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Entradas para la categoría ‘Taiwán’

Comprando casco

jueves, octubre 22nd, 2009

Hace unos días fui a una tienda de cascos para hacerme con uno nuevo, más grande, más duro y más ajustado, porque me dijo mi amigo M., que ya lleva muchos kilómetros recorridos por las carreteras de Taiwán, que el mío me estaba flojo y que en un frenazo fuerte corría el riesgo de perderlo. De sabios es hacer caso a quien entiende, así que me acerqué a la tienda más grande que conozco y me pasé un buen rato eligiendo casco. No es fácil, no se crean. Si no, miren qué variedad y qué fantasía…

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Con brillo y sin brillo, modernos y clásicos, adultos e infantiles, grandes y pequeños… La variedad de cascos en Taiwán es  apabullante. Basta echar un vistazo alrededor cuando se para uno en un semáforo. Las posibilidades son infinitas, y las tendencias cambian con frecuencia.

Yo, como le corresponde a un profesor formal y maduro -32 tacos la próxima semana-, me decidí por uno negro con visera oscura. Clásico, discreto, elegante, eterno. Como yo -menos lo de eterno, aaaaaaaaay, 32 tacos la próxima semana, ¿se lo había dicho?-

Una vez el elegido el casco, recordé qué llevaba tienpo buscando una pegatina de la bandera taiwanesa, para ponérsela a la moto. Me acerqué al expositor, alegre y despreocupado… Y me encontré con este panorama:

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La bandera italiana, la alemana, la estadounidense, la japonesa, la esvástica nazi, la canadiense… ¿¿LA ESVÁSTICA NAZI?? Miro y remiro, porque en un país lleno de budistas bien pueden mis ancianos ojos -32 años la próxima semana- haber confundido la esvástica india con la versión nacionalsocialista… Bandera roja, circulito blanco, brazos girando en la dirección de las agujas del reloj, aspas inclinadas… Pues sí, la esvástica nazi… Nada que ver con esta otra que suele adornar la entrada de los restaurantes vegetarianos:

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Jjjjolines… Al principio es difícil de digerir, pero termino por recordar que vivo a muchos miles de kilómetros de mi eurocéntrico ombligo. En España, la bandera imperial japonesa –que por cierto, está también entre las pegatinas, manda narices– se asocia inmediatamente a la pañoleta de Daniel San en Karate Kid, y nadie se acuerda del porrón de millones de chinos que mataron los nipones en la Segunda Guerra Mundial… Y hablando de China, ¿no es esa bandera roja con cinco estrellas la de la República Popular China, oséase la China comunista, la China continental, la archienemiga de los taiwaneses –tienen tropecientos lanzamisiles apuntándonos–? Pues sí que es, sí.

Qué libertad de adorno, qué poca escandalera. Aquí en Taiwán puede uno lucir en su moto los emblemas de varios regímenes totalitarios y criminales, incluido el de aquel que mantiene sobre los ciudadanos de la isla una constante amenza de invasión, y no pasa nada. Cosa de la moda, no de la mala fe de los motoristas, eso que quede claro. Después de remirar, me rindo:  no está la bandera nacional. Me dice la dependienta -después algo de confusión y mucho dibujito– que pronto llegará una nueva remesa –Hitler, Hirohito y Mao mediante– y que me pase a por mi democrática pegatina en una semana.

Seguro que se ha pensado que soy un blando y una nenaza.

Talante presidencial

miércoles, octubre 14th, 2009

El curso pasado P. y yo pasamos un fin de semana en Tainan, invitados por la familia de una alumna. Lo pasamos muy bien, y la familia fue encantadora. Nos hicieron sentir en nuestra casa. El último día, antes de volver a Taichung, el padre de nuestra alumna nos regaló a cada uno una lámina de sellos de promoción del partido gobernante, el Kuo Ming Tang.

No voy a hablar de política, al menos de ideología, sino de la visión, tan diferente, que los taiwaneses y los españoles tenemos del fenómeno político.  Como no hablo chino, la gran mayoría de la cultura taiwanesa me resulta impenetrable. Contemplo el día a dia y, de vez en cuando, me aventuro a formular una hipótesis: esto es así, esto es asá… Busco motivos a las diferencias de comportamiento que observo y, por supuesto, casi siempre me equivoco. Solamente a través de lo que me explican mis alumnos y mis amigos taiwaneses puedo comprender algo de la cultura en la que vivo.

