La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas para la categoría ‘Taiwán’

Diario de verano III

martes, julio 7th, 2009

Ser vegetariano en España es un infierno. Sobre todo después de vivir en Taiwán, que es un paraíso para budistas y demás amantes de los animalitos. En Taichung, solamente en mi calle hay cinco bufés vegetarianos. Pero no es la única diferencia, sino la amabilidad con que atienden las demandas vegetarianas en cualquier restaurante que sirva carne. En un momento te lían, con arroz y unas verduritas, un plato sencillo pero sabroso.

Igualito que en España, donde la primera reacción de muchos camareros cuando le dices que eres vegetariano es poner unos ojos como platos. Después te mandan mentalmente al infierno –se nota en sus caras– para empezar, acto seguido, con los “puffffs”, y los “pueeeeeeees”, síntoma inequívoco de la pereza mental. Has cometido el pecado mortal de sacarles de la carta, cosa que en Taiwán se acepta con total naturalidad. Preferirían decirte que no hay nada, que te vayas, pero el caso es que estás sentado con otros cinco, y no compensa. Comienza entonces la pesadilla:

-Tenemos sandwich vegetal.

-¿Y qué lleva? –es que ya me los conozco, jeje–.

-Lechuga, tomate, cebolla, atún y huevo.

-Mira, es que no como atún.

-Pues le quito el atún.

-Pero es que tampoco como huevo: soy vegano –no lo digo hasta ese momento porque no suelen saber lo que significa esta palabra, no para darle intríngulis a la conversación–. O sea, que no como ni carne, ni pescado, ni huevo, ni lácteos. Ni miel (por si las moscas). Nada de origen animal, vamos.

-Ah. Te puedo hacer un sandwich de queso.

-El queso es un lácteo.

Cortocircuito. Tras un momento de duda encuentra la solución:

-Eeeeeeeeh, entonces te hago una ensaladita de lechuga, tomate y cebolla.

Les prometo que este diálogo lo he sostenido prácticamente sin cambios en bastantes restaurantes de toda España. Galicia, a pesar de su abundancia vegetal, no es una excepción. Es cierto que en muchos lugares comienzan a tener en carta dos o tres platos aptos para veganos, por si las moscas entra algún tronado como yo –grillo o vaca es lo que más nos llaman–. Aunque estemos lejos de las posibilidades que ofrece Taiwán, un país de gran tradición vegetariana por influencia del budismo, nos vamos acercando.

O quizás soy yo el que ando confundido y algún día, dando un paseo por Covas, algún amigo me enseña los árboles en los que crecen el atún y los huevos cocidos.

Diario de verano II

domingo, julio 5th, 2009

Pues no hay manera de acertar con los libros últimamente… ¿Recuerdan El tercer policía que iba a empezar cuando escribí mi última entrada? Pues lo paso fatal leyéndolo. Es un libro que está muy bien escrito, y el argumento es muy divertido, pero tan delirante que… Me provoca pesadillas por las noches. Suena raro, lo sé, pero se ve que me revuelve el inconsciente. Lo he dejado a la mitad a la espera de unos días en los que esté más relajado.

Empecé después una biografía de Marcel Proust que ha escrito un tal Diesbach y que se llama… Marcel Proust. Pues todo lo que tiene el título de simple le falta después a la prosa. Qué alambicada, retorcida, pedante, qué imágenes más cursis, qué ganas de ser más Proust que Proust… Un tostón horrible, seiscientas páginas en las que el autor describe con una morosidad insoportable hasta los detalles más pequeñitos de personas que coincidieron con Proust en dos o tres fiestas de nada. No soporté ni cien páginas.

Así que he ido a lo seguro, y me he comprado Diez negritos, de la tramposa de Agata Christie, traducido ahora, más acertadamente, como No quedó ninguno (el título original es And Then There were none). Me lo leí a los catorce años y me encantó. A ver cómo resiste el paso del tiempo. Ya les contaré.

Desde que estoy en España he redescubierto la tele. Allí en Taiwán, como no la entiendo, no la enciendo. Mano de santo, la ignorancia. Aquí caigo en la trampa, zapeo, me abstraigo, desespero. Me he fijado en una cosa: ¿se han dado cuenta que los tertulianos de la tele, en especial los del corazón, están deformados de tanto gritar, insultar, mentir, acusar, despreciar, descuartizar, señalar y maldecir? Vean uno de esos programas de tripa rosa sin volumen; observen las venas de la frente, los ceños lobunos, los colmillos goteantes de saliva, las manos crispadas, los ojos inyectados en sangre. Mis favoritos coinciden en el mismo programa, La noria: son María Antonia Iglesias y Enric Sopena. Saquitos de bilis. Un día, de la presión, les va a saltar un ojo como el corcho de una botella de cava.

Háganme caso: vean esos programas sin volumen, con Carmina Burana de Carl Orff como banda sonora. Lo que dicen, nunca –nunca, nunca, nunca– merece la pena, y verles retorcerse en versión muda es como contemplar un auténtico retablo de monstruos. Sentirán usted auténtico terror, y quizás no vuelvan a caer en la tentación de intentar escuchar a tamaña banda de…

Viva Agata Christie.

Diario de verano I

viernes, junio 26th, 2009

Ya estoy en suelo patrio. Llevo aquí una semana exacta, y todavía no he salido del todo de la nube de estupor que me provoca el famoso jet lag. Estoy en Galicia, pero el domingo me vuelvo a Madrid para participar en un congreso de hispanistas que se celebra en Alcalá de Henares. Viene Francisco Ayala, con sus ciento y pico añazos. También me reencontraré con una antigua alumna de China que ahora estudia un máster en Barcelona.

La aldea se conserva como siempre. Poca gente –el tiempo, oscilante, no invita a la playa– corredoiras vacías, moras casi en su punto en las silveras  y una vaca –¿la última de Covas? Espero que no–, justo frente a mi casa, que muge todas las tardes para que la vengan a recoger cuando se cansa de pastar al sol. Vida. Es bueno volver y mirar la luz del faro de cabo Prior antes de dormir.

Ayer terminé de leer los seis primeros libros de los Anales de Tácito, que forman el primero de los dos volúmenes en los que la editorial Gredos los publicó. Es muy interesante, pero he echado de menos a Suetonio, que en su Vida de los doce césares se comporta como una auténtica portera y cuenta todo con pelos y señales, hasta lo más truculento. Su Tiberio es mucho más divertido, más cruel, más degenerado… Funciona mejor como malo. Eso sí, la prosa de Tácito es casi perfecta: sobria y elegante. Un gustazo.

Hoy empezaré El tercer policía, de Flann O’Brien, que Susana, la librera de Hiperión –gallega, por cierto–, me ha recomendado. Me tiene el punto cogido y siempre acierta: sé que me lo pasaré bien. Me espera en la recámara la famosísima trilogía Millenium, con sus tres tomacos tamaño buque destructor. A ver si me enganchan. Como siempre que vuelvo a España, releo antes de dormir tres poetas, así al tuntún, según se abra el libro: San Juan, Pessoa bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, y Fernández de Andrada. Su Epístola moral a Fabio es una de las joyas de la literatura española y un ejemplo de lo que podría ser Europa ahora si el humanismo hubiera prevalecido. Es una llamada a la virtud de la vida humilde, y siempre me siento mal cuando llego a los siguientes versos:

¡Mísero aquél que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Cierto es que yo no corro detrás del oro y la plata, y que si así lo quisiera nunca hubiera elegido la carrera de profesor, y que las deudas no perturban mis siestas allá en Taiwán, pero no son pocas las veces que me pregunto qué pinto yo en una Isla del Océano Pacífico en lugar de recogerme en esta aldea a leer, a pasear con mi familia y mis amigos… A veces me gustaría mugir para que vinieran a recogerme, no lo niego. Pero sé que es un espejismo de veraneante, y que cada vida tiene sus cuitas, y que si yo estuviera aquí todo el año no me iba a parecer tan bucólico el asunto.

Bueno, pues aquí estoy. Prometo cumplir con el blog, llenarlo, aunque sea, de comentarios intrascendentes como los de esta primera entrega del diario de verano. Libros y vida campestre, no esperen otra cosa.

¡Saludos!

Amiguetes que traducen

jueves, junio 4th, 2009

¡Ah, el blog! Últimamente estoy tan ocupado que apenas me acuerdo de él, y cuando lo hago es para sentir una punzada de remordimiento. ¡Más de un mes sin escribir una línea! El fin de la primavera es un mal momento para los profesores. El curso avanza pacífico como un río, pero cuando llega a su trecho final se precipita en una cascada incontenible de pequeñas obligaciones: reuniones, preparación de exámenes, correcciones, alumnos nerviosos –generalmente los que no se han asomado por clase–. Los chicos del máster no me dan problemas, pero la clase de gramática, con sus 80 pasajeros, es un barco difícil de dirigir.

Si a eso se le suma una época complicada en lo personal y grandiosa en lo literario, apaga y vámonos. Y no menciono la literatura porque esté escribiendo una obra maestra, sino porque estoy leyendo cosas que me absorben. Jung, por ejemplo. ¡Qué descubrimiento! No puedo parar de leer y tomar notas, y en eso se me van los días. Pero hoy no escribo para hablar de esos asuntos, aunque también son literarios los que me traen por aquí. Vengo a presumir de amiguetes traductores.

El primero de ellos es ya un viejo amigo. Lo conocí en Coruña, estudiado la carrera. Después el destino nos separó, pero seguimos poniéndonos en contacto de vez en cuando: algún email, algún comentario en nuestros respectivos blogs. El grupo de amigos al que ambos pertenecíamos –aquellos fueron días divertidísimos, de grandes descubrimientos literarios, gracias a la guía de nuestro común profesor, David Pujante– no se reúne ya, pero el aprecio que siento por casi todos sus miembros permanece intacto.

Alfonso Cazenave –así se llama mi amigo traductor– era uno de ellos. Ahora es profesor del Instituto Cervantes en Varsovia. Siempre ha sido un tío interesante. No hace falta más que ver sus fotos para saber que es un artista. Pues Alfonso, decía, publicó hace unos meses la traducción del libro De camino a Babadag, del novelista polaco Andrzej Stasiuk, en la editorial Acantilado, ni más ni menos. Los que leéis conocéis de sobra la editorial: es una de las más importantes del panorama nacional, y tiene un catálogo de títulos espectacular. Así que me apetecía contároslo, porque estoy orgulloso de mi amiguete Alfonso. Yo me lo leo este verano sin falta.

El segundo de mis amigos traductores se llama Luis Roncero, y es una máquina. Lo conocí aquí en Taiwán, donde es casi una leyenda. Tiene mi edad, pero lleva estudiando chino desde la adolescencia. Algunos nativos me han dicho que, si cierras los ojos mientras habla mandarín, apenas puedes distinguir que se trata de un extranjero. Casi nada.Además, maneja con soltura el chino clásico y hace una tesis sobre alquimia interior taoísta, por lo que no solamente conoce el idioma, sino la cultura tradicional china. Es un gusto, en los días que corren, encontrarse con alguien que no estudia lenguas mayoritarias para hacer negocios…

El caso es que Luis, que también practica Taichiquan desde hace años, acaba de publicar, en la editorial Alas, la traducción de un clásico moderno sobre el tema. Se llama Taichi Tueishou, y el autor es Wang Fengmin (en chino, el apellido primero, no lo olvidéis), un maestro de las artes marciales internas. Cinco ediciones en cuatro años, lleva el librito en cuestión en China, así que si estáis interesados en aprender a mover vuestra energía o Qi, comprar este libro será un acierto seguro.

Lo dicho. Me encanta tener amigos que aportan su esfuerzo al enriquecimiento de la cultura española. Es un orgullo para mí poder recomendaros sus libros. Ninguno de los dos, estoy seguro, os decepcionará. ¡Compradlos!

Motillos

domingo, abril 26th, 2009

A mis casi 32 años me he hecho escutero, es decir, conductor de escúter (o scooter, como se escribe en inglés). ¿Y qué es una scooter? Pues una de esas motillos zumbonas en forma de cisne postapocalíptico que cruzan las ciudades con un adolescente en la grupa.

Aquí, en Taiwán, son una institución. Desde los 16 a los 100 años –y juro que no es una exageración–, los nativos se trasladan, por muy cerca que quede su destino, a lomos de su motillo. Las hay de todos los tipos, desde las más potentes y tuneadas hasta los deshechos de segunda mano con el cestillo de alambre oxidado colgando, el asiento de escai cuarteado –enseñando la espuma amarilla del interior– y el tapón del depósito a medio enroscar. El número de motos y motillos es aplastantemente superior al de los coches, así que cada semáforo en rojo, especialmente al caer de la tarde, parece un enjambre de abejas sindicalistas a punto de explotar de rabia.

Hablar de motos en Taiwán significa tocar muchos palos: hábitos de conducción, seguridad, complementos –cascos, manoplas, mascarillas, chubasqueros, todo un mundo alucinante de moda y antimoda, de diseño de vanguardia y de paletismo desatado–. No quisiera escribirlo todo junto, porque aburriría al lector –y yo me cansaría, y no es plan propio de un domingo por la mañana–. Quizás más adelante, con fotos encima de la mesa, pueda explicarles con detalle.

El mensaje del post de hoy es mas sencillo: en Taiwán hay muchos motoristas, y entre ellos, sobre una flamante Yamaha Jog de 50 c.c., pequeña y vieja como el poni aquel del zoo de Madrid al que me encantaba subir, voy yo. Y como prueba de la abundancia de motillos, algunas fotos del aparcamiento de mi universidad:

dsc_0243

dsc_0244

A ver si me acuerdo de grabar un video del tráfico nocturno.

Reflexiones sobre el Otro

domingo, abril 12th, 2009

Si últimamente escribo poco en el blog es, entre otras cosas, porque estoy leyendo libros estupendos. Creo que esa es una de las mejores cosas de la literatura: que nunca se acaban las obras interesantes. Dos de esos libros coinciden en el tema: cómo enfrentarse, en esta postmodernidad globalizada, al Otro.

