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Volver para quedarse

Escrito por Esther Diz | Desde Filadelfia, EE.UU
22 de octubre de 2010 a las 10:43h

Son las 9.07 a.m de un viernes en un autobús urbano coruñés que va de la plaza de Monte Alto a la Plaza de Pontevedra en un día de otoño. Los pasajeros charlan entre ellos, un padre razona con su hijo de cinco años, un grupo de señoras bien peinadas se sienta en los asientos de cuatro y comentan sus cosas con la confianza de quien se ve todos los días. De repente viene a mi mente que la escena bien podría ser un pasaje contemporáneo de La Colmena y me doy cuenta de que bien podría ser yo el narrador.

Desde que volví de EE.UU. para quedarme en Galicia hace dos meses me invade un gran sentido observador de lo que me rodea, el de la persona que siendo de aquí ha estado mucho tiempo fuera y cuando vuelve para quedarse y no para visitar descubre el proceso que implica el volver a conocer, desde otro ángulo ya, y con una nueva herramienta para ver y entender aquello que ayer te rodeaba, que te resulta tan familiar pero que hoy es distinto. Intento imaginar como se sentiría un ciego que pasa todos los días por el mismo sitio, oye los mismos ruidos, saluda a la misma gente, huele las mismas cosas y de repente un día se levanta y hace el mismo recorrido siendo capaz de observarlo todo. Es un efecto maravilloso que te permite valorar sin comparar y darte cuenta de que el viaje (hayan sido meses, años o largas estancias en el extranjero) te ha aportado algo. Todos aquellos días en que extrañabas algo de aquí te estaban dando una nueva visión para entender tu mundo al regresar.

El vehículo está limpio, nuevo y bien cuidado, la gente conversa en un tono moderado, respetuoso y aunque aquí vamos personas de muy distinta índole y profesión, consigo identificarme con todos absolutamente, me siento parte de todos y aunque no los conozco, los quiero, los entiendo. Son de casa.
Observo que desde la última vez que yo iba en autobús por esta ciudad, en aquellos buses con el suelo de latón, ha habido grandes mejoras; la voz que anuncia las paradas, las televisiones con entretenidos programas del corazón, pero sobre todo quedo maravillada con los monitores que anuncian la frecuencia de llegada de los autobuses en las paradas. Cuando yo esperaba el autobús la espera era larga, eterna en ocasiones, y nunca, nunca anunciada. Sent from my iPhone

3 respuestas a “Volver para quedarse”

  1. Angeles Fernández Ramil dice:

    Esther, me interpreta tu condición de “observadora”. Llevo muchos años en Chile, pero no dejo siempre de mirar las cosas un poco desde afuera, como si estuviera mirando a un pez, dentro de una pecera. No sè si eso es indicador de que a los emigrantes e hijos de emigrantes nos cuesta plantar raíces firmes y no abdicamos de nuestra condición de transitoriedad. Estamos en una parte, pero siempre pensando en volver a la otra, desde la cual se partió. Volvemos al origen, pero no nos sentimos completos, porque notamos en falta aquello otro que dejamos. Es como sentir un eterno sarpullido.
    Es también cierto que, al observar, resulta inevitable la comparación: comparamos donde ahora estamos con el lugar del que nos fuimos, comparamos el lugar que antes dejamos con el que ahora nos encontramos, que es un poco lo que proyecta tu entrada. Pero no solamente se compara para contrastar, para detectar similitudes y diferencias, sino que también se aprende.
    Y, bueno, decirte que me acordé de Monte Alto y de una parte de mi infancia que permanece anclada a esa parte de Coruña, cuando constituía los “extramuros” de la ciudad.

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  2. Roberto Gonzalez dice:

    Hace ya unos años, cuando estaban haciendo mi casa en Galicia, quiso el destino que una pareja de golondrinas hiciese el nido en la cuadra (hoy garage) y durante toda la primavera y el verano sus constantes idas i venidas eran la curiosidad de todos pues desde hacía muchos años las golondrínas no anidaban en la aldea. Aplazamos la colocación de las puertas para que ellas no interrumpiesen su crianza, así que hasta que emigraron a tierras africanas no se pudo finalizar el trabajo de acabados en la cuadra.
    De eso han pasado quizás unos seis o siete años, pero cada verano las golondrinas, que hoy anidan en otros rincones de la aldea, se posan en el cable de la luz que pasa frente a mi casa y allí nos deleitan con sus cánticos, siempre mirando hacia la casa.
    Yo las miro y me siento reflejado porque los emigrantes a pesar de querer y luchar por el sitio que hoy ocupamos de vez en cuando tambien nos paramos a mirar para atrás y pensamos en todos los lugares que fueron parte de nuestra vida.

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  3. Javier Berrocal | Desde Irlanda dice:

    ¡Hola Esther! Supongo que cuando vuelves después de ser emigrante una parte de ti se queda fuera. Pero es bonito volver a empezar de nuevo.

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