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Corrupción

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán (Antes desde Manchuria)
26 de mayo de 2008 a las 18:41h

La he vivido en España. La he vivido en Italia. Y la semana pasada me toco vivirla en China en una forma que hasta ahora desconocía de forma directa.

Es inútil intentar aclarar si la corrupción se da con más frecuencia en tal o cuál país. Cuando en España nos creemos a salvo de semejante plaga saltan a las páginas de los periódicos noticias sobre políticos nepotistas o especuladores, o sobre redes de policías aficionados a la extorsión, de esos de la cicatriz en la mejilla y la frente de búfalo de las películas sobre la mafia de Chicago, pero en versión patria y casposa.

Y eso es, precisamente, lo que me tocó experimentar hace apenas unos días. En China, las cosas se están poniendo para los extranjeros claramente más difíciles de lo que estaban. Si antes se extendían permisos de trabajo por tres meses, ahora es poco frecuente conseguirlos de más de uno. Si los visitantes ociosos entraban en el País del Centro (eso significa Zhong Guo, China en chino) con relativa facilidad gracias a la carísima campaña de promoción turística que ha llevado a cabo el Partido los últimos años, las medidas se están endureciendo. M., mi compañero mexicano, ha tenido que escribir una carta en español y en chino y enviarla a la embajada de China en México para que su hermano pueda venir a visitarle este verano. La malísima prensa internacional –injusta en buena medida– que ha sufrido la actuación china a raíz de los sucesos del Tíbet ha metido el miedo en el cuerpo a los dirigentes. A escasos dos meses y medio de las Olimpiadas, se temen disturbios, protestas organizadas e intentos de dejar en evidencia las carencias que organizaciones como Amnistía Internacional han sacado a la palestra.

Así que los policías se dedican a ir casa por casa buscando extranjeros para que nos demos de alta en la comisaría de nuestro barrio. El otro día, en el portal de mi edificio, un agente alto, de cara roja y poco amistosa, me agarró de la manga y me pidió el pasaporte de muy malas maneras. Se lo enseñé, y me emplazó en su oficina al día siguiente para formalizar mi situación. A pesar de que no tenía nada más que decirme, me retuvo más de veinte minutos, en los que se dedicó a hojear mi pasaporte. Qué buscaba no lo sé, y me parece que él tampoco lo tenía claro. Supongo que es divertido detener la vida de alguien por un rato solamente porque le apetece a uno.

Al día siguiente, después de comer, me planto en la comisaría con el pasaporte, el Carné de Experto, el contrato de la universidad, el contrato de alquiler y el dueño de mi piso, W.B., un hombre de unos cuarenta años que hasta ahora me ha tratado mejor que bien. Nos sientan a los dos con mi amigo el madero de la sonrisa imposible, saco los papeles y empieza entre él y W.B. una conversación en mandarín que me empeño inútilmente en seguir. Al rato, W.B. se dirige a mí en chinglés y me dice que tiene que subir al segundo piso a hacer unos papeleos. Asiento y me quedo solo con el sargento cararroja. El hombre apaga un pitillo, enciende otro, revisa el pasaporte durante otros cinco minutos por si el día anterior se le había pasado algo por alto a su sagaz mirada, apaga el pitillo a medio fumar y enciende uno nuevo, me mira, me pregunta en chino cosas que no entiendo, se ríe de mala gana –¡milagro!– cuando le contesto que no sé chino, vuelve a hojear el pasaporte con muy poco cuidado, y encuentra por fin una pregunta que puedo entender.

–¿Por qué fuiste a Taiwán?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Por qué fuiste a Taiwán? ¿Entiendes lo que digo?

–Mi novia es taiwanesa.

–¿Te gusta Taiwán?

–Me gusta mucho.

–¿Crees que Taiwán es China?

–Sí, Taiwán es China.

–¿La gente en Taiwán creen que son chinos?

–Muchos sí lo creen.

–¿Tu novia lo cree?

Empiezo a ponerme verdaderamente incómodo. La habitación está llena de humo, la puerta cerrada, el policía adopta un tono más que insolente, el tema es muy delicado y la pregunta demasiado personal.

