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¿Quién ha dicho que los finlandeses son tristes?

Escrito por Cristobal Ramírez
29 de marzo de 2018 a las 12:20h

Helsinki. ¡Esto es un hervidero! Las 7.30 de la mañana y hay un centenar de personas desayunando en el Original Sokos Hotel de Helsinki. Gente que no se conoce comparte mesa porque no hay sitio en los comedores, la cola es respetada rigurosamente  para ir cogiendo lo que a uno le apetezca, no se han descubierto restos del supuesto carácter introvertido finlandés y abundan las risas y las conversaciones relajadas no a gritos, pero sin los habituales silencios y la cantidad de cosas a elegir –desde albóndigas a caramelos- que eso, elegir, es algo difícil.

Luego están las camareras. Todas jóvenes y de rasgos faciales muy nórdicos. Estudiantes quizás en este país donde trabaja todo el mundo porque desde pequeños se les enseña la cultura del esfuerzo. Rubias y con cara de respeto (el respeto al otro es la gran máxima finlandesa), cuesta trabajo imaginar cómo serán dentro de 20 o 30 años. Porque muchas mujeres en la cuarentena o más son, sobre todo, descuidadamente voluminosas, o al menos con una clara tendencia a ello. Algo que comparten con el resto de los habitantes de los otros países del área. Por cierto, exactamente igual pasa con los hombres.

Los conceptos estéticos finlandeses y españoles no coinciden, desde luego. Da la impresión de que ellas aquí se cuidan menos que en España, como si les diera igual su aspecto llegada una cierta edad, como si hubiera déficit de coquetería. Cierto que eso pasa también en medios no urbanos de Galicia (y quizás de toda España), pero aquí parece ser general.

Pero concepciones estéticas aparte, viendo el jolgorio en el Original Sokos Hotel nadie pensaría que el finlandés es un pueblo triste.

Finlandia, congelada: yo no me atreví a caminar sobre el hielo

Escrito por Cristobal Ramírez
28 de marzo de 2018 a las 18:41h

 

Desde el Vikingeskibsmuseet de Roskilde: ¡Feliz cumpleaños, futuro!

Escrito por Cristobal Ramírez
12 de marzo de 2018 a las 11:55h


Roskilde.
 En Roskilde hay nieve por todas partes. También hay gente por todas partes. Y unas docenas de niños tirándose en trineo por un gran desnivel de uno de sus parques. Las aceras y viales empedrados están impolutos, y la gente pasea como si el calendario indicara que estamos en primavera. Todo el mundo sale, a comprar o a comer fuera, pero sale y cumple el viejo axioma de que no hay mal tiempo sino mala ropa.

Así que tras vagar un rato y ver un par de lugares interesantes, pasado el mediodía recalo en el café del complejo del museo vikingo, un edificio de madera con esa sencillez elegante que es marca de este país. Me siento al lado de un grupo de una docena de personas. Celebran -no en silencio, pero sin subir el volumen ni siquiera cuando ríen- el 21 cumpleaños de una de las chicas. Hay cuatro adultos, quizás padres o tíos, y el resto es eso, juventud que arranca la veintena. Alegres. Se dan pequeños regalos, un par de botellas igualmente pequeñas, un libro y cosas así, todo muy personal y nada espectacular. La bandera danesa en el medio de la mesa de madera.

Y entonces me doy cuenta: uno de ellos soy yo. O podría ser yo. Tenía esos 21 años cuando llegué por primera vez a Dinamarca, un par de ellos más cuando recalé en Roskilde.

Y es ahora el momento en que ante los ojos aparece el futuro. Que es no mío, sino de esa chica danesa que hoy cumple 21 años. Nunca lo sabrá, pero… ¡Felicidades!

Percipecia a bordo de un autobús sueco

Escrito por Cristobal Ramírez
8 de marzo de 2018 a las 12:16h

Göteborg. ¿Esto es Suecia? Sí, esto es Suecia. Donde también los trenes tienen accidentes, así que el mío, que viene de Copenhague, se ve obligado a parar tres cuartos de hora antes de arribar a Göteborg, su destino.

