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La Voz de Galicia
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ESOS PEQUEÑOS CAMBIOS

14 de julio de 2018 a las 20:19

Anuncian por la tele un café con leche instantáneo que se auto calienta si lo agitas, lo publicitan bajo la bondad de una rapidez que  nos ahorra tiempo, pero es todo lo contrario. Cuando aprietas a correr no puedes perder el ritmo y sigues corriendo igual o más; al patinar sobre una fina capa de hielo hay que ir muy rápido porque si te paras te hundes. !Corramos! gritaba Groucho ¿a dónde vamos jefe? decía el otro, no lo sé, pero !corramos!

La molicie del prêt à porter se expande a todos los ámbitos de la vida. En realidad compramos comodidad no tiempo, una comodidad muchas veces falsaria, porque no sabe igual ni tiene la misma temperatura un café con leche calentado en un pocillo que en un microondas y el argumento del tiempo no alcanza los diez segundos, sin embargo, pierde terreno  el pocillo por que hay que lavarlo.

Así de crítico estaba, hasta que caí en la cuenta de que la noche anterior había cenado un bacalao al pil pil  precocinado riquísimo que sólo me entretuvo tres minutos de micro , además, para almorzar había tomado un gazpacho con taquitos de jamón todo de bote y llevaba la semana entera desayunando un bollo de yogurt  de hipermercado.

Me asaltó el pánico y la nostalgia al tomar conciencia de que hacía años que no entretenía un pil pil a muñequilla, que no me hacía gazpachos deliciosos en la thermomix y que nunca me alcanzó la vergüenza como para dejar de engatusar a alguno amigo o amiga repostero para que me hiciera un bollo con un par de huevos de verdad.

Es más sabroso y lo pasaba mejor, son tiempos ganados poder disfrutar  cocinando con calma,  alternando el vino con el acero y la música; pero el mercado y la publicidad nos lo han robado, han conseguido cambiar nuestros ritmos y nos han “pretaporterizado”. Tontos nosotros por dejarnos camelar.

Ahora que me fijo más he descubierto que hay de todo, hasta las técnicas más párbulas de la cocina como picar cebolla, partir una piña en trocitos, limpiar una lechuga o hacerse una tortilla te las dan hechas; me temo que consumirlas  cotidianamente supondrá perder habilidades fundamentales para poder vivir libres, igual que saber coser un botón, lavar a mano o hacerse un café recién molido en una italiana despreciando el  omnipresente aluminio en cápsulas.

Son estos cambios cotidianos los que se introducen en la vida y te  acaban cambiando. Todas las destrezas, todos los circuitos cerebrales esculpidos durante generaciones para alcanzar una habilidad, se  dinamitan cada vez que enciendes un microndas.

Se abren otros mapas cerebrales pero créanme, no tienen nada que ver con el verdadero tesoro.

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VOLANDO

6 de julio de 2018 a las 14:59

Pasé el fin de semana volando, pululando por esos espacios de nadie que son los aeropuertos y que Marc Augé describe como “no lugares”: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”.

En los aeropuertos da la impresión de que todos somos forasteros en un lugar en el que no se puede tener más que una relación efímera o no tenerla, condiciones idóneas de soledad que hacen que las largas esperas en ellos pesen como culpas.

Los aeropuertos son un tuti fruti, una ensalada de caracoles humanos en los que sólo se puede mirar y escuchar, aunque  hoy,  la mayoría de la gente sólo mira el móvil, que es lo mismo que decir que no mira nada. La tecnología está desarrollando espacios antropológicos nuevos y ver a la gente clavada en una pantalla dentro de un aeropuerto es el paradigma de ello.

Estos espacios tienen una atmosfera cosmopolita, apurada y tensa; no tienen ventanas y no tienen un olor característico como las estaciones de tren, de autobús o de metro; las tiendas son espacios descontextualizados -como poner un Zara en una kasbah-; las cafeterías y los restaurantes tienen el sabor de las cosas no elegidas ni deseadas, nadie sueña con volver a comer en un local del aeropuerto, al contrario de lo que ocurre en las cantinas de las estaciones de tren, que siempre son punto de encuentros a deshoras de todo tipo de canalla.

