿Para qué vamos a buscar soluciones si podemos pasarnos la vida culpando? Es más rentable políticamente apuntar con el dedo que sentarse a trabajar. Pues hala, Quin, cuéntanos quiénes son los culpables. ¿Los Reyes Católicos? Y para rematar…

 

“¡Esperta, imos elixir a quen nos defenda!”

 

Otra vez con la defensa de Galicia, no se sabe de qué ataque. Y con ese “despierta” que tanto repelús me da en política, porque presupone que los votantes de otras formaciones están dormidos, atontados o equivocados. ¡Que no hay que despertar a nadie! ¡Que la gente no vota a vuestro partido porque no quiere! (y lo aplico a todos los partidos, ojo).

Todo esto, aderezado con una generosa ración de frases que no significan nada, o no-lenguaje: “aquí estamos”, “esto va a cambiar”, “todo será diferente”, y blablablá. No tienen contenido semántico, pero reafirman al individuo como elemento de la tribu.

Pues bueno. Para oír tonterías de tal pelaje no tienes más que ver las declaraciones públicas de los candidatos en la tele, pero para enterate del programa tienes que entrar en internet, buscarlo o pedirlo en unas oficinas del partido… Es casi tan difícil como apostatar. Transparencia política, se llama esto, o tratar al electorado como idiotas. ¿Nos lo merecemos? ¿Qué pasaría si la sociedad le mandara a los políticos el siguiente mensaje? ¡No queremos consignas, sino argumentos! A saber.

Y para que no penséis que solamente le meto caña a Quintana, aquí tenéis un viejo vídeo de un vallenato dedicado a Rajoy:

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¡A bailarrrrrrrrrrr!

 

 

Presumiendo de alumnos

jueves, febrero 19th, 2009

 babas1

Hace unos meses me fui con algunos alumnos a cenar a un restaurante macedonio que acababa de abrir en Taichung. Éramos los siguientes: Ester, Diego, Ofelia, Natalia, Cecilia, Gabriela, Claudia, Rosa, Cristina, Silvia y Héctor, que es el fotógrafo y por eso nunca sale. Y yo, claro. Aquí está el enlace, el blog de Héctor –perdóneme la bizquera (voluntaria) y las greñas–:

http://gn01234321.pixnet.net/blog/post/22074363

El cocinero, que se llama Alexander –”Alexander the Great”, le dije yo para hacer la gracia, y él me la devolvió: “No, Alexander the cook”– está casado con una taiwanesa y abrió el restaurante con su padre, que es el señor de bigote y además fan del Real Madrid. Se come bien, y los dos fueron encantadores durante toda la cena. Además, nos invitaron al postre, que estaba muy bueno. La velada giró alrededor de los siguientes temas:

1. Novios y novias.

2. Tacos taiwaneses (en una de las fotos aparecen todos gesticulando para que no vuelva a repetir en voz alta el palabro que me acaban de enseñar).

3. Dificultad de la gramática española (en eso estuvieron todos de acuerdo, lo pobres).

4. Conveniencia de que me compre una moto y, de hacerlo, de comprar una “de verdad” o una scooter (ganó la moto de verdad porque es más de hombre).

5. Galicia, en particular, la belleza de los habitantes (¿son guapos los gallegos y las gallegas? ¿Qué piensan de Taiwán?, etc.

Me lo pasé muy bien. Estoy haciendo muy buenas migas con mis alumnos. Son muy amables conmigo, y me encanta ver cómo se esfuerzan por hablar español y cómo pierden su miedo y mejoran. Ya sé que lo digo mucho en este blog, pero… Es una maravilla trabajar de profe, aunque a veces pese la lejanía.

 

 

Regreso a Taichung

domingo, febrero 15th, 2009

Viernes, 13 de febrero:

6′30: me levanto.

7′30: autobús 201 desde Avenida de América hasta la Terminal 2 de Barajas.

10′30: despega el vuelo KL 1700 desde Madrid.

13′20: aterrizamos en el aeropuerto de Schiphol, Amsterdam.

15′15: despega el vuelo KL 887 desde Amsterdam.

Sábado, 14 de febrero

2′30: aterrizamos en el aeropuerto de Hong Kong (hora local: 9′30 del 14 de febrero).

4′30: despega el vuelo CI 904 desde Hong Kong (hora local: 11′30).

