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Entradas para la categoría ‘China’

La stella che non c’é (la estrella ausente)

viernes, diciembre 19th, 2008

Es difícil encontrar, en los días que corren, un retrato equilibrado de la China moderna. La mayor parte de la gente cae en los extremos y nos muestra, o bien una China idílica poblada de obreros rebosantes de felicidad gracias al sistema maoísta o a la filosofía taoísta -todo depende de las tendencias políticas del relator-, o bien una China mostruosa, degenerada, en la que la gente sufre una vida indigna de tal nombre y solamente cuenta para el estado como una célula sin personalidad ni derechos del inmenso cuerpo de la producción masiva.

Sobra decir que China no es ni una cosa ni la otra, como bien refleja la película que vi ayer: La stella che non c’é.  Italiana, del año 2005, dirigida por Gianni Amelio y protagonizada por el grandísimo actor Sergio Castellitto, es una de las descripciones que más se ajustan a la China que yo he vivido durante dos años.

Una China -perdóneseme el tópico- plaga de contrastes: socialista y capitalista a la vez -es decir, ninguna de las dos cosas-, llena de sabiduría y al mismo tiempo víctima de una gran ignorancia sobre todo aquello que no sea su propio ombligo, dueña de una serenidad excepcional relacionada con sus más antiguas tradiciones filosóficas y a la vez poseída de una crispación difícil de soportar en ocasiones, la película de Amelio muestra, con gran dosis de crítica, pero también de mano izquierda, el horror y el amor que siente, a partes iguales, un extranjero que se encuentra en el País del Centro sin preparación ninguna.

Lo mejor de la película, sin duda, la relación entre el protagonista italiano que, sin pensárselo dos veces, se mete en las entrañas de la China trabajadora del Oeste -Shanghai y las demás ciudades de la costa no son más que engañosos escaparates- y su traductora, una mujer a la que ha ofendido en su primer encuentro, y que es deudora y víctima de lo mejor y lo peor que puede ofrecer hoy al mundo la cultura china: paciente, discreta, dueña de una gran dignidad y de un delicado sentido del humor, pero también víctima de un sistema económico inhumano y marginada, a causa de su maternidad fuera del matrimonio, por una sociedad que une, en su intolerancia, las más rígidas normas confucianas -no reflexionadas aún a pesar de  su falta de vigencia en el mundo moderno- con el repugnante puritanismo socialista.

Si la protagonista femenina es una inteligente representación del la actual juventud china, el personaje que representa Castellito no lo es menos de lo más luminoso y oscuro dela vieja Europa: apasionado, guiado por un inquebrantable sentido del deber individual -que choca en varias ocasiones con la visión colectiva que la mentalidad china tiene del ser humano-, lleno de un amor propio que le permite estar en pie a pesar de ser un perdedor, pero víctima a su vez de la soledad y el desencanto -refinado e irónico, pero desencanto al fin y al cabo- a los que nos ha llevado en Occidente el individualismo -excesivo, sin duda, en ocasiones- de la vida moderna.

Y es que como dice Li en una escena de la película, “la caña de azúcar nunca es dulce por los dos extremos”. ¿Cómo  condenar en bloque a toda una civilización como la China? ¿O cómo idealizarla, negar que existe un lado oscuro -oscurísimo-? Y lo mismo se puede aplicar a la cultura europea. ¿Quién más sino nosotros ha llevado a los cuatro rincones de la Tierra lo mejor y lo peor de su manera de ver el mundo?

Esperemos a ver qué ocurre con China. Seamos exigentes con ellos en la misma medida que lo somos con los demás y con nosotros mismos, pero no les pidamos más -no sería justo- y, sobre todo, no nos escandalicemos como puritanas cada vez que hacen algo malo que se repite, aunque a escondidas, en nuestros patios traseros.

Ayer la película me recordó un poema de Kipling que creo haber mencionado ya en este blog. Dice:

 

“Oh, East is Est and West is West, and never the twain shall meet…

But there is neither East nor West, Border, nor Breed, nor Birth

When two strong men stand face to face, though they

come from the ends to the earth!”

 

[¡Ah, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente, y nunca se encontrarán… / Mas no hay Occidente ni Oriente, no hay frontera, linaje ni cuna / Cuando dos hombres fuertes se encuentran cara a cara, así vengan de los confines de la tierra!]

