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“RIDICULUM MORTIS”

23 de septiembre de 2018 a las 10:51

El escándalo curricular de estos días sugiere alguna reflexión: ¿Qué ambición mueve a alguien para tener tal premura en triunfar que le lleve  al punto de pecar atajos y condenarse de por vida a la impostura? ¿Qué dirán sus conciencias ? Sólo ellas son notarias severas de la verdad registrada en su Rurriculum mortis, ése que sólo conoce uno mismo y que certifica nuestra más íntima verdad.

Durante una conferencia el poeta Félix Grande replicaba a las protocolarias alabanzas de sus anfitriones : “lo primero de lo que me puedo jactar es de ser un guitarrista flamenco rotundamente fracasado.”

Para el poeta, el auténtico currículum vitae  es el que reseña nuestros fracasos y no las victorias. Lo dijo dos meses antes de morir  pleno de lucidez y sabiduría.

Es cierto que el auténtico rostro de lo que somos se refleja mejor en la  bruma de las frustraciones que en el espejo de los éxitos y que pesa más lo renunciado  que lo hecho, lo nunca conseguido a lo conquistado.

Los presidentes de gobierno y los políticos en general tienen más poder del que pueden asimilar y se equivocan, esto no es nuevo, siempre ha sido así, lo novedoso es  la respuesta del público.

Tal parece que la cascada de añagazas y corrupciones aireadas en los últimos años hayan aumentado la exigencia de honestidad por parte de la sociedad para con los políticos y el rigor del juicio frente a sus  desmanes, nada más lejos de la realidad.

Lo que ha cambiado es el caudal de  información y la forma de comunicarse de la sociedad o al menos esa es la opinión de mi colega castellonense, el doctor Paco Traver , que suscribo a pié de letra:

El problema es que la gente se ha vuelto muy sensible y ha sufrido un descenso vertiginoso en el umbral de indignación gracias a tres fenómenos:  los ideales buenistas que impregnan las sociedades desarrolladas hasta un punto de irresponsable ingenuidad infantojuvenil.

La crisis económica y la precariedad padecidas en esas sociedades que niegan cualquier responsabilidad en ello y exigen soluciones a quienes no están a la altura del desafío.

La existencia de las redes sociales que multiplican y legitiman la indignación según la tribu a la que se pertenezca.

Y lo peor es que esta modificación de las coordenadas sociales que marcan las  líneas de separación entre lo tolerable y lo intolerable no significan que la sociedad haya mejorado en su moralidad, significa  que se ha polarizado de tal forma que una tribu siempre cree que es más moral que la otra.

Lo verdaderamente insufrible  no son los  Ridiculums Vitaes de los políticos sino la mediocridad asfixiante que lo impregna  todo.

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QUEVEDO EN EL DESPACHO OVAL

9 de septiembre de 2018 a las 11:12

Entraba la primavera de 1627 cuando el Imperio Español languidecía su decadencia bajo el gobierno de un rey ocioso que dejaba las tareas de gobierno a un Valido arrogante y todopoderoso. Un binomio éste de Felipe IV y el Conde Duque de Olivares que había sido la causa de la pérdida de Brasil, de la de Portugal, del levantamiento de Cataluña, Andalucía, Italia y Flandes y de la descomposición en fin del legado imperial de Felipe II.

Infiltrado en la Corte  D. Francisco de Quevedo -cronista singular de aquella época- no dejaba de clamar contra todos los desvaríos gubernamentales,  de aquellos años es su obra “Cómo ha de ser el Valido perfecto”. Amigo sí, pero más amigo de la verdad, el escritor no se arredró a la hora de denunciar las tropelías y el desgobierno existente comenzando una ofensiva que acabó una noche en que bajo la servilleta del rey apareció un escrito intitulado Memorial en el que se denunciaban punto por punto todas las tropelías del Conde Duque así como el desastre al que estaban llevando a España.