6′05: aterrizamos en el aeropuerto de Taipei (hora local: 13′05).

7′00: arranca el autobús que nos lleva desde el aeropuerto de Taipei hasta la estación de autobuses de Taichung (hora local: 14′00).

9′00: llegamos a la estación de autobús de Taichung (hora local: 16′00).

9′15: después de casi 27 horas de viaje, llego a una casa que aún no es hogar.

 

A Paco: gracias por ser tan buen amigo y compañero de viaje.

A mi Familia y a los amigos que vi: gracias por ser tan buenos conmigo. Ha sido estupendo veros. Espero volver pronto, quizás para siempre.

A los amigos que no pude ver: sigo pensando en vosotros y llevándoos en mi corazón. La próxima vez será.

¡Y mañana, clase!

Dos lecciones políticas de Ángel Ganivet

jueves, enero 8th, 2009

Leo estos días, por motivos de trabajo, Idearium español, de Ángel Ganivet, pubicado a finales del siglo XIX a cuenta de la crisis política que España vivía, y descubro con placer que en hay en cada libro, incluso en los que defienden puntos de vista opuestos a mi modo de pensar –como es el caso–, algo que rescatar del naufragio del desacuerdo.

Dos anotaciones. La primera viene a cuento de una nota a pie de página del editor, Neslon Orringer, así que no se debe propiamente a Ganivet. Aun así, merece la pena. Cuenta la siguiente anécdota:

“Bajo Omar (¿586? – 644), segundo califa musulmán de Arabia, los árabes conquistaron mesopotamia y Siria e iniciaron la conquista de Irán y Egipto. En el año 642 el general árabe Amrón entró en Alegandría y, según Ibn al-Kifti (en su Historia de los sabios, hoy no considerada fidedigna), escribió a Omar pidiéndole instrucciones sobre qué hacer con los libros de la biblioteca más famosa de la Antigüedad. La legendaria respuesta de Omar fue el siguiente dilema, que ofrecía dos alternativas aparentemente contradictorias, aunque ambas con la misma destructiva consecuencia: “En cuanto a los libros que mencionas, he aquí mi respuesta: si su contenido concuerda con el libro de Alá, podemos prescindir de ellos, pues en ese caso el libro de Alá basta y sobra. Si, por otra parte, contiene materia contraria al libro de Alá, no puede haber necesidad de conservarlos. Prosigue, pues, y destrúyelos.”

¿No es increíble el parecido de la respuesta del fanático Omar con la mantenida por los políticos, los bloques mediáticos y determinado sector de la opinión pública –sector, por cierto, en crecimiento– con respecto a la manera de contemplar la vida política del país? Cada día más gente en España –y sospecho que en el mundo entero– se levanta cada mañana, enciendo su emisora de radio o abre su periódico y recibe su versión de los hechos. Es decir, se programa voluntariamente e interpreta el mundo en clave de dicha programación: si la información externa a su bloque mediático concuerda con la versión asumida, no hace falta ni recibirla, pues ya nos la ha dado el periódico, la radio o la tele de turno. Si no concuerda, rechazada también. Fantástico. Nos comportamos como fanáticos del siglo VI.

Ya decía Savater, al hilo de esta actitud y con mucha razón, que en este país casi nadie tiene derecho a decir “yo opino”, sino “yo repito”. Y ojo, soy consciente de que mencionar a Savater implica que los suscriptores de uno de los bloques mediáticos mencionados arriba (PRISA en este caso, para qué ahorrarnos los nombres) saquen a relucir sus insultos tribales, encabezados por “facha” y “pepero de mierda”. Nada nuevo; no me asusto.

La segunda de las citas que quisiera compartir con ustedes sí se debe a Ganivet en persona. En ella, el autor andaluz hace un lucidísimo análisis de… ¡La crisis económica actual!. Dice:

“No me gusta la propiedad individual ni la colectiva, pero la comprendo aliada con el amor: un hombre que posee una casa y la ama, porque en ella nació y piensa morir, es un propietario útil; un hombre que construye casas y las posee sólo hasta que logra venderlas con beneficio, es un propietario perjudicial, pues si le deján será capaz de construirlas tán frágiles que se hundan y aplasten a los pobres inquilinos. Todo el progreso moderno es inseguro, porque no se basa sobre ideas, sino sobre la destrucción de la propiedad fija en beneficio de la propiedad móvil; y esta propiedad, que ya no sirve sólo para atender a las necesidades del vivir, y que en vez de estar regida por la justicia está regida por la estrategia, ha de acabar sin dejar rastro, como acabaron los brutales imperios de los medos y de los persas.”