El avión es también un no lugar en el que nadie tiene historia y cualquier relación tiene una fecha de caducidad de horas, no siendo que te ocurra lo que le sucedió en el vuelo de regreso a un argentino que llevaba al lado una mujer joven con un punto zen que, nada más aclarado a quien le tocaba la ventanilla , le largó en un tirón de dos horas toda su historia; así, sin venir a cuento, le contó su vida desde el bucólico lugar de nacimiento en una aldea lucense hasta su conversión al Brasil y la vida sostenible, pasando por amores prohibidos  y desengaños de cartón piedra. En el avión no se puede huir a través del móvil, sólo música, lectura -poca- y sopor, pero siempre en un duerme vela atento y vigilante que se expresa cuando el avión aterriza.

En cuanto el aparato comienza a dirigirse al finger y a pesar de las indicaciones de la tripulación: “permanezcan sentados y mantengan los móviles desconectados hasta que el avión haya parado los motores”. Pues no, una insólita inquietud se desata en el pasaje de forma que saltan de sus asientos y se apresuran a llamar con el celular con una premura que huele a desahogo; los del pasillo se ponen de pie y sacan sus bultos de las cabinas hasta quedar totalmente apelotonados como sardinillas en lata entre maletas, mochilas y bebés; los del asiento del medio se levantan doblando el pescuezo en un escorzo que a más de uno le tiene que dar la noche y los de la ventanilla permanecen quietos y resignados a su posición de últimos en huir.

Y es que fobias a parte, eso de volar no tiene nada de normal.

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El «lólo, lolólo…»

24 de junio de 2018 a las 7:31
 

Decía Umbral que el deporte es una estilización de la guerra y no le faltaba razón. En los veranos mundialistas y futboleros es cuando mejor florece el sentimiento patrio de pertenencia a la tribu, llenando los balcones de banderas, las caras de pintura y los bares de parroquianos engullendo cervezas con todo el sentido afán puesto en la pelota. El mundial de fútbol enardece a los pueblos como las batallas de antaño en las que los héroes se fajaban a sable y pistola. El fútbol guarda las esencias de los gladiadores romanos, los demiurgos del Olimpo, los caballeros medievales y las batallas a campo abierto y calzón bajado. Toda la competición es una puesta en escena de un enfrentamiento bélico estilizado: los himnos, las banderas, los héroes, los villanos, el sudor y la sangre, las hinchadas de infantería y el descanso de los guerreros retratado en la prensa rosa. En la pasión del fútbol se traslucen muchas verdades y la historia de toda la nación. En nuestro caso se identifican los rasgos socioculturales más singulares, esos que nos definen como un pueblo individualista y solidario a la vez, defensor y destructor feroz de lo nuestro a partes iguales, capaces de las más gloriosas gestas y las debilidades más miserables. Para nosotros no hay admiración sin crítica ni conformidad sin tacos. Pero lo más significativo de lo que somos nos la da tener un himno sin letra; cuando el resto de los ejércitos futboleros se enardecen mano en pecho con cánticos corales que no son más que marchas militares en su práctica totalidad, nosotros nos agarramos por el cogote y cantamos el «lólo, lolólo, lolólo, loló…» con toda la astucia contenida de quien es pero lo disimula, del que va a dejarlo todo pero no quiere mojarse en nada. Las palabras significan cosas concretas, la música solo evoca y lo hace de forma diferente para cada uno. En la melodía se puede estar de acuerdo, en la letra es más difícil; así que, ¿porqué no sentirnos orgullosos de ser la única selección sin letra en el himno? Además, para canturrear juntos ya tenemos el himno del colegio, el del club, el Miudiño, el Asturias patria querida, Els Segadors, el Viva España y el Clavelitos. El himno de todos solo es el himno de nadie. Confiemos en que ningún iluminado pretenda ponerle letra al himno porque entonces el mundial está perdido sin que empiece a rodar la bola.

«Lólo, lolólo, lolólo, loló…».