El primero, Encuentro con el Otro, es una recopilación de conferencias del periodista polaco Ryszard Capuscinsky, que dedicó toda su vida profesional a temas relacionados con el Tercer Mundo. Me lo recomendó un amigo que, a su vez, ha tenido y tiene una relación importante con la misma realidad y que ha necesitado aprender a reflejar su identidad en la de otras personas –personitas, por ahora, aunque crecen rápido y con fuerza–, pues ha adoptado niños de otros continentes. El segundo, El miedo a los bárbaros, del búlgaro Tzvetan Todorov, es una crítica implacable al discurso de miedo y odio de los líderes islamistas y occidentales, una llamada a la reflexión prudente y a la desactivación de las realidades que producen la espiral de violencia absurda en la que nos hallamos.

Dos ideas me han interesado especialmente del libro de Capuscinsky. La primera, que necesitamos al Otro para conocernos a nosotros mismos. La segunda, proveniente, por lo visto, de un sacerdote y filósofo también polaco y apellidado Tischner, es que la única salida a este mundo embrollado de odio no es solamente aceptar al Otro, sino responsabilizarnos de él porque sí, por premisa ética. Toma idea potente. Tomad banqueros, FMI, líderes mundiales, tomemos todos. He aquí una idea radical: encontrarse con alguien diferente, sobre todo si lo está pasando mal, si está sólo, lejos de los suyos, perdido, y decirle: no te preocupes más, yo cuido de ti. Eres mi responsabilidad y no voy a abandonarte.

Del libro de Todorov, menos sentimental y personal, pero muy penetrante desde un punto de vista intelectual intenta, me quedo con una idea también importante: las culturas estancas no existen, porque mueren si detienen su crecimiento. Todos nosotros somos una mezcla viva, cambiante, de diversas culturas. Los ciudadanos de a pie manejamos ese magma que es nuestra identidad, compleja y poliédrica, con comodidad, sin aspavientos.

Y es verdad. En mi opinión son determinados políticos –incluyo en esta categoría a los líderes religiosos– los que quieren obligarnos a elegir, los que nos piden que amputemos una parte de nosotros si queremos considerarnos “puros” españoles, gallegos o cristianos. Por lo tanto, es absurdo deducir los rasgos de nuestras personalidades individuales de la pertenencia a una cultura o a una nación, decir: “los gallegos somos así”, “los chinos son asá”, porque siempre, en cada persona, hay otros factores que cuentan, que la enriquecen, que la hacen Individuo, es decir, un ser único. Dice Todorov:

Podemos admitir la necesidad de hablar de culturas sin caer en los errores del “culturalismo”, en la deducción de todos los rasgos del individuo en función de su pertenencia cultural, como hacía el racismo en el pasado.

Capuscinsky está completamente de acuerdo con esta idea, y comparar también racismo con culturalismo –el culturalismo de los nacionalismos, en particular–. Dice, hablando de su Otro, del Otro que ha hallado en sus viajes:

Al igual que el racismo, el nacionalismo es un instrumento de identificación y clasificación que mi Otro emplea en todas las ocasiones que se le presentan. Se trata de un instrumento primario, primitivo, que achata y superficializa la imagen del otro, pues para el nacionalista el Otro no tiene sino un único rasgo: su adscripción a una nación. No importa si es joven o viejo, tonto o sabio, bueno o malo; sólo importa una cosa: si es armenio o turco, inglés o irlandés, marroquí o argelino. Cuando vivo en aquel mundo de nacionalismos exacerbados, no tengo nombre, ni profesión, ni edad; no soy más que un polaco. (…) El rasgo más peligroso del nacionalismo es que a él va indisolublemente unido el odio hacia el Otro. La dosis de ese odio puede variar, pero su concurrencia es segura.

No os enfadéis aún: como veis, el autor habla del nacionalismo exacerbado. Es todo una cuestión de grado, y a título individual los nacionalistas pueden no odiar ni un poquito al Otro. Como doctrina, como movimiento cultural, que aspira a crear opinión ese odio sí está presente: en Rosalía, en Risco, en Pondal, y en toda la literatura nacionalista española –y en la de cualquier otro país– existe ese reduccionismo de la identidad del Otro al factor nacional, de la interpretación de su identidad al hecho de que son de otro lugar diferente.

Por supuesto, odiar al Otro no significa odiar a todos los Otros. Normalmente con uno o dos es suficiente. Suelen ser nuestros vecinos, y eso provoca paradojas como las que ya discutimos sobre Castelao, que defendía a los negros del terrible racismo de la sociedad estadounidense de la época, pero hablaba con desprecio venenoso de la impureza racial de los españoles.

El caso es que, con el papelón que tenemos montado en el mundo –países invadidos sin motivo, guerras auspiciadas por multinacionales, consumismo irresponsable que causa millones de niños esclavos, líderes apelando a la destrucción del otro y demonizando a todos aquellos que trabajan por su integración, infinitos flujos migratorios de los más pobres hacia los más ricos, y una crisis económica que, como muy bien dice mi padre, es en realidad una crisis de valores– tenemos que abandonar el discurso reduccionista y desconfiado sobre el Otro. Y sí, responsabilizarnos de él, aunque suene utópico. Del que vemos y del que no vemos.

