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Julio

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria)
30 de marzo de 2009 a las 11:13h

Hay alumnos y alumnos, y eso es algo con lo que el profesor tiene que contar cada vez que se enfrenta a una clase nueva. Los hay que empiezan bien y acaban mal, los que se mantienen y los que recorren el camino inverso, siempre hacia arriba. Los hay que combinan actitud y talento, y tambien quienes juegan con proporciones desequilibradas de ambas virtudes. El buen profesor sabe –y me muevo en el mundo de lo idílico– cómo tratar a cada uno, e intenta adaptarse a ellos individualmente para sacarles lo mejor que tienen.

La realidad es más difícil de lo que parece. Es difícil luchar contra el favoritismo o, lo que es peor, contra la antipatía que nos despiertan algunos alumnos. A veces uno se equivoca en sus valoraciones iniciales, y un potencial buen alumno se queda en agua de borrajas, mientras vemos crecer, con sorpresa, las capacidades de otro que se destapa como un excelente estudiante.

Es el caso de Julio: es el mayor de la clase. Tiene pinta de malote, de esos simpáticos que se sientan en la última fila y que siempre tienen una palabra en la boca para camelarse al profesor sin dejar de ser un patas. Esa fue mi primera impresión. Y me alegra decir que me equivoqué.

Julio ha pasado varios años en latinoamérica, y podría vivir de las rentas. Lo que sabe le da de sobra para sacar sobresaliente de bicoca en la asignatura que le enseño, gramática de segundo año. Sin embargo, y ya desde el primer día, su actitud no ha sido la típica del sobradillo. Ha trabajado siempre como el que más, atendiendo a mis explicaciones y haciendo todos los ejercicios. Ha preguntado sus dudas sin vergüenza –ah, esa vergüenza taiwanesa tan frustrante para el docente–, ha asumido la responsabilidad que implica saber más español que los demás, y siempre que la clase quiere comunicarme algo nos lo pone fácil a todos y media entre nosotros. Cuando termina la tarea –normalmente el primero– ayuda a los demás en vez de tumbarse a la bartola. Pocas veces falta o llega tarde a clase, y siempre que lo hace me pide disculpas.

Lo que ha sucedido la semana pasada ha confirmado todo lo que yo pensaba de él anteriormente y ha hecho que escriba este post en su honor. La abuela de Julio murió y él tuvo que faltar a clase. Me llamó por teléfono para avisarme de que no podría venir –primer detalle–. Le dije que se tomara libres las clases que quisiera –si ya se sabe lo que voy a explicar y además su actitud es siempre óptima, ¿qué puedo pedirle?–. Pues el tío faltó solamente a una clase, y cuando apareció de nuevo me traía en la mano el ejercicio que puse a los alumnos el día del funeral, cosa que jamás me hubiera atrevido a pedirle. Los ojos hinchados de llorar, pero con una sonrisa de oreja a oreja, se ha sentado en su pupitre del fondo y ha trabajado como si fuera la última clase antes del examen.

Creo que asistir a clase y atender a las explicaciones del profesor no es solamente una manera de aprender, sino de agradecerle a éste el esfuerzo que se toma en su trabajo. Cuando tanto los alumnos como el profesor se tratan con educación y atienden a sus necesidades mutuamente, cuando se agradecen el esfuerzo con esfuerzo –cuanto más estudian mis alumnos, más me preparo yo las clases, y estoy seguro de que también sucede a la inversa–, todo va como la seda. Sin embargo, si el profesor trata a los alumnos como a un rebaño al que tiene que soportar para ganar un salario; si la única motivación de los alumnos al acudir a la universidad  es conseguir un título y tener contentos a sus padres, las cosas solamente pueden ir de mal en peor.

Cuando las clases se ponen difíciles para el profesor –e incluso en los mejores cursos hay momentos de desesperanza– los profesores nos agarramos a alumnos como Julio, que tendría argumentos de sobra para pasar de mí y que, sin embargo, es de los que menos pasa. Así que cuando acabe el curso le daré las gracias. Porque más de una vez ha soportado la tensión de un malentendido entre mis alumnos y yo sobre sus espaldas. Porque ha ayudado a sus compañeros, y a mí también, sin dárselas de nada. Porque, sabiendo, ha sostenido su interés por aprender, y ha buscado y agradecido siempre mis correcciones. Y también porque se ha reído de mis chistes, que no es poco esfuerzo.

Además, estoy seguro de que en su pinta de golfete con buen fondo hay bastante de verdad, así que dan ganas de hacerse su amigo: me juego lo que sea a que se conoce los lugares más divertidos de la ciudad, y a que no le importa nada enseñármelos. Si lo hace, prometo un reportaje detallado. Con fotos incluidas.

2 respuestas a “Julio”

  1. Roberto Gonzalez dice:

    Creo que en la actualidad hay una gran escasez de “Julios”, pero tal como tu dices tambien hay muchos profesores que simplemente van a hacer un horario y a cobrar a final de mes.
    Además está la afinidad entre las personas, como ejemplo te diré que cuando yo estudiaba ( hace ya muchos años ) había una profesora de filosofía a la que nadie tragaba y sin embargo yo con ella siempre me sentí muy a gusto y sus clases me sirvieron de mucho. Siempre estaba dispuesta a darme un consejo y por eso aún hoy la recuerdo con cariño y admiración.

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  2. Sousa-Poza | Desde Sudáfrica dice:

    Roberto, supongo que una cosa es ser buena como consejera y otra como profesora de filosofia. Yo tenia una que simplemente se ponia a leer a San Agustin en clase: eso podia hacerlo yo en casa.

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