El escrito era anónimo y  cayó como una bomba sobre la Corte  desatando la ira y el desconcierto que sólo provoca la verdad desnuda. Nadie dudó que sólo la pluma, la experiencia política y la maestría intrigante de Quevedo podía haber escrito una cosa así y atrevido situarla ante los ojos del rey.

Sin vistas ni alegaciones, Quevedo fue preso en el convento de San Marcos de León durante cuatro fríos años que serían la antesala de su muerte poco tiempo después de que la caída de Olivares propiciara su libertad bajo destierro en su señorío de la Torre de Juan Abad, una pequeña aldea del Campo de Montiel.

La mañana del seis  de Septiembre de 2018, otro Imperio en decadencia con otro voluble  gobernante al frente, se desayunó con un libelo anónimo en la portada del New York Times que vino a denunciar lo mismo y en el mismo tono que lo que nuestro satírico escritor había hecho hacía cinco siglos. A Trump le habían hecho un Quevedo en todo regla.

Es día de hoy que el engreído Donald ha puesto precio a la cabeza del topo infiltrado en la Corte cueste lo que cueste.

Ignoro si el autor del libelo tendrá la suficiente osadía, valor y resistencia que tuvo nuestro pendenciero escritor pero constato la actualidad de sus versos: “No he de callar. Por más que con el dedo señalando ya la boca o ya la frente, avises silencio  amenaces miedo ¿Es que ya no quedan espíritus valientes?¿Siempre se ha de pensar lo que se dice?¿Nunca se ha de decir lo que se piensa?(…)

 

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LOS ANALOGICOS

31 de agosto de 2018 a las 14:43

Sólo los ancianos guardaban recuerdo y memoria de lo que pasó. La historia del pueblo de los Analógicos era la historia de una permanente adaptación a los rápidos e implacables cambios del medio ambiente.

En un pasado muy lejano tuvo que sobrevivir a un medio físicamente hostil, el frío, el hambre, las enfermedades y un sin fin de depredadores no consiguieron extinguirlos. Se adaptaron.

Contaban con una inteligencia natural destilada de los primates superiores  con la que logró desarrollar un arma letal: el lenguaje. Con él conquistó la supremacía absoluta sobre el mundo en el que vivía, pero creó otro mundo paralelo mucho más inhóspito y peligroso, descubrió las pasiones, los relatos, los odios, las lisonjas, envidias y avaricias…Desde entonces los analógicos no han dejado de luchar contra sí mismos  importándoles un pimiento el mundo sobre el que viven: los océanos, los animales, el aire.. todo era un botín.

En el mundo que construyeron los cambios de ambiente eran mucho más rápidos y contundentes y muchos de ellos se extinguieron presos de la angustia y el abatimiento que produce la impotencia de la  incapacidad.

Pasaron del fuego a la electricidad, del carbón al uranio, del telégrafo al Skype, del músculo al robot y se adaptaron, pero en cada cambio se extinguieron millones de artesanos, de generaciones dedicadas a un mismo afán, de analógicos que se resistieron al cambio pagando con la vida.

Los analógicos más avispados descubrieron el negocio que suponía poder cambiar el mundo para ir seleccionando a los analógicos de pura raza, aquellos capaces de pagar por adaptarse consumiendo gadgets e ideas nuevas. Crearon realidades sociales simultáneas: Comunistas, fascistas, nacionalistas, liberales y dioses capaces de subyugar a millones de almas…No hubo nadie que no comprara alguna de las propuestas dejándose por ellas.

Quienes no consiguieron adaptarse tomaron consejo benedictino  y pusieron en práctica la fórmula del coraje para luchar hasta la muerte por lo que merezca la pena cambiar, resignación para asumir aquello que no se puede cambiar e inteligencia para saber qué se puede o no cambiar. Se resignaron y no fueron capaces de renunciar al papel, a la comunicación vis a vis, a la música con tacto y al olor de los libros.