 

Dos hombres, o dos mujeres, o una mujer y un hombre, como es el caso de La stella che non c’é. El ser humano es igual en todas partes, y basta querer entenderse para hacerlo -aunque a veces la dosis de buena voluntad necesaria para conseguirlo nos parezca excesiva-. Y no estoy dando un sermón: yo mismo, hoy en día, no soy capaz del sacrificio que me exige aceptar ciertas diferencias que existen entre mi mundo y la sociedad que me ha acogido, y que me están complicando la vida más de lo que quisiera. Procuro no juzgar la cultura china, pero ¡cuántas veces me sorprendo a mí mismo haciéndolo!

Me voy por las ramas. Vean, en todo caso, La stella che non c’é. Cuando terminen de verla,  sabrán un poco más de China.

Tecnomamones

martes, diciembre 2nd, 2008

Leo un libro espantoso llamado Escribir para niños. La autora es Silvia Adela Kohan, y lo publica la editorial Alba. Es lo peor que he leído sobre el tema: tópico, sobado y, lo que es peor, muy cursi.

Sin embargo, cita una curiosa anécdota sobre Einstein. Parece ser que una madre preocupada le preguntó una vez qué tenía que hacer para que su hijo fuera en el futuro un gran hombre de ciencia, y él contesto que lo único necesario era leerle muchos cuentos.

¿Será apócrifa esta historia? Podría serlo. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. No porque favorezca mi campo, la literatura, sino porque he observado que las grandes personalidades de la ciencia sienten un gran respeto por las letras y suelen ser grandes lectores.

¿Y por qué, sin embargo, existe entre grises ingenieros aprietatornillos, químicos fabricantes de cremitas y economistas de la lista de la compra una tendencia notable a despreciar las letras? Recuerdo aquel antipático profesor de física que tuve, y que nos repetía hasta la sociedad aquella cantilena de “el que vale, vale, y el que no, a letras”. Sólo consiguió confirmarme en mi vocación y que huyera de su ejemplo.

¿Por qué estos calculines de medio pelo suelen decir con regodeo, cosas como: “es que yo puedo estudiar lo tuyo sin preparación, pero tú lo mío no…”. Claaaro, léase usted a Joyce o a Sófocles sin haber leído nada antes. Y luego me hace un croquis. Para estos individuos la literatura son las estanterías de ofertas del VIPS (donde yo he comprado libros, que no todo es malo en ellas). Ah, y el insoportable Señor de los Anillos, no nos olvidemos de él, libro de cabecera –y único– de un montón de informáticos de vuelo raso.

Ya es hora de reivindicar la nobleza de las letras en este mundo de mercaderes, y decir sin ninguna vergüenza: “señores, lo que hacen ustedes en el metro no es leer, porque nada que valga la pena puede ser leído en el metro sin menoscabo de su comprensión y disfrute. Así que hay dos opciones: o están leyendo basura o se están perdiendo la mitad de lo que leen.” Tal manera de leer, no nos engañemos, es un modo de no pensar, de evadirse, no de profundizar en el espíritu humano, que es de lo que va esto de la literatura en última instancia.

Para leer de verdad, literatura de la buena y disfrutarla, hace falta preparación, y no solamente eso, sino también inteligencia, sensibilidad y cierta fineza de espíritu. Leer –digo de verdad, no leer en el McDonalds– forma el carácter, amplia la mente, fomenta la reflexión y trae hasta nosotros lo mejor de los mejores hombres y mujeres de los siglos pasados. Ya está bien de que los científicos de medio pelo sigan difundiendo por ahí que lo suyo es lo meritorio y lo nuestro bobadas de vagos incapaces de concretar un pensamiento.

Los verdaderos científicos de todas las edades han poseído un espíritu humanista, formado y creativo y por eso han respetado las grandes letras. Están, gracias a dios, en las antípodas de los tecnomamones que consideran que sólo la ciencia y la tecnología aportan algo a este mundo.

Se ve que sus madres les leyeron pocos cuentos cuando eran niños.

Saludo a los seres queridos

domingo, noviembre 30th, 2008

Han sido -están siendo- unos meses duros; negarlo no hará que dejen de estar ahí. Sin embargo, hoy me siento mejor. Como si un tapón hubiera saltado lejos.