¡Pero cómo! ¡Hace más de un siglo y con qué claridad lo expone! ¡Y nosotros teniendo que tragarnos las caras de panoli de todos los ministros de economía de mundo “civilizado” mientras nos dicen que no había manera de ver venir la crisis –después de haberla negado durante meses–! ¡Pero si mis padres, que tienen una librería pequeñita en Ferrol la llevan viendo venir dos años!

La crisis actual viene porque los gobiernos llevan mucho tiempo dejando el campo  libre a los especuladores; porque en los mismos gobiernos hay representantes de la casta de los especuladores; porque los gobiernos tienen miedo de los especuladores y les rinden cuentas. Los gobiernos supuestamente conservadores moderados y los supuestamente moderados izquierdistas, que coinciden en ser, tras las máscaras, simples y burdos neoliberalotes.

Que tenga que venir un autor de la generación del 98 a explicarnos la política actual…

Un dedo de madera

jueves, diciembre 25th, 2008

dsci1979

Desde hace un par de días tengo un undécimo dedo de madera, con su huella digital correspondiente. Ahí lo tienen, a su izquierda, manchado de tinta roja después de dejar su rastro en un documento.

¿Cómo es que he regresado a los tiempos del lacre y los sellos reales? Pues porque en el Banco Postal de Taiwán, donde tengo –por narices– la cuenta en la que la Universidad ingresa mi salario, no acepta la firma normal como método de reconocimiento. Así que Hugo, un alumno de máster y buen amigo, encargó para mí este nuevo dedo con el que estampar mi aprobación a las idas y venidas de mi dinero.

Supongo que, en el fondo, es igual de segura que una firma hecha a mano. ¿Qué posibilidades hay de reproducir, con todos sus pequeños defectos, sus grietas y poros, un pequeño sello de madera? Imagino que pocas. Y lo espero también: tengo poco dinero, pero no me gustaría nada que alguien con un dedo de madera gemelo del mío se lo llevara todo para pasar un fin de semana loco en Honk Kong.

¿Habrá peritos expertos en reconocer sellos falsos?

La stella che non c’é (la estrella ausente)

viernes, diciembre 19th, 2008

Es difícil encontrar, en los días que corren, un retrato equilibrado de la China moderna. La mayor parte de la gente cae en los extremos y nos muestra, o bien una China idílica poblada de obreros rebosantes de felicidad gracias al sistema maoísta o a la filosofía taoísta -todo depende de las tendencias políticas del relator-, o bien una China mostruosa, degenerada, en la que la gente sufre una vida indigna de tal nombre y solamente cuenta para el estado como una célula sin personalidad ni derechos del inmenso cuerpo de la producción masiva.

Sobra decir que China no es ni una cosa ni la otra, como bien refleja la película que vi ayer: La stella che non c’é.  Italiana, del año 2005, dirigida por Gianni Amelio y protagonizada por el grandísimo actor Sergio Castellitto, es una de las descripciones que más se ajustan a la China que yo he vivido durante dos años.

Una China -perdóneseme el tópico- plaga de contrastes: socialista y capitalista a la vez -es decir, ninguna de las dos cosas-, llena de sabiduría y al mismo tiempo víctima de una gran ignorancia sobre todo aquello que no sea su propio ombligo, dueña de una serenidad excepcional relacionada con sus más antiguas tradiciones filosóficas y a la vez poseída de una crispación difícil de soportar en ocasiones, la película de Amelio muestra, con gran dosis de crítica, pero también de mano izquierda, el horror y el amor que siente, a partes iguales, un extranjero que se encuentra en el País del Centro sin preparación ninguna.