De manera que unas sesenta personas o quizás algo más bajamos sin que nadie dirija ni oriente nada. La megafonía del tren había advertido del cambio y había comunicado que el viaje continuaría en autobús.

Así que, ateridos, nos metimos en el bar de la estación -que también es de autobuses- de Kungsbacka, mirando las próximas salidas. Y de repente se desata la carrera porque alguien ha visto un único bus a 200 ó 300 metros. Y ha visto bien: uno, solo uno, de manera que quien puede se sienta y el resto vamos o sentados en los escalones o de pie como sardinas en lata, que ese es mi destino.

Para más inri se trata de un autobús urbano, así que olvídese uno de colocar maletas o mochilas en el altillo: hay que llevarlas encima o bien debajo de los pies, con el trastorno y follón que resulta fácil de imaginar. Cabe la duda, disipada minutos después, de que nos lleve a dos o tres autobuses como Dios manda, porque este tendrá mucha potencia, pero velocidad, ninguna.

Y como nunca vienen solas, el conductor no únicamente es un mal encarado indignado (¿qué le habré hecho yo?) sino que tiene prisa y conduce a tirones, dando mil y una vueltas para ir a cuanta estación intermedia aparezca, aunque no se baje ni suba nadie.

Cuando ya hemos perdido cualquier recato educado, respetuoso y amoroso y vamos apretados sin consideración alguna entramos en la autopista. Llevamos media hora con el complejo de ser refugiados que escapamos a todo correr de una zona de guerra mientras los tiros y las bombas no cesan. Allí uno de los dos bebés advierte que no aguanta más y rompe a llorar y a gritar, ignorante él sin duda de que por la autopista sólo vamos a circular -rugen los motores, vamos a 80 por hora- no mas de cinco minutos.

En el extrarradio de Göteborg empieza a bajarse el personal y logro sentarme tras recomponer el cuerpo. Al fin llegamos.

Eso sí, nadie ha dicho nada. Ni la mínima protesta o simple comentario. Ni la menor muestra de desagrado, enfado o disconformidad. Esto es Suecia y ellos son suecos.

 

Recuerdos de Lund desde el tren

Escrito por Cristobal Ramírez
7 de marzo de 2018 a las 9:05h

Lund, en el tren de Copenhague a Göteborg. Y de repente el tren sale del enorme puente y entra en la Suecia nevada, mientras pienso que de buena me he librado al no alquilar un coche para ir a Göteborg porque en las carreteras hay hielo. Al tren sube un policía joven equipado como para la guerra de las galaxias: control de pasaportes, aunque cierto es que sería un poco raro que en este tren se hayan subido inmigrantes ilegales. Fuera debe hacer un frío de rayos porque la revisora, que ha salido a fumar, regresa tiritando a pesar de su chaquetón.

Es difícil no sentir emoción al entrar en Suecia. Este fue mi destino primigenio cuando el 5 de julio de 1973 decidí salir al mundo. Luego he vuelto una decena de veces o quizás algo más. Y siempre aflora mi agradecimiento al país aunque mas, mucho más, en casa cuando piso suelo danés. Aquí hice mis primeras amistades abiertas: Birthe, Agne, Björn y otros cuyos nombres se han perdido en mi no-memoria.

Así que le tengo un respeto a este país de gente cerrada en sí misma, que con trabajo y esfuerzo han pasado de ser los más obres de Europa al puesto de honor de la riqueza. Respetar es aquí el verbo de uso nacional. Se respeta al otro, ero también a la naturaleza. Aunque la excesiva inmigración aceptada con más voluntad que control haya causado no sólo problemas sino una brecha en el sentimiento nacional.

Y volví a Lund, aunque no me bajara del tren. Y vi las inequívocas torres de la catedral mientras atisbaba la entrada a Stora Fiskaregatan, en cuyo número 10 pasé del 12 de julio al 17 de agosto de 1973 en la casta compañía de Birthe. Y todos los recuerdos vienen de golpe a la mente.

