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Entradas para la categoría ‘Manchuria’

Foto de Diego Wang, mi alumo concinero

viernes, junio 13th, 2008

Queridos amigos:

 

Aquí una foto de Diego Wang, mi alumno cocinero, pasando por el wok los libros de español. La hice para la columna que Beatriz Antón, de La Voz edición Ferrol, dedicó a la futura aventura de mi alumno entre los peroles patrios. Como veréis, Diego tiene un buen sentido del humor. Es un tío grande.

Por cierto, ese que lleva es el pijama en el que me recibe cada mañana para aprender español, no es coña. Algún día hablaré de la falta de pudor de los chinos que, por cierto, a mí me parece maravillosa.

Foto.

 

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El surrealismo en las aulas

miércoles, junio 11th, 2008

El surrealismo ha llegado a las aulas. Acabo de terminar de corregir los exámenes de comprensión auditiva del 4º y último curso. El vídeo hablaba de Nápoles, su historia y su actual situación. He aquí tres preguntas y las respuestas que uno de los alumnos me ha dado:

1. P:¿Qué civilización fundó Nápoles? (Respuesta esperada: los griegos)

R: Napoleón

Quitando el hecho de que se considere a Napoleón una civilización en sí mismo, opinión que compartirían algunos historiadores, es interesante el sentido común del alumno. Napoleón fundó Nápoles, Colón fundó Colonia y Laura Ponte, Pontevedra.

2. P: ¿Qué mar baña las costas napolitanas? (Respuesta esperada: el Mediterráneo)

R: El mar Subterráneo.

El mar Subterráneo es un mar que baña costas sin que nadie se dé cuenta. Lo malo es en verano, porque hay que ser espeleólogo para darse un chapuzón. Hay muchas ciudades bañadas por el mar Subterráneo, como Madrid, La Rioja o Ávila. Lo que pasa es que nadie se da cuenta.

3. P: ¿Cuántos habitantes hay en Nápoles y alrededores? (Respuesta esperada: cinco millones)

R: Cinco mil millones.

Cinco sextas partes de la Humanidad viven en Nápoles y alrededores. Depende de lo que consederemos alrededor de Nápoles: Calcuta, por ejemplo, podría ser un alrededor muy alejado de cualquier otra ciudad. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que Galicia son las afueras de Madrid.

Los mil millones que quedan viven en China, que no son alrededores de ningún sitio, sino todo centro.

Si no fuera poco con esto, el otro día fui a darle clase a Diego, mi alumno cocinero. Se había hecho una lista con todo el vocabulario aprendido en las dos clases anteriores. Daba gusto verla: ordenada, limpita, a cuatro colores… La repasé por si se le había escapado alguna letra o acento, pero estaba perfectamente copiada. Excepto en un detalle –pequeño, sí, pero inquietante–: junto a la palabra bed –”cama” en inglés–, no había escrito cama, sino Vulcanita.

¿Cómo ha dado Diego con tal palabra? ¿Ha sido fruto de una casualidad, de una revelación, o ha querido gastarme una broma? Desde que lo leí, estoy desazonado. Es demasiado surrealista, parece una puerta a otras dimensiones.

En fin, les dejo. Es tarde ya y mañana me levanto a las seis de la mañana. Me voy a la vulcanita a tener dulces sueños… O siniestras pesadillas.

Mi alumno el cocinero (cosas veredes…)

lunes, junio 9th, 2008

Tengo alumno nuevo. Llevo con él apenas una semana. Me llamaron del Insitituto Cervantes de Beijing para preguntarme si estaría dispuesto a darle un curso intensivo de 250 horas en apenas seis semanas. Tiene que viajar a España en cuestión de meses. Acepté.

El tío –Allen en inglés, aunque ha elegido Diego como nombre español– es chef en el Shangrilá, uno de los mejores hoteles de Dalian. Allí se encarga del restaurante occidental. Trabaja una media de doce horas al día por una miseria, y está feliz porque va a pasarse un año en España aprendiendo nuevas técnicas.

