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Tradición, tradicionalismo y fe

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria)
10 de abril de 2009 a las 3:50h

Odio el tradicionalismo. Llevo encontrándome con él en casi cada uno de los libros que he utilizado para completar mi tesis sobre nacionalismo. Y estoy volviendo a encontrármelo, más a menudo de lo que quisiera, desde que llegué a Taiwán.

El tradicionalismo no es lo mismo que la tradición. El tradicionalismo es una actitud acrítica con la tradición, es la tradición porque sí, y además para todos por decreto. El tradicionalismo impone, no ofrece; fuerza, no razona. Es aquel “venceréis, pero no convenceréis” del mastro Unamuno ante Millán Astray.

El origen del tradicionalismo es el miedo a dejar de ser. El miedo al cambio, a la apertura, a la influencia externa, al mestizaje. Es miedo a que lo desconocido nos arranque de nuestro nido, nos confunda, nos mezcle hasta la desintegración. Los tradicionalistas tienen un Yo de granito. Por eso el nacionalismo es casi siempre –o siempre– tradicionalista, aunque se afilie a la izquierda. Todos los planteamientos históricos nacionalistas parten del mismo planteamiento: “NOSOTROS éramos absolutamente felices en NUESTRO territorio, hasta que ELLOS llegaron para contaminarnos con su mal y arrebatarnos lo que somos…”. El miedo, el reproche, el resentimiento, son el corazón de los tradicionalismos. Por eso terminan dividiendo todo en “tradicional y “no tradicional”, “nacional” o “no nacional”, “nuestro” o “suyo”… “Bueno” o “malo”, en definitiva. Y tras tal división llega la imposición a los demás.

Frente al tradicionalismo hay que actuar con generosidad y confianza. Enseñarnos como somos, sin miedo a que el contacto con el aire fresco aniquile nuestra esencia. Confiar siempre en que podemos cambiar y adaptarnos sin dejar de ser nosotros mismos. Ya lo decía Unamuno –siempre Unamuno– a cuento de aquel “problema de España” que causó tantos quebraderos de cabeza a nuestros intelectuales de finales del XIX y principios del XX:

¡Fe, fe en la espontaneidad propia, fe en que siempre seremos nosotros, y venga la inundación de fuera, la ducha!”

Qué diferente de la actitud de Ganivet cuando dice:

“Cuanto en España se construya con carácter nacional, debe de estar sustentado sobre los sillares de su tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble, pues habiéndonos arruinado en la defensa del catolicismo, no cabría mayor afrenta que ser traidores con nuestros padres, y añadir la tristeza de un vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someternos a la influencia de las ideas de nuestros vencedores.”

Malo malo: mejor desconfiar cuando alguien nos acusa de traicionar a los muertos, o nos habla de lo que es lógico o no lo es y de no ceder a la humillación. Todos los nacionalismos lo hacen. ¿Las consecuencias? La división de la sociedad en buenos y malos, en necesarios y prescindibles. Añade Ganivet a lo ya transcrito:

“El presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos”.

Triste profecía de la Guerra Civil.

No podemos dejar que el tradicionalismo le gane la partida a la adaptación, que la piedra pueda con el agua. El tradicionalismo puede servirnos como contrapeso a la progresía, que es alocada y adolescente, pero nunca imponerse a un moderado deseo de cambio.

Yo no pensaba encontrarme con actitudes tradicionalistas en la cultura asiática. Culpa mía y de mi idealizada imagen del Tao y el budismo. Tanto leer que la mejor forma de vencer es no pelear, que hay que ser como el bambú, que se dobla pero no se quiebra, que la paciencia vence a la fuerza, y uno, en la distancia de occidente, acaba creyéndose que aquí la gente se lanza besos en los atascos.

Pero –cómo no– aquí también existen personas que quieren hacer las cosas como tienen que hacerse, o como dios manda. Y, al igual que occidente, mucha gente sufre por su culpa. No es una cuestión de diferencias culturales entre oriente y occidente, sino de actitud hacia la propia cultura de uno mismo. Desde el momento que alguien piensa que nada debe cambiar y que además todos deben de obedecer las viejas normas, el sufrimiento de los otros está garantizado. El tradicionalismo impide la crisis, que es un estado esencial de la vida humana, detiene el cambio, violenta el crecimiento natural. Nos obliga, además, a vivir pensando en lo que dirán de nosotros los demás, a mirar hacia fuera y no hacia adentro, hacia el colectivo anónimo y no hacia las necesidades de las personas reales que nos circundan.

Pondré aquí algunos ejemplos de tradicionalismo taiwanés, auténticos y vividos en primera persona por gente que conozco directamente:

-Una adolescente que tenía que leer a escondidas en su época del instituto. Sus padres le daban una bofetada cada vez que la encontraban leyendo algo que no fuera un libro de texto. La nota es tan importante aquí que la presión de los estudiantes de instituto es difícil de imaginar en España, donde pecamos más bien de lo contrario. La chica, universitaria ahora, me comenta el alivio que le supone vivir ahora lejos de sus padres y poder leer lo que quiera.

-Una chica recién casada que no pude visitar a su padre moribundo en el hospital. Como buena mujer casada taiwanesa, ahora pertenece a la familia de su marido: sus suegros son sus jefes, y ellos no le permiten visitarlo más de una vez cada quince días.

-Un chico que no puede tener a su hijo en brazos siempre que quiera. Vive con sus padres, y ellos tienen prioridad sobre él. No tiene derecho a protestar.

-Otra chica recién casada que tiene que aguantar los constantes reproches de su suegra por no haber tenido todavía un hijo varón.

-Muchos alumnos que tienen que aguantar la presión familiar por dedicarse a las letras, no solo poco productivas sino también actividad poco viril y sufrir vergüenza por su decisión.

-Muchos jóvens trabajadores que hipotecan sus años de juventud para hacer lo que de ellos se espera: tener, tener y tener: primero un coche, luego una casa, luego mujer e hijos, y poco importa lo que uno verdaderamente quiera. Quien lega a los 30 y no tiene, no es.

-Un hombre que, a pesar de haber sufrido mucho a causa de una educación tradicionalista, afirma sin asomo de dudas que  educará a sus hijos de la misma manera… ¿cómo educarlos fuera del tradicionalismo, cuales serían las consecuencias? Siempre el miedo…

¿Os suenan estos casos? Salvando algunas diferencias coyunturales, lo mismo ha sucedido siempre en occidente.

¿Qué hacer con el tradicionalismo? No ceder ante él. Son pequeñas victoras las que podemos obtener, pero nos permiten ampliar la vida, hacer un hueco para aquellos excluídos del grupo de la “gente de bien”. No podemos permitir que nadie nos diga: “no eres un hombre”, “no eres un buen gallego –o español, o polaco–”, o “¿qué van a decir de nosotros si…?”. Ante el miedo, la fe de la que hablaba Unamuno; confianza en que la influencia externa, la exposición al aire libre, la adaptación a las modernidad, nos van a hacer mejores de lo que somos. Recordemos siempre que, por muy natural que nos parezca ahora, hubo, no hace tanto, una primera mujer que votó, un primer negro que se casó con una blanca, un político que condenó la pena de muerte. Y lo consiguieron gracias a todos aquellos que, antes que ellos, se negaron a aceptar la tradición porque sí, sin ponerla en tela de juicio, que elegieron a las personas antes que el decoro social.

Una respuesta a “Tradición, tradicionalismo y fe”

  1. Sousa-Poza | Desde Sudáfrica dice:

    Miguel, una entrada interesante pero dificil de comentar: perhaps too much of a good thing.

    Que “El tradicionalismo no es lo mismo que la tradición”, … o que el ser pacifico no es lo mismo que ser pacifista. Y ya se sabe que en los Estados Unidos el liberalismo es anatema: ni Obama se atreveria a presumir de liberal. En Espanya es mas bien el nacionalismo el que es anatema: lo que hay que hacer es “europeizarse”, whatever that means. Al final acaba uno en batallitas semanticas. El problema es cuando los “-ismos” se convierten en doctrina, lo que ocurre con harta frecuencia -el catolicismo incluido.

    Pero, de suyo, un nacionalista no tiene porque abogar por el nazionalsocialismo aleman ni un tradicionalista tiene porque abogar por el “rey neto”. Son estas interpretaciones extremas e ingenuas.

    Los ejemplos que nos pones de Taiwan, en efecto “Salvando algunas diferencias coyunturales, lo mismo ha sucedido siempre en occidente”. La cuestion es si ese “tradicionalismo” que tu le atribuyes es el efecto o la causa.

    Yo creo que el analisis tendria mas futuro si lo pones en terminos de “sociedades colectivistas” y “sociedades individualistas”. Yo llegue a conocer en Galicia los extremos a que pueden llegar las sociedades colectivistas, que no eran tan distintos de los de Taiwan. Lo que observamos hoy son mas bien los extremos a que pueden llegar las sociedades individualistas, tanto en las escuelas, como en el propio hogar, como en la vida: “it is my life” … and damn the world. Preferiria no tener que escoger entre ambos: los extremos siempre se tocan.

    Decian los griegos que lo fundamental de la vida es tener “ritmo y armonia”. El que a uno le caiga la baba ante la palabra “modernidad” no la tiene.

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