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La sanidad pública en Madrid

Miércoles, Octubre 8th, 2008

Sinceramente no sabía si publicar esta contribución porque suena más a queja que a vivencia, así que perdonadme si no cumplo con el objetivo de este blog que es compartir vivencias…

Esta temporada están apareciendo en los periódicos multitud de noticias sobre lo mal que está la situación de los hospitales públicos en Madrid. No sé como será en los sitios donde vivís ahora o donde vivíais en Galicia, pero mientras yo viví allí no había queja. Eso sí, era recomendable (y lo sigue siendo) “tener al médico de mano”, como dice mi madre, para que te dé un volante preferente para el especialista o cuando te vas a su consulta privada te haga el análisis en el ambulatorio. De vez en cuando es recomendable llevarle una botellita de whisky de 12 años o unos puritos. Él te pasará la mano por la espalda y te dirá ¿qué tal estás, Cristi?. Luego tus padres no tendrán mejor ocurrencia que invitarlo a tu boda y ahí te lo encontrarás, en la primera fila. Bueno, al final nada de eso será tan malo, si todos parecen tan contentos con el arreglo. Supongo que ésto no es nada nuevo, porque los pueblos son muy especiales en todos los sentidos…
Lo que nunca me había pasado era ir al médico y que no me mirase ni a la cara, que lleve unos análisis de los que se deduce anemia y me diga que es normal (debe de ser la enfermedad que se lleva esta temporada junto con las botas altas y las faldas escocesas, digo yo…). Y si uno consigue que lo deriven a un especialista, le dicen en el mostrador que están las listas cerradas. Así, no hay listas de espera largas porque la gente que está esperando para entrar no consta en ningún lado.
No sé donde va a terminar el sistema público en Madrid porque la situación es cada vez peor. No tienen dinero ni para suscribir las revistas de las bibliotecas. Se han gastado un dineral en crear una red para hacer suscripciones en conjunto y reducir gastos a los hospitales y ahora parece que la red está en el aire. Los médicos tienen que usar contraseñas piratas de amigos de universidades o entrar por direcciones de redes latinoamericanas destinadas a países pobres o en vías de desarrollo.
Para más INRI, en los últimos meses han abierto 8 hospitales nuevos en la comunidad y su estado y equipamiento dista de ser el deseable. Tengo amigos médicos que dicen que a colegas suyos que trabajan p.e. en el Hospital La Paz le está pagando el sueldo El Corte Inglés (con quien hay una concesión firmada por un tema de ropa) y hace dos semanas una enfermera de otro hospital denunciaba en el periódico que era Caja Madrid la entidad que les pagaba. Por si fuera poco, en La Paz ya les han dicho que a partir de enero van a empezar a despedir a médicos que lleven menos de dos años contratados… y luego hay escasez de facultativos… y dicen que los jóvenes tenemos que emigrar… ¡pues claro!.
Ahora cada vez que el consejero va a algún hospital lo espera el personal y, a veces, algunos pacientes para abuchearlo, pero como parece que lo del abucheo es ilegal, las últimas protestas han sido silenciosas y mímicas (dignas de un oscar, eso sí)… Y lo más indignante es que el consejero diga que la única queja que ha recibido es por una televisión de plasma mal colocada, ay, ay, ay…

Productos gallegos en la pradera de San Isidro

Miércoles, Junio 25th, 2008

Me llamo Cristina, soy de Betanzos (A Coruña) y desde 1999 vivo fuera de Galicia, durante dos años en la siempre inolvidable Salamanca y desde 2001 en la marabunta de Madrid, disfrutando de sus maravillas y odiando sus defectos, supongo que como en todos los sitios.

El 15 de mayo y como cada año, Madrid celebró su San Isidro en la pradera que le da nombre y que reúne puestos y gente de lo más variopinto. Aunque parezca increíble, nunca había ido a esta romería, por coincidir en día laboral o por no animarme a ir sola a semejante fiesta. Sin embargo, este año mi amigo Pepe (también gallego) me animó a ir y echando mano de un día libre nos dispusimos a achicharrarnos y exponernos a ser aplastados por cientos de personas.

No sé si ocurrirá en otras ciudades (supongo que sí) pero aquí siempre hay gente y colas por todos los sitios y para todas las cosas. Para una chica como yo, de pueblo y de lo más tranquila, fue un poco traumático acostumbrarme a este revuelo continuo… En los primeros años me encontraba a mi misma andando apurada hasta los fines de semana cuando iba de paseo, sin motivo alguno. Supongo que las prisas se contagian muy pronto… y San Isidro no iba a ser menos…

La situación era ésta: subimos al metro en un extremo de Madrid y nos bajamos casi en el otro extremo de la línea junto a hordas de gente que salían de cada esquina. Nos dirigimos a la salida y nos fijamos en un cartel que indicaba que no se podía utilizar cualquier salida. La salida A era para salir del metro y la salida B para entrar. Eso y el servicio de limpieza de la capital es lo que más me gusta de aquí y lo que más echo en falta en mi pueblo: capacidad de organización, no sé si por falta de costumbre o de necesidad. En fin…