–¿Dónde? –le pregunto, en inglés, el primer día.

Él intenta responderme, pronunciando, en un idioma que no conoce, una palabra que no tienen ningún sentido para él:

–Abuli –dice. Y añade que cree que es a little famous.

–Ni idea –contesto. Pero Diego parece sorprendido de mi ignorancia. Se acerca al ordenador y me enseña una página web. Miro el nombre: El Bulli.

Así que mi nuevo alumno cocinero, un chaval de 28 años que duerme hacinado en una habitación con otros siete compañeros de trabajo, que gana un sueldo ridículo acambio de su esfuerzo, que nació y vive en un remoto rincón de China, se va a trabajar durante un año a otro rincón perdido del planeta, Cala Montjoi, en Roses, donde –quién lo diría– está el hoy por hoy mejor restaurante del mundo.

Así que dentro de unos meses, cuando un ajetrerado Ferrán Adriá le pida al aprendiz chino no sé qué nuevo y misterioso ingrediente para añadírselo a la cena, Diego contestará con palabras que yo le he enseñado en su cuartito de Manchuria, bebiendo el té que me ofrece cada día a las ocho de la mañana, cuando me lo encuentro en pijama y dispuesto a comerse el mundo.

¿No tiene la vida, en ocasiones, momentos sorprendentes? A mí me divierte un montón la idea de estar enseñándole a un futuro gran cocinero –quizá el primer chino en estudiar en El Bulli, qué se yo– palabras como cazo, espumadera o emplatar, que tan de moda está.

Qué cosas.

Ceísmos

miércoles, junio 4th, 2008

C. es uno de los profesores chinos del departamento de español. Habla castellano con soltura, aunque sólo ha pasado dos meses en un país hispanohablante. Su principal característica es, en mi opinión, una gran creatividad a la hora de usar el idioma, sumada al conocimiento de gran cantidad de vocabulario y a una memoria rápida pero inexacta. La mezcla de estos factores produce frases muy simpáticas. Os pongo algunos ejemplos:

1. C. me habla de un chico de la universidad que se mueve como una chica. Dice de él: “Es muy amenizado, pero no gay.” Os imagináis un cartel de Nochevieja? “Afeminará la fiesta la orquesta del pueblo”.

2. C. me dice que está enfadado con una persona. ¿La causa? “Se ha mentirado conmigo.”

3. C. y yo hemos quedado para hacer algo, pero a última hora me dice que no. Según sus propias palabras, “no tiene apetito de ir.”

4. No sé por qué misteriosos caminos lingüísticos, C. ha llegado por sí mismo a llamar a las galletas “galleticas”, como si fuera de la mismísima Murcia.

5. Un día C. lanzó esta inquietante afirmación: “Los taxistas, de noche, pueden peerse en cualquier parte.” “En España pueden hacerlo durante todo el día”, le contesté muy serio. “¿De verdad?”, me dijo. “¿Pueden peerse en la acera a cualquier hora?” C. mezcló apearse con pararse, y le salió lo que le salió.

6. Contádome C. una aventura de polis y cacos, me dijo que “la policía llamo a los esfuerzos“. “Que llegaron cansadísimos después del refuerzo llevado a cabo”, pensé.

7. Ayer, viendo los autobuses de bote en bote, a la hora en la que la gente sale del trabajo, comentó C.: “Los autobuses van llenos de gente porque es la hora de la puta.” Es difícil saber en qué consiste tal hora, pero seguro que si en España la anunciaran la gente también abarrotaría los autobuses para poder asistir. Luego lo intentó de nuevo: “Quiero decir la hora puta.” Bastante puta sí que es, si te la pasas apretado en un autobús con otros mil chinos.