Ahora andan en plena refriega combatiendo por la supervivencia del taxi, de los hoteles y pensiones, de los restaurantes, bares, cines, discotecas y cortejos con  rubor y saliva que conocieron hasta la fecha. Es guerra perdida porque la mayoría ya habita en un mundo distinto al que ellos defienden.

Algunos ancianos analógicos sostienen la teoría de que los cambios supersónicos de los últimos años han conseguido transformar la especie, dicen  ya no somos sapiens analógicus sino sapiens digitalis.

Será verdad.

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FILOSOFIA ABORIGEN

17 de agosto de 2018 a las 13:51

Me hablaron de un paisano de la parroquia que guarda en su retranca toda la sabiduría de Buda, Zoroastro y Sócrates juntos.

Valgan como ejemplos dos escenas: sacho en mano, prado al fondo y pista por la que resopla a trote cochinero un manatí enfundando un chándal impoluto del Decathlon;  rojo, fatigado, sudoso y reojeando un peluco de la NASA que le anima y le dice todos sus parámetros vitales. Mirada parabólica del paisano y sentencia: “alí vai outro, escapando da morte”. Sin comentarios.

A vostede lle gusta moito viaxar non?  Sí ¿y a vostede? A mín non, eu xa estiven na Australia, na Suisa, na Inglaterra…non, no me gusta. Y porqué?.

Mirada siberiana, gesto etrusco e índice derecho prolongando el brazo como la punta de una lanza alumbradora, señalando: “todo lo que hay ver no mundo, pasa por aquela corredoira”. Y no se le movió una boina.

Filosofía aborigen de corte pragmático que sufre las emociones pero se sobrepone a ellas desde el sentido común. Tipos que están detrás del espejo observando la realidad desde otro nivel y que pueden predecir el futuro de cualquier vida humana.

Peo decirle eso al pobre manatí es pincharle un globo que le mantiene vivo y, de acuerdo, será más verdad, pero es una putada. Y tener la certeza de que lo más emocionante no está lejos,  sino que está en tí mismo, es un conocimiento confuciano que no es fácil de adquirir sin muchas experiencias previas.

Pero sí, leía un artículo en prensa de una joven que cerrando un macro festival en Cullera, aterrizo psicotrópicamente en El náutico de San Vicente; más o menos describía cómo tuvo la revelación durante el  concierto que Iván  Fandiño dio  en el local; ahí descubrió la intensidad de lo pequeño, la relación sin ídolos y la confortable sencillez del contexto. Todo lo que había que ver no mundo, estaba no Náutico do Grove.

Uno lee que no sé cuantos chavales se han abierto la crisma haciendo balconing, a otros centenares se les hundió el suelo bajo sus pies, otras han quedado atrapadas en terremotos, tifones y fuegos artificiales varios que  Gaia lanza dónde y cuándo le peta. Y uno piensa en el paisano y dan ganas de dejar el telescopio de las lejanías y tomar la lupa de lo íntimo.

Y para quitarse el agobio  de no alcanzar el estándar del ideal del yo, es necesario pactar con la realidad – a veces jodida-  y ajustar el paso a prácticas deportivas que sean saludables desde el más puro sentido común.

Todo eso lo sabe un paisano del rural gallego sin pasar por Harvard ni Salamanca ¿Cómo lo consiguió?

Cala a boca oh! Cala boca.

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Héroes Urbanos

3 de agosto de 2018 a las 15:20

Una tarde de verano con el sol ruborizándose entre los edificios que alinean la calle comercial de una ciudad, da igual cual sea : un bulevar de Madrid, Paris o Pekin, da igual, porque el paisaje comercial que las viste es idéntico: las mismas firmas, las mismas hamburguesas, los mismo helados, cervezas, cafés y Zaras, todo es el mismo cuadro con el mismo horizonte. Únicamente algún destello de productos gastronómicos autóctonos señalan un lugar desconocido.