Lo mejor de la película, sin duda, la relación entre el protagonista italiano que, sin pensárselo dos veces, se mete en las entrañas de la China trabajadora del Oeste -Shanghai y las demás ciudades de la costa no son más que engañosos escaparates- y su traductora, una mujer a la que ha ofendido en su primer encuentro, y que es deudora y víctima de lo mejor y lo peor que puede ofrecer hoy al mundo la cultura china: paciente, discreta, dueña de una gran dignidad y de un delicado sentido del humor, pero también víctima de un sistema económico inhumano y marginada, a causa de su maternidad fuera del matrimonio, por una sociedad que une, en su intolerancia, las más rígidas normas confucianas -no reflexionadas aún a pesar de  su falta de vigencia en el mundo moderno- con el repugnante puritanismo socialista.

Si la protagonista femenina es una inteligente representación del la actual juventud china, el personaje que representa Castellito no lo es menos de lo más luminoso y oscuro dela vieja Europa: apasionado, guiado por un inquebrantable sentido del deber individual -que choca en varias ocasiones con la visión colectiva que la mentalidad china tiene del ser humano-, lleno de un amor propio que le permite estar en pie a pesar de ser un perdedor, pero víctima a su vez de la soledad y el desencanto -refinado e irónico, pero desencanto al fin y al cabo- a los que nos ha llevado en Occidente el individualismo -excesivo, sin duda, en ocasiones- de la vida moderna.

Y es que como dice Li en una escena de la película, “la caña de azúcar nunca es dulce por los dos extremos”. ¿Cómo  condenar en bloque a toda una civilización como la China? ¿O cómo idealizarla, negar que existe un lado oscuro -oscurísimo-? Y lo mismo se puede aplicar a la cultura europea. ¿Quién más sino nosotros ha llevado a los cuatro rincones de la Tierra lo mejor y lo peor de su manera de ver el mundo?

Esperemos a ver qué ocurre con China. Seamos exigentes con ellos en la misma medida que lo somos con los demás y con nosotros mismos, pero no les pidamos más -no sería justo- y, sobre todo, no nos escandalicemos como puritanas cada vez que hacen algo malo que se repite, aunque a escondidas, en nuestros patios traseros.

Ayer la película me recordó un poema de Kipling que creo haber mencionado ya en este blog. Dice:

 

“Oh, East is Est and West is West, and never the twain shall meet…

But there is neither East nor West, Border, nor Breed, nor Birth

When two strong men stand face to face, though they

come from the ends to the earth!”

 

[¡Ah, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente, y nunca se encontrarán… / Mas no hay Occidente ni Oriente, no hay frontera, linaje ni cuna / Cuando dos hombres fuertes se encuentran cara a cara, así vengan de los confines de la tierra!]

 

Dos hombres, o dos mujeres, o una mujer y un hombre, como es el caso de La stella che non c’é. El ser humano es igual en todas partes, y basta querer entenderse para hacerlo -aunque a veces la dosis de buena voluntad necesaria para conseguirlo nos parezca excesiva-. Y no estoy dando un sermón: yo mismo, hoy en día, no soy capaz del sacrificio que me exige aceptar ciertas diferencias que existen entre mi mundo y la sociedad que me ha acogido, y que me están complicando la vida más de lo que quisiera. Procuro no juzgar la cultura china, pero ¡cuántas veces me sorprendo a mí mismo haciéndolo!

Me voy por las ramas. Vean, en todo caso, La stella che non c’é. Cuando terminen de verla,  sabrán un poco más de China.

Novelas para leer en el tren

viernes, diciembre 12th, 2008

Me he llevado una buena sorpresa hoy al comprobar, leyendo un libro sobre los últimos años de la vida de Marcel Proust –el escritor que más me ha gustado de todos los que he leído jamás–, que ya en su época se distinguía entre la literatura buena y la de digestión rápida para leer en el transporte público –que aporta poco, o nada en ocasiones–, algo de lo que hablaba en la entrada anterior.

Cuenta la anécdota Celeste Albaret,  asistenta de Proust durante más de una década, a raíz de el último encuentro entre éste y el escritor Marcel Prevost, quien, con anterioridad a lo narrado, había escrito un artículo muy malintencionado sobre el autor de En busca del tiempo perdido. Transcribo textualmente:

 

“Cuando volvió, tarde por la noche, a pesar de su agotamiento parecía divertido y de buen humor. Me contó:

–Ah, mi querida Céleste, a quien sabe esperar todo le llega. Esta noche me he divertido. Todo el mundo estaba en la fiesta… Quizá demasiada gente, un poco mezclada. Y mire lo que son las cosas: allí se encontraba el novelista Marcel Prévost, del que le he hablado a menudo. Daba vueltas a mi alrededor. Yo estaba con gente que me hablaba de mis libros y me felicitaba. Él se ha acercado y me ha dicho: “Buenos días, monsieur Proust”. He fingido no verle ni oírle. Ha regresado un poco después: “Mi querido colega…”. Aunque esta vez tampoco me he dado por aludido, ha seguido sin entender. Se ha puesto una tercera vez detrás de mí y me ha dicho: “Querido monsieur Proust, imagínese que, el otro día, nos confundieron”. Entonces, he dado media vuelta y he contestado, con una voz fuerte, para estar seguro de que todo el mundo lo oyera: “¡Sólo coincidimos en las iniciales!”. Después de esto, le aseguro, Céleste, que no le quedarán ganas de venir a saludarme, que es exactamente lo que to quería.

Y añadió riendo:

–Yo no escribo novelas para leer en el tren.”

Desde luego que no las escribió. Toda su obra está en las antípodas de ser esa literatura gruesa y simplona que trata al lector como a un tonto y que es la que más se vende ahora. Al leer a Proust uno casi abandona el cuerpo y entra en un mundo completo en sí mismo, independiente del autor y del lector, que sigue palpitando cuando se cierra el libro. Cuando uno termina, con provecho, la lectura de En busca del tiempo perdido, se conoce mejor a sí mismo –porque parece, lo juro, que Proust te mira dentro y te pone delante lo que encuentra– y tiene una visión más amplia y profunda del espíritu humano. Lo mismito que las novelas de Dan Brown, que no son más que crema pastelera barata para rellenar el tedioso vacío de los aeropuertos o de los viajes mañaneros en el cercanías.

Hay, por supuesto, todo un universo, casi infinito –toda la literatura–, entre Proust y Brown, que es lo mismo que decir entre lo mejor y lo peor. Gracias a dios, hay muchos libros maravillosos que, si no llegan al nivel de Proust y los pocos que están a su altura, aportan también su buena ración de sabiduría. De éstos, la mayoría son mejores para leer en un sofá, tranquilito –eso es leer– que en el metro o en el bus, a trompicones –eso es ausentarse del mundo–. Se pueden practicar las dos cosas, pero conviene, para no llevarse disgustos, saber qué libros pertenecen al silencio y cuáles al traqueteo mundano.

Y, sobre todo, conviene dedicarle más tiempo a la primera forma de lectura que a la segunda. O eso pienso yo.

La subasta

domingo, diciembre 7th, 2008

Hay una actividad que aprendí en International House y que me gusta mucho. Se llama “la subasta”, y suelo utilizarla antes de los exámenes, para repasar gramática de forma lúdica.

Consiste en lo siguiente: divido la clase en grupos de 5 ó 6 alumnos (es que aquí las clases son muy numerosas…) les doy a cada uno, por ejemplo, 5.000 españolines, la moneda de curso legal en mi clase de español. Escribo entonces diez o doce frases incorrectas, intentando abarcar con ellas todos los temas que he explicado en clase. Los alumnos discuten las frases e intentan encontrar los errores. Después empieza la subasta, y cada grupo puja por aquellas frases que cree poder corregir sin problemas. Como es lógico, yo ofrezco un precio de partida y ellos van sobrepujándolo. Por supuesto, quien compra una frase y no la soluciona recibe una penalización.

Pues lo que son las diferencias culturales: el otro día, antes del examen parcial de gramática de segundo curso, preparé una subastita con un poco de todo: ser y estar, tiempos pasados, pronombres personales de complemento directo e indirecto… Explico a los alumnos lo que es una subasta, les reparto las frases y les dejo pensar.

Comienza el juego. Pido 300 españolines como precio de partida por la primera frase. Y en vez de ofrecerme más… ¿no van los muy… taiwaneses y me empiezan a gritar que es muy caro y que me he subido a la parra? ¡Regateando con la gramática y todo!

Quien haya estado en Taiwán –en China es igual, en este caso– sabe que el regateo forma parte de su día a día. A mí es algo que me encanta: me parece justo, y humaniza muchísimo el comercio. Además, es más divertido, y nadie sale realmente perdiendo, porque todo tiene sus límites y suele ser llevado con la máxima cortesía y buen humor. Además, favorece las relaciones, porque permite a los comerciantes mostrar su aprecio a los buenos clientes –o la gente con gracia para convencer–. Yo jamás he tenido problemas con ningún vendedor, y he pasado muy buenos momentos –¿te acuerdas, Crispi, con los bolsos y las maletas en el mercado de la seda?–.