Les recomiendo que lean ambos libros. A mí me ha dado esperanza comprobar que existen intelectuales de primer orden que ponen su mente y se experiencia al servicio de las soluciones pacíficas. Que nos todos son bushes, orianas fallacis, pondales y pemanes. Que hay quien distingue entre cultura y culturalismo, y que propone que avancemos unos hacia otros con la seguridad que nos da nuestra pertenencia a un colectivo, con amor y respeto por nuestra cultura, pero dispuestos a escuchar al Otro , a entender su riqueza y su complejidad.

Para cerrar, quisiera citar un párrafo precioso en el que Capuscinsky se pregunta sobre los desafíos de la futura convivencia y cita,  a su vez, a uno de mis escritores favoritos: Joseph Conrad:

¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo transcurrirá nuestro encuentro? ¿Qué cosas nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharnos? ¿Sabremos entendernos? ¿Sabremos, entre los dos, seguir aquello que –en palabras de Joseph Conrad– “habla de nuestra capacidad de alegria y de admiración, dirígese al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vinvula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna a toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer”?

Ojalá que sí.

Tradición, tradicionalismo y fe

viernes, abril 10th, 2009

Odio el tradicionalismo. Llevo encontrándome con él en casi cada uno de los libros que he utilizado para completar mi tesis sobre nacionalismo. Y estoy volviendo a encontrármelo, más a menudo de lo que quisiera, desde que llegué a Taiwán.

El tradicionalismo no es lo mismo que la tradición. El tradicionalismo es una actitud acrítica con la tradición, es la tradición porque sí, y además para todos por decreto. El tradicionalismo impone, no ofrece; fuerza, no razona. Es aquel “venceréis, pero no convenceréis” del mastro Unamuno ante Millán Astray.

El origen del tradicionalismo es el miedo a dejar de ser. El miedo al cambio, a la apertura, a la influencia externa, al mestizaje. Es miedo a que lo desconocido nos arranque de nuestro nido, nos confunda, nos mezcle hasta la desintegración. Los tradicionalistas tienen un Yo de granito. Por eso el nacionalismo es casi siempre –o siempre– tradicionalista, aunque se afilie a la izquierda. Todos los planteamientos históricos nacionalistas parten del mismo planteamiento: “NOSOTROS éramos absolutamente felices en NUESTRO territorio, hasta que ELLOS llegaron para contaminarnos con su mal y arrebatarnos lo que somos…”. El miedo, el reproche, el resentimiento, son el corazón de los tradicionalismos. Por eso terminan dividiendo todo en “tradicional y “no tradicional”, “nacional” o “no nacional”, “nuestro” o “suyo”… “Bueno” o “malo”, en definitiva. Y tras tal división llega la imposición a los demás.

Frente al tradicionalismo hay que actuar con generosidad y confianza. Enseñarnos como somos, sin miedo a que el contacto con el aire fresco aniquile nuestra esencia. Confiar siempre en que podemos cambiar y adaptarnos sin dejar de ser nosotros mismos. Ya lo decía Unamuno –siempre Unamuno– a cuento de aquel “problema de España” que causó tantos quebraderos de cabeza a nuestros intelectuales de finales del XIX y principios del XX:

¡Fe, fe en la espontaneidad propia, fe en que siempre seremos nosotros, y venga la inundación de fuera, la ducha!”

Qué diferente de la actitud de Ganivet cuando dice:

“Cuanto en España se construya con carácter nacional, debe de estar sustentado sobre los sillares de su tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble, pues habiéndonos arruinado en la defensa del catolicismo, no cabría mayor afrenta que ser traidores con nuestros padres, y añadir la tristeza de un vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someternos a la influencia de las ideas de nuestros vencedores.”

Malo malo: mejor desconfiar cuando alguien nos acusa de traicionar a los muertos, o nos habla de lo que es lógico o no lo es y de no ceder a la humillación. Todos los nacionalismos lo hacen. ¿Las consecuencias? La división de la sociedad en buenos y malos, en necesarios y prescindibles. Añade Ganivet a lo ya transcrito:

“El presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos”.

Triste profecía de la Guerra Civil.

No podemos dejar que el tradicionalismo le gane la partida a la adaptación, que la piedra pueda con el agua. El tradicionalismo puede servirnos como contrapeso a la progresía, que es alocada y adolescente, pero nunca imponerse a un moderado deseo de cambio.

Yo no pensaba encontrarme con actitudes tradicionalistas en la cultura asiática. Culpa mía y de mi idealizada imagen del Tao y el budismo. Tanto leer que la mejor forma de vencer es no pelear, que hay que ser como el bambú, que se dobla pero no se quiebra, que la paciencia vence a la fuerza, y uno, en la distancia de occidente, acaba creyéndose que aquí la gente se lanza besos en los atascos.

