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McCourt, el profesor

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria)
25 de septiembre de 2009 a las 6:28h

Acabo de terminar de leerme El profesor, de Frank McCourt, ese que venía leyendo en el avión. Muy bien escrito, nos introduce a golpe de anécdotas llenas de significado en el mundo de un profesor de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. El autor, irlandés y apaleado, hombre de vida poco convencional, ajeno a lo que su entorno consideraba una carrera exitosa, vivó una constante pelea de enamorado con la enseñanza.

Y quizás sea lo más interesante del libro esa pasión, auténtica y profunda, que desborda la mera anécdota. A pesar del distanciamiento que dan la edad y los años de experiencia, a pesar de las malas pasadas, los momentos difíciles, la frustración, el autor escribe sobre sus alumnos con amor. Sí, como lo oyen: McCourt reconoce querer a sus alumnos.

Y me alegro de que lo diga con sinceridad, porque en un mundo, como el de la docencia, llena de miedosillos que se hacen profesores por el sueldito fijo y las horas libres, es de agradecer encontrar una voz que, sin ñoñería, apuesta por una labor vocacional, por la entrega, por el único modo de enseñar respetando de verdad al alumnado, a la institución y, por supuesto, a uno mismo. Algo que se da de bofetadas, claramente, con la figura del funcionariado docente que prevalece en la educación española. El estado aspira a que todos los profesores sean gorditos satisfechos, vaguetes que lean lo menos posibles y que se dediquen a repetir, durante toda su vida profesional, los apuntes -conseguidos con enorme sufrimiento y muchos colorines para subrayar- de la carrera. Gracias a Dios, a veces se les cuela alguien decente. No son pocas, y pueden cambiar la vida de un niño.

Quisiera compartir con ustedes un fragmento. McCourt se encuentra, diez años después, con un alumno rebelde, molestón, graciosete. Se da la siguiente conversación:

Hizo una pausa y se me quedó mirando.

-Señor McCourt, a usted no le caía bien, ¿verdad?

-¿Que no me caías bien, Bob? ¿Estás de broma? Era una alegría tenerte en mi clase. Jonathan decía que ahuyentabas la tristeza.

Díselo, McCourt, dile la verdad. Cuéntale cómo te alegraba los días, cómo hablabas de él a tus amigos, lo original que era, cómo admirabas su estilo, su buen humor, su sinceridad, su valor, cómo habrías vendido el alma a cambio de tener un hijo como él. Y dile lo hermoso que era y que es en todos los sentidos, cuánto lo querías entonces y cuánto lo quieres ahora. Díselo.

Se lo dije, y se quedó sin habla, y a mí me importaba una maldición gitana lo que pensara la gente que pasaba por Lower Broadway cuando nos vieran fundidos en un largo abrazo, el profesor de secundaria y el grandullón judío afiliado a los futuros Granjeros de América.

¡Hermoso un alumno! Ya veo alguno de esos profesores de secundaria de los que hablaba antes, esos que ya tenían el alma mansa y opositora en la guardería (cuidado que no los meto a todos en el mismo saco), piafar, darse codazos, llamar pringado al señor McCourt, porque en su opinión el alumno es un ser incómodo que se interpone entre ellos y el sueldo, entre ellos y el sofá, entre ellos y las posesiones terrenales -coches, casas…- y el gustito que tenerlas por doce horas de nada a la semana.

Pues hay alumnos hermosos –por supuesto no todos– personas radiantes de juventud y de inocencia, y es bonito que por un año o dos formen parte de tu vida. Y no hablo de los alumnos excelentes, de los que quieren aprender y escuchan cada una de tus palabras, porque de esos hay muy pocos y no bastan para darle sentido a la labor de un profesor motivado. Hablo también de aquellos que están despistados, que no saben qué quieren hacer de su vida, que van a tu clase porque hay que ir, y se aburren. Me gusta verles con cara de sueño, bostezando, riéndose de ti porque llevas la camisa mal abrochada, con las ojeras violetas después de una noche interminable de karaoke. Aunque a veces me enfade, me frustre, me desespere, porque la enseñanza es un trabajo difícil, y hay alumnos que pueden hacerte sentir realmente mal.

Encuentro en ellos, supongo, algo muy sutil y muy frágil, algo que mucha gente de mi edad ha perdido por el camino. Algo que el señor McCourt tenía todavía a los sesenta y pico, cuando escribió su libro. Algo que hace que los típicos amigos formalotes aprieten los labios y hablen de madurez y de responsabilidad. Puede que sea infantil, pero uno de mis objetivos vitales en mantenerme lejos del escepticismo todo lo que pueda, llegar a los 80 y ser capaz de apostar por la gente, de querer a un alumno, y de decirlo.