Por lo tanto, nada puedo explicarles sobre cómo los taiwaneses perciben la política. Intuyo que es diferente de la nuestra cuando veo, por ejemplo, los susodichos sellos de promoción del Kuo Ming Tang. Los he fotografiado para compartirlos con ustedes:

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El más guapo de los dos –causa furor entre las señoras de cierta edad– es Ma Ying Jeung, presidente de la República de China, oséase, de Taiwán, y el tipo de gafitas y cara simpática es Hsiao Wang Chang, su vicepresidente. ¿Verdad que las fotografías quedan muy lejos de lo que suele ser, en España, la imagen oficial de un gobierno? Jamás posaría Zapatero sacando bíceps, -en todo caso Aznar, ahora que está tan cachas– o espalda con espalda con María Teresa Fernández de la Vega, como en el cartel de un dúo cómico. ¿Y qué me dicen del sello en la que ambos parecen animar a su equipo de fútbol, con un fondo de tanques, helicópteros y barcos de guerra? ¿No sería fantástico un póster de la Chacón a lo Rambo? Al fin y al cabo exportamos armas como churros. Me encantaría verlo. Si alguien sabe hacer montajes fotográficos en el ordenador y tiene un rato libre, yo le envío por email las fotografías.

¿Es esta manera de concebir la política mejor, o peor? En un primer momento podría parecernos un modo de promoción un poco petardo, así como de verbena de pueblo. Pero no tiene por qué ser así. Los taiwaneses prefieren –o parecen preferir, ¿qué modo tengo de saberlo a ciencia cierta?– una imagen cercana de sus políticos a las clásicas fotos, tan europeas, de señores en traje oscuro –qué sosas, las corbatas– y mujeres embutidas en faldas y americana, todos tan envarados, tan serios, enseñando tan poco diente.

Formas diferentes de ver la vida. Lejos de juzgarla, he de reconocer que la taiwanesa tiene un puntito desenfadado que a nosotros, quizás, nos falte. ¿O es que es mejor un político por parecer más serio? Fíjense lo serio que parece Berlusconi. Cuando no abre la boca.

Lu Wei

viernes, octubre 9th, 2009

El otro día, al terminar el trabajo, mi alumno D. me llevó a buscar unas clases de karate por Shalu, la pequeña ciudad en la que está mi universidad. No hubo suerte, así que nos fuimos a cenar al restaurante donde trabaja G., otra alumna de la clase de D. Es un restaurante de Lu Wei, una comida típica taiwanesa muy particular.

A la puerta del restaurante hay unos grandes mostradores repletos de comida muy variada: embutidos, carne seca, verduras, setas, nabo, tofu de diferentes clases, algas, huevos, tallarines… Aquí tenéis dos fotos de lo más gráficas:

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Después de elegir todo lo que quieres comerte, lo pagas y ellos colocan la comida en unos cestillos metálicos y la sumergen en una cubeta agua hirviendo:

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Tras el aderezo con salsa de soja y un poco de wasabi -el famoso picante verde de rábano japonés- el resultado es esta maravilla:

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D. da rienda suelta a su entusiasmo y empuña sus palillos dispuesto a dar cuenta de su deliciosa bandeja de comida. Yo también, pero no salgo en la foto:

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No le gustan mucho las verduras, así que come tallarines, nabo y tofu. Todas buenas elecciones. Charlamos tranquilamente -es una maravilla ver cómo los alumnos van progresando y son capaces de expresarse mucho mejor de lo que uno pensaría en clase de gramática-. Le pregunto por qué G. no está trabajando, y me explica que ella tiene dos trabajos, uno en el restaurante, y otro en la tetería de enfrente. ¡Increíble! G. es una de las alumnas más aplicadas de clase. Siempre está contenta y saca muy buenas notas. Quiere ahorrar dinero para ir a España el próximo verano, así que además de asistir a clase y estudiar -en Taiwán los horarios de clase son bastante duros- trabaja en dos lugares. Qué tía.

Tras la cena -riquísima- vamos a la tetería, donde sorprendemos a G., que no se esperaba la visita:

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Su jefe -el tipo de rosa- le da una hora para cenar. Volvemos al restaurante de Lu Wei y la acompañamos mientras come. Yo, mientras, bebo un té verde con fruta de la pasión y mucho hielo que me ha hecho G. y me sabe a gloria.