Esos espacios homologados de convivencia suelen perder la monotonía de su uniformidad cuando algún maletilla de alma brava se echa al ruedo para buscarse la vida o, como dice Quevedo: “con un andar solitario entre la gente, en un amar solamente ser amado”.

Allá se lanzan multitudes de espontáneos vestidos de estatuas vivientes que resucitan echándoles una moneda con el enorme mérito de quien tiene que currase cada día la transformación y vivir un montón de horas transformado en pistolero, enano medieval, monstruo o Maligna. Son de admirar y merecen un respeto.

Hay otros que viven el espacio de tránsito como un plató de concurso televisivo buscador de talentos. Todas las edades y todas las habilidades: ancianos tocando el traünberei de Schumann con vasos medio llenos, cuarentones dando vida a un retablo de marionetas de teatro negro o jóvenes tocando  instrumentos y haciendo malabares ecuménicos. Todos admirables, todos fajadores, todos sosteniendo la mirada al destino sin corrérseles el rimel.

Nadie puede imaginar que la bioquímica de la lucha sea más excitante que la de la  victoria, pero la inmensa mayoría de las veces es así. Lo que nos colma el deseo  es Calipso y las sirenas, Polifemo y los lotófagos, mucho más que Penélope o Ítaca.

Intriga pensar cómo será el futuro de todos estos héroes y heroínas que puede que fichen por una productora, hagan bolos piratas de música folk o se hundan en la arena y les coja el toro, en cualquier caso, que les quiten la adrenalina de lo bailao.

En una calle peatonal de cualquier ciudad, una niña espigada de no más de 12 primaveras, con una sencilla  bata de verano, gorrito blanco engafetando una interminable trenza amarilla y unas “merceditas” rojas, cimbrea su incipiente y elegante sensualidad, coloca un bote, enciende un amplificador, desata un violín y comienza a tocar “el despacito” con aire Andante ma non troppo, sola, decidida, levitando en el aire sin perder su sonrisa eslava y sin descubrir una nota falsa en el violín. Un espectáculo espiritual de la épica urbana de nuestros días. Una ranita más braceando en la leche hasta la extenuación, hasta conseguir convertirla en mantequilla y saltar fuera de un destino mal barajado.

Cualquier parecido con la realidad es rigurosamente cierto.

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PARALELISMOS

29 de julio de 2018 a las 20:27

Ando entreteniendo las horas veraniegas buceando en la vida, la obra y el tiempo de Quevedo, un personaje apasionante y lleno de aristas, que plasma como ninguno el polimorfismo de que es capaz un ser humano: Noble, villano, sublime, bronco, patriota, traidor, un misógino capaz de escribir algunos de los mejores poemas de amor de la  lengua castellana.

Si palpitante resulta su figura como pendenciero espadachín y espía al servicio, del Duque de Osuna, Virrey de Nápoles, apodado el ” miedo del mundo”; no desmerece en profundidad su figura filosófica, política, satírica y crítica del  siglo de oro español, la época más fascinante que hemos vivido los aborígenes de la península ibérica.

Ahí está el Festival de teatro clásico de Almagro que sigue encandilando al público año tras año a golpes de versos y comedias de Lope, Calderón, Tirso y muchos otros autores de ese tiempo glorioso de nuestra historia, el mismo que retratan series de éxito como Águila Roja o la saga de Alatriste de Perez Reverte.

Hoy son las mismas fuerzas centrífugas que amenazan la estabilidad de la nación a lomos de Austrias y Borbones adornados con los mismos vicios que cualquier  plebeyo.

También se compran favores, se tapan mentiras, se silencian delitos y se alcanzan señoríos igual y en la misma forma que  conoció  Quevedo, sólo que éste los grafiteaba con su pluma de una forma mucho más desnuda y sin miedo que ahora: “no he de callar, por más que con el dedo señalando ya la boca o ya la frente avises silencio o amenaces miedo…” – le espetó al Conde Duque-. Hoy no hay plumífero que le diga eso a un  Roures o un  Berlusconi.