Copenhague, con frío y en el hotel Wake Up con malas recepcionistas

Escrito por Cristobal Ramírez
5 de marzo de 2018 a las 18:14h

Copenhague. Hace un frío terrible en Copenhague. Con un poco de suerte parece ser que llegaremos a los 6 grados bajo cero. De temperatura máxima, por supuesto. Todo el mundo lleva la cabeza tapada, casi todo el mundo lleva guantes y la mitad de la población sale a desafiar el viento congelador sin abrigo y solo con una ajustada chaqueta.

Así que el personal busca los cafés, acogedores, con velas. No muy caros. Yo me he refugiado en el Mo Joe, en un chaflán que me permite ver al fondo Nyhavn, donde los restaurantes tienen mesas fuera como si estuviéramos en primavera.

En realidad iba a ir al hotel, al Wake Up (el de Borgergade, no el otro), con su diseño moderno y rompedor, su habitación funcional tan minimalista que carece de armario o estante alguno. Es, en suma, un hotel para estar uno o dos días, no más.

Eso sí, rece el cliente para que no están en recepción las dos mujeres jóvenes escasamente agradables e ignorantes del concepto de profesionalidad que me tocaron a mí ayer. Y que para mi desgracia también estaban al pie del cañón esta mañana.

En Helsinki no veo servicios públicos

Escrito por Cristobal Ramírez
22 de enero de 2018 a las 19:14h

Helsinki. Hay reencuentros formales y hay reencuentros afectivos. De estos últimos ha sido el que tuve hoy con una amiga afincada aquí en Finlandia que no ha pedido su buen humor.

La conocí hace 8 o 9 años con motivo de mi primera visita, y desde entonces no he perdido el contacto con ella. Es guía turística, algo en lo que parece que no le va nada mal.

Así que de su mano di una vuelta por el centro de Helsinki, tres horas en las cuales aprendí algo más no sólo de la ciudad sino –lo que es más importante para mí- de sus habitantes, de su carácter. Y tras despedirnos me surgen las preguntas que lamento no haberle hecho.

Por ejemplo, ¿por qué no instalan unos servicios públicos para los turistas? Puede parecer hasta una broma con toque escatológico, pero ¿qué hacer con un grupo de 30 personas cuando, como todo el mundo, tienen más o menos al alimón sus necesidades fisiológicas? ¿Meterlos a todos en una biblioteca y que guarden cola? ¿En un café? Porque, en efecto, en nuestro largo paseo no vemos ninguna posibilidad… excepto que a 7 grados bajo cero que marca el termómetro nos animemos tras los arbustos o setos de algún parque.

Kastrup crece… y bien

Escrito por Cristobal Ramírez
21 de enero de 2018 a las 17:14h

Kastrup. El aeropuerto de Copenhague, Kastrup, ha crecido. No reconozco la zona en la que me vomita el avión de Iberia Express, donde logré encajar mis piernas entre mi asiento y el de enfrente rozando el milagro. Pero como una de las azafatas es de ordeno y mando, mejor no protestar.

Cuando alcanzo la zona vieja, la de siempre, con su (carísima) tienda de Lego, tengo la sensación de volver a un trozo de mi casa.

Se ha alargado, y mucho, la zona de tiendas. Es en realidad una calle comercial con oferta muy variada tanto en lo que ponen a disposición del cliente como en el precio. A diferencia de Heathrow 3, donde sólo son para ricos, aquí se pueden comprar maravillas de George Jensen o postales. Ese –y el diseño- es su éxito.

Pero lo formidable es la sala que han habilitado para los que estamos en tránsito. Uno entra allí y entra en otro mundo. Cambia el ritmo. No hay ruido. No hay cafés ni nada. Mesas individuales. Un gran mostrador con personal para solventar dudas.

En realidad es un patio muy alto donde algunos arbustos y árboles ponen una nota natural. Es, con su gran luminosidad, un claro en la jungla.