Aquí estamos los tres en una sesión fotográfica de alta calidad. ¡Por cierto, se me olvidaba! G. es muy fan de Hello Kitty. En cuanto a los dos deditos hacia arriba -el gesto de la victoria que hizo famoso Winston Churchill- es prácticamente obligatorio en las fotos. Si supiera Winston en qué iba a acabar todo…

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Una noche estupenda. Pienso repetir Lu Wei en cuanto pueda.

Mafia aviar

sábado, octubre 3rd, 2009

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Notica exclusiva de Islaformosa Press. Un intrépido fotoperiodista ha fotografiado la reunión anual de la cúpula de la mafia aviar en el jacuzzi de la casa de uno de los principales capos. Se sospecha que el motivo de la reunión es el inesperado asalto de la mafia porcina al negocio de la gripe, que practicamente ha acaparado. La mafia aviar pretende generar nuevas estrategias que le devuelvan su antiguo puesto de honor. “La gripe porcina es una basura -se le ha oído decir a uno de los capos-. No sabe uno a qué atenerse. Al menos, con la gripe aviar en las calles, podías confiar en la calidad del contagio.”

Huele a guerra de bandas. Sálvese quien pueda.

McCourt, el profesor

viernes, septiembre 25th, 2009

Acabo de terminar de leerme El profesor, de Frank McCourt, ese que venía leyendo en el avión. Muy bien escrito, nos introduce a golpe de anécdotas llenas de significado en el mundo de un profesor de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. El autor, irlandés y apaleado, hombre de vida poco convencional, ajeno a lo que su entorno consideraba una carrera exitosa, vivó una constante pelea de enamorado con la enseñanza.

Y quizás sea lo más interesante del libro esa pasión, auténtica y profunda, que desborda la mera anécdota. A pesar del distanciamiento que dan la edad y los años de experiencia, a pesar de las malas pasadas, los momentos difíciles, la frustración, el autor escribe sobre sus alumnos con amor. Sí, como lo oyen: McCourt reconoce querer a sus alumnos.

Y me alegro de que lo diga con sinceridad, porque en un mundo, como el de la docencia, llena de miedosillos que se hacen profesores por el sueldito fijo y las horas libres, es de agradecer encontrar una voz que, sin ñoñería, apuesta por una labor vocacional, por la entrega, por el único modo de enseñar respetando de verdad al alumnado, a la institución y, por supuesto, a uno mismo. Algo que se da de bofetadas, claramente, con la figura del funcionariado docente que prevalece en la educación española. El estado aspira a que todos los profesores sean gorditos satisfechos, vaguetes que lean lo menos posibles y que se dediquen a repetir, durante toda su vida profesional, los apuntes -conseguidos con enorme sufrimiento y muchos colorines para subrayar- de la carrera. Gracias a Dios, a veces se les cuela alguien decente. No son pocas, y pueden cambiar la vida de un niño.

Quisiera compartir con ustedes un fragmento. McCourt se encuentra, diez años después, con un alumno rebelde, molestón, graciosete. Se da la siguiente conversación:

Hizo una pausa y se me quedó mirando.

-Señor McCourt, a usted no le caía bien, ¿verdad?

-¿Que no me caías bien, Bob? ¿Estás de broma? Era una alegría tenerte en mi clase. Jonathan decía que ahuyentabas la tristeza.

Díselo, McCourt, dile la verdad. Cuéntale cómo te alegraba los días, cómo hablabas de él a tus amigos, lo original que era, cómo admirabas su estilo, su buen humor, su sinceridad, su valor, cómo habrías vendido el alma a cambio de tener un hijo como él. Y dile lo hermoso que era y que es en todos los sentidos, cuánto lo querías entonces y cuánto lo quieres ahora. Díselo.

Se lo dije, y se quedó sin habla, y a mí me importaba una maldición gitana lo que pensara la gente que pasaba por Lower Broadway cuando nos vieran fundidos en un largo abrazo, el profesor de secundaria y el grandullón judío afiliado a los futuros Granjeros de América.

¡Hermoso un alumno! Ya veo alguno de esos profesores de secundaria de los que hablaba antes, esos que ya tenían el alma mansa y opositora en la guardería (cuidado que no los meto a todos en el mismo saco), piafar, darse codazos, llamar pringado al señor McCourt, porque en su opinión el alumno es un ser incómodo que se interpone entre ellos y el sueldo, entre ellos y el sofá, entre ellos y las posesiones terrenales -coches, casas…- y el gustito que tenerlas por doce horas de nada a la semana.