Una vez que conseguimos llegar a la pradera después de callejear un poquito nos encontramos con un espectáculo dantesco. No sé cómo lo vería Pepe, pero para mí fue impresionante ver las calles atestadas de chulapos por todos los lados (arriba en la pradera, delante de nosotros, detrás…) y de todas las nacionalidades (españoles, chinos, latinoamericanos, rumanos, polacos, etc), junto a una pradera situada detrás de un barrio con edificios altos. Precisamente, otra de las cosas que me gusta de Madrid es lo que decía Ana Belén en la campaña turística de la capital “Si vives en Madrid, eres de Madrid”.

Después de un rato de respirar ese ambiente tan castizo y de ver bailar varias piezas a unos señores de lo más entusiastas, nos decidimos a buscar el puesto de productos gallegos, of course. Vamos, que a Pepe no se le escapa ni una… La idea era comprar algo (pan de Carral, empanada) e irnos a comer a casa, pero cuando llegamos a los puestos (eran 2) nos surgió el dilema existencial de decidir qué apetitoso manjar nos llevaríamos a casa y a cuál renunciaríamos. ¿Por qué nos gustará tanto la comida?. Al final, nos decidimos por el pan de Carral por el cual pagamos, ¡ay!, 6 euros por una bolla “resesa” (revenida se dice aquí). Lo que hacen las ganas de comer cositas de la tierra… y eso que voy de vez en cuando, pero supongo que pasará como con los emigrantes de antaño cuando se emocionaban con las gaitas fuera de su país y eso que a algunos no les gustaba la música folclórica cuando estaban de vuelta en su casa… La moraleja es que en Madrid o en China ¡qué rica sabe una empanada, una tarta de Santiago o una bolla de pan aunque sea de hace dos días… así que ¡Viva Galicia!.

Hasta la próxima a todos.

‘La colmena’, retrato vivo de la posguerra madrileña

Viernes, Abril 18th, 2008

hospicio.jpg“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante”. Así inicia Cela el resultado de los cinco años de trabajo que dedicó a La colmena.

La novela resulta ser un retrato vivo y en movimiento de la mísera sociedad del Madrid de la posguerra, el reflejo de la cotidianidad de la vida, una vida resultado del conglomerado de cientos de vidas que se cruzan, las vidas de unos seres infelices acosados por la pobreza y por el hambre, asfixiados por la urgencia del día a día, cargados de luces y de sombras, incapaces de realizarse como personas, desilusionados, insatisfechos, desamparados, angustiados, resignados, contradictorios, insolidarios, enfermos, víctimas de la inercia, del racionamiento, del estraperlo y del miedo a ser delatados. En fin, unas vidas sin futuro que caminan a salto de mata y a las que, a menudo, la realidad obliga a dejar a un lado compromisos y moralidad.

En el lapso de tres días, don Camilo sitúa el grueso de la acción en el entorno limitado por tres calles céntricas y conocidas, incluso para los no madrileños, como son Fuencarral, San Bernardo y Gran Vía. El devenir de la obra se sitúa en establecimientos que la evolución y el tiempo trasladaron al mundo virtual. Ello no es óbice para que el Madrid de la novela apenas sufriera cambios en la permanente transformación que experimenta la urbe.

Traducida a multitud de idiomas, La colmena es para Cela la “crónica amarga de un tiempo amargo”; para el mundo, un espejo al que asomarse para atisbar el Madrid de aquellos años.

(Imagen del viejo Hospicio madrileño, sito en la calle de Fuencarral, hoy Museo Municipal, procedente del Banco de Imágenes y Sonidos)

Los otros Daoíz y Velarde

Viernes, Abril 11th, 2008

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El maestro Pérez-Reverte nos brinda en la última entrega de XL Semanal uno de sus artículos antológicos, un relato desgarrador y crudo como él suele hacer, porque la vida no es vino y rosas. Se sitúa en la actual Plaza de España madrileña, cierra los ojos y los abre en la montaña del Príncipe Pío doscientos años atrás. Revive allí “un día de cólera”, una auténtica “intifada” de “Carpinteros, albañiles, mendigos…”, una intifada en la que “el enemigo real no eran los franceses, sino aquellos a quienes estaban defendiendo estos pobres desgraciados”. Pero no nos confundamos; después de una serena reflexión, el autor finaliza su trabajo escribiendo: “La tragedia española, que nos cerró la puerta y nos echó encima 200 años de oscurantismo, fue ésa. Precisamente ésa”.

¡Qué lucidez la de don Arturo! Su artículo evoca en nosotros dos nombres, Luis Daoíz y Pedro Velarde o, como suele pronunciarse popularmente de corrido, Daoíz y Velarde. Pero no sólo a los Daoíz y Velarde presentes en distintos lugares de la ciudad que recuerdan su inmolación al lado de cientos de “mataos”, sino también a los otros Daoíz y Velarde.

