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Pateras y otros vehículos de la muerte

Escrito por José Regueira | Desde el Campo de Gibraltar
3 de noviembre de 2008 a las 19:22h

            Escribo desde Galicia, a donde he venido a visitar a la familia y a honrar a mis difuntos, en estas fechas tan emotivas de Todos los Santos y Difuntos. Pero la mezcla emotiva de sentimientos por el retorno a los escenarios de mi infancia y juventud y el reencuentro con los seres queridos no puede hacer que me olvide de los cientos o miles de muertos que, huyendo de la miseria de sus países africanos, arriesgaron su vida en una problemática travesía hacia el paraíso europeo y hoy yacen en ese enorme cementerio marino que es el estrecho de Gibraltar.

            Porque precisamente el día 1 de noviembre, día en que honramos a nuestros seres queridos ya muertos, se cumplen exactamente veinte años de la primera tragedia de la travesía del Estrecho en patera. Ese 1 de noviembre de 1988 el mar empezó a arrojar a las playas y acantilados de la costa de Tarifa una serie de cadáveres que fueron aumentando en los días siguientes hasta un total de dieciocho. Se inauguraba así la que podríamos denominar la “era de la patera” que continuaría en los años siguientes hasta dar un trágico balance de cientos o quizá miles de cadáveres. El periodista tarifeño Ildefonso Senna fue testigo de excepción de aquella primera tragedia, que relató en unos dramáticos reportajes en el diario de Algeciras en el que trabajaba. Crónica que tendría que repetir infinidad de veces en los años siguientes.

            Paralelamente al reguero de cadáveres que casi diariamente se iban sucediendo, surgió de forma espontánea un sentimiento de solidaridad entre la población campogibraltareña, que trataban de socorrer como podían a los supervivientes que llegaban en condiciones deplorables a sus costas. Yo mismo he visto la angustia y el pánico a ser devueltos reflejados en sus rostros, muchas veces infantiles. Tengo conocidos, amigos y hasta alguno de mis hijos que han socorrido a estos inmigrantes que llegaban agotados, desnutridos, con hipotermia, empapados en agua y famélicos, huyendo hacia los montes para evitar ser descubiertos por las fuerzas de orden público. Les proporcionaban ropa, alimentación, algún dinero o billete de tren o de autobús para que pudiesen llegar a sus sitios de referencia, ya que solían traer un teléfono o una dirección de familiares, conocidos o miembros de la organización (mafiosa o no) que les facilitó el transporte. Eran sitios siempre alejados del Campo de Gbraltar, que era la zona más vigilada por la policía. Muchas veces los transportaron en sus coches, arriesgándose a ser detenidos, lo que ocurrió más de una vez. Y a ser acusados y procesados por auxilio a inmigrantes ilegales, cooperación con bandas mafiosas o, incluso, por atentar ¡contra la libertad de las personas! Todas estas ayudas humanitarias eran actos delictivos. Más de uno llegó a ir a la cárcel por este motivo.

            Este movimiento espontáneo derivó en organizaciones de ayuda a estos inmigrantes tales como Tarifa Acoge, Algeciras Acoge y otras similares. Ante la intensidad  y persistencia del fenómeno, se intensificó la vigilancia del Estrecho con organizaciones policiales como el Sistema Integral de Vigilancia Exterior (SIVE), se destinaron helicópteros, radares y los más sofisticados sistemas de vigilancia, que consiguieron desviar las rutas migratorias hacia las provincias costeras orientales de Andalucía: Málaga, Granada y Almería. Cada vez las travesías más largas en sus frágiles embarcaciones. En los últimos tiempos el mayor contingente parte de costas subsaharianas hasta Canarias, sustituyendo la patera por el cayuco. Todos habréis visto la forma inhumana en que llegan hacinados en esas primitivas embarcaciones, inadecuadas para tan larga travesía.

            Al mismo tiempo, los africanos aguzaron el ingenio y afrontaron más riesgo recurriendo a lanchas de remo, hidropedales, neumáticos de coche y otros diferentes y muy precarios artilugios para intentar una travesía del Estrecho dificilísima en condiciones tan difíciles. Otros lo intentaron colándose de polizones en los ferrys que atraviesan desde Ceuta o de Tánger, con documentación falsa o de otra persona, escondidos en los bajos de camiones, dentro de contenedores o incluso introducidos dentro de una maleta. En los últimos meses se ha vuelto a detener alguna nueva patera, que muy difícilmente superará la sofisticada barrera de detección que se ha montado.

            Nunca sabremos el número de magrebíes y subsaharianos que yacen en la enorme fosa común del Estrecho. Yo quiero dedicarles este modesto recuerdo en el vigésimo aniversario de la era de la patera. De la era de la ignominia.

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