Pues hay alumnos hermosos –por supuesto no todos– personas radiantes de juventud y de inocencia, y es bonito que por un año o dos formen parte de tu vida. Y no hablo de los alumnos excelentes, de los que quieren aprender y escuchan cada una de tus palabras, porque de esos hay muy pocos y no bastan para darle sentido a la labor de un profesor motivado. Hablo también de aquellos que están despistados, que no saben qué quieren hacer de su vida, que van a tu clase porque hay que ir, y se aburren. Me gusta verles con cara de sueño, bostezando, riéndose de ti porque llevas la camisa mal abrochada, con las ojeras violetas después de una noche interminable de karaoke. Aunque a veces me enfade, me frustre, me desespere, porque la enseñanza es un trabajo difícil, y hay alumnos que pueden hacerte sentir realmente mal.

Encuentro en ellos, supongo, algo muy sutil y muy frágil, algo que mucha gente de mi edad ha perdido por el camino. Algo que el señor McCourt tenía todavía a los sesenta y pico, cuando escribió su libro. Algo que hace que los típicos amigos formalotes aprieten los labios y hablen de madurez y de responsabilidad. Puede que sea infantil, pero uno de mis objetivos vitales en mantenerme lejos del escepticismo todo lo que pueda, llegar a los 80 y ser capaz de apostar por la gente, de querer a un alumno, y de decirlo.

Así que sí, quiero a mis alumnos. Cuando llego a una clase nueva por primera vez tengo siempre un nudo en el estómago, y si no es nueva el nudo es más grande todavía. Acaba el verano y tengo ganas de verles, y me gustaría saber chino para preguntarles qué tal ha ido todo, cómo se lo han pasado. Me encanta que me escriban en el Facebook, que me manden un email años después de dejar la universidad, que me inviten a tomar un café, que aprueben después de suspender y vengan a enseñarme la nota y a darme las gracias por algo que es mérito suyo, que se pongan contentos cuando pueden mantener una pequeña conversación en español conmigo, que cotilleen sobre mi vida privada, que me digan que he engordado y que me toquen el pelo porque lo tengo rizado, que me pierdan –un poco– el respeto y que hagan bromas a mi costa. Es parte de la docencia, de lo que tanta felicidad me dio cuando yo era un estudiante, del aprendizaje de la vida.

La semana pasada, E., una alumna muy distraída y muy vaga, pero muy divertida, que consiguió aprobar en el último momento, vino después de la primera clase a recordarme que le prometí invitarla a comer en la universidad si sacaba más de un seis.

Y pago la apuesta feliz de haber perdido.

Regreso a Taiwán: un profesor en un avión

viernes, septiembre 25th, 2009

Escribo desde el aeropuerto de Hong Kong. Despedida oficial del verano, y de un diario que, no me engaño, ha dado poco de sí. Los últimos días en Madrid han sido una locura, como siempre: mucha gente que ver y poco tiempo. Aun así he conseguido ver a mi hermana Sara –fácil, siempre me quedo en su casa–, visitar a mis primos Vicente y Maite y a su hija recién nacida Teresita, visitar en mi cole a Ángel Rodríguez, mi ex profe de literatura y, el último día, desayunar con Jose Luis, comer con Carlos, tomar el café con Alejandro, cenar con Mónica y Silvia y otro café más con Crispi antes de hacer las maletas y dormir dos horas para después coger en Barajas el primero de tres aviones.

Los dos vuelos que por ahora llevo han sido tranquilos. Otra cosa ha sido el cambio de avión en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, que es, de lejos, el peor de todos los que he visitado. No solamente por las colas kilométricas en los pasos de seguridad, sino porque los trabajadores con los que me he encontrado han sido de lo más antipático. La de los pasaportes, negra; el del cacheo, indio o pakistaní; caucásica la de las bandejitas… Todos bordes. “Bienvenidos al Charles de Gaulle, donde todas las razas olvidan sonreir.” Una gozada.