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Aquí nos encontraremos

3 de junio de 2018 a las 13:44

Hay dos signos infalibles de que el peligro acecha: cuando en una fiesta la gente empieza a bailar la conga y cuando los políticos redundan en coletillas. Cuando suenan clarines del tipo «como no podría ser de otra manera», «de lecciones de democracia ustedes a nosotros, nada» o «aquí nos encontraremos». Hay un cierto efecto cardumen en los grupos humanos en el que basta que un pez anodino dé un giro brusco para que todo el cardumen haga lo mismo al instante. En la moción de censura ha pasado algo así, el pez de San Pedro dio un giro rápido y la mayoría del cardumen se fue con el. En un instante se consigue lo que muchos llevaban años intentando, desalojar del territorio dominante al cirrípedo Rajoy y toda su corte de moluscos parduzcos. Cuando el cardumen cambia de dirección se fía ciegamente del pez señal, de modo que puede llevar a todo el pelotón hacia fértiles pastos o directos contra el muro del acuario. Nosotros hacemos algo parecido, en las fases evolutivas de los grupos terapéuticos se da la llamada fase de encantamiento grupal en la que el individuo se identifica plenamente con el grupo, un grupo que acoge todo y todo lo puede. Esta fase evolutiva se acompaña siempre de sentimientos de solidaridad, entusiasmo, fortaleza, amistad… y hay que aprovecharlas porque son los períodos de mayor crecimiento y madurez. En estas fases el grupo se comporta como un cardumen, todo el grupo es un individuo y se mueven a la vez. La señal la dan los «aquí me encontrará, señoría». Es el momento oportuno para sentar en la mesa a Quim Torra y al presidente del Gobierno de España y que comiencen los arreglos antes que los saludos protocolarios del próximo combate. Es una breve pausa que no se puede desaprovechar, es cuestión de meses que se cumpla la profecía auto cumplida del «aquí me va usted a encontrar, señoría», para pasarlo bien o para darnos de bofetadas.

Vivimos a la deriva entre un principio de deseo y otro de realidad, nos agarramos al tablón del deseo como lapas hasta que nos damos cuenta que ese no es, que esa es la realidad, y vuelta a cambiar de tabla una y otra vez. Ahora estamos enganchados al deseo de un cambio y esperemos no habernos equivocado de tabla. El pez Sánchez hace honor a su nombre (piedra), porque es un tipo rocoso, buen fajador, resistente y hasta hace poco teñido de la ingenuidad que tienen los guapos. Buenas cualidades para acudir al encuentro con sus señorías. Suerte.

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APUNTES

25 de mayo de 2018 a las 18:28

Mucha gente me  ha preguntado cuál sería el diagnostico psiquiátrico de “El Procés”,  lo que daría para una tesis doctoral o una  teleserie tan exitosa como “Fariña, con un share garantizado del 47%.

La Teoría General de Sistemas enseña que  los individuos, las familias o cualquier grupo humano se rigen por las mismas leyes a la hora de mantener o corregir su equilibrio, así que podría hacerse un análisis muy elegante y preciso del Procés desde una visión sistémica; descarto sin embargo esta posibilidad porque hay tantas variables en este asunto  que se necesitaría un matemático y un buen sociólogo para poder manejarlas con el rigor necesario.

Desde un punto de vista psicoanalítico resulta muy atrayente interpretar el origen de las conductas de los protagonistas y descubrir las razones ocultas  tras un flequillo, un “ollo virollo” o una lengua zarabeta que seguro que las hay. Pero hay psicoanalistas infinitamente más preclaros y audaces  para hacer un diagnóstico desde esta óptica.

Tampoco me seduce la explicación desde la neurociencia porque el procés no es una alteración de neurotrasmisores o estructuras cerebrales, más bien es al revés.

Así que no me pronuncio sobre el tema pero me da que pensar. Para rumiar psicológicamente el procés la mejor herramienta es echar mano de Karl Jaspers, un psiquiatra y filósofo alemán de finales de siglo, padre de la psicopatología europea.

Jaspers introdujo la necesidad de hacer una distinción temporal a la hora de para poder elaborar  un diagnóstico psicológico correcto. La forma y velocidad de instauración del cuadro, su duración, su tendencia a la progresión, estabilización o remisión, y el estado del sujeto tras la resolución, son datos imprescindibles en toda exploración psiquiátrica correcta.

Distinguió entre fases, desarrollos y procesos en la evolución  de las alteraciones mentales.

Para Jaspers un Desarrollo patológico consiste en una exageración progresiva de rasgos previos de la personalidad del sujeto hasta hacerse patológicos. Su instauración es insidiosa, no siendo fácil precisar el momento de comienzo y presentando un curso lentamente progresivo.  En los desarrollos patológicos la alteración se instaura de forma aislada en la mente, permaneciendo perfectamente conservada todo el resto de la personalidad del sujeto, excepto en lo concerniente a los rasgos que se han hipertrofiado (delirio de perjuicio, supremacismo racial etc.. ).

Un Proceso patológico , en cambio, es un fenómeno psíquico que irrumpe de forma abrupta en la historia del sujeto a partir del cual se produce una transformación permanente de su personalidad condicionando toda su conducta en función de esa alteración.

Teniendo en cuenta estas sutiles distinciones, sería más correcto hablar del “Desenvolupament” catalán que de un Procés.