8. A C., según me confesó ayer, no le gustan las verduras brutas. Yo pensé que a nadie le gusta ir a morder una zanahoria y que te parta la cara, pero C. aclaró rápidamente que las verduras brutas son las que no se cocinan.

También otras personas cometen de vez en cuando ceísmos. F., un alumno de primero, me dijo mientras cenábamos ayer que está leyendo un libro que le encanta, y que en una mañana ha leído más de 100 pájaros. Y a B., mi novia taiwanesa, le encanta ir a la tintontería.
En fin, quién me oirá a mí aprendiendo chino…

Día de la infancia

domingo, junio 1st, 2008

Hoy, 1 de junio, se celebra en China –y no sé, la verdad, en el resto del mundo– el día de la infancia. Vivo enfrente de un parque, y en cuanto me he asomado a la ventana y he visto el ajetreo de chavales, abuelos, papás y mamás y las atracciones –tengo debilidad por las ferias desde pequeñito– me he bajado con la cámara de fotos a disfrutar del día del niño como un ídem.

Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la importante cantidad de niños tuneados. Normal. ¿Hay algo más divertido que disfrazarse? Yo me pasé la infancia embutido en un traje del Zorro mucho antes de que Antonio Banderas lo rescatase del olvido. Esta niña, por ejemplo, va vestida de coreana:

 

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Diferencias entre China y Occidente

miércoles, mayo 28th, 2008

Yang Liu –en chino el apellido va primero– es una artista China. Nacida en beijing hace 32 años –madre mía, es de mi edad, y la de cosas que ha hecho–, vive en Alemania desde 1990. Estudió en Bristol y en Berlín y se ha convertido en una de las diseñadoras más importantes de China. En el 2004 fundó en Berlín su propia empresa, Yan Liu Design. En su página web, http://www.yangliudesign.com/, podréis encontrar más información y fotografías de algunos de sus diseños, que a mí me parecen muy buenos.

Si hoy traigo a Liu aquí es por una serie de dibujos que hizo hace algunos años para intentar expresar, de manera esquemática, algunas diferencias que ella aprecia entre su país natal y el de acogida. Procuran ser una forma objetiva, y no crítica, de contemplar ambos mundos. De ahí la elección de muñecos como los de las señales de advertencia. A la izquierda, y en azul, dibujó la versión europea de cada concepto. A la derecha, con fondo rojo, la china. Aquí los tenéis:

1. Opinión (creo que los gallegos entramos en el recuadro rojo, si hacemos caso a los tópicos, en general malos consejeros):

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Corrupción

lunes, mayo 26th, 2008

La he vivido en España. La he vivido en Italia. Y la semana pasada me toco vivirla en China en una forma que hasta ahora desconocía de forma directa.

Es inútil intentar aclarar si la corrupción se da con más frecuencia en tal o cuál país. Cuando en España nos creemos a salvo de semejante plaga saltan a las páginas de los periódicos noticias sobre políticos nepotistas o especuladores, o sobre redes de policías aficionados a la extorsión, de esos de la cicatriz en la mejilla y la frente de búfalo de las películas sobre la mafia de Chicago, pero en versión patria y casposa.

Y eso es, precisamente, lo que me tocó experimentar hace apenas unos días. En China, las cosas se están poniendo para los extranjeros claramente más difíciles de lo que estaban. Si antes se extendían permisos de trabajo por tres meses, ahora es poco frecuente conseguirlos de más de uno. Si los visitantes ociosos entraban en el País del Centro (eso significa Zhong Guo, China en chino) con relativa facilidad gracias a la carísima campaña de promoción turística que ha llevado a cabo el Partido los últimos años, las medidas se están endureciendo. M., mi compañero mexicano, ha tenido que escribir una carta en español y en chino y enviarla a la embajada de China en México para que su hermano pueda venir a visitarle este verano. La malísima prensa internacional –injusta en buena medida– que ha sufrido la actuación china a raíz de los sucesos del Tíbet ha metido el miedo en el cuerpo a los dirigentes. A escasos dos meses y medio de las Olimpiadas, se temen disturbios, protestas organizadas e intentos de dejar en evidencia las carencias que organizaciones como Amnistía Internacional han sacado a la palestra.