He visto, en vuelo, la película La clase, sobre un profesor de lengua y literatura francesas en un instituto conflictivo de París. Interesante. Nada que ver con la típica historia, tan sobada por el cine americano, de profe guay que se gana a sus alumnos malotes y los convierte en poetas o bailarines o músicos y da sentido a sus vidas. Aquí el profesor se cabrea, pierde los papeles, insulta a los alumnos… Lo pasa mal, vamos, y enseña también las uñas y las impefecciones, y los miedos y las vilezas que todos llevamos dentro, y sobre todo la inseguridad que un tío que se sabe observado por cuarenta personas que juegan siempre a buscar sus límites.

Da la casualidad, además, de que estoy empezando a leer El profesor, de Frank McCourt, donde el autor de la archileída novela Las cenizas de Ángela habla de sus 30 años como profesor de lengua y literatura inglesas en los institutos de Nueva York. Los primeros capítulos son interesantes –veremos si no se repite demasiado, que aún queda mucho libro–. Incide también en lo decepcionante que puede llegar a resultar la docencia, lo frustrante que es entusiasmarse enseñando y chocar constamente con el muro de la desmotivación y la indiferencia del alumnado. Tanto la peli como el libro me han recordado lo afortunado que soy por ser profesor en Taiwán, donde los chavales son, por lo general, muy agradables.

Eso que suena es el aviso de embarque de mi vuelo. Hoy no soy profesor, sino habitante de los aeropuertos, así que tengo que hacer caso de las voces. Madre mía, un minuto y la cola ya se ha puesto imposible.

¡Feliz inicio de curso a todos!

La iraní sin pelos en la lengua y la Guionistra de cultura

viernes, septiembre 25th, 2009

Este verano he leído mucho y he visto muchas películas. No entraba en mis planes, pero así ha sido. Como siempre, tengo más suerte con los libros que con el cine. Pongamos un par de ejemplos que han sido especialmente significativos para mí.

El primero de ellos -ejemplo de lo bueno- es el cómic Persépolis, de la escritora y dibujante iraní Marjane Satrapi, que cuenta la experiencia personal de la autora desde su infancia hasta el final de su juventud: la revolución contra el Sha,  la inesperada islamización de dicha revolución, la terrible guerra contra Irak, el exilio en Europa debido a las asfixiantes condiciones políticas de su país… La obra está llena de humor, de amor, de reflexiones inteligentes y justísimas y, lejos de los maniqueísmos islamistas y anti-islamistas, nos muestra la sociedad iraní como un ente complejo sometido a tensiones extremas, hogar de progresistas que vieron frustradas sus ilusiones y también de musulmanes verdaderamente religiosos que son capaces de tender puentes con la población que no apoya la revolución.

Un libro para quien quiera aprender historia, disfrutar de las amenas –y a veces tan trágicas– anécdotas que vivió una mujer que siempre supo sacar lo mejor de su experiencia, y también para quien quiera recordarse a sí mismo que no todo Oriente Medio es musulmán, que no todo el Islam es islamista y que el enemigo es, en muchas ocasiones, amplificado por nuestro afán de generalizar y nuestro miedo.

Y ahora la cruz. Inevitable. Una de las películas que he visto durante el verano es Mentiras, y gordas, dirigida por Albacete y Menkes. He de reconocer que me puse en guardia contra ella cuando, en los títulos de crédito, me encontré con el nombre de nuestra Ministra de Cultura, guionista. Y no por motivos políticos –no sé de su gestión, vivo lejos–, sino puramente artísticos: hace unos meses, en Taiwán, cayó en mis manos una película sobre ETA. Se llama Están todos invitados y su protagonista es un poco convincente José Coronado. La peli es de esas que te dejan absolutamente indiferente: floja de cabo a rabo, insulsa, poco creíble… Y su debilidad empieza por las bases, porque el guión es un bodrio infumable lleno de tópicos, cuyo momento álgido es una escena en la playa que da vergüenza ajena. ¿Una de las autoras del desaguisado? Lo adivinan: la Mini. Así que cuando descubrí su nombre al inicio de la cinta, pensé: otro rollete vacuo.

Y me quedé corto. La película es un videoclip cuyo objetivo es enseñar las carnes de todos los yogurines con club de fans de las series españolas. La dirección de autores no existe. La interpretación es peor que  la de la obra de teatro de fin de curso de mis alumnos taiwaneses quienes, por cierto, vocalizan mejor que algunas de las jóvenes promesas de nuestro cine. Y el guión es, simplemente, obsceno, una ristra de tópicos baratos y repugnantes sobre la juventud y el exceso que termina con una moralizante muerte –para que no se note que el objetivo es enseñar tetas, culos y tabletas de abdominales– de un personaje que –puaj– era el más buenecito de toda la panda y una noche se droga demasiado porque se sufre por amor.