Ourense olvida el turismo de calidad

Escrito por Cristobal Ramírez
15 de enero de 2018 a las 19:16h

Ourense. La ruta de San Rosendo es un filón de oro que todavía tiene Galicia por explotar. Es una iniciativa del Gobierno central, que es el que ha creado esa ruta y la ha dejado impecable. Historia, mucha historia, y naturaleza, mucha naturaleza sin apenas contaminación estética porque Ourense es una provincia despoblada. Por eso duele más encontrarse en pleno centro de Ourense capital uno de los paneles de ese itinerario en el lamentable estado que muestra la foto.

 

¿Dónde es este castro?

Escrito por Cristobal Ramírez
12 de enero de 2018 a las 18:56h

Red Natura del río Tambre. Entre los miles de papeles de mi trastero que voy ordenando poco a poco desde hace 15 años me he encontrado esta foto que debe datar de entre 1980 y 1985. No recuerdo haberla hecho yo, ni quién me la ha dado. Con gran probabilidad es de la comarca de Ferrol, entendiendo esta hasta As Pontes de García Rodríguez y aledaños. Es un castro, lógicamente. Pero ni idea de nada más. Quizás alguien pueda echarme una mano.

Os Migueliños, una prueba que la calidad no es ajena al turismo rural gallego

Escrito por Cristobal Ramírez
9 de enero de 2018 a las 18:59h

Catoira. Publiqué el martes 26 de diciembre casi una página sobre una casa de turismo rural que se llama Os Migueliños. Está en Catoira (Pontevedra), y es grande, luminosa y de esas que mejoran con el tiempo. Había publicado una crónica de mi primer viaje hasta allí hace unos cuantos años, tantos que no puedo recordarlo. Tampoco me acordaba del nombre de la propietaria, Berta, pero sí de su amabilidad, que sigue in crescendo. De la casa -impecable, muy bien cuidada y mejorada ornamentalmente- yo destacaría no sólo su comodidad sino su excelente situación: a media hora de Santiago, a otro tanto de Pontevedra y en plena ría de Arousa. Además, Catoira es un sitio tranquilo comunicado por tren con Compostela y con Vigo. Os Migueliños es, en suma, un ejemplo de cómo se pueden hacer las cosas bien. Lástima que los entornos en Galicia no estén tan bien cuidados como aquí.

 

Magnífico reportaje histórico-fotográfico sobre las cabalgatas de Reyes en Madrid

Escrito por Cristobal Ramírez
4 de enero de 2018 a las 12:30h

Para leerlo, pincha aquí.

 

Ourense ofrece una estupenda y única exposición sobre los suevos

Escrito por Cristobal Ramírez
2 de enero de 2018 a las 17:42h

Ourense. A Galicia llegan tesoros y a veces ni nos enteramos. Y me da la impresión de que eso es lo que está sucediendo ahora mismo con la magnífica exposición In tempore sueborum. O sea, sobre los suevos.

Está en Ourense, ahora excepcionalmente bien comunicada por tren con Santiago y A Coruña, y ocupa tres locales: un centro cultural, una iglesia y un museo. 250 piezas traídas de media Europa con algunas asombrosas como los calderos o los collares de oro, que demuestran el muy alto nivel que alcanzaron sus artesanos en general y sus orfebres en particular de aquel pueblo que nos invadió.

La concepción de la muestra es muy didáctica, de manera que hasta la chavalada de 8 ó 10 años en adelante va a encontrar algo de su interés. A ello hay que sumar el acierto de tener objetos de recuerdo (lo que se llama merchandising) y un estupendo catálogo de 20 euros que interesará, claro, a los entendidos.

Puestos a buscarle la cruz, en el museo se expone un diaporama francamente mejorable: la letra, pequeña y en amarillo dominante, no sólo ofende la vista sino que no hay quien sea capaz de leer lo que dice. Pero lo peor es un vídeo que pasa en bucle en un rincón muy coqueto y que se centra en las manifestaciones de una (supuesta) experta británica, que de manera agresiva y soez pontifica urbi et orbi.