Como el maestro, amigo lector, cierra los ojos y ve a 1843. El día que cumple trece años, Isabel II coloca la primera piedra de lo que será el Palacio de las Cortes; siete años después lo inaugura la misma Isabel, ahora una espléndida veinteañera. Pocos meses más tarde, el cura Merino atenta contra ella, según declara, para borrar su infidelidad y su perjurio, y es ejecutado a garrote vil. ¡Qué difícil y qué duro nuestro siglo XIX!

La llamada guerra de África cierra paréntesis a favor de España en 1860. El ejército español arrebata al enemigo un conjunto de cañones. Ese mismo año se inaugura en la Puerta del Sol una fuente dotada de un surtidor que eleva el agua a treinta metros. ¡Pan y toros una vez más!

Pasan los años y, en el entorno de 1866, la Maestranza sevillana funde los cañones aludidos y Ponciano Ponzano los transforma en los leones que custodian el Palacio de las Cortes, el actual Congreso de los Diputados, desde 1872; dos piezas que casi suman cinco toneladas y cuyas longitud y altura superan los dos metros. Desde su privilegiada ubicación han sido testigos mudos de casi siglo y medio del latir español: contubernios, pronunciamientos, derrocamientos, restauraciones, trapicheos, idas y venidas… Los madrileños castizos les llamaron Benavides y Malospelos, pero, para los capitalinos viejos, serán siempre Daoíz y Velarde.

(fotografía de Juan Lupidón en régimen de dominio público)

La Santa Compaña madrileña

Jueves, Abril 3rd, 2008

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Vivas en la diáspora o en Galicia, no creas en absoluto que nuestra tierra posee la exclusiva de la Santa Compaña: me aseguran que ha sido vista en varios lugares castellanos, y una villa capitalina que se precie, como es Madrid, no podría existir sin esa regalía.
El Ministerio de Cultura tiene su sede en la Plaza del Rey, número 1, en un precioso y singular edificio del siglo XVI conocido como Casa de las Siete Chimeneas; se llama así porque siete son las chimeneas que coronan su tejado.
 
La casa fue residencia de personajes singulares, de los que el más controvertido resultó ser el marqués de Esquilache, el ministro que Carlos III trajo de Italia y que consiguió unir y amotinar a los madrileños en contra de su empeño por imponer la moda, aunque no se nos esconde el mar de fondo que vivía la sociedad de la época y que es la causa profunda del levantamiento popular. Pero la moradora de la mansión que dejó en los gatos una huella más profunda es una bella dama de tiempos de Felipe II.

Cuéntase de la mujer que era objeto de escándalo a causa de las numerosas visitas que recibía, incluida la del propio monarca. La alarma social debió alcanzar grado tal que el Rey optó por casarla. El destino o quien fuese jugó sus cartas y llevó al marido a la guerra en Flandes, donde falleció. Y nuestra viuda pasó a desarrollar una vida recatada y discreta, tanto que trascurridos unos meses apareció muerta en su lecho.

Narra la leyenda que, después de la hora bruja, la silueta de una hermosa mujer vestida de blanco se deslizaba por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas.

(Fotografía de procedente de Wikipedia)

Breogán y Valle-Inclán en Madrid

Jueves, Marzo 27th, 2008

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Mientras camino por la avenida Donostiarra, viene a mi mente aquella cita de la Sonata de Otoño que reza: “Son las palabras espejos mágicos donde […] se aprisiona el recuerdo de lo que otros vieron y nosotros ya no podemos ver por nuestra propia limitación mortal”.

Atravieso sin prisa el puente Calero, sobre la M-30, hoy calle 30. Observo el incesante fluir de automóviles, Las Ventas a tiro de onda y Torrespaña a lo lejos. Sigo avanzando y acabo por desembocar en el parque de Breogán. Heme aquí en una pequeña isla poblada de pinos que quieren trasladarme a la vieja y querida esquina verde que esperan representar y que filtran el aire del entorno. 

Igual que desde la torre que nuestro mitológico padre Breogán construyó en Brigantia podía divisarse Irlanda, desde esta desconocida atalaya madrileña, el visitante puede ver con los ojos del alma —“los siglos no pasan”, pronunció don Ramón— aquella quinta desvencijada próxima a Las Ventas del Espíritu Santo a la que el llamado poeta melenudo se trasladó algún tiempo después de su llegada a Madrid. 

E igual que los bisnietos de Breogán conquistaron Irlanda navegando desde Brigantia, Valle-Inclán, desde esta esquina capitalina, desbordado de libertad, libertad que, en palabras de Gómez de la Serna, le llevó a que “su vida de artista y su hambre fueran santas”; desde esta esquina, digo, conquistó el Olimpo de las Letras