Para procesos ya tenemos el del PP y el embarazo gemelar de Ireno y Pabla.

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HORMIGAS Y PULGONES

11 de mayo de 2018 a las 19:03

Hace meses comentaba en este Tonel la indignación que me produce el Euromamoneo y es que ,cuanto más datos conozco de estos sátrapas, más me siento como un pulgón al que ordeñan sin compasión ni recato.

Cada hormiga eurodiputado que abastecemos recibe un sueldo neto al mes de 6.200 euros más gastos de representación; para gastos generales disponen de 4.200 a mayores sin necesidad de justificantes y 21.000 euros al mes para gastar en el personal que necesiten  pudiendo contratar a su antojo amigos o familiares.

 

Hay hormigas euromamonas que tienen personal contratado con un sueldo de 1.200 euros al mes -un lujo para los pulgones- y viajan en coche cada semana a Estrasburgo o Bruselas, lo que supone un extra de 300 euros mensuales por compensación del viaje, aunque algunos confiesan que la mayoría de las veces picardean comprando un billete de avión low cost sin decir nada, los muy pillines.

 

Por si fuera poca esta ración de néctar, ahora han aprobado su jubilación a los 50 -con la que está cayendo- con nueve mil euros al mes de vellón vitalicio; algunas hormigas de bajo rango, como un controlador adjunto de protección de datos, tendrá derecho a una pensión de 1.515 euros al mes por dos años de servicio. Muchos pulgones no consiguen eso ni después de cuarenta años de tajo y una oposición a pulso.

Hay un euromamón de 73 años que engulle casi cincomil euros  como comisario europeo de trasportes, a lo que añade la pensión como ex ministro francés, la de ex presidente del Haute Loire, la de alcalde de su pueblo y para mayor vicio le nombraron miembro del Consejo Constitucional. Un pleno al rojo.

Las hormigas vacían nuestras reservas y cada vez nos exigen más néctar para mantener su película del Padrino.

Antes el hormiguero era menos numeroso pero con semejante bonanza han aparecido hormigas jueces, abogados, procuradores, mediadores, controladores y su correspondiente sin fin de hormiguillas rémoras que las acompañan, todas nutridas por los exangües  pulgones europeos. Cada vez son más y nosotros menos, sólo se extinguirán por inanición cuando nosotros nos extingamos de viejos porque no nos da para reproducirnos.

No hay defensa posible, antes si no rendías lo exigido te cortaban una pata o te decapitaban, ahora te esclavizan embargándote la cuenta; cargándote de recargos si no cumples, bajándote el sueldo y subiéndote la edad productiva. Todo es legal y conforme a las leyes que las mismas hormigas dictan.

¿Porqué no las esterilizan?¿Quién permite tanto lujo regalado a costa del pulgón de brega?

Con estos datos se entiende la ansiedad por pillar cacho de euromamón a los desechos de tienta domésticos y a los del Brexit.

No va más.

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EL MAGO (Cuento para estrenar primavera)

7 de mayo de 2018 a las 13:40

Aquí lo tenía todo pero no había nada, así que, como tantos otros vecinos, tuve que emigrar. Mi destino fue Nueva York y cambié la panadería de una aldea mariñana por una oficina de cambio en la cuarta avenida.

De pequeño ya me entretenía haciendo muñecos con pasta de pan como si fuera plastilina y aprendí algunos trucos de magia con migas de borona. Nueva York es muy distinto a mi tierra, pero éramos y somos el suficiente número de gallegos como para formar una tribu numerosa a la que nunca le falta un buen pulpo, unas filloas y cantar un «ailelelo».

Una pequeña cuadrilla de aborígenes solíamos quedar un viernes al mes en un local de Tribeca. Tino Pereira, que andaba de taxista con Ana Kiro de música de fondo (éramos de la misma aldea), un día me dijo: «Te voy a llevar al Madison Square Garden a ver un mago americano que es acojonante, de esos que te gustan a ti».

Aún desde el gallinero el espectáculo fue magnífico y no me faltaron arrestos para bajar a camerinos y solicitar felicitar al mago en persona. Después de una larga esgrima dialéctica en inglés lucense conseguí entrar en el sancta sanctorum del artista.

Emergió de detrás de un biombo como Groucho Marx, echado hacia delante, con la mano tendida y saludando en inglés. Al verlo me quedé pasmado: era idéntico a mí.

-How are you?, I am Manolo Agrelo.

