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Y la vida sigue

Escrito por Angeles Fernández Ramil | Desde Chile
2 de abril de 2010 a las 18:17h

En esta Semana Santa postsismo, un número importante de santiaguinos ha decidido darse un descanso y salir de la ciudad. Para muchos, este primer fin de semana largo, luego de las vacaciones de verano, brinda la oportunidad para visitar a sus familias en el sur, muchas de ellas afectadas por la catástrofe. El tránsito por carreteras no será particularmente fácil dados los daños que se produjeron en muchas de ellas. Se ha advertido que los tiempos de traslado han aumentado, en muchos casos, y que cuando antes te demorabas tres horas en llegar a un punto, ahora pueden ser cuatro horas y más por los zigzagueos que hay que realizar para llegar al punto de destino.

La vida se va retomando, lentamente, coincidiendo con un aterrizaje agradable y gradual del otoño, con sus primeras señales de baja de temperatura y caída de las hojas de los árboles. En algunos lugares, como Santiago, la normalidad es ya evidente. La capital se vio afectada, en materia de daños físicos, al equivalente a menos del tres por ciento del daño general que el terremoto produjo. Esto contrasta con algunas zonas en el sur donde, transcurrido más de un mes, todavía no se logra la reposición de servicios básicos como el agua. Estos son los contrastes que se van produciendo y que han llevado a que, en algunos medios de prensa, se señale que los santiaguinos no parecen tener conciencia cabal de lo que sucedió en las cuatro regiones directamente impactadas. Quizás es más fuerte el impulso vital y la necesidad humana de intentar que todo vuelva a ser como antes. Esto no debe asombrar a nadie pero las ganas de volver a ser lo que siempre fuimos establece un inevitable contrapunto frente al hecho de que, alrededor de un veinte por ciento de los chilenos, se vean afectados por estos días por el llamado Transtorno de Estrés Postraumático (TEPT). Nunca antes la información y los datos sobre esta enfermedad habían estado tan difundidos y socializados. Nunca antes había existido tanta conciencia sobre ella.

Existe general coincidencia en asimilar esta tragedia como una oportunidad para remediar lo que no funcionó y para hacer las cosas mejor. Por estos días, hay un álgido debate acerca de cómo financiar los costos de la reconstrucción. Pensemos  que solamente en capacidad hospitalaria en las zonas del desastre, se ha retrocedido un promedio de diez años, no sólo por los derrumbes físicos de los hospitales sino por la pérdida de equipos indispensables para análisis y diagnósticos. Las opciones que se están analizando, para costear la reconstrucción, son mixtas y, obviamente, ha saltado a la palestra la posibilidad de aumentar los impuestos. Chile tiene una baja carga tributaria en comparación con el resto de los paìses de la OCDE, club al que acaba de ingresar. Además, el país tiene una estructura tributaria regresiva donde los que ganan menos pagan, comparativamente,  más. Pero las decisiones no son fáciles. Como siempre, aumentar los impuestos no es del agrado de los empresarios, que señalan que eso afectaría la capacidad de recuperación de una economía que, como la chilena, ha venido perdiendo vitalidad en materia de crecimiento.  Larroulet, nuevo Ministro Secretario General de la Presidencia, ha señalado que no se entendería que la ahora oposición le negara la sal y el agua al gobierno frente a los proyectos de reconstrucción que se presenten en el Congreso. Pues una lógica similar debiera correr para el mundo empresarial: nadie entendería que los que tienen más, no se metieran la mano en el bolsillo para dar más en una hora tan difícil como la que se vive. Es cierto que ha habido grandes campañas llamando a la solidaridad, en la que los empresarios han donado mucho dinero. Sin embargo, estas donaciones no suelen ser por bolitas de dulce sino gracias a la existencia de leyes de donaciones que ofrecen la oportunidad para condonar impuestos.

Resulta interesante ver cómo el megasismo ha servido para que, en otros paìses, se estén elaborando estrategias de prevención en el caso de vivir una catástrofe similar. Hemos visto, en la prensa, como en Perú y en algunos lugares de la costa pacífica de EEUU, se han llevado a cabo simulacros de tsunami, de forma de ir educando a la población si llega el caso de enfrentar un fenómeno como el que nos sorprendió la madrugada del 27-F.

Por su parte, en Chile, se tiene claro que hay que sacar los aprendizajes indispensables de lo sucedido. El terremoto dejó en claro que el país, no sólo no estaba preparado para responder a una catástrofe significativa, sino que se habían venido tomando decisiones que olvidaban el carácter sísmico de nuestro suelo.  Faltaban los protocolos automáticos de respuesta del Estado frente a situaciones de emergencia. Además, se evidenció la necesidad de un sistema autónomo de comunicaciones para los órganos esenciales del Estado así como de una red moderna de medición sísmica. Una vez ocurrido, emergen enseñanzas que deben traducirse en el diseño de políticas e instituciones presentes y futuras. Estas enseñanzas, además, no serán sólo para Chile. Otros países que comparten la misma condición (y son susceptibles a las mismas amenazas de la naturaleza) están tomando también nota de ello. Y eso es importante. Estas enseñanzas surgen de la mirada serena, reflexiva, consciente e integral de lo vivido y no debe ser cegada por un patriotismo mal entendido  ni por la autocomplacencia porque está en juego la capacidad de sentar las bases para que, generaciones futuras, nuestros hijos y nietos, frente a una catástrofe similar, puedan ahorrarse buena parte de los estragos, consecuencias y sinsabores que ahora se han vivido.

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