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‘La colmena’, retrato vivo de la posguerra madrileña

Escrito por Manuel Ríos | Desde Madrid
18 de abril de 2008 a las 18:11h

hospicio.jpg“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante”. Así inicia Cela el resultado de los cinco años de trabajo que dedicó a La colmena.

La novela resulta ser un retrato vivo y en movimiento de la mísera sociedad del Madrid de la posguerra, el reflejo de la cotidianidad de la vida, una vida resultado del conglomerado de cientos de vidas que se cruzan, las vidas de unos seres infelices acosados por la pobreza y por el hambre, asfixiados por la urgencia del día a día, cargados de luces y de sombras, incapaces de realizarse como personas, desilusionados, insatisfechos, desamparados, angustiados, resignados, contradictorios, insolidarios, enfermos, víctimas de la inercia, del racionamiento, del estraperlo y del miedo a ser delatados. En fin, unas vidas sin futuro que caminan a salto de mata y a las que, a menudo, la realidad obliga a dejar a un lado compromisos y moralidad.

En el lapso de tres días, don Camilo sitúa el grueso de la acción en el entorno limitado por tres calles céntricas y conocidas, incluso para los no madrileños, como son Fuencarral, San Bernardo y Gran Vía. El devenir de la obra se sitúa en establecimientos que la evolución y el tiempo trasladaron al mundo virtual. Ello no es óbice para que el Madrid de la novela apenas sufriera cambios en la permanente transformación que experimenta la urbe.

Traducida a multitud de idiomas, La colmena es para Cela la “crónica amarga de un tiempo amargo”; para el mundo, un espejo al que asomarse para atisbar el Madrid de aquellos años.

(Imagen del viejo Hospicio madrileño, sito en la calle de Fuencarral, hoy Museo Municipal, procedente del Banco de Imágenes y Sonidos)

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