Pero –cómo no– aquí también existen personas que quieren hacer las cosas como tienen que hacerse, o como dios manda. Y, al igual que occidente, mucha gente sufre por su culpa. No es una cuestión de diferencias culturales entre oriente y occidente, sino de actitud hacia la propia cultura de uno mismo. Desde el momento que alguien piensa que nada debe cambiar y que además todos deben de obedecer las viejas normas, el sufrimiento de los otros está garantizado. El tradicionalismo impide la crisis, que es un estado esencial de la vida humana, detiene el cambio, violenta el crecimiento natural. Nos obliga, además, a vivir pensando en lo que dirán de nosotros los demás, a mirar hacia fuera y no hacia adentro, hacia el colectivo anónimo y no hacia las necesidades de las personas reales que nos circundan.

Pondré aquí algunos ejemplos de tradicionalismo taiwanés, auténticos y vividos en primera persona por gente que conozco directamente:

-Una adolescente que tenía que leer a escondidas en su época del instituto. Sus padres le daban una bofetada cada vez que la encontraban leyendo algo que no fuera un libro de texto. La nota es tan importante aquí que la presión de los estudiantes de instituto es difícil de imaginar en España, donde pecamos más bien de lo contrario. La chica, universitaria ahora, me comenta el alivio que le supone vivir ahora lejos de sus padres y poder leer lo que quiera.

-Una chica recién casada que no pude visitar a su padre moribundo en el hospital. Como buena mujer casada taiwanesa, ahora pertenece a la familia de su marido: sus suegros son sus jefes, y ellos no le permiten visitarlo más de una vez cada quince días.

-Un chico que no puede tener a su hijo en brazos siempre que quiera. Vive con sus padres, y ellos tienen prioridad sobre él. No tiene derecho a protestar.

-Otra chica recién casada que tiene que aguantar los constantes reproches de su suegra por no haber tenido todavía un hijo varón.

-Muchos alumnos que tienen que aguantar la presión familiar por dedicarse a las letras, no solo poco productivas sino también actividad poco viril y sufrir vergüenza por su decisión.

-Muchos jóvens trabajadores que hipotecan sus años de juventud para hacer lo que de ellos se espera: tener, tener y tener: primero un coche, luego una casa, luego mujer e hijos, y poco importa lo que uno verdaderamente quiera. Quien lega a los 30 y no tiene, no es.

-Un hombre que, a pesar de haber sufrido mucho a causa de una educación tradicionalista, afirma sin asomo de dudas que  educará a sus hijos de la misma manera… ¿cómo educarlos fuera del tradicionalismo, cuales serían las consecuencias? Siempre el miedo…

¿Os suenan estos casos? Salvando algunas diferencias coyunturales, lo mismo ha sucedido siempre en occidente.

¿Qué hacer con el tradicionalismo? No ceder ante él. Son pequeñas victoras las que podemos obtener, pero nos permiten ampliar la vida, hacer un hueco para aquellos excluídos del grupo de la “gente de bien”. No podemos permitir que nadie nos diga: “no eres un hombre”, “no eres un buen gallego –o español, o polaco–”, o “¿qué van a decir de nosotros si…?”. Ante el miedo, la fe de la que hablaba Unamuno; confianza en que la influencia externa, la exposición al aire libre, la adaptación a las modernidad, nos van a hacer mejores de lo que somos. Recordemos siempre que, por muy natural que nos parezca ahora, hubo, no hace tanto, una primera mujer que votó, un primer negro que se casó con una blanca, un político que condenó la pena de muerte. Y lo consiguieron gracias a todos aquellos que, antes que ellos, se negaron a aceptar la tradición porque sí, sin ponerla en tela de juicio, que elegieron a las personas antes que el decoro social.

Piñata taiwanesa

sábado, abril 4th, 2009

Hace dos fines de semana viajé a Kaohsiung, ciudad del sur de la isla, a participar en unas jornadas de cultura española organizadas por José Campos, profesor de la universidad de Wenzao. Comimos en el restaurante Hola –estupendo–, escuchamos a un estudiante taiwanés de español hacer un recital de guitarra clásica con bastante dignidad, leímos poesía, hablamos sobre nuestras experiencias en el aula y, lo mejor, nos reunimos un puñado de amigos, lo que siempre es de agradecer tan, tan lejos de casa.

Sin embargo, por nada del mundo me hubiera imaginado que tendría otra ración de cultura hispánica paseando por un parque taiwanés, donde acabé meneando –seria largo explicar como– una piñata casera en el cumpleaños de un niño taiwanés-salvadoreño. Lo pasamos bien, comimos tarta, hablé con un puñadito de latinoamericanos residentes en Taiwán y me divertí de lo lindo haciendo sufrir a los chavales. Cuántos recuerdos de infancia…

Aquí dejo unas fotos en primicia mundial. Seguro que ninguno de ustedes ha visto a un niño asiático zurrándole a una piñata. Se nota la falta de práctica, pero no lo hacen mal. Es cuestión de tiempo que se acostumbren… ¡Cosas de la globalización!

dsc_0193

Selección nacional de piñata de Taiwán, República de China. Sostiene el palo el cumpleañero

dsc_0199

Especialista del equipo en golpes cortos

dsc_0209

Miembro del equipo realizando ante los rivales un baile amenzante antes de golpear la piñata

dsc_0219La estrella indiscutible del equipo en el acto de reventar la cabeza al gatito

¡Qué ganas de romper una piñata! No sé si estará bien visto a los 31 años.

