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Notas desde Kerala, India

Escrito por Esther Diz | Desde Filadelfia, EE.UU
22 de abril de 2008 a las 14:44h

viaje-a-la-india-1241.jpgHan pasado cinco noches y todavía siento el jet-lag. Me acuesto alrededor de medianoche, a las 3 de la madrugada me despierto, tanto que no consigo reconciliar el sueño. Dormir nunca ha sido un problema para mí, duermo como un bebé así que me veo forzada a ingerir un par de pastillas de vez en cuando que me ayuden a  atravesar las largas noches del sur de la India.

Sentada en la cama con mí portátil intento conectarme al mundo que conozco, oigo cantos religiosos nocturnos a lo lejos procedentes del templo más cercano, que envuelven mi cuarto como una banda sonora.  Me encuentro en un orfanato en las montañas – dos horas al norte de la ciudad de Cochin – en la casa de los directores del centro; una pareja de mediana edad viviendo en su oasis de intelectualidad.  Ella es profesora en la universidad, él parece haber llevado una vida política, de la que se ha retirado pero no por completo, decido no indagar demasiado en su actividad actual por miedo a caer en la indiscreción. Parecen gente respetada y respetable. Yo nunca los olvidaré.  

Guardo mucha esperanza por la raza humana cada vez que viajo. La mayor parte de las almas con las que me he cruzado hasta el momento han sido amables, exceptuando tal vez la del conductor del mini-bus que me recogió en la puerta de mi casa para trasladarme al aeropuerto de JFK. Procedente probablemente de alguna localidad del centro del estado de Nueva Jersey, este sujeto presentaba una barba mal cortada, el pelo largo en la nuca, los pantalones vaqueros de corte desfasado, las botas, la camiseta blanca, la gorra de la compañía de transporte,  aliento a tabaco, una voz molesta que utilizaba a gritos y un gusto por el café de gasolinera. Aún peor resultaba su necesidad de hablar y hablar de cosas intranscendentes. Sufrimos todos; particularmente el pobre abuelo emplazado – me atrevo a decir que por su adorable nuera – en el asiento del copiloto. Cabe   mencionar el alto grado de xenofobia que lo caracterizada, y que él mismo se encargaba de promulgar con incesantes comentarios cargados de ignorancia hacia los allí asistentes.

Transcurridas dos horas de atasco y cantinela, el ramo de flores marchitas de este autobús estaba compuesto por el abuelo anglo, un señor hindú hombre de familia que acudía a Newark a recoger a su mujer y a sus hijas (a quienes no veía desde hacia dos años), una pareja de turistas argentinos y yo, una joven galleguiña de A Coruña. El despacho de pasajeros tuvo lugar según el orden de preferencia del conductor y claramente, el hablar español con mis amigos argentinos me puso en desventaja pues a pesar de haber pasado por nuestra terminal primero, fuimos los últimos en ser despachados y por poco perdemos el avión.   

¡Qué diferente al servicio que he estado recibiendo desde que aterricé en la India! Nuestro conductor ha sido tan amable, tan dispuesto, tan humilde, tan risueño…y tan despistado y soñador que casi nos matamos ¡en dos ocasiones!  La primera vez ocurrió cerca del aeropuerto, al poco tiempo de habernos instalado en su todoterreno, atropellando a un señor que viajaba en una motocicleta sin casco y con un niño, también sin casco. El ruido de los frenos, la aproximación irremediable, el sonido reiterante del impacto, cierro los ojos y prolongo el momento de abrirlos por miedo a la imagen que iba a contemplar. Nos hemos parado. Dentro del vehículo todos estamos bien (creo), afuera, dos cuerpos yacen en la carretera.  De pronto, más de una docena de hombres se acercan y golpean las ventanillas de nuestro coche con tanta fuerza que empiezan a balancearnos, hablando a gritos en un idioma que ninguno de nosotros entiende, cruzo miradas con ojos oscuros y penetrantes y cargados de emoción mientras el miedo se instala en todo mi cuerpo. [Continuará] P.d.: el hombre y el niño salieron ilesos del accidente.  

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Una respuesta a “Notas desde Kerala, India”

  1. Sousa-Poza dice:

    Ester, el dormir como un bebe dicen que es el mejor sintoma de una conciencia tranquila: enhorabuena.

    Pero eres demasiado severa con el conductor del minibus neoyorquino. Uno tiene que tener algo de comprension con un tio con marcas de varicela en la tez. Sus padres ni lo habrian vacunado. Por lo demas, tampoco puedes comparar las civilizaciones orientales con la occidental: les llevan milenios de ventaja.

    Esperamos tu segunda entrega.

    [Reply]

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