He leído mucho, estos dos meses largos que llevo aquí. Y más que nada he hecho algunas relecturas importantes. Entre ellas, las poesías de Emily Dickinson, en la edición antológica y bilingüe de la editorial Hiperión, llamadra Crónica de plata. Ya es la tercera vez que me la leo, y esta autora de Massachusetts no deja nunca de sorprenderme. Hay algo entre inocente y misterioso en su obra, algo que me recuerda al Blake de Canciones de inocencia y experiencia.

Cada noche, antes de leer otros poemas, he releido el primero que recoge la antología de Hiperión, porque expresa perfectamente el amor en la distancia –o así, al menos, lo he interpretado yo, qiuizás a causa de mi situación personal–. Dice el poema:

There is another sky,

Ever serene and fair,

And there is another sunshine,

Though it be darkness there;

Never mind faded forest, Austin,

Never mind sient fields.

Here is a little forest,

Whose leaf is ever green;

Here is a brighter garden,

Where not a frost has been;

In its unfading flowers

I hear the brigh bee hum;

Pritbee, my brother,

Into my garden come!

 

Y traduce Manuel Villar Raso:

 

Hay otro firmamento

Siempre sereno y hermoso,

Y hay otra luz del sol,

Aunque allí esté oscuro;

No te importen los bosques marchitos, Austin,

No te importen los campos silenciosos –

Aquí hay un bosquecillo,

Cuya hoja siempre está verde;

Aquí hay un jardín más brillante,

Que no conoce el hielo;

En sus inmarcesibles flores

Oigo el zumbido de la brillante abeja.

¡Te lo ruego, hermano,

Entra en mi jardín!

 

¿No es eso lo que todos necesitamos que alguien nos diga a veces, cuando nos sentimos a la intemperie, cuando la vida nos azota con sus vientos o nos cubre con su sombra? “Te lo ruego, hermano, entra en mi jardín”. Es cierto que en amor, en el regazo de los seres queridos, está la parte de Paraíso que a todos nos corresponde en esta vida. Y es cierto que allí no hay oscuridad o hielo que nos alcancen. ¿No lo dice Mark Twain a través del epitafio que Adán le escribe a Eva en su divertidísimo libro Diario de Adán y Eva -valga la redundancia-? “Allí donde ella estaba, estaba el paraíso.”

 

Va dedicado a la familia y a los amigos. Ya sabéis que allí donde me encuentre, aunque sea en una isla del Pacífico, tenéis un lugar donde reparar las fuerzas, sea cuando sea.

El efecto tropical

viernes, noviembre 21st, 2008

 

Está costando, esto de adaptarse a Taiwán. Pero si me paro a pensar los motivos de tal dificultad no consigo definirlos con exactidud –algunos sí, ciertamente, pero no son cosa para contarla en este blog-.

 

Sin embargo, acabo de comprender de un fogonazo uno de ellos. Les cuento. Una de las razones de mi aturdimiento a lo largo de estos últimos dos meses ha sido la sensación de que llevo aquí mucho menos tiempo del que en realidad llevo. De repente me sorprendo pensado cosas como la siguiente: “aún no tengo apenas amigos nuevos. Bueno, en realidad acabo de llegar, así que es normal… ¡Dios mío, pero si llevo aquí desde primeros de septiembre!”

 

Quizá las razones de este desfase entre el tiempo real y el psicológico se deban a muchas causas (qué puedo contarles que no dijera mi admiradísimo Marcel Proust, sobre el que estoy leyendo estos días un libro muy interesante del que hablaré pronto en el blog), pero una de ellas, de raíz más física que otra cosa, es, con seguridad, la siguiente: el clima apenas ha cambiado desde que llegué. Quitando los dos tifones, hechos aislados, el calor del ha comenzado a aflojar hace apenas unos días. ¡Hasta el diez de noviembre en camiseta!

 

En mi opinión, que el tiempo se parezca tanto al del verano me ha mantenido psicológicamente atado a esa estación. Es ahora que necesito, de golpe y porrazo, usar un jersey -ligero- cuando asumo físicamente el tiempo que ha pasado y puedo, por fin, ver algunos hechos en perspectiva. Y la verdad, siento la mente más clara y más ágil. Me sentia muy espeso después cinco meses de verano -yo, que siempre he vivido en ciudades con las estaciones muy marcadas-.