Y se me vienen a la cabeza dos preguntas:

1- ¿Es con estos argumentos con los que la Ministra nos quiere convencer de que veamos cine español en lugar de Gran Torino –gracias, Clint Eastwood, porque siempre me convences de que el cine no está acabado–?

2- ¿En qué está pensando Zapatero al asociar a tamaña perpetradora de guioncillos vomitivos con el Ministerio de Cultura?

Menos mal que uno es insistente y a veces se encuentra con películas como Mata Haris u Ocho mesas de billar francés, y se da cuenta de que personajes como nuestra Guionistra de Cultura no son los únicos habitantes del cine español. A los representantes del gremio: ¡Háganse un favor y no le den más cargos cuando deje el Ministerio!

Jugar con la comida

viernes, septiembre 25th, 2009

En mi casa siempre me ha enseñado a no jugar con la comida. El alimento es algo sagrado en todas las culturas tradicionales, y por buenas razones: nos nutre, nos aleja de la enfermedad, nos permite vivir. Es, con el aire, lo más importante para el ser humano. Solamente una cultura como la del capitalismo globalizador, que aleja al hombre de sus raíces y le enseña que la comida es una cosa que crece en bandejas de plástico, se permite despilfarrarla. Uno de los pocos recuerdos malos que conservo de China es la costumbre de pedir en los restaurantes mucho más de lo que se puede comer, y dejar la mesa plagada de alimento desperdiciado. También es muy frecuente –hay que decirlo, en su descargo– que la gente se lleve las sobras para casa.Nada hay más vulgar que comer y beber demasiado. Sucede por ejemplo en la mayoría de las bodas, que no me gustan, entre otras cosas, por la burrada de platos que se sacan.

Pero peor que comer mucho más de lo que necesitamos –más de la mitad de las enfermedades del primer mundo provienen del exceso de alimentación– y echar a la basura lo que sobra, es usar un montón de comida para, simplemente, tirarla. Y eso es lo que pasa en diferentes fiestas de nuestra geografía. La más famosa, la Tomatina de Buñol. Otra, celebrada también en verano, la Merengueta –o no sé qué nombre raro–: unos cañones rocían de merengue a los vecinos que, pringosos, celebran que no hay crisis, que no hay gente que pase hambre el mundo y que, como la comida sobra, podemos usarla para comportarnos como niños.  El caso es que todos los telediarios nacionales, y muchos extranjeros, reciben con una sonrisa y guiños de complicidad estas entretenidas orgías del despilfarro. Fiestón y, cada año, más turistas, más tomates, más merengue.

¿Por qué nadie denuncia el exceso que supone tirar cientos de toneladas de tomates y huevos para pasar un día haciendo el bobo? Aunque sean los tomates y los huevos que nadie quiere, la comida no es sólo un alimento, sino un símbolo. Y mientras haya quien pase hambre en el mundo, nadie debería convertir el desperdicio de comida, propio de nuestra primermundista e insolidaria sociedad, en una celebración. No pienso ir jamás a la Tomatina de Buñol. No me parece bien que nos alegremos de que en nuestro país se hagan esas fiestas, y que las consideremos un símbolo de nuestra cultura (a sumar a los toros). Y cuando mis alumnos me pregunten, en Taiwán, por esas marranadas, les diré lo que siempre les he dicho: que jugar con la comida es de muy mala educación, aunque lo haga todo un pueblo y salga en los noticiarios.

Yahoo caca

viernes, septiembre 25th, 2009

Acabo de terminar  de ver un documental sobre el comportamiento de Yahoo en China. Se puede encontrar por internet, lo emitieron en la 2. En él se explica cómo determinadas empresas –Msn, Google–, se autocensuran para que el gobierno chino no bloquee sus servidores. Es decir, aceptan las reglas del juego chino a cambio de un pedazo del inmenso y suculento pastel de los sinointernautas.

El caso de Yahoo es significativamente más repugnate que el de Google y Msn. Existen pruebas que demuestran que los amiguetes de Yahoo han proporcionado al gobierno chino datos privados sobre disidentes políticos que han terminado en la cárcel. La perversa colaboración entre el capitalismo y los regímenes totalitarios… No es nada nuevo, y se repetirá en el futuro.