–Sí, ella piensa que Taiwán es China.

–No me gusta que hayas ido a Taiwán. (Silencio). No me gustan los extranjeros (utiliza la expresión Lao Wai, forma despectiva. Me echa el humo a la cara descaradamente. No sé qué decir ni a dónde mirar). Entraste en China el 4 de mayo. Tenías que venir aquí al día siguiente para avisarnos de que habías llegado. Tienes que pagar 500 yuanes (50 euros) por el retraso.

Saco el dinero, que llevo encima porque esa misma mañana he ido al banco. Se lo doy. Se ríe a carcajadas. Fuma y me mira con calma. Tarda en contestar.

–500 yuanes por cada día que te has retrasado. (Saca una calculadora). Son 8.000 yuanes (800 euros).

–¿8.000?

–Sí, 8.000. Me los tienes que dar. Los Lao Wai tienen dinero. ¿Es un problema para ti?

–No tengo ese dinero.

–¿No lo tienes? ¿No lo tienes? (Duda un momento, echa la ceniza en el cenicero). Dame entonces 4.000.

De repente lo comprendo todo. Hasta ese mismo instante me había creído lo de la multa, aunque la cantidad me pareciera excesiva, pero lo que en realidad estaba intentando el agente Nicotina era sacarme los cuartos con malas artes. Pensé que lo mejor era hacerme el loco, abusar del Tin bu tong (no entiendo) y hacer tienpo hasta que W.B. volviera al despacho. Y funcionó, a pesar de que sospecho que lo de mandarle a otra ventanilla formaba parte del paripé. En cuanto mi casero regresó con nosotros, la actitud del policía cambió. Serio como siempre, evitó mirarme lo que duró la entrevista y no volvió a mencionar el dinero. Le conté a W.B., en chinglés también, lo que me había sucedio, y él, con cara de póker, me dijo que no me preocupara: si conseguía arreglarlo de chino a chino, la mordida sería muy inferior a 4.000 yuanes.

Y así fue. La cosa se quedó en unos cuantos cartones de tabaco que W.B, a pesar de mi empeño en ser yo el pagador, dado que mía era la infracción, compró como agradecimiento a la magnífica labor del desgraciado del agente. No quiso mi amigo –porque, a partir de ahora, además de casero, es amigo– que me metiera en esas aguas. “Déjamelo a mí –me dijo–. No es asunto de extranjeros.”

La verdad, aunque la aventura haya quedado en nada, pasé un mal rato en la comisaría. Siempre es desagradable encontrase acudir a casa de la ley y que la única ley allí sea la del más fuerte. Eso no quita, cuidado, que la gran mayoría de los agentes chinos se porten como tienen que portarse. He hablado del tema con muchos extranjeros durante esta semana y soy el único que ha tenido la mala suerte de encontrarse con un corrupto con todas las letras. Por lo demás, el resto de mi experiencia en China –he visitado hospitales, universidades, aduanas y otras comisarías además de esta última– ha sido siempre inmejorable y el departamento de la universidad donde trabajo es, de largo, el que mejor me ha tratado de todos los que conozco. Si es justo que cuente lo poco malo, lo es más que recuerde lo mucho bueno. La anécdota siniestra, ya se sabe, es siempre más llamativa, pero mi trato con las autoridades del país ha sido mayoritaria y abrumadoramente positivo. Y no nos hagamos los nuevos: no hace falte venirse a China para encontrarse un sinvergüenza de tomo y lomo, que nuestro producto típico es reconocido internacionalmente y no tiene nada que envidiarle a la yakuza japonesa.

Y ustedes, los del exilio exterior y los del exilio interior, ¿han tenido alguna experiencia similar, en casa o fuera?