-Spanish?, preguntó

-Yes, from the North of Spain, de Lugo.

-Encantado -respondió-, yo soy Manolo Agrelo, de Xerdiz, una aldea Lugo.

-¿Pero usted no es americano?

-¡Que va!, soy de cerca de Viveiro, pero llevo aquí más de veinte años. Ahora soy Mister Delusion, de Ohio, no me va nada mal.

-Pero entonces tenemos que ser parientes, yo soy de casa Zocas.

-¡Yo también!, contestó.

-Pero ti estas tolo ou qué?, lle dixen.

-O tolo es tí que non me recoñeces.

Sacó una bolsa con migas de pan de borona y se puso a hacer mis viejos trucos con ella; luego se sentó y me contó su vida, que resultó ser la mía. Le escuché y no supe que decir.

Al principio pensé que se trataba de un truco de magia alucinante, luego me quedé en blanco. Le di la mano y salí noqueado del Madison. Tino me estaba esperando con una sonrisa cómplice y me espetó: «¿Qué, cojonudo no?, lástima que sea de Ohio. Ti ben poderías ser un gran mago, Sempre che gustou».

Al llegar a casa me senté en la cama y empecé a manosear el pan de una hamburguesa, se me ocurrieron mil trucos nuevos y descubrí dónde estaba Ohio.

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Nuevos analfabetos

29 de abril de 2018 a las 9:54

Con el advenimiento de la era de Internet y la posibilidad de poder acceder a toda la información de forma instantánea y gratuita, hemos llegado a un punto en que el ser humano se sitúa al borde de un abismo desconocido hasta la fecha: tiene todo el saber a su alcance y ahora si no sabe, es porque no quiere.

Un nuevo Génesis en el que no es un mordisco a la manzana, sino todo el árbol de la sabiduría, lo que tenemos a nuestra disposición y parece que tanto saber, en vez de tentar al hombre y la mujer, los asusta. El pecado original en estos tiempos es la renuncia al saber y la elección de la incultura en todos los ámbitos -político incluido-. La mayoría de la gente no está preparada para este desafío del «atrévete a saber» y prefiere pasar del conocimiento y elegir el pasatiempo.

Teimando estaba en estas cosas cuando recibo un YouTube del Loco de la Colina de hace más de veinte años. Me sorprendió la lucidez de Jesús Quintero al plasmar de forma impecable lo que estaba pensando:

«Siempre hubo analfabetos, pero la incultura y la ignorancia se vivían como vergüenza; nunca hasta ahora hubo gente que se jactara de no tener estudios o no haber leído nunca un puto libro. Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, manejan la tecnología pero no ejercen; cada día son más y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión se hace a su medida, las parrillas compiten entre sí para ofrecer programas pensados para gente que no lee, que no entiende un editorial, que pasa de la cultura y solo quiere que la diviertan o que la distraigan, aunque sea con los crímenes más horrendos o con los más sucios trapos de portera.

El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría. Son socialmente la nueva clase dominante, aunque, siempre serán la clase dominada, precisamente por su analfabetismo elegido y su incultura.

Y así nos va a la minoría que no nos conformamos con eso, a los que aspiramos a un poquito más de solidez, de silencio, de pensamiento o de arte».

El Loco acertó de pleno, la prueba es que él está hoy en la indigencia y Jorge Javier vende su casoplón de luxe por más de dos millones de euros.

De momento las cartas vienen así y -como dice Escohotado- vamos a ver si llegará un día en que la gente dejará de preguntarle al móvil lo que ignora para preguntarle lo que sabe.

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LA ELEGANCIA

14 de abril de 2018 a las 8:18
                                                                         “La elegancia es cuando lo de dentro es más bello que lo de fuera”. (Coco Chanel)

Después de una agradable velada con amigos surgió el tema de la elegancia y allí estuvimos dándole vueltas al asunto; dos días después el ABC y varios diarios digitales hablaban también del tema. Me dio que pensar porqué el inconsciente colectivo y la latencia grupal sacaban este emergente, quizás sea por la chabacanería que inunda todo el entorno. El mundo elegante ha quedado relegado al eslogan un papel de fumar.

La elegancia es un concepto borroso, una tautología tipo: rasgo o conjunto de rasgos que caracterizan a una persona o cosa elegante ¿Pero qué rasgos?

La elegancia no está en el bien vestir ni en los modales palaciegos, no tiene nada que ver con lo sofisticado ni con la suerte genética.