Si In tempore sueborum, una exposición centrada en nosotros mismos porque todos somos suevos, llega a haber elegido Madrid, ya estábamos todos allá haciendo cola para entrar aunque fuera pagando. Y aquí es gratis.

 

 

 

O Segredo dos Melhores Vinhos: olvídese de comprar en A Fortaleça

Escrito por Cristobal Ramírez
28 de diciembre de 2017 a las 17:10h

Valença do Minho. Fue mi colega José Font quien me preguntó en qué establecimiento de Portugal iba a comprar un poco de vino para llevarle a mi mujer. Le contesté que en uno que hay en A Fortaleça, arriba, me habían dado gato por liebre en dos ocasiones con el vinho verde, y sin dudarlo me recomendó O Segredo dos Melhores Vinhos, abajo, antes de emprender la cuesta según se llega desde el viejo y centenario puente de hierro.

Un sitio excelente tanto estéticamente como en la cantidad y calidad de los vinos que tienen. Por supuesto, hay joyas y cuestan como tales, pero los hay de poco más de tres euros. Eso sí, los niños mejor dejarlos fuera porque el estropicio es una tentación. Y no hay que ir con prisas.

Gracias por el consejo, José Font.

Esta es la Galicia que no quiero

Escrito por Cristobal Ramírez
14 de diciembre de 2017 a las 18:43h

Caldas de Reis. En pleno Camino Portugués, justo antes de tener que cruzar la carretera nacional a la altura de Carracedo. ¿De verdad que sólo sabemos colgar los cables encima de un cruceiro?

 

Paseando (con frío) por Vindolanda

Escrito por Cristobal Ramírez
11 de diciembre de 2017 a las 16:28h

Vindolanda. Tenía muchas ganas de venir aquí. Ignoraba que el frío resulta aterrador para ir paseando despacio y admirar y poder interpretar esos muros. Pero la experiencia vale la pena. Es un lugar impresionante. O sea, que impresiona. Se llama Vindolanda, y es una aldea y un campamento fortificado (en la foto yo estoy ante uno de los muros exteriores de este último) en la retaguardia de la Muralla de Adriano, en el norte de Inglaterra y muy cerca de Escocia.

Los ingleses hacen bien las cosas. Buena señalización, gran aparcamiento, entrada muy cara que se paga con gusto, excavación impecable, reconstrucción en madera de una parte, reconstrucción de diversos edificios en otro lado, un café para tomar algo caliente o comer en plan británico, por supuesto una gran tienda de la que nadie sale sin aflojar el bolsillo. La entrada, muy cara, pero ya se sabe que las cosas gratis sólo las dan en los países latinos, esos que luego se quejan de que los de la Europa del norte son como son…

En Vindolanda hay trabajo arqueológico mínimo para cien años trabajando al ritmo actual; o sea, desde primavera a septiembre. Algunos duplican ese período de tiempo. Y vaya si le sacan rendimiento. Aprendamos.

Pimientos “al” Padrón… ¡en Durham!

Escrito por Cristobal Ramírez
29 de noviembre de 2017 a las 13:08h

Durham. ¡Menuda sorpresa! Keith y Penny me han llevado a comer a un local español. Un camarero boliviano que es un crack y no para de hacer bromas, otro catalán. Una carta muy extensa sólo de tapas. Y por ahí aparece, en pleno noviembre, pimientos al Padrón. O sea, que no tienen ni idea de qué se trata. Piensan que es una manera de preparar los pimientos (los traen poco fritos), y desde luego ignoran que en noviembre no hay pimientos de Padrón. De bebida, Estrella de Galicia (¡eso sí que es una sorpresa!).

Por cierto, la decena de pimientos… no picaron.

Encuentro una vieja postal de Vigo…en Durham (y además casi regalada)

Escrito por Cristobal Ramírez
26 de noviembre de 2017 a las 12:04h

Durham. Me llama la atención que los fines de semana el Ayuntamiento de Durham se convierta en punto de confluencia de algo, lo que sea, una asamblea de una asociación, una reunión variopinta, el lugar de encuentro de unos excursionistas o, como es el caso ahora, de vendedores de sellos y de postales.