Así que los policías se dedican a ir casa por casa buscando extranjeros para que nos demos de alta en la comisaría de nuestro barrio. El otro día, en el portal de mi edificio, un agente alto, de cara roja y poco amistosa, me agarró de la manga y me pidió el pasaporte de muy malas maneras. Se lo enseñé, y me emplazó en su oficina al día siguiente para formalizar mi situación. A pesar de que no tenía nada más que decirme, me retuvo más de veinte minutos, en los que se dedicó a hojear mi pasaporte. Qué buscaba no lo sé, y me parece que él tampoco lo tenía claro. Supongo que es divertido detener la vida de alguien por un rato solamente porque le apetece a uno.

Al día siguiente, después de comer, me planto en la comisaría con el pasaporte, el Carné de Experto, el contrato de la universidad, el contrato de alquiler y el dueño de mi piso, W.B., un hombre de unos cuarenta años que hasta ahora me ha tratado mejor que bien. Nos sientan a los dos con mi amigo el madero de la sonrisa imposible, saco los papeles y empieza entre él y W.B. una conversación en mandarín que me empeño inútilmente en seguir. Al rato, W.B. se dirige a mí en chinglés y me dice que tiene que subir al segundo piso a hacer unos papeleos. Asiento y me quedo solo con el sargento cararroja. El hombre apaga un pitillo, enciende otro, revisa el pasaporte durante otros cinco minutos por si el día anterior se le había pasado algo por alto a su sagaz mirada, apaga el pitillo a medio fumar y enciende uno nuevo, me mira, me pregunta en chino cosas que no entiendo, se ríe de mala gana –¡milagro!– cuando le contesto que no sé chino, vuelve a hojear el pasaporte con muy poco cuidado, y encuentra por fin una pregunta que puedo entender.

–¿Por qué fuiste a Taiwán?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Por qué fuiste a Taiwán? ¿Entiendes lo que digo?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Te gusta Taiwán?

–Me gusta mucho.

–¿Crees que Taiwán es China?

–Sí, Taiwán es China.

–¿La gente en Taiwán creen que son chinos?

–Muchos sí lo creen.

–¿Tu novia lo cree?

Empiezo a ponerme verdaderamente incómodo. La habitación está llena de humo, la puerta cerrada, el policía adopta un tono más que insolente, el tema es muy delicado y la pregunta demasiado personal.

–Sí, ella piensa que Taiwán es China.

–No me gusta que hayas ido a Taiwán. (Silencio). No me gustan los extranjeros (utiliza la expresión Lao Wai, forma despectiva. Me echa el humo a la cara descaradamente. No sé qué decir ni a dónde mirar). Entraste en China el 4 de mayo. Tenías que venir aquí al día siguiente para avisarnos de que habías llegado. Tienes que pagar 500 yuanes (50 euros) por el retraso.

Saco el dinero, que llevo encima porque esa misma mañana he ido al banco. Se lo doy. Se ríe a carcajadas. Fuma y me mira con calma. Tarda en contestar.

–500 yuanes por cada día que te has retrasado. (Saca una calculadora). Son 8.000 yuanes (800 euros).

–¿8.000?

–Sí, 8.000. Me los tienes que dar. Los Lao Wai tienen dinero. ¿Es un problema para ti?

–No tengo ese dinero.

–¿No lo tienes? ¿No lo tienes? (Duda un momento, echa la ceniza en el cenicero). Dame entonces 4.000.