Hay cosas, animales y gentes elegantes de por sí, hay perros palleiros elegantes, mendigos elegantes, ruinas elegantes y hasta difuntos que lo son.

Para el diccionario, elegante es aquello que está dotado de gracia, nobleza y sencillez, pero la elegancia es mucho más que eso y a veces no es nada de eso. La gracia y la sencillez se educan y aprenden y la nobleza se hereda, pero la elegancia que se descose de lo superfluo y se expresa en detalles que nadie elegiría si  pretendiera ser una persona distinguida -elegancia deriva del latín eligere que significa escoger, elegir- esa es la verdadera, a esa elegancia le vale todo porque nada le sobra.

Cuando se piensa en algo elegante se piensa en Audrey Hepburn, en una pantera o en un cuadro de Modigliani, pero hay chicas de la calle, gatos callejeros y dibujos infantiles igual de elegantes o más.

Ese adentro al que se refería  Coco Chanel en el encabezado de esta plática apunta a las emociones, a los rasgos morales que expresan la verdadera elegancia. La humildad y la sencillez son elegantes, la amabilidad, la bondad, la solidaridad, la buena educación y la empatía, se vistan como se vistan, siempre resultan elegantes.

La mentira, la hipocresía, el rencor, la cobardía, la corrupción… por muchos abalorios y ropa de marca que le pongas nunca pueden ser elegantes. Ojo al dato para quienes aspiren a serlo.

Después de muchas vueltas me quedo con la definición de elegancia que me recitó una amiga a la salud de su autor, el erudito colega  J.A. Vallejo Nájera: La elegancia es un bellísimo kimono de seda tintado con colores naturales, que alguien aprieta en una mano y lo lanza al aire hasta caer sobre una bruñida mesa de madera sobre la que se desliza hasta suelo en la oscuridad.

La elegancia es eso: un Koan Zen.

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FEOS

8 de abril de 2018 a las 14:59

“De cerca, nadie es normal”

Caetano Veloso

 

Tarde o temprano tenía que pasar. La exposición mediática y la mirada del pueblo unas veces recelosa, otras envidiosa, castigadora o de admiración, han hecho explotar la imagen de la reina de España, Doña Leticia, que -nos guste o no- figurará en los libros de historia.

Los libros contarán la historia de uno de los últimos Borbones como un pasaje más para la explicación del fin de las monarquías europeas. Dirán que el siglo XXI fue aquel en que los príncipes herederos se emparejaron con mujeres plebeyas, divorciadas, deportistas, modelos, actrices…perdiendo la distancia y las formas de lo que representan, convirtiendo la monarquía en un reality show más para venta y consumo del pueblo.

Leticia cumple todas las condiciones del prototipo actual de mujer de éxito: libre, culta, plebeya, orgullosa, arrogante, hermosa, elegante, tipo Rania de Jordania, Mete Mary, Kate Middleton, Meghan Markle, Máxima de Holanda, Charlene de Mónaco…todas están cortadas por el mismo patrón. Son lo mismo pero no son las mismas.

Leticia es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que la imagen es capital en el mundo simbólico que vive y ha conseguido adaptarla a golpes de bisturí y lectura de prensa de amor, lujo y salud. Lo consiguió y  es capaz de eclipsar en los saraos a la mismísima Melania Trump -la actual emperadora-

Pero por mucho que te adaptes o camufles como el Gato Pardo de Lampedusa, tarde o temprano te acaban viendo el plumero.

 

Leticia tiene criterio propio y es un buen complemento para la imagen de un Rey muy profesional pero un poco hipotenso y momio.

El problema de Leticia es el viejo proverbio de que aunque la mona se vista de seda mona se queda. Leticia no puede dejar de ser también la mano que mueve su marioneta y es normal que a veces el carácter  la desenmascare.

El pueblo gusta de esos gestos tan humanos y normales como romper el protocolo, hacer running, comprar en el mercado o jugar con el perro. Lo que no tolera el pueblo son los gestos feos, aunque también sean normales.

La escena de las conversaciones en la Catedral es tan  fea como habitual en la vida plebeya pero no son admisibles en quienes deben ser ejemplares, mucho menos con una abuela como la Reina Sofia que es de las pocas personas que ha sabido mantener la dignidad en este país.

Esperemos por el bien de todos, que la reina Leticia dedique más tiempo a cuidar sus maneras que a cuidar su físico y el vestuario.

Y  que la princesa Leonor controle sus malos modos y siga el ejemplo de   una Reina de verdad como su abuela.

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