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Enzo contra la soledad del enfermo

Escrito por Ana Gónzalez | Desde Génova
24 de abril de 2009 a las 23:45h

Estaba a punto de escribir esta entrada cuando leí la de Roberto desde Barcelona. Se ve que esta semana el blog visita los médico porque yo también he estado en urgencias. No me centraré en el análisis comparativo del sistema sanitario italiano, sino en la experiencia de estar en un hospital lejos de tu casa.

Cuando llegué a Italia me dieron la tarjeta sanitaria y me asignaron el correspondiente médico de cabecera. Después de varios años (y como ya comenté en el blog), me robaron la cartera y con ella la tarjeta sanitaria. Cuando volví a solicitar una nueva, una amable funcionaria gris y amargada me dijo que yo no tenía derecho a la sanidad porque no tenía la residencia en Italia. Le rebatí con argumentos, con contrato de trabajo, con declaración de la renta en Italia, pero nada, imposible. No hay nada peor que un funcionario inepto y aburrido de la vida que se la amarga a los demás. Desde entonces no tengo médico de cabecera. Y lo fui dejando, dejando, dejando… Hasta que el 1 de abril empiezo con un resfriado al que no le doy importancia. Me voy a la farmacia; me dan medicinas y nada. Para no aburriros, os cuento que después de 20 días yo seguía igual de mal y con fiebre. Harta y muerta de vergüenza me fui a urgencias. Sé que no se puede colapsar un servicio de este tipo por un resfriado, pero no era un resfriado, eran 20 días de resfriado.

Los hospitales nunca se me han dado muy bien, pero el pasar 10 horas en dos días no es nada agradable, no sólo por las molestias que conlleva el estar enfermo, sino por el estar enfermo fuera de tu ambiente, aunque éste también es mi ambiente. No sé si me explico. Es un lugar de sufrimiento (aunque mi hermano siempre dice que hay que verlo como un lugar de cura y alegría), en el que me sentía totalmente sola (e insisto en que no es porque en esta ciudad no tenga amigos) a la espera de que alguien me riñese por ir a urgencias con una nimiedad con un resfriado.

No sé si os pasa, pero cuando tengo que afrontar estas situaciones no paro de hablar.  Pero no sabía con quien. Quizás el obrero que se habría roto el tobillo, el nigeriano con cólicos o la viejecita con vómitos, pero nadie tenía muchas ganas de hablar.

La creciente angustia y miedo se frenó cuando me atendieron unos encantadores enfermero y médica. Intentan bromear y con una dulzura inimaginable en un ambiente así me ofrecen su ayuda, no sólo profesional sino personal. “Estamos aquí para ayudar, no para empeorar las cosas, así que en cualquier momento necesitas un médico, vienes y te atiendo. Para eso pagas impuestos en este país. Mientras tanto vete al otorrino y al alergólogo”. Casi boquiabierta por no estar acostumbrada a tanta ambilidad me vuelvo a casa.

Y pienso, qué poco cuesta ser amables. Al día siguiente, tuve que volver al hospital para la cita con el otorrino. Todo lo contrario. De nuevo, el amargado, con prisa y que me mira por encima del hombro. Salgo sin diagnóstico. Harta de hacer colas, de pedir citas que no me conceden porque no tengo la residencia en Italia, regreso a urgencias para preguntar por mis nuevos “amigos”. Está Enzo, el enfermero, que de nuevo durante 2 horas se ocupa de mí con una profesionalidad increíble. Me hace todo tipo de pruebas, me tranquiliza y consigue que me vea un médico y me den un diagnóstico: faringitis con rinitis alérgica.

Durante esas dos horas, me quedo en la parte de control de urgencias y veo como gestionan todo. Es increíble la dulzura y ternura con la que tratan a los enfermos, a pesar del ritmo veloz que exige este servicio. Al igual que Roberto, me encuentro con ancianos solos, pero Enzo investiga, busca y localiza siempre a algún familiar. Y eso no va en el sueldo. Eso va en la bondad de la persona. Eso sí, también tiene palabras duras para los que abusan del servicio y van todas las semanas como si no tuvieran nada que hacer. Aquí se lucha contra esa soledad del enfermo, y garantizo, que lo consiguen

En fin, esta semana me ha servido para reflexionar sobre lo poco que me gusta estar enferma en Italia. Lo ánonimo que son los hospitales cuando no hay gente a la que le guste trabajar allí.

4 respuestas a “Enzo contra la soledad del enfermo”

  1. Pablo Culebras dice:

    Hola Ana

    hace tiempo que no escribo en el blog pero sigo en Italia, en Milán. Yo tampoco tengo tarjeta sanitaria, llevo dos años así. El caso es que hago trabajos a proyecto y con eso no me dan la residencia. no entiendo como puede ser legal contratar a alguien por días, semanas o un par de meses pero que para algo tan elemental como la atención sanitaria te exijan al menos 6 de contrato, y sólo te la dan durante ese tiempo. Yo me harté de acudir a la oficina que se ocupa de dar la tarjeta regional y al ayuntamiento de mi ciudad (Buccinasco), en mi caso sólo me encontré funcionarios del tipo II (amargados), y el desprecio con el que me trataron me enfadó tanto que no he vuelto por allí. Afortunadamente sólo he tenido un par de catarros un poco fuertes, me atendió el médico de mi novia amablemente, porque es del tipo I (generosos). Pero no creo que un sistema que deja una atención tan elemental al albor de la calidad humana de la persona de turno pueda considerarse moderno.

    Mientras tanto me pregunto a donde va a parar ese 20% de mis ingresos que me sotraen de cada “busta paga”

    ciao

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  2. Sousa-Poza | Desde Sudáfrica dice:

    Ana, que te mejores pronto y que sigas escribiendonos.

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  3. Roberto Gonzalez dice:

    Ana, en eso quizás se parezcan los enfermeros y doctores de urgencias de los dos países pues en ningún momento a nadie de los que allí estaban le trataron de forma despectiva, todo lo contrario, siempre con cariño y comprensión. Creo que esos profesionales estan hechos de otra pasta.
    Un abrazo, que te mejores y vuelvas a tener la cartilla de sanidad italiana de una buena vez.

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  4. Ana dice:

    Pablo, eso es lo que digo yo ¿qué hacen con el 20% de impuestos que pago? En las manos de la mafiosa burocracia italiana

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