La verdad, me hizo encantó ver que, incluso en un contexto ficticio como es el de la clase, los alumnos echaron mano de su conocimiento inmediato del mundo e intentaron regatear. Por supuesto, nos reímos todos un montón y eso facilitó el desarrollo de la actividad, aunque cuando terminó las subasta uno de los grupos no había pujado por nada… ¿entenderían de qué iba aquello?

Autorretrato taiwanés

jueves, noviembre 27th, 2008

He aquí mi nuevo yo, mi versión mejorada, la interpretación taiwanesa de Miguel Salas Díaz.

 

De esta guisa recorro las atestadas calles de Taichung, subido en una bicicleta toda luz -reflectantes, tecnología LED, focos halógenos, lo que sea para que los coches me vean de lejos-.

 

Ya le he ido cogiendo el truco a esto del pedaleo y, pasadas las primeras semanas de fatiga, he de reconocer que no está del todo mal, así que pospongo la idea de comprar una moto, como todos los buenos taichungueses -unos seres interesantes, estos taichungueses, ya iremos adentrándonos en su psicología, o por lo menos en lo poco que me dejan entrever…-.

 

Repasemos mi atuendo: casco y máscara.

 

El casco, claro está, es por si me caigo, porque si me embiste un coche de poco me va a servir. Está hecho de corcho, y no creo que aguante el impacto tras quince o veinte metros de vuelo libre. Crucemos los dedos. Hay que decir, en favor de los conductores taichungueses, que no son especialmente amigos de la velocidad. Desordenados son un rato, eso sí, pero corren poco.

 

En cuanto a la máscara, quizás recuerden ustedes el brote de SARS que hubo hace… Cinco años, creo. Se trata de las mismas que usaban para protegerse del contagio. Ahora las usan para ir en moto, y como soy fiel al refranero -siempre te proporciona una frase que justifique tus actos- me apliqué aquello de “a donde fueres haz lo que vieres”. No creo que me proteja de la contaminación, pero me hace decididamente más interesante. Quizás pueda intentar eso de ligar en los semáforos, ¿quién sabe lo que se puede conseguir con un guiño? Esperar ante el disco rojo puede llegar a unir mucho a dos biciclistas rodeados del peligro rugiente de los coches…

 

En fin, que aquí les dejo el reflejo de mi nueva imagen: adaptarse o morir. ¡O morir adaptado, por lo menos!

Regreso al futuro

jueves, octubre 23rd, 2008

Llevo bastante tiempo sin escribir, para lo prolífico que suelo ser. Y no es que haya perdido el interés, ni que esté demasiado ocupado como para encargarme de este blog de vez en cuando. La verdadera explicación es que desde que llegué a Taiwán les escribo desde el pasado. Más exactamente desde el año 97 –ni siquiera 1997, no se crean, no hay mil novecientos que valgan–.

¿Por qué?, se preguntarán algunos. Porque el origen del actual calendario taiwanés no comienza el día del –supuesto– nacimiento de Cristo, sino el del nacimiento de la República China, acecido en nuestro 1911, cuando, tras la revolución de Xinhai, el Kuomingtang o partido nacionalista chino derrocó al último emperador de la dinastía manchú Qing –¿recuerdan aquella película de Bertolucci?–.

Ya ven. Después de un mes viendo ir y venir documentos del  97, y diciendo para mis adentros que vaya con el año 1997, que debió de ser un año importantísimo en mi universidad, porque se firmaron muchas cosas, caigo en la cuenta de que el año 97 es este en curso, y vengo y se lo cuento porque me ha hecho gracia.

Así que no se piensen que no escribo: es que mis mensajes tardan en llegar. No en vano tienen que recorrer, al pasito de las cortas patas de las letras de molde, 1911 años, que no son pocos.

Si es que es lo que tiene el nacionalismo, que funda y freunda, y venga y toma y dale con las fechas míticas, patrioticas y demás, y luego no nos entendemos.

A 1 de Brumario, día de la manzana, según el calendario revolucionario iniciado el 22 de septiembre de 1792.