Los sellos me interesaron en dos etapas de mi vida, y si tuviera tiempo no me desagradaría continuar con la colección. Y tengo un aceptable grupo de postales viejas. De manera que, como yo iba a una reunión, tuve muy poco tiempo para mirar postales. Pillé una del puerto de Vigo de hace más de un siglo que no la he visto en ninguna parte.

Pero lo que me asombró fue el precio: ¡dos libras! O sea, un poco más de dos euros. Por menos de doce o quince no se puede conseguir una semejante en Galicia, y si es tan escasa como pienso, vaya usted pensando en subir a los treinta.

Claro está que en Inglaterra existe una inveterada afición al coleccionismo. Y eso, claro, no encarece los precios: los abarata.

 

Durham: festival Lumiere

Escrito por Cristobal Ramírez
25 de noviembre de 2017 a las 12:40h

Durham. Ha sido de casualidad, que por cierto venía con su parte negativa porque tuve que ir a un hotel muy alejado del centro de Durham. Pero he disfrutado de la oportunidad de ser uno más en el festival Lumiere, que se celebra cada dos años en esa localidad del noreste de Inglaterra. No es algo muy espectacular excepto las campanas de la catedral y las luces iluminando de manera sincronizada, pero sí muy agradable.

Me llamó la atención que la península en la que se alza el casco viejo fuera cerrada no sólo al tráfico, claro está, sino a los peatones que no teníamos la correspondiente entrada. Mi imagino yo que en Santiago cerremos el paso al personal que no haya abierto antes la cartera. Allí no hubo ninguna protesta.

Claro, el primer día aprendí, porque encima se habían agotado las entradas. Como la restricción está en vigor de 4.30 a 7.30, a las 4 ya andaba yo por el centro de la ciudad acompañando a otros miles de personas, de manera que cuando se instalaron las barreras nos encontrábamos en el interior, viendo como entre esa saturación de personas se abrían paso algunos con perros… que llevaban encima adornos de luces.

En realidad, en zonas tan frías -hay que abrigarse muy mucho porque el termómetro marcaba 5º y bajando- festivales como este son disculpas para entablar o cuidar relaciones sociales. Todo el mundo sale, se saluda en ese tono bajo que se saludan los ingleses -nadie alzó la voz para nada-, por supuesto no se ve ni un mililitro de alcohol ni a jóvenes ni a mayores (todos ignoran lo que es el botellón, y evidentemente esta gente no cree que el alcohol barato forme parte del catálogo de los derechos humanos, como se piensa en España) y el suelo brillaba impoluto.

Una experiencia.

Rohan

Escrito por Cristobal Ramírez
21 de noviembre de 2017 a las 16:58h

Aeropuerto de Heathrow. Vueling me ha fastidiado. Hasta hace unos meses tenía un vuelo Santiago-Barcelona-Newcastle. Así que sobre las 9 salía nwede Lavacolla y a las 3 de la tarde (hora española) estaba en Newcastle. Una gozada. Y encima era barato. ¿Qué más se podía pedir? Las cuatro veces que subí a esos aviones iban repletos. Y de repente Vueling suprimió el Barcelona-Newcastle. Así que la alternativa es dormir en las proximidades del enorme aeropuerto londinense, a ser posible de una manera barata.

Y recalo en un Premier Inn (una cadena que recomiendo) fastuoso. Compruebo que no me he equivocado, porque el precio era muy asequible, y esto de disponer de una calle interior con un café y unas tiendas me parece de lujo.

Lo mejor fue la cena con mi hija, Ana. La cena en sí y el trato. Nos atendió un camarero de origen asiático llamado Rohan. Un profesional como la copa de un pino. Da gusto encontrarse gente así. Uno llega cansado, con cosas que hacer, alguna llamada, intenta comer algo aunque sea de prisa y se encuentra a un camarero que convierte esa cena rutinaria en algo muy agradable. Dan ganas de quedarse ahí. Gracias, Rohan.