 

Más vale tarde que nunca, así que hoy saludo al otoño con una alegría que no sentía desde hacía muchas semanas. Espero que su viento arrastre los pensamientos viejos como si fueran hojas y que su luz, más suave, me permita ver las cosas con otros ojos. ¡Todo cambio trae algo bueno si se sabe esperar y mirar sus efectos! Como dice Marco Aurelio, que siempre me ayuda en los malos momentos, en sus Meditaciones:

 

Conmigo casa todo lo que casa contigo, mundo. Nada me es prematuro ni tardío que sea para ti en sazón. Fruto es para mí todo lo que producen las estaciones, naturaleza. De ti todo, en ti todo, a ti todo.

 

Estupendo, ¿verdad? Si es que lo que no hayan dicho los clásicos… Nada mejor que leerlos cuando uno no se entiende a sí mismo. Si se lee buscando, muy bien, y si se lee por distracción… También: a veces en la evasión se encuentra uno con pistas inesperadas. Esto me recuerda al mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins (léanselo ya, por favor) quien, tuviera el problema que tuviera, encontraba la solución en las páginas de Moby Dick, que abría siempre al azar. Como hacen algunos cristianos con la Biblia, vamos.

 

Lo dicho. Disfruten de las estaciones, ustedes que las tienen. Yo pienso aprovechar cada segundo de este  otoño tardío y tardón. Con los nuevos amigos que encuentre, y también con los viejos, como Marco Aurelio y Marcel Proust.

Las dos notitas

lunes, septiembre 29th, 2008

A veces es difícil explicar en un blog, a gente que nunca ha estado en Asia, la relación que se entabla entre profesores y alumnos aquí. Si por un lado los chavales son tímidos, cohibidos, poco participativos, por otro son capaces de ser, a su manera, muy cariñosos.

Estos últimos días he vivido los dos extremos. El lunes, mientras daba clase de gramática a los chicos de segundo, una de las alumnas de la primera fila me pasó una notita con mi nombre. La abrí, y decía lo siguiente: “¿Podría repetir imperativo y indicativo a nosotros?” Ningún problema en hacerlo, por mi parte, excepto por una razón: ni en aquella clase, ni en las dos anteriores, había explicado el uso del imperativo y el indicativo.

Temiendo que el alumno o alumna que escribió la nota se refiriera a otra cosa, pregunté quién era el autor. Pues por mucho que les aseguré que nadie debía sentirse avergonzado por preguntar, que mi trabajo es ayudarles aunque pregunten mil veces, que es imposible aprender sin dudar y sin preguntar, no hubo manera de que me lo dijeran. No tuve más remedio, claro, que seguir con a clase.

Pero si hasta ese extremo pueden llegar a ser tímidos, pueden ser tan majetes que cuesta creerlo. Acabo de abrir mi correo electrónico y me he encontrado con un email de una alumna de la misma clase. Es una muy chiquitita de las que se sienta al final, de las que nunca habla en clase, aunque  hace muy bien los ejercicios. Dice el email:

“Profesor Miguel. Me alegro de ser tu estudiante. Espero que pasemos un maravilloso tiempo. Feliz día del profesor.”

Así, sin venir a cuento. Un regalo inesperado, como son siempre los mejores. Uno llega a un nuevo país, a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, y se encuentra con una clase llena de alumnos que no conoce. Tiene dudas, como no puede ser de otra manera: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Entienden lo que les digo? Y de repente, le llega este email, un lunes de tifón, anocheciendo.

Las dudas, claro está, no me las quita, pero me da una moral que no he tenido en semanas.

Con gente así, merece la pena hacer este trabajo.

El tifón y la luna

sábado, septiembre 20th, 2008

 

El sábado pasado fue el festival de la luna. Es una tradición china –yo ya he vivido dos en Dalian–. Se comen uns pastelitos que tienen pocos admiradores entre los occidentales, porque son de sabores un poco difíciles para nuestros paladares –agunos están rellenos de huevo, o de judía roja, pero son a la vez dulces–. Yo no los como porque todos llevan ingredientes que no puedo tomar, aunque me he enterado de que en algunos hornos los fabrican para veganos –ya hablaré de ello en otra entrada, pero en Taiwán hay muchísimos vegetarianos por motivos religiosos–.

 

Como en Dalian, La universidad ha regalado a cada profesor una caja con pasteles de la luna. Sin embargo, los de este años han sido fabricados en la propia universidad, en el departamento de nutrición –parece que hay posibles–. Ha sido curioso ver los típicos pastelitos, pero esta vez con el logotipo de la universidad en relieve sobre la masa horneadita y tostada. ¡Qué pena no haberles hecho fotos antes de repartirlos en el departamento!