Ya he cancelado mi cuenta de correo Yahoo, y también la de Flickr, que pertenece a estos individuos que se dedican a colaborar con la detención y encarcelamiento de personas que defienden los derechos humanos en internet. Habrá que piense que no es asunto mío, pero a mi me parece que sí lo es. No quiero tener una cuenta en una empresa que se dedica a denunciar a otros usuarios por dinero. La autocensura de Msn y Google es patética, pero de ahí a entregar a una persona inocente a las autoridades para que la enchironen y la silencien va un mundo.

Mañana o pasado escribiré la sexta entrega del diario de verano para, por lo menos, contar cosas un poco más bonitas. ¡Yahoo, caca!

Diario de verano IV

domingo, julio 12th, 2009

Ayer, en una churrascada, discutí con mis amigos sobre los llamados “tópicos nacionales”. Todo empezó porque algunos de ellos estaban de acuerdo en que los andaluces son más vagos que los gallegos, y otros –los menos– decíamos que hablar en general de un grupo humano determinado no es justo y además no sirve para nada. ¿Son, en verdad, TODOS los andaluces vagos, TODOS los catalanes agarrados y TODOS los madrileños chulos?, preguntábamos. No, no todos, nos contestaban, pero sí en líneas generales (sean lo que sean esas líneas generales, primas del “ojo del buen cubero” y del italiano “grosso modo”).

El caso es que a todos, incluído a mí que lo critico, nos resulta prácticamente inevitable hablar por generalizaciones. El hombre abstrae para conocer. Siempre que vuelvo a España y me preguntan cosas sobre Taiwán, acabo explicándome del mismo modo: “pues los taiwaneses son… y los chinos eran… y los españoles… También cuando estoy allí y nos juntamos un grupo de españoles acabamos generalizando: es la manera más práctica de poner en común experiencias, de intentar comprender lo que nos rodea. Pero cuidado: también es la manera de desahogarse, de juzgar lo que no entendemos, y de proyectar las características que consideramos negativas en otros grupos humanos diferentes al nuestro. Por eso nunca decimos: todos los catalanes son simpáticos, todos los madrileños generosos, todos los aragoneses hospitalarios. Las generalizaciones nunca funcionan en un sentido positivo. Curioso.

Hay dos cosas que vengo observando sobre este tipo de generalizaciones. La primera es que son relativas (lo que juega en contra de su veracidad). Es decir: cuando estamos en la aldea, son los de la aldea de al lado los que son tontos, o vagos, o ladrones. Sin embargo, cuando estamos en otra región de nuestro país y encontramos a alguien de esa aldea de enfrente lo percibimos inmediatamente como un hermano. Cuando salimos de España y nos vamos a Alemania, por ejemplo, o a Estados Unidos, y encontramos un español, aunque yo sea de Ferrol y él de Elche, también nos centramos más en nuestras similitudes que en nuestras diferencias –tenemos una lengua en común, una educación similar, el mismo gobierno, la misma tele, los mismos periódicos, etc–. Con los continentes sucede lo mismo: me encanta encontrarme europeos por Asia, y la primera vez que, volviendo de China, aterricé en Helsinki, me sentí en casa.

La segunda de las cosas que he observado es lo fácil que nos resulta generalizar sobre otros y lo difícil –e indignante– que nos parece que generalicen sobre nosotros. Los andaluces son vagos –y falsos, y tirando a ladroncetes– pero ¡qué injusto han sido los españoles de todos los puntos cardinales con los gallegos! Ya les vale, siempre generalizando sin fundamento sobre nosotros. Si es que nos odian, está clarísimo. Esta asimetría favorece la autocompasión de un modo bastante insano. Y es que ya he oído a gallegos, andaluces y manchegos quejarse de que su región es la más vapuleada del topicario nacional. Seguro que en otras partes también lo piensan.

Y es que, aunque todos lo hagamos –lo de generalizar, digo– conviene no creérselo ni lo más mínimo. Vale que lo utilicemos como herramienta de aproximación, pero interiorizar los prejuicios es nocivo para uno mismo y para las víctimas de los tópicos. Porque el único andaluz que conozco bien, un gaditano con el que viví en Italia, se sacó dos carreras mientras trabajaba y entrena para participar en el Iroman, la prueba deportiva más dura del mundo. Por cierto, es diabético. Un vago de tomo y lomo, vamos.