Así que sí, quiero a mis alumnos. Cuando llego a una clase nueva por primera vez tengo siempre un nudo en el estómago, y si no es nueva el nudo es más grande todavía. Acaba el verano y tengo ganas de verles, y me gustaría saber chino para preguntarles qué tal ha ido todo, cómo se lo han pasado. Me encanta que me escriban en el Facebook, que me manden un email años después de dejar la universidad, que me inviten a tomar un café, que aprueben después de suspender y vengan a enseñarme la nota y a darme las gracias por algo que es mérito suyo, que se pongan contentos cuando pueden mantener una pequeña conversación en español conmigo, que cotilleen sobre mi vida privada, que me digan que he engordado y que me toquen el pelo porque lo tengo rizado, que me pierdan –un poco– el respeto y que hagan bromas a mi costa. Es parte de la docencia, de lo que tanta felicidad me dio cuando yo era un estudiante, del aprendizaje de la vida.

La semana pasada, E., una alumna muy distraída y muy vaga, pero muy divertida, que consiguió aprobar en el último momento, vino después de la primera clase a recordarme que le prometí invitarla a comer en la universidad si sacaba más de un seis.

Y pago la apuesta feliz de haber perdido.

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4 respuestas a “McCourt, el profesor”

  1. Sousa-Poza dice:

    Pase toda mi vida activa en la industria, excepto los ultimos cinco anyos en los que, ya retirado y casi por carambola, acabe ensenyando en la Universidad de Johannesburgo.

    Un semestre, en una clase de termodinamica, tenia un alumno negro muy voluntarioso, muy aplicado, pero extremadamente lento. Lento en todo: en pensar, en hacer, en moverse. En una ocasion lo llame a la pizarra y el hombre se levanto lentamente y no daba salido de su pupitre.

    -Tabo, ya se lo que estas pensando: el senyor Sousa-Poza es viejo y, si consigo demorarme lo suficiente, a lo mejor se muere antes de que llegue a la pizarra.

    Entre las risas generalizadas de la clase el hombre explico que no, que el era asi, que siempre fue “slow”, que en ingles significa tambien poco inteligente.

    -No, Tabo: tu no eres “slow”. Tu eres un corredor de fondo. En clase te pasaran tus companyeros, pero tu todavia estaras corriendo cuando ellos esten exhaustos en una cuneta en la vida.

    Al acabar el curso, Tabo vino a despedirse a mi despacho.

    -Y que, Tabo?: has aprendido algo de termodinamica?

    -Si, pero eso es lo de menos: lo importante es que Vd. cambio mi vida.

    Y, sin mas, me dio un abrazo. Resulta que todos los profesores que habia tenido hasta entonces en su vida lo habian convencido de que tenia pocas luces, de que nunca llegaria a ninguna parte. Nunca vieron en el su afan de superacion, su voluntad, su empenyo.

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  2. Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria) dice:

    Una historia preciosa, Avelino. Algo así compensa años y años y años de trabajo. Me alegro de que hayas vivido algo así.
    Por cierto, perdón a todos por la avalancha de artículos, pero llevaba demasiado sin actualizar el blog y mucho retraso.

    ¡Abrazos!

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  3. Paloma dice:

    Querido Miguel,
    y tanto que un alumno puede ser hermoso! Hace no muchos meses tuve que despedirme para siempre de quienes entonces eran mis alumnos. Lloré! Lloré delante de ellos, que sólo tienen 16 anhos! Me regalaron un álbum, hecho a mano, en el que cada uno de ellos había puesto una foto suya, hecho un dibujo y escrito un pequeno texto, algunos en espanol. Cuando empecé a leerlo tuve que darme la vuelta para que no vieran mis lagrimillas, pero les dije, qué carajo, los profes tenemos sentimientos también! Y les gustó y se emocionaron. Después de dos anhos juntos, con 5 horas a la semana de clase, se les coge carinho. A los buenos, a los no tan buenos, a los vaguetes, a los simpáticos, a los que no pueden controlar su exceso de hormonas… No a todos, claro, pero sí a muchos. Yo quiero a mis alumnos y ojalá me los encuentre algún día y se acuerden de mí y de algo de lo que intenté ensenarles, me encantaría.
    Besos desde Baden-Baden.

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  4. Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria) dice:

    Jeje, Paloma, ojalá… Yo pienso lo mismo. ¡Un beso desde Taiwán!

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