 

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6 respuestas a “Corrupción”

  1. Pablo Carballada | Desde Irlanda dice:

    En Irlanda, nunca. A veces tengo la impresión de que aquí nada se sale de lo establecido, a pesar de que el Primer Ministro acaba de dimitir por un asunto turbio de corrupción y su sustituto no apunta mejores maneras.
    Un amigo que está en Shangai me dijo hay bastante corrupción en China, pero que normalmente se arregla entre chinos y los extranjeros ni se enteran. Algo parecido a tu experiencia en comsaría.
    Por cierto, por qué llamamos China a China?
    Un saludo

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  2. Francisco Álvarez dice:

    Buenos días Miguel,

    Aquí en Venezuela, tu experiencia bien podría decir que se repite a diario… Es más, supongo que la corrupción siempre se hará presente en cualquier lugar donde un funcionario público no gane lo suficiente para llevar una vida decente, como es el caso venezolano por ejemplo, y supongo que también será el caso chino.

    En lo particular, me he visto varias veces inmerso en esa situación. Es muy común que hagan alcabalas de tránsito, donde te paran y aunque tengas tus papeles en regla, no te moverás de allí hasta “que te bajes de la mula” (si entienden por donde voy, cierto?)

    Hace unas 2 semanas estuve una media hora retenido en un peaje en Anzoátegui, un estado petrolero donde estuve trabajando por un tiempo… Y en una ocasión (era aún estudiante universitario), me retuvieron casi una hora en la ciudad donde resido, y no cargaba más que unos mil bolívares en el bolsillo (en ese entonces, sería algo equivalente a un euro). Cual sería mi sorpresa que el policía me los ha pedido, luego de revisar mi billetera, para tomarse una gaseosa!!!!

    Y es que como reza el slogan de este estado: “Carabobo, territorio de lo posible”.

    Saludos

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  3. eva dice:

    Miguel, aquí en México las mordidas son algo común, exactamente igual que como escribe Francisco, situaciones habituales cuando te para la policía de tránsito, a mí lo que no deja de sorprenderme es como se desenvuelven las gentes de acá ante estas situaciones porque aquí la policía da un poco de miedito, al menos a mi

    y con esto no quiero decir que todos los policía sean así, pero no es raro

    la primera vez que vine a méxico iba en carro con unos amigos, nos perdimos y nos metimos por una calle que era de sentido contrario, en ese momento unas lucezotas nos dieron de lleno en los ojos y el altavoz del carro de policía nos decía que nos hiciésemos a un lado,
    iba conduciendo el coche una amiga mexicana que trabajaba para el gobierno del distrito federal y sabía la biblia en verso de leyes y derivados
    cuando el policía vio que no iba a haber mordida, pretendía llevarnos con él a una especie de comisaría, mi amiga le dio varios motivos por los que él no podía hacer eso (no era policía de tránsito), el asunto se resolvió cuando ella le dijo dónde trabajaba, el policía contestó que si se lo demostraba con una nómina nos dejaba ir, y ella llevaba una, se la enseñó, y el policía se disculpó porque ambos trabajaban para el mismo jefe, nos dio las buenas noches y se fue, afortunadamente no pasó de ahí

    miguel, ese casero tuyo parace el casero soñado

    un abrazote

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  4. Miguel Salas | Desde Manchuria, China dice:

    Vaya, Eva y Francisco, siento enterarme de que la corrupción por allí es tan común.
    Pablo, ahora que lo dices, no tengo ni la más remota idea de por qué se le llama China a China. ¿Cómo podríamos enterarnos de algo así?

    ¡Abrazos!

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  5. Pablo Carballada | Desde Irlanda dice:

    Nuestra amiga la Wikipedia dice que el nombre del país en las lenguas europeas puede venir de la dinastía Qin (pronunciado Chin).
    http://en.wikipedia.org/wiki/China#Etymology

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  6. Miguel Salas | Desde Manchuria, China dice:

    Uy, Pablo, qué despiste, tienes razón. Lo había leído en un par de libos sobre historia china antes de vernime para acá.
    El nombre de China viene de la dinastía Qin, la primera de las dinastías imperiales, cuyo primer emperador, Qi Shi Huan construyó la muralla China o, mejor dicho, comenzó a unir en una muralla más grande las murallas pequeñas que ya había en la frontera norte –la gran muralla no se termina hasta la dinastía Ming–, y además mandó quemar los libros de todo el imperio –gracias a dios muchos valientes los escondieron, y así han llegado hasta nosotros, por ejemplo, los textos sobre Confucio–. Además, es el famoso emperador enterrado con los soldados de terracota de Xi’ian.

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