 

Sin embargo, este año el festival de la luna ha sido especial a causa de un tifón proveniente de las costas de Okinawa. Aunque ha sido muy duro en otra partes del país –desgraciadamente, han muerto siete personas–, en Taichung ha sido solamente un poco más fuerte que un buen temporal a la gallega: jarreo de lluvia durante tres días, y vientos esos de los que tiran las ramas más viejas de los árboles y levantan las olas hasta que se parecen a enormes barbas blancas.

 

La gente, a pesar de todo, no ha renunciado a su tradicional barcacoa. Sentados en cajas de plástico boca abajo y en banquetillas han tomado los garajes, las calles con soportales y los lugares con toldo para darse un festín nocturno de carne, chorizo y calamares a la brasa. Un dato curioso: aquí no acompañan la carne con pan, sino que la envuelven en hojas grandes de lechuga, lo que me ha dado la oportunidad de disfrutar a mí también de una barbacoa a pesar de mi vegetarianismo. Las caras de la familia de mi novia eran un poema al verme en cuclillas, como un taiwanés cualquiera, comiendo lechuga a palo seco.

 

¿Habéis comido aguna vez lechuga cruda, sin aliñar? De primeras parece la comida más sosa del mundo, pero si se mastica bien, veinte o veinticinco veces, la lechuga sabe dulcísima y refresca mucho. Es algo que nos perdemos cuando la engullimos untada en aceite y vinagre –que también está buenísima, no me malinterpreteis–.

 

En fin, que con la luna en el cielo y el tifón en la tierra hemos pasado un  buen fin de semana, comprando bajo la lluvia algunas cosas para mi nueva casa, que ya va pareciéndose a un hogar –más o menos–.

 

De regalo, la foto de un pastelillo de la luna que he encontrado en internet.

 

 

 

 

¡Feliz festival de la luna, amigos!

Haga usté el Fagor (historia real sucedida hace unos meses)

viernes, septiembre 19th, 2008

Casa nueva. Problemas con la caldera. Llamadas pertinentes.
Oiga usté, es que la casa es nueva y no tengo agua caliente, que ya está bien, siempre igual, en China siempre pasa algo, recién estrenada y todo, y gotea, y qué frío. ¿Por qué aquí no funcionan jamás nada como tiene que funcionar? Chapuceros, ñapas, vale cualquier cosas, mírela usted a ver cuál es el problema ahora mismo… Ah, ¿la caldera está directamente rota? Es que hay que ver, todo de mala calidad, hecho con prisas, ensamblado de cualquier manera para ahorrar costes… ¿Qué dice? ¿Que en la caldera está escrito Xibanya (España)? Eso es imposible, seguro que es alguna marca cutre china, ¿podría decirme el nombre? F…Fa… ¿Cómo dice? ¿Fagor?
Espere que ponga mis palabras en un plato para comérmelas más comodamente. Ustéd tómese su tiempo, que tengo para rato.

Olimpiadas poco olímpicas

lunes, septiembre 8th, 2008

Ya estoy en Taiwán. Tengo casa, y hoy he visitado por primera vez mi Universidad.

Sin embargo, no es de mis primeras impresiones como taiwanés de lo que quiero escribir hoy, sino sobre las noticias que me llegan, de aquí y de allá, de diferentes amigos que, desconocidos entre ellos, han vivido en persona las Olimpiadas de Pekín. Es curioso que todos –cinco en total, aunque dos de ellos las vieran juntos– hayan coincidido en su juicio: han sido unos juegos brillantes en lo formal, muy destacados en lo deportivo, y sin embargo, nada, pero nada olímpicos en espíritu.

Y es que parece ser que la actitud del público chino –así en general, se entiende, asumiendo lo arriesgado de las generalizaciones–  ha sido de olímpico desprecio hacia todos aquellos deportistas que no fueran compatriotas. Por lo visto, los estadios, campos y piscinas se atiborraban minutos antes de que los participantes anfitriones lucieran sus habilidades, para vaciarse casi por completo de espectadores nacionales momentos después de que éstos terminaran sus exhibiciones. Insisto, recibo la misma impresión de personas fiables –viven en China y aprecian a sus habitantes– que no se conocen de nada.

