Adiós Tara, adiós Nicki
Tiempo de despedidas. Estos días dicen adiós muchas series. En la mayoría de los casos es un hasta luego pero otras tienen que despedirse definitivamente y ahí es cuando la cosa se complica para los que tienen que parir los tramas. ¿Qué deben hacer los guionistas cuando una historia echa el cierre? Muertes, traslados, despidos, separaciones traumáticas, reapariciones de personajes desaparecidos… Es lo que suele ocurrir en esos últimos episodios, que casi siempre recurren a finales demasiado clásicos.
El pasado martes se despidió para siempre «United States of Tara». En sus últimos minutos optó por ser todo lo clásica que no fue durante sus tres temporadas. Reunir en poco más de veinte minutos más traslados y cambios de vida era imposible. Sólo les faltó titular el capítulo «Tú a Boston y nosotros a Houston». Eso sí, los guionistas apostaron por un último juego con la audiencia. Decidieron dejar un poco de lado el protagonismo de Tara y sus alters para darle su gran oportunidad a su paciente e impasible marido. Max estalla, por fin, y lo hace en una de esas escenas que deberían poder enmarcarse y colgarse de la pared. Ese gran momento se vive durante la última cena y con un pollo volador de por medio. Es el momento álgido de la última cena, el «supper» definitivo de los Gregson.
La televisión americana se queda sin su dosis semanal de Diablo Cody y sin una de sus familias más peculiares. Los extraños linajes ya no deben estar de moda porque esta temporada también se ha despedido «Big Love». La serie sobre la familia polígama de Utah, Bill Henrickson, sus tres esposas y nueve hijos, dijo adiós tras cinco temporadas en pantalla. La primera temporada fue ejemplar, la segunda tardó en coger alas, la tercera fue quizás la menos recomendable y en la cuarta recuperó interés con la vocación política de Bill Henrickson. En la quinta, apenas tuvo tiempo de preparar todo para poder decir adiós.
Tras más de cincuenta capítulos con los Henrickson lo que más me dolió de su final fue tener que despedirme del personaje de Nicki. La segunda mujer de Bill era una pieza clave de la historia. Su fuerte carácter le daba juego a la relación entre las tres esposas y su vinculación familiar con los profetas Grant (su padre y su endiablado hermano) mantenía el interés sobre lo que ocurría en la comuna de Juniper Creek. La esposa interpretada por Chloë Sevigny era la dura, la que se encargaba de los trabajos manuales y el bricolaje, la que siempre tenía una queja y la que la se escandalizaba cada vez que algo en la familia se salía del guión, algo que ocurría con frecuencia. Su compromiso religioso era más fuerte que el del resto y sus raíces en la comuna la mantenían en un continúo debate sobre lo que era lo mejor para el futuro de los Henrickson. Su pasado, su fluctuante relación con Bill, sus problemas con la maternidad daban profundidad a un personaje que, en principio, podría parecer plano. Además Nicki también era capaz de hacer reír, no al estilo de Margene, pero robando a los espectadores alguna sonrisa con su fase de compradora compulsiva, sus amenazas a los matones que se reían de sus hijo o con los dilemas que pasaban por su cabeza cuando decidió usar anticonceptivos a escondidas.
Se acabó. Ya no habrá más reuniones en el comedor de la casa de Barb. HBO ha desalojado las tres casas unidas por el patio de atrás con la promesa de una nueva vida para todos los personajes, incluso los que ya habían abandonado la serie y ahora se dedican a hacer cinco comedias románticas al año. Sí, «Big Love» también cayó en lo clásico y recuperó para su final a la hija prodigio Sarah, que interpretaba la ahora popular Amanda Seyfried. El resto de lo que pasa, los que no lo hayan visto, tendrán que verlo.
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