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Entradas para la categoría ‘Suecia’

Si va a la ciudad sueca de Göteborg pare en el hotel Poseidon

martes, abril 10th, 2018

 

Göteborg. El hotel Poseidón, en Goteborg, ha sido todo un descubrimiento gracias a Lena, que me lo propuso. Es un tres estrellas, así que no se puede esperar lujo, pero ofrece más que eso. Y a ello contribuye, y mucho, Nina en recepción, una muchacha encantadora, de esas que a golpe de sonrisa, sencillez y profesionalidad ya le hacen sentir a uno que entra en un sitio peculiar, con personalidad, distinto a cualquier otro.

El hotel tiene sus años, y la incorporación de elementos propios de los tiempos -ascensor o tarjeta llave- no ha cambiado esa atmósfera de establecimiento familiar alejado de los influjos por lo general negativos de la masificación. Habitaciones grandes y luminosas ayudan, claro que ayudan, y todo el conjunto hace olvidar el armario ciertamente pequeño.

Unas palabras para la sala de desayuno, a nivel de suelo: parece la cocina de casa, pero en grande y sin duda mejor surtida (excepto cucharillas, que no encuentro por ningún lado).

Pero todo eso sería contenido sin alma. El alma la pone ese encanto llamado Nina.

Recuerdos de Lund desde el tren

miércoles, marzo 7th, 2018

Lund, en el tren de Copenhague a Göteborg. Y de repente el tren sale del enorme puente y entra en la Suecia nevada, mientras pienso que de buena me he librado al no alquilar un coche para ir a Göteborg porque en las carreteras hay hielo. Al tren sube un policía joven equipado como para la guerra de las galaxias: control de pasaportes, aunque cierto es que sería un poco raro que en este tren se hayan subido inmigrantes ilegales. Fuera debe hacer un frío de rayos porque la revisora, que ha salido a fumar, regresa tiritando a pesar de su chaquetón.

Es difícil no sentir emoción al entrar en Suecia. Este fue mi destino primigenio cuando el 5 de julio de 1973 decidí salir al mundo. Luego he vuelto una decena de veces o quizás algