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Productos gallegos en la pradera de San Isidro

Escrito por Cristina Fraga | Desde Madrid
25 de junio de 2008 a las 20:24h

Me llamo Cristina, soy de Betanzos (A Coruña) y desde 1999 vivo fuera de Galicia, durante dos años en la siempre inolvidable Salamanca y desde 2001 en la marabunta de Madrid, disfrutando de sus maravillas y odiando sus defectos, supongo que como en todos los sitios.

El 15 de mayo y como cada año, Madrid celebró su San Isidro en la pradera que le da nombre y que reúne puestos y gente de lo más variopinto. Aunque parezca increíble, nunca había ido a esta romería, por coincidir en día laboral o por no animarme a ir sola a semejante fiesta. Sin embargo, este año mi amigo Pepe (también gallego) me animó a ir y echando mano de un día libre nos dispusimos a achicharrarnos y exponernos a ser aplastados por cientos de personas.

No sé si ocurrirá en otras ciudades (supongo que sí) pero aquí siempre hay gente y colas por todos los sitios y para todas las cosas. Para una chica como yo, de pueblo y de lo más tranquila, fue un poco traumático acostumbrarme a este revuelo continuo… En los primeros años me encontraba a mi misma andando apurada hasta los fines de semana cuando iba de paseo, sin motivo alguno. Supongo que las prisas se contagian muy pronto… y San Isidro no iba a ser menos…

La situación era ésta: subimos al metro en un extremo de Madrid y nos bajamos casi en el otro extremo de la línea junto a hordas de gente que salían de cada esquina. Nos dirigimos a la salida y nos fijamos en un cartel que indicaba que no se podía utilizar cualquier salida. La salida A era para salir del metro y la salida B para entrar. Eso y el servicio de limpieza de la capital es lo que más me gusta de aquí y lo que más echo en falta en mi pueblo: capacidad de organización, no sé si por falta de costumbre o de necesidad. En fin…

Una vez que conseguimos llegar a la pradera después de callejear un poquito nos encontramos con un espectáculo dantesco. No sé cómo lo vería Pepe, pero para mí fue impresionante ver las calles atestadas de chulapos por todos los lados (arriba en la pradera, delante de nosotros, detrás…) y de todas las nacionalidades (españoles, chinos, latinoamericanos, rumanos, polacos, etc), junto a una pradera situada detrás de un barrio con edificios altos. Precisamente, otra de las cosas que me gusta de Madrid es lo que decía Ana Belén en la campaña turística de la capital “Si vives en Madrid, eres de Madrid”.

Después de un rato de respirar ese ambiente tan castizo y de ver bailar varias piezas a unos señores de lo más entusiastas, nos decidimos a buscar el puesto de productos gallegos, of course. Vamos, que a Pepe no se le escapa ni una… La idea era comprar algo (pan de Carral, empanada) e irnos a comer a casa, pero cuando llegamos a los puestos (eran 2) nos surgió el dilema existencial de decidir qué apetitoso manjar nos llevaríamos a casa y a cuál renunciaríamos. ¿Por qué nos gustará tanto la comida?. Al final, nos decidimos por el pan de Carral por el cual pagamos, ¡ay!, 6 euros por una bolla “resesa” (revenida se dice aquí). Lo que hacen las ganas de comer cositas de la tierra… y eso que voy de vez en cuando, pero supongo que pasará como con los emigrantes de antaño cuando se emocionaban con las gaitas fuera de su país y eso que a algunos no les gustaba la música folclórica cuando estaban de vuelta en su casa… La moraleja es que en Madrid o en China ¡qué rica sabe una empanada, una tarta de Santiago o una bolla de pan aunque sea de hace dos días… así que ¡Viva Galicia!.

Hasta la próxima a todos.

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