De repente lo comprendo todo. Hasta ese mismo instante me había creído lo de la multa, aunque la cantidad me pareciera excesiva, pero lo que en realidad estaba intentando el agente Nicotina era sacarme los cuartos con malas artes. Pensé que lo mejor era hacerme el loco, abusar del Tin bu tong (no entiendo) y hacer tienpo hasta que W.B. volviera al despacho. Y funcionó, a pesar de que sospecho que lo de mandarle a otra ventanilla formaba parte del paripé. En cuanto mi casero regresó con nosotros, la actitud del policía cambió. Serio como siempre, evitó mirarme lo que duró la entrevista y no volvió a mencionar el dinero. Le conté a W.B., en chinglés también, lo que me había sucedio, y él, con cara de póker, me dijo que no me preocupara: si conseguía arreglarlo de chino a chino, la mordida sería muy inferior a 4.000 yuanes.

Y así fue. La cosa se quedó en unos cuantos cartones de tabaco que W.B, a pesar de mi empeño en ser yo el pagador, dado que mía era la infracción, compró como agradecimiento a la magnífica labor del desgraciado del agente. No quiso mi amigo –porque, a partir de ahora, además de casero, es amigo– que me metiera en esas aguas. “Déjamelo a mí –me dijo–. No es asunto de extranjeros.”

La verdad, aunque la aventura haya quedado en nada, pasé un mal rato en la comisaría. Siempre es desagradable encontrase acudir a casa de la ley y que la única ley allí sea la del más fuerte. Eso no quita, cuidado, que la gran mayoría de los agentes chinos se porten como tienen que portarse. He hablado del tema con muchos extranjeros durante esta semana y soy el único que ha tenido la mala suerte de encontrarse con un corrupto con todas las letras. Por lo demás, el resto de mi experiencia en China –he visitado hospitales, universidades, aduanas y otras comisarías además de esta última– ha sido siempre inmejorable y el departamento de la universidad donde trabajo es, de largo, el que mejor me ha tratado de todos los que conozco. Si es justo que cuente lo poco malo, lo es más que recuerde lo mucho bueno. La anécdota siniestra, ya se sabe, es siempre más llamativa, pero mi trato con las autoridades del país ha sido mayoritaria y abrumadoramente positivo. Y no nos hagamos los nuevos: no hace falte venirse a China para encontrarse un sinvergüenza de tomo y lomo, que nuestro producto típico es reconocido internacionalmente y no tiene nada que envidiarle a la yakuza japonesa.

Y ustedes, los del exilio exterior y los del exilio interior, ¿han tenido alguna experiencia similar, en casa o fuera?

 

El corazón de Confucio

viernes, mayo 23rd, 2008

“Si siento en mi corazón que estoy equivocado, debo pararme temeroso aun cuando mi adversario sea el menos formidable de los hombres. Pero si mi propio corazón me dice que tengo razón, seguiré adelante aunque sea contra miles y decenas de miles.”

 

Toma ya. Lo dijo Confucio (551 A.C.). Pero qué grande es la cultura china.

La fiebre amarilla

lunes, mayo 19th, 2008

En Dalian somos pocos extranjeros occidentales y salimos por los mismos lugares. Nos conocemos, al menos de cara, prácticamente todos, aunque parezca mentira. Así que la vida nocturna, que frecuento poco, no es la que correspondería a una ciudad de 6.000.000 de habitantes.

Los extranjeros en china pueden dividirse en tres grupos: los que trabajan para empresas extranjeras, los docentes y los estudiantes de mandarín. Hay, sin embargo, una frontera más sutil y trascendente que divide la población masculina de inmigrantes occidentales en dos grandes grupos: los “sanos” y los infectados de fiebre amarilla, que es como llamamos entre nosotros a la obsesión que sienten algunos por las mujeres del extremo oriente –chinas, japonesas, coreanas–.