Julio

lunes, marzo 30th, 2009

Hay alumnos y alumnos, y eso es algo con lo que el profesor tiene que contar cada vez que se enfrenta a una clase nueva. Los hay que empiezan bien y acaban mal, los que se mantienen y los que recorren el camino inverso, siempre hacia arriba. Los hay que combinan actitud y talento, y tambien quienes juegan con proporciones desequilibradas de ambas virtudes. El buen profesor sabe –y me muevo en el mundo de lo idílico– cómo tratar a cada uno, e intenta adaptarse a ellos individualmente para sacarles lo mejor que tienen.

La realidad es más difícil de lo que parece. Es difícil luchar contra el favoritismo o, lo que es peor, contra la antipatía que nos despiertan algunos alumnos. A veces uno se equivoca en sus valoraciones iniciales, y un potencial buen alumno se queda en agua de borrajas, mientras vemos crecer, con sorpresa, las capacidades de otro que se destapa como un excelente estudiante.

Es el caso de Julio: es el mayor de la clase. Tiene pinta de malote, de esos simpáticos que se sientan en la última fila y que siempre tienen una palabra en la boca para camelarse al profesor sin dejar de ser un patas. Esa fue mi primera impresión. Y me alegra decir que me equivoqué.

Julio ha pasado varios años en latinoamérica, y podría vivir de las rentas. Lo que sabe le da de sobra para sacar sobresaliente de bicoca en la asignatura que le enseño, gramática de segundo año. Sin embargo, y ya desde el primer día, su actitud no ha sido la típica del sobradillo. Ha trabajado siempre como el que más, atendiendo a mis explicaciones y haciendo todos los ejercicios. Ha preguntado sus dudas sin vergüenza –ah, esa vergüenza taiwanesa tan frustrante para el docente–, ha asumido la responsabilidad que implica saber más español que los demás, y siempre que la clase quiere comunicarme algo nos lo pone fácil a todos y media entre nosotros. Cuando termina la tarea –normalmente el primero– ayuda a los demás en vez de tumbarse a la bartola. Pocas veces falta o llega tarde a clase, y siempre que lo hace me pide disculpas.

Lo que ha sucedido la semana pasada ha confirmado todo lo que yo pensaba de él anteriormente y ha hecho que escriba este post en su honor. La abuela de Julio murió y él tuvo que faltar a clase. Me llamó por teléfono para avisarme de que no podría venir –primer detalle–. Le dije que se tomara libres las clases que quisiera –si ya se sabe lo que voy a explicar y además su actitud es siempre óptima, ¿qué puedo pedirle?–. Pues el tío faltó solamente a una clase, y cuando apareció de nuevo me traía en la mano el ejercicio que puse a los alumnos el día del funeral, cosa que jamás me hubiera atrevido a pedirle. Los ojos hinchados de llorar, pero con una sonrisa de oreja a oreja, se ha sentado en su pupitre del fondo y ha trabajado como si fuera la última clase antes del examen.

Creo que asistir a clase y atender a las explicaciones del profesor no es solamente una manera de aprender, sino de agradecerle a éste el esfuerzo que se toma en su trabajo. Cuando tanto los alumnos como el profesor se tratan con educación y atienden a sus necesidades mutuamente, cuando se agradecen el esfuerzo con esfuerzo –cuanto más estudian mis alumnos, más me preparo yo las clases, y estoy seguro de que también sucede a la inversa–, todo va como la seda. Sin embargo, si el profesor trata a los alumnos como a un rebaño al que tiene que soportar para ganar un salario; si la única motivación de los alumnos al acudir a la universidad  es conseguir un título y tener contentos a sus padres, las cosas solamente pueden ir de mal en peor.

Cuando las clases se ponen difíciles para el profesor –e incluso en los mejores cursos hay momentos de desesperanza– los profesores nos agarramos a alumnos como Julio, que tendría argumentos de sobra para pasar de mí y que, sin embargo, es de los que menos pasa. Así que cuando acabe el curso le daré las gracias. Porque más de una vez ha soportado la tensión de un malentendido entre mis alumnos y yo sobre sus espaldas. Porque ha ayudado a sus compañeros, y a mí también, sin dárselas de nada. Porque, sabiendo, ha sostenido su interés por aprender, y ha buscado y agradecido siempre mis correcciones. Y también porque se ha reído de mis chistes, que no es poco esfuerzo.