A Quevedo le gustaba andar trasteando por la sala de máquinas de la corte e intrigando políticas por las colonias del reino igual que a los de ahora, sólo que comparar a un Pepiño Blanco, un Baltar o un Monedero con Quevedo, está fuera de límites.

También convivió, denunció y estoqueó con su pluma a Validos interesados como los que ahora pululan por nuestros juzgados, pero con un ingenio y acidez que hoy no tiene réplica salvo en las diatribas emponzoñadas de Federico Jimenez Losantos al despertar el alba.

Feo, patizambo, bajito, miope y de pelo encrespado, ocultaba su inseguridad en el amor bajo una feroz misoginia que no dejó mujer de ninguna edad, gracia o condición sin denostar, incluida la reina, sobre la que apostó que era capaz de decirle a la cara que era coja y se lo dijo: ” Entre un clavel y una rosa, su majestad, es coja”. Mucho más sutil que regalar de Juego de Tronos.

Échenle un vistazo a su definición del Amor.

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BODAS

21 de julio de 2018 a las 16:14

Las bodas suelen ser cansinas aunque se anuncien como el día más feliz de la vida -sería más correcto decir de ese momento de la vida- y cobran un esfuerzo ímprobo a todos los asistentes. Al menos el bodorrio que se ajustaba hasta hace poco a un protocolo caducado y agotador.

La ceremonia empezaba con el preámbulo de la  ” pedida de mano” aún vigente en muchas familias y que, visto desde hoy, es un monumento al machismo ontológico.

La pedida de mano se da en los “esponsales” que son los días previos a la boda -de ahí la palabra esposos- y que simboliza la trasmisión del “manus”, término del derecho romano que no era más que el poder judicial que un hombre tenía sobre una mujer a cambio de su “manutención”. Pedir y dar la mano de la novia era traspasar el poder y la posesión sobre la interfecta del padre al yerno. Este fue el origen, aunque durante siglos se ha ejercido como una ocasión para conocerse las familias y escanear vibraciones. Ahora las estructuras familiares tradicionales son minoritarias y no está muy claro a quién hay que pedir la mano y encima si te equivocas de ¨manus”, la novia te puede denunciar y meterte una ruina. En esto hemos avanzado.

Créditos a parte las bodas cuestan un dineral, un pastón para quien se casa y un marrón para el invitado que rápidamente se hace la pregunta: ¿cuánto se suele dar? Y aquí el mercado es muy volatil.

Sin hablar del paso de la fatiga de escoger las tarjetas de enlace  a las hiperventiladas pancartas del tipo  “La Trini y el Yago se casan” que invaden los caminos y autopistas de la vida.

No está mal vestir de ceremonia y ponerse guapos alguna vez al año aunque para la mayoría sea un mero disfraz; es bueno ponerse de tiros largos de vez en cuando para no perder referencia de costumbres y respetos.

Todo esto ha cambiado felizmente y aliviado el tour de force de la boda de toda la vida.

Sin embargo, son varias las invitaciones de enlace que he recibido en las que los atenuantes de la ceremonia tradicional se compensan con una pre boda, boda y post boda, cuando no en lejanos  y cinematográficos parajes que resultan igual de agotadores.

Líbreme  el cielo amargarle la boda a nadie, pero déseme la venia para contar a los “casados frescos” lo que era casarse antes, aunque solo sea para que paladeen más y mejor el placer de haber roto las ballenas del protocolo.

Sólo hemos perdido algo irrecuperable: la noche de bodas.

Las lunas ya no son de miel, son de estevia  y con efectos especiales.