Quizás no sea el más indicado para hablar, dado que mi novia es taiwanesa, pero lo mío no es fiebre amarilla: la conocí en España, mientras ella estudiaba español. No es lo mismo que te gusten las chicas asiáticas –una más que las demás, en mi caso– que mudarse a Asia porque quieres, sí o sí, una novia oriental. Los bares de Dalian, y de las demás ciudades chinas, me temo, están llenas de hombres “blancos” en busca de chicas “amarillas” (no saben, por cierto, lo blancas que son muchas chinas, pero eso es cosa de otro artículo).

Pues hace pocos días viví un caso extremo de fiebre amarilla. Acaba de llegar a mi universidad Paul, un nuevo profesor de inglés. Australiano, sesentón, me contó que se había casado hacía treinta años con una vietnamita de la que se separó no sé cuándo. Ha tenido dos hijos con ella, que deja ahora en Australia para venirse a Dalian detrás de una mujer china veinticinco años más joven que él (“qué quieres –me dijo –me van las asiáticas”). Vive con ella y su hija en un hotel mientras buscan casa, y así es como vinieron a ver la mía que, por cierto, no les gustó nada.

El caso es que mientras estaban aquí y yo les explicaba lo bueno y lo malo del apartamento, me di cuenta de que ella apenas habla inglés. “¿Cómo os comunicáis?” –le pregunté a Paul, sorprendido, pues sé que él tampoco sabe chino. Entonces sacó un traductor electrónico del bolsillo y me dijo: “con esto. Cuando su hija está presente, nos ayuda, porque sabe un poco más de inglés que ella.”

Tendríais que haberlos visto, intentando discutir si el piso era o no adecuado con gestos, algunas palabras en inglés y otras en chino y con aquella maquinita que es, sin duda alguna, el mejor amigo del matrimonio. En ese momento me asaltaron muchas dudas: ¿cómo será su día a día? ¿Conseguirán apañarse siempre? ¿Puede uno llegar a conocer de verdad a una persona a la que no entiende? ¿Y a quererla?

Ah, eso es meterse en aguas revueltas. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Si ellos están contentos así, no seré yo quien diga que están locos, aunque lo parezcan. Estoy seguro de que acabarán aprendiendo nuevas lenguas, y de que cada vez les resultará más fácil eso de comprenderse. El esfuerzo es grande, qué duda cabe, pero ¿quién dice que es bueno entender todas y cada una de las palabras que no dice nuestra pareja?

Además, no me digan que no resulta simpático imaginárselos cada noche en la cama, buscando en la maquinita palabras tiernas para decírselas antes de dormir.

Ver para creer.

La política del hijo único

viernes, mayo 16th, 2008

Una de las caractarísticas de la moderna cultura china que más ha salido a colación a raíz del terrible terremoto de hace unos días es la archifamosa política del hijo único. Muchas familias han perdido entre los escombros a sus únicos descendientes, lo que aumenta, si esto es posible, el dolor de los padres.

La política del hijo único fue puesta en marcha en 1979. Después de que Mao, durante tres décadas, animara a los chinos a tener el mayor número de hijos posible –lo que hizo que los 400 millones de habitantes de 1925 ascendiera a los casi 1.000 de principios de los 80–, el objetivo de tal ley fue conseguir que el desarrollo económico fuera más rápido que el aumento de población en un país acostumbrado a las familias muy numerosas. La ley, que excluía a las minorías étnicas –su población supone menos e un cinco por ciento del total nacional–, castigaba con fuertes multas a las familias que tenían más de un hijo.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la ley? Pues demasiado complejas y variadas como para que una persona como yo pueda analizarlas. En su conjunto, y siempre desde el punto de vista gubernamental, la ley ha sido un rotundo éxito. El país es ahora mucho más rico de lo que lo era a finales de la década de los setenta, y es evidente que uno de los factores que ha permitido tal desarrollo ha sido el control de la natalidad.

Sin embargo, también ha provocado situaciones realmente trágicas, la primera de las cuales es el asesinato o abandono de miles de niñas en estos casi treinta años que han pasado desde que la ley se hiciera efectiva. Hace falta explicar determinados aspectos de la cultura china para entender el porqué de esta terrible realidad.