Además, estoy seguro de que en su pinta de golfete con buen fondo hay bastante de verdad, así que dan ganas de hacerse su amigo: me juego lo que sea a que se conoce los lugares más divertidos de la ciudad, y a que no le importa nada enseñármelos. Si lo hace, prometo un reportaje detallado. Con fotos incluidas.

A Galicia no la quiere nadie

sábado, febrero 28th, 2009

Sobremesa en Taiwán. Remoloneo por los blogs de la Voz de Galicia en busca de alguna noticia sobre las elecciones. Me topo con el blog de Gonzalo Bareño, jefe de sección y redactor de la Voz en Madrid. El último de sus post se titula “A Madrid no le interesa Galicia”. Vaya, me digo –puesto que yo me crié en la vil capital, donde viví hasta terminar el instituto–, esto me interesa, y me sumerjo en la lectura esperando encontrar los resultados de una encuesta hecha entre los madrileños y cuyo resultado sea que el 73 % de la gente de la capital reconoce que nuestra querida Galicia le importa un pepino celta.

Pues qué va. Lo que Gonzalo Bareño resalta en su blog es la poca cobertura de las elecciones gallegas en los medios de comunicación centrales –centralistas, que dirían algunos–. Vamos a ver,  propongo un par de titulares alternativo, como hacía Juanjo Cardenal en los buenos tiempos de Caiga quien Caiga:

 

Titular 1 (el de Bareño):  “A Madrid no le interesa Galicia”.

Titular 2 (el que, en mi opinión, se ajusta más al contenido de la noticia, es decir, el menos sensacionalista):  “Los medios de comunicación de la capital se hace escaso eco de las elecciones gallegas.”

 

Mejor, ¿no? Porque Gonzalo Bareño toma el todo por la parte dos veces en un mismo titular. Analicémosolo:

 

-Bareño dice Madrid. Pero, ¿es Madrid la que no se interesa por Galicia? ¿La ciudad, los ciudadanos? No, son los medios de comunicación. El señor Bareño dice que tampoco ha visto él mucho debate social, si acaso en alguna barra de bar. ¿Cómo se mide eso? ¿Podemos considerar que porque Gonzalo Bareño no ha visto mucho debate social, una ciudad de no sé cuántos millones de habitantes –y eso que no cuento la Comunidad Autónoma– pasa de Galicia? A mí me parece que no son argumentos.

 

-Bareño dice Galicia. Pero, ¿es Galicia lo que no interesa a Madrid –o a sus medios, que es lo único que puede medir el autor del blog–? ¿La Comunidad Autónoma gallega, sus habitantes y sus problemas? No, son las elecciones gallegas, un fenómeno muy concreto.

 

Proponemos, por fin, el tercer titular, que se carga las tintas en el sensacionalismo:

 

Titular 3 (el que no hace concesiones a la información): “Chulapolandia sólo nos quiere por el pulpo á feira”.

 

Una pequeña reflexión sobre los medios. ¿Cuándo se han seguido con interés en los periódicos de Madrid las elecciones de La Rioja, Extremadura, Murcia o Aragón? En la vida. ¿Entonces por qué concentramos ese pasotismo de los medios en el caso de Galicia, haciéndonos eco del lamento ya secular de muchos escritores gallegos que obviaban que también otras partes de España –casi todas– han sido desfavorecidas por la política central?

Y otra pequeña reflexión sobre la gente. ¿Cuándo se ha interesado esta por las elecciones de otras comunidades autónomas? ¿Se siguen en Galicia las elecciones de la Comunidad Valenciana, Andalucía o Castilla-La Macha? ¿Saben la mayoría de los gallegos el nombre del Presidente de las Comunidades Autónomas de Castilla León o de Cantabria? ¿Entonces por qué –me pregunto– deberían los madrileños de a pie discutir las elecciones gallegas, más allá de las más evidentes? Me parece injusto y demagógico.

 

Y además peligroso. Porque a los gallegos que no han salido jamás de Galicia y que no se interesan por lo que pasa fuera –igual que a los toledanos, tarraconenses o cordobeses que no hayan salido nunca de su tierra y que no se preocupen por lo ajeno– les resulta muy fácil creerse, cuando se lo repiten mil veces, que “a Madrid no le interesa Galicia”. Y eso no nos trae más que malentendidos, resentimiento, y poco deseo de aproximar posturas.

 Se queja Gonzalo Barreño de que el “cuidadano medio” de Madrid solamente se preocupa de Galicia cuando algún Prestige salta a las páginas de los periódicos. Pues como pasa con cualquier otra parte de España o del mundo. Los lugares saltan a los periódicos cuando algo grande –por bueno o por malo– pasa en ellos. Así sucedió con el Prestige, y el señor Barreño no debería olvidar la cantidad de “ciudadanos medios” que acudió a Galicia a echar no una, sino sus dos manos. Y entre ellos, madrileños, aunque resulte tan fácil decir que a Madrid no le importe Galicia.