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ESOS PEQUEÑOS CAMBIOS

14 de julio de 2018 a las 20:19

Anuncian por la tele un café con leche instantáneo que se auto calienta si lo agitas, lo publicitan bajo la bondad de una rapidez que  nos ahorra tiempo, pero es todo lo contrario. Cuando aprietas a correr no puedes perder el ritmo y sigues corriendo igual o más; al patinar sobre una fina capa de hielo hay que ir muy rápido porque si te paras te hundes. !Corramos! gritaba Groucho ¿a dónde vamos jefe? decía el otro, no lo sé, pero !corramos!

La molicie del prêt à porter se expande a todos los ámbitos de la vida. En realidad compramos comodidad no tiempo, una comodidad muchas veces falsaria, porque no sabe igual ni tiene la misma temperatura un café con leche calentado en un pocillo que en un microondas y el argumento del tiempo no alcanza los diez segundos, sin embargo, pierde terreno  el pocillo por que hay que lavarlo.

Así de crítico estaba, hasta que caí en la cuenta de que la noche anterior había cenado un bacalao al pil pil  precocinado riquísimo que sólo me entretuvo tres minutos de micro , además, para almorzar había tomado un gazpacho con taquitos de jamón todo de bote y llevaba la semana entera desayunando un bollo de yogurt  de hipermercado.

Me asaltó el pánico y la nostalgia al tomar conciencia de que hacía años que no entretenía un pil pil a muñequilla, que no me hacía gazpachos deliciosos en la thermomix y que nunca me alcanzó la vergüenza como para dejar de engatusar a alguno amigo o amiga repostero para que me hiciera un bollo con un par de huevos de verdad.

Es más sabroso y lo pasaba mejor, son tiempos ganados poder disfrutar  cocinando con calma,  alternando el vino con el acero y la música; pero el mercado y la publicidad nos lo han robado, han conseguido cambiar nuestros ritmos y nos han “pretaporterizado”. Tontos nosotros por dejarnos camelar.

Ahora que me fijo más he descubierto que hay de todo, hasta las técnicas más párbulas de la cocina como picar cebolla, partir una piña en trocitos, limpiar una lechuga o hacerse una tortilla te las dan hechas; me temo que consumirlas  cotidianamente supondrá perder habilidades fundamentales para poder vivir libres, igual que saber coser un botón, lavar a mano o hacerse un café recién molido en una italiana despreciando el  omnipresente aluminio en cápsulas.

Son estos cambios cotidianos los que se introducen en la vida y te  acaban cambiando. Todas las destrezas, todos los circuitos cerebrales esculpidos durante generaciones para alcanzar una habilidad, se  dinamitan cada vez que enciendes un microndas.

Se abren otros mapas cerebrales pero créanme, no tienen nada que ver con el verdadero tesoro.

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VOLANDO

6 de julio de 2018 a las 14:59

Pasé el fin de semana volando, pululando por esos espacios de nadie que son los aeropuertos y que Marc Augé describe como “no lugares”: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”.

En los aeropuertos da la impresión de que todos somos forasteros en un lugar en el que no se puede tener más que una relación efímera o no tenerla, condiciones idóneas de soledad que hacen que las largas esperas en ellos pesen como culpas.

Los aeropuertos son un tuti fruti, una ensalada de caracoles humanos en los que sólo se puede mirar y escuchar, aunque  hoy,  la mayoría de la gente sólo mira el móvil, que es lo mismo que decir que no mira nada. La tecnología está desarrollando espacios antropológicos nuevos y ver a la gente clavada en una pantalla dentro de un aeropuerto es el paradigma de ello.

Estos espacios tienen una atmosfera cosmopolita, apurada y tensa; no tienen ventanas y no tienen un olor característico como las estaciones de tren, de autobús o de metro; las tiendas son espacios descontextualizados -como poner un Zara en una kasbah-; las cafeterías y los restaurantes tienen el sabor de las cosas no elegidas ni deseadas, nadie sueña con volver a comer en un local del aeropuerto, al contrario de lo que ocurre en las cantinas de las estaciones de tren, que siempre son punto de encuentros a deshoras de todo tipo de canalla.