La tradición china contempla el matrimonio como la entrega de la mujer al hombre. Esto responde a la norma de las cuatro obediencias del confucianismo más estricto: el discípulo ha de obedecer al maestro, el hijo al padre, el hermano pequeño al hermano mayor y la mujer al marido. De este modo, la mujer, una vez desposada, pasa a depender directamente de la familia del marido: sus suegros se convierten en sus padres, que tienen un poder absoluto sobre ella. Incluso cuando reza, ha de hacerlo por los ancestros de su esposo, y no por los suyos. Esta forma de pensar, que implica la pérdida de la hija tras su matrimonio, unida a que en el campo se cree que un varón puede ayudar más en el duro trabajo diario, ha fomentado el abandono y muerte de tantas niñas recién nacidas. Hoy por hoy, el desequilibrio entre niños y niñas es patente: en China hay 117 niños por cada 100 niñas, y tales cifras, en un país de 1.300 millones de habitantes, suponen una diferencia abismal entre ambos sexos.

Hoy las tradiciones no son tan estrictas, en parte gracias a la política comunista –que, no lo olvidemos, terminó con costumbres tan sádicas como la de los “pies enanos”–, en parte gracias a la inevitable modernización del país. Además, la ley ha sufrido modificaciones para ajustarse a la realidad social: Actualmente los campesinos pueden tener un segundo hijo si el primero es niña, y los matrimonios compuestos de dos hijos únicos pueden tener también dos vástagos, para paliar la falta de tíos y sobrinos en un país en el que la unidad y el apoyo familiar son las bases indiscutibles de todo el sistema.

Otra de las conscuencias de la política del hijo único es la absoluta planificación de la vida familiar. Si la dedicación de padres y abuelos por el único descendiente de la familia es absoluta hasta que éste se independiza, el hijo, ya adulto, estructura toda su vida alrededor de sus padres. A veces me sorprende la madurez con la que se ven obligados a pensar mis alumnos: todos tienen miedo de que sus padres no tengan, en su ancianidad, lo suficiente para vivir con sus pensiones, vista la gran inflacción que azota la economía nacional, por lo que organizan su futuro en función de las necesidades paternas.

Por último, la ley ha provocado una gran brecha en el modelo familiar de los ricos y los pobres. Los primeros, con medios económicos suficientes para pagar las multas que el partido impone por tener más de un hijo, que oscilan entre 6.000 y 60.000 yuanes (de 600 a 6.000 euros), pasean a sus numerosos hijos por las calles de las ciudades más prósperas. Mientras, las familias medias y pobres centran toda su existencia, como ya he comentado, en la educación de su único descendiente. Últimamente el gobierno ha puesto en marcha una campaña que pretende castigar con diferentes medidas a los altos funcionarios, a los famosos y a los empresarios que hagan oídos sordos de la política del hijo único.

Por lo que dicen algunos expertos, con Cai Fang, de la Academia China de Ciencias Sociales, a la cabeza, en 2013 la población china tocará techo para empezar a descender quince años después, cuando será superada por la india.

Como los medios han repetido a lo largo de todos estos días, la población infantil ha sido la más castigada por el terremoto, que tuvo lugar en pleno horario escolar. Aún son muchos los estudiantes que permanecen debajo de los escombros, y de vez en cuando la televisión china (CCTV) ofrece emocionantes imágenes en las que alguno es rescatado con vida, aunque con el paso de los días se pierda la esperanza de que esto siga ocurriendo.

Por último, querría aprovechar para agradecer a todos los que habéis hecho comentarios a mi entrada sobre el terremoto vuestra preocupación por lo que está pasando aquí. Veo en los periódicos que las noticias vans siendo más escasas, y comprendo que es inevitable, pero me anima mucho ver que la gente sigue con emoción esta gran tragedia. Para todos, un fuerte abrazo desde China.