Víctima de un cáncer de huesos, Aicha Mokhtari, una marroquí de 62 años de edad originaria de Oujda, localidad al este del país, fronteriza con Argelia, ha muerto el pasado 15 de agosto ante la indiferencia de las autoridades de Marruecos y Francia. Esta mujer ha pasado sus últimos años de vida inmersa en una doble batalla, contra su propia enfermedad, diagnosticada en marzo de 2007, y contra los servicios consultares franceses de Fez, que una y otra vez han rechazado su demanda de visado para ir a tratarse al Hexágono, donde contaba con el visto bueno del parisino Instituto de Oncología Gustave Roussy para su hospitalización, habiendo sido ya sufragados por anticipado los eventuales los gastos clínicos por uno de los hermanos de Aicha, residente en Francia. Según ha denunciado hasta la saciedad otro de los hermanos de la fallecida, Abdelziz, el impedimento para la obtención del visado habría sido la homonimia de Aicha Mokhtari con una ciudadana argelina que en su momento tuvo problemas con el consulado francés de Orán, un error que las autoridades galas no han reconocido en ningún momento.

Aicha Mokhtari pereció mientras esperaba un visado de Francia víctima de un osteosarcoma de fémur que sólo puede ser tratado en Europa.
Ante la indiferencia de las autoridades, la familia Mokhtari llegó a presentar una demanda ante los tribunales, creyendo en vano que la justicia sería más receptiva que la burocracia a la vida de una persona. Tras 16 meses de lucha, el visado nunca llegó y Aicha no pudo esperar más. Tras una lenta agonía, víctima de su enfermedad y de la pasividad de los responsables franceses y marroquíes, finalmente perdió su otra gran batalla, la del cáncer, un osteosarcoma de fémur que actualmente sólo puede ser tratado en Europa y Estados Unidos. París no dio ningún tipo de respuesta a las demandas e intervenciones de los próximos de Aicha, mostrándose impertérritos ante los artículos de denuncia publicados en Marruecos, así como ante la ola de solidaridad y múltiples iniciativas civiles en pro de la obtención del tan necesario visado. La familia Mokhtari no dudó en llamara a todas las puertas posibles, interpelando entre otros a Fadela Amara, Bernard Kouchner o Brice Hortefeux, algunas de las caras más visibles y mediáticas del gobierno francés. El colofón a esta deriva, la respuesta dada el 17 de junio de 2008 por el propio Nicolás Sarkozy, quien lamentaba responder negativamente a su demanda, ya que “la Presidencia no puede sustituir la decisión de las autoridades consulares, que ya se han pronunciado”.
Junto a la indiferencia francesa, en Marruecos no se obvia la responsabilidad de sus propios gobernantes, esos que, según se lamenta aquí, han demostrado ser mucho más solícitos y eficientes para otras cosas, “Aicha no significaba nada para ellos”, como han invocado algunos de los principales editorialistas del país magrebí y no pocos internautas durante los últimos días. “Esta mujer que procedía de un medio modesto, por lo cual no era nada ante los ojos de nuestras autoridades. Ni miembro de la familia real, ni próxima a esta, ni cortesana, ni potentada económica, ni opositora susceptible de ser recuperada por el Makhzen (el régimen tradicional marroquí), Aicha ha dejado indiferente a este nuestro poder, tan raudo ante otras circunstancias en la que le gusta jugar a los grandes señores. Es inútil recordar que si estos hubieran actuado, los pequeños diplomáticos franceses hubieran acordado enseguida su tan indispensable visado”, destaca el periodista Khalid Jamai en una carta abierta dirigida al embajador de Francia en Marruecos que, bajo el título “La ignominia”, ha sido publicado por el rotativo arabófono Al Jarida Al Oula. “El error fue flagrante y este vino también de la arrogancia, el desprecio y la suficiencia de las autoridades francesas a los indígenas”, concluye Jamai.

Aicha Mokhtari convalenciente en la vivienda familiar de Oujda pocos días antes de su muerte, el pasado 15 de agosto
¿Creía Francia realmente que, en su estado, esta mujer constituía un peligro para la seguridad de su país o que acaso buscaba un visado para instalarse definitivamente en territorio francés? ¿Cómo justificar el rechazo galo ante una mujer cuya única esperanza de permanecer con vida dependía de su hospitalización en el instituto de oncología Gustave Roussy? Es por esto que ahora se han levantado no pocas voces en Marruecos y en Francia para reclamar justicia ante lo que se considera un delito, a saber, la no asistencia a una persona cuya vida corría peligro. En Internet, desde Facebook hasta Twitter pasando por un sinfín de foros y toda la rica y variada blogosfera marroquí, han arreciado las condenas hacia el gobierno de Sarkozy y su política al encuentro de la emigración clandestina y sus múltiples efectos perversos. Asimismo, se arremete contra las autoridades marroquíes en virtud de su “ausencia de compasión por las pequeñas gentes”. A esta ola de solidaridad se ha unido recientemente la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, que ha iniciado una campaña de movilización para que este delito no quede impune y que no puedan volverse a repetir hechos similares.
“Tenga la conciencia tranquila, señor embajador (de Francia en Marruecos), no se trata más que de una tal Aicha Mokhtari, una mujer que para nuestros gobernantes sólo era una bouzabelle (una que busca en la basura), una khorotovski (una currante). Ella no era de la familia de este antiguo consejero del rey que ha pegado impunemente a una policía. No era tampoco esa tía del rey que rajó en público el rostro de una abogada con total impunidad. No era el hijo de aquel gobernador que, completamente borracho durante el mes de ramadán, provocó un accidente mortal y que fue posteriormente liberado por los jueces al ser tachado de ‘desequilibrado’. Tampoco era esa otra tía del rey cuyo marido disparó a un policía que cumplía con su deber en pleno centro de Casablanca”, lanza Khalid Jamai en “La ignominia”. Para éste periodista, “si usted ha actuado con tanta desenvoltura es porque ha sido animado por la inacción de los responsables y gobernantes marroquíes, por su laxismo, por su desprecio hacia sus propios compatriotas. Aicha no era sino un sujeto entre millones de otros sujetos y, por desgracia, no una ciudadana con derechos”.