El avión es también un no lugar en el que nadie tiene historia y cualquier relación tiene una fecha de caducidad de horas, no siendo que te ocurra lo que le sucedió en el vuelo de regreso a un argentino que llevaba al lado una mujer joven con un punto zen que, nada más aclarado a quien le tocaba la ventanilla , le largó en un tirón de dos horas toda su historia; así, sin venir a cuento, le contó su vida desde el bucólico lugar de nacimiento en una aldea lucense hasta su conversión al Brasil y la vida sostenible, pasando por amores prohibidos  y desengaños de cartón piedra. En el avión no se puede huir a través del móvil, sólo música, lectura -poca- y sopor, pero siempre en un duerme vela atento y vigilante que se expresa cuando el avión aterriza.

En cuanto el aparato comienza a dirigirse al finger y a pesar de las indicaciones de la tripulación: “permanezcan sentados y mantengan los móviles desconectados hasta que el avión haya parado los motores”. Pues no, una insólita inquietud se desata en el pasaje de forma que saltan de sus asientos y se apresuran a llamar con el celular con una premura que huele a desahogo; los del pasillo se ponen de pie y sacan sus bultos de las cabinas hasta quedar totalmente apelotonados como sardinillas en lata entre maletas, mochilas y bebés; los del asiento del medio se levantan doblando el pescuezo en un escorzo que a más de uno le tiene que dar la noche y los de la ventanilla permanecen quietos y resignados a su posición de últimos en huir.

Y es que fobias a parte, eso de volar no tiene nada de normal.

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El «lólo, lolólo…»

24 de junio de 2018 a las 7:31
 

Decía Umbral que el deporte es una estilización de la guerra y no le faltaba razón. En los veranos mundialistas y futboleros es cuando mejor florece el sentimiento patrio de pertenencia a la tribu, llenando los balcones de banderas, las caras de pintura y los bares de parroquianos engullendo cervezas con todo el sentido afán puesto en la pelota. El mundial de fútbol enardece a los pueblos como las batallas de antaño en las que los héroes se fajaban a sable y pistola. El fútbol guarda las esencias de los gladiadores romanos, los demiurgos del Olimpo, los caballeros medievales y las batallas a campo abierto y calzón bajado. Toda la competición es una puesta en escena de un enfrentamiento bélico estilizado: los himnos, las banderas, los héroes, los villanos, el sudor y la sangre, las hinchadas de infantería y el descanso de los guerreros retratado en la prensa rosa. En la pasión del fútbol se traslucen muchas verdades y la historia de toda la nación. En nuestro caso se identifican los rasgos socioculturales más singulares, esos que nos definen como un pueblo individualista y solidario a la vez, defensor y destructor feroz de lo nuestro a partes iguales, capaces de las más gloriosas gestas y las debilidades más miserables. Para nosotros no hay admiración sin crítica ni conformidad sin tacos. Pero lo más significativo de lo que somos nos la da tener un himno sin letra; cuando el resto de los ejércitos futboleros se enardecen mano en pecho con cánticos corales que no son más que marchas militares en su práctica totalidad, nosotros nos agarramos por el cogote y cantamos el «lólo, lolólo, lolólo, loló…» con toda la astucia contenida de quien es pero lo disimula, del que va a dejarlo todo pero no quiere mojarse en nada. Las palabras significan cosas concretas, la música solo evoca y lo hace de forma diferente para cada uno. En la melodía se puede estar de acuerdo, en la letra es más difícil; así que, ¿porqué no sentirnos orgullosos de ser la única selección sin letra en el himno? Además, para canturrear juntos ya tenemos el himno del colegio, el del club, el Miudiño, el Asturias patria querida, Els Segadors, el Viva España y el Clavelitos. El himno de todos solo es el himno de nadie. Confiemos en que ningún iluminado pretenda ponerle letra al himno porque entonces el mundial está perdido sin que empiece a rodar la bola.

«Lólo, lolólo, lolólo, loló…».

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