
Es habitual mencionar la famosa Ribeira cuando uno le habla por primera vez a alguien de Oporto. Yo mismo acabo de hacerlo. El punto de partida de este recorrido personal por la capital portuense será el lugar donde comienza esta ciudad de futuro que desprende cierto encanto, sobre todo, gracias a las marcas de su pasado.
La orilla del Duero, al paso de éste por la segunda ciudad más importante de Portugal, es uno de esos lugares que nos animan inmediatamente a utilizar la cámara digital con la esperanza de obtener una fotografía que haga justicia a lo que estamos viendo.
Las terrazas situadas frente a una hilera de edificios antiguos y humildes, o quizás humildes por su antigüedad e historia, contribuyeron el pasado verano a que lograse esquivar el estrés de buscar alojamiento en una localidad donde la relación calidad-precio deja bastante que desear. Allí, a pocos metros del río, intentaba mentalizarme de que iba a permanecer diez meses estudiando en un sitio acogedor que a mí me resultaba extraño.
Más allá de la espectacularidad del puente Dom Luiz I y de las concurridas fiestas que se celebraban en el municipio de Vila Nova de Gaia, situado en el margen contrario, durante aquellas noches de julio me impactó especialmente la dualidad que percibía en cuanto empezaba a subir una inmensa cuesta para conocer el interior de Oporto.

El casco viejo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, confiere a sus calles una peculiar estética en combinación con instalaciones tan modernas como sus paradas de metro, espacios tan cuidados como los jardines del Palácio de Cristal, construcciones tan recientes como la Casa da Música y centros comerciales de una enorme extensión. Sabía que me esperaba una prolongada estancia en aquel lugar y me preguntaba si conseguiría acostumbrarme a esa sensación de mudar de ciudad con sólo desviar la mirada.
Dos meses después volví a Oporto para ocupar el dúplex en el que resido actualmente y continuar la carrera de Periodismo como becario Erasmus. En el año 2005 abandoné el barrio coruñés de Os Castros para tener la oportunidad de nutrir una vocación palpable, y más adelante me distancié de la facultad vallisoletana a la que pertenezco porque he descubierto el placer de desmontar mi propia realidad cuando las cosas se tuercen. Ahora siento cíclicamente la necesidad de cambiar de aires.
Elegí este destino con la intención de conocer mejor un país sobre el que no sabía demasiado a pesar de su proximidad cultural y geográfica. Mediada mi aventura lusa, inicio este trayecto a través de Global Galicia. Siempre he considerado que escribir anima a afrontar con más intensidad la vida para tener la impresión de que puedes contar miles de historias, y eso ayuda a observar con curiosidad cada detalle de nuestro día a día.