Esto es lo malo del nacionalismo a machamartillo: importa nada más lo propio porque la boina tapa el horizonte. Tal comportamiento es irritante siempre, pero en un evento como el olímpico, en el que han de primar la internacionalidad y los vínculos entre patrias y continentes, en el que el protagonista ha de ser el deporte, la superación, el juego limpio y la solidaridad humana, fastidia todavía más que haya gente a la que le importe tres pitos lo de los demás, por bueno que sea lo que tengan que ofrecer.

Si los chinos no se han sentado a admirar a las gimnastas rusas, a los saltadores alemanes, a los fondistas etíopes,  si no les han jaleado en la persecución del lema olímpico –más lejos, más alto, más fuerte–, si solamente han aclamado a sus compatriotas –más nosotros, más nosotros, más nosotros– ¿qué es lo que han aprendido? ¿Qué ha dejado el espíritu olímpico en la capital del Imperio de Centro?

Triste asunto si es cierto lo que mis fuentes me aseguran.

Y ustedes, ¿han oído críticas similares?

¡Hasta luego, Dalian!

viernes, septiembre 5th, 2008

Son las seis de la mañana. A las once menos cinco sale mi avión hacia Taipei, capital de Taiwán. Ayer cené con los pocos amigos que ya han regresado: Noda, un japonés indescriptible que aprendió español en Guatemala, karateka y  maestro mío durante estos dos años; David, mi vecino alicantino, y su hermano Antonio, que con sus 20 añitos se ha venido para aquí a estudiar chino; Beate, la lectora de alemán, que pasó seis meses de Erasmus en Santiago –me llama, con su acento duro del este, Mikeliño y siempre me pide que le traiga licor café–; Edna, una sinoamericana de 19 años la mar de simpática, que siempre está llena de heridas en codos y rodillas porque juega al fútbol gaélico; y un servidor.

Faltaban algunos importantes: Luis, que ya se volvió a Madrid, como comenté en las páginas de este blog, y los tres mexicanos: Emiliano –con su chica, Kathleen, de Texas–, Ana, y Miguel. Les eché de menos, sentimiento al que a partir de ahora tendré que acostumbrarme.

Después hice la maleta, me acosté pronto, y esta mañana me he levantado a las cinco para ver el último amanecer. Nada especial –aquí lo bueno son los atardeceres, con ese sol inflamado de rojo intenso consecuencia de la contaminación–, pero, al fin y al cabo, es el útimo amanecer que paso –como residente, porque volveré de visita– en Dalian, la ciudad donde he vivido estos últimos dos años.

¿Qué se puede decir en una situación así? Vosotros, los emigrantes, los que compartís este blog conmigo, sabéis bien de qué hablo. Ha habido de todo, como en botica: buenos y malos momentos, pero el balance es, de largo, positivo. Así que solo queda una palabra: gracias.

Gracias a mis jefes, que me han hecho sentir siempre valorado, y querido. Gracias a César, Yola, Li Ni, Blanca, Teresa, y Susana, mis compañeros de trabajo, que siempre me han echado una mano. Gracias a mis amigos; a mis alumnos, vagos y currantes; los dependientes que han tenido paciencia para comunicarse conmigo por gestos; a las camareras de mis sitios favoritos, que ya saben lo que me gusta y me lo traen sin preguntar; a todos los conductores chinos que frenaron cada vez que, acostumbrado a que el paso de cebra signifique algo, crucé sin mirar; a los cocineros del restaurante budista vegetariano, donde se come carne que no es carne, del pequeño sitio de sushi, de la tasquita de la Fuwuyuen, donde sirven las berenjenas más ricas del mundo; Al bar nepalés, al Makawai, antro oscuro pero entrañable, al Bobo’s, infame centro de reunión de todos los anglosajones del planeta Dalian; gracias a los preciosos árboles y estanques del parque de debajo de mi ventana; a la número 8 de Mu Rong, la mejor masajista de Manchuria; gracias a Dragón, el monitor de mi gimasio, a quien siempre ignoré cortesmente a pesar de su insistencia –cortés también– en desarrollar mis músculos; gracias a Derek McNamara, un guitarrista irlandés y albino que me adoptó la misma noche en que llegué; a Wang Bin, el propietario de mi casa, que ha sido, a despecho de la turbia fama de los chinos en lo tocante al dinero y los negocios, claro como el agua, comprensivo, generoso y confiado; gracias al caos cotidiano, que te hace sentir vivo, que a veces cansa pero otras divierte y estimula; a las porras con leche de soja de los tenderetes mañaneros; a los escupitajos congelados en las gélidas aceras invernales, centelleantes como estrellas; a los perrillos pekineses que pasean sus carnes por los parques, y a los que acaban en un plato; a los pinchos morunos de escorpiones que nunca me atreví a probar, convencido de que un escorpion no muere aunque lo frían; a los mercados de plantas, a los peces de colores; a las acantarillas tapadas con papel rojo los días de boda; a la campana que resuena cada mañana en el templo cercano a mi casa; a las quemas colectivas de dinero amarillo para los parientes muertos; a los ancianos que cada mañana hacen restallar un látigo en el parque para mover su chi –energía vital–, y los que buscan lo mismo en la práctica del elegantísimo taichi; a las encantadoras tiendas de películas piratas, escondidas siempre en las entrañas de algún garage lleno de mugre y de coches destartalados…

Gracias, en fin, a los chinos. Porque mayoritariamente me han tratado bien, porque me han hecho sentir como en casa en un país tan diferenteal mío, por confirmarme, como ya sospechaba, que en cualquier rincón de este gastado planeta hay más gente buena que mala.

Si las conclusiones que puedo sacar son éstas, ¿cómo no afrontar con optimismo mi nueva etapa en Taiwán?

 

Pasar por el Aro (Olímpico)

sábado, agosto 9th, 2008

Viendo asombrado la ceremonía de apertura de los Juegos Olímpicos en Pekín, mis ojos se tornaron acuosos, no por el extraordinario espectáculo que medio mundo estaba viendo, si no por la rememoranza de los 3 meses que pasé en China en el 2005.

Allí conocí comunidades rurales en las que sólo quedaban ancianos, mujeres y niños porque los hombres habían sido obligados a ir a la capital a trabajar 80 horas a la semana en condiciones de semi-esclavitud y que vivían en las obras en barracones tipo campo de concentración.

Visite regiones donde personas de etnias minoritarias me contaron que el único interés del gobierno, de mayoría HAN, por ellos eran los millones de dólares que se embolsaba exhibiéndolos casi como monos de feria a los turistas para demostrar el respeto del gobierno comunista por todos sus ciudadanos.

También hablé con personas en Hong Kong que me dijeron que la promesa del gobierno chino de mantener el sistema de libertades en la ex-colonia británica era una falacia.

Hablé con estudiantes seducidos por las nuevas tecnologías como Internet o los móviles, pero que me contaban que la censura y el control eran férreos.

Conocí empresarios que en un día ganaban lo que millones de chinos en un año, y que circulaban ostentosamente con sus mercedes por Pekín apartando las bicicletas.

No fui a Tibet en solidaridad con su pueblo, pero sí estuve en Dharamsala en India, donde miles de tibetanos sueñan con poder volver algún día a su tierra, antes de que el gobierno chino aplaste totalmente su cultura.

Nos dijeron que los JJ OO ayudarían a que los derechos humanos se respetaran en China, y algunos se lo creyeron.

Yo lo dudé siempre porque en China vi claramente que el sistema político más despiadado del mundo es una política comunista combinada con un capitalismo salvaje, y cuando dentro de pocos años China domine el mundo, que lo hará, nos preguntaremos cómo no lo vimos venir.

Ahora el COI prohibe a los atletas hablar de política y a algunos presidentes se les llena la boca hablando de derechos humanos, pero luego se sientan al lado de los dirigentes chinos con una hipócrita sonrisa.

Pero yo no me rindo y creo que todavía se puede hacer algo para que estos juegos no pasen a la historia como los más tristes para los derechos humanos.

Propongo que los atletas que suban al podio hagan un gesto silencioso pero significativo, que pongan sus manos en los ojos, en los oídos, y en la boca, como los monos de “No ver, No oir, Callar”, para demostrarle al mundo que por mucho que el gobierno chino y el COI intenten censurarlos, la libertad individual estará siempre por encima de los represores.

El boicot no es contra los juegos, un evento global que por unos días hermana a cientos de países, miles de atletas y millones de personas, sino que está dirigido contra el gobierno chino.

Si estás de acuerdo con esta propuesta, pásala a tus contactos, enlaza con el blog, escribe tus comentarios, envía cartas a la prensa, lo que sea para que se oiga nuestra voz en Pekín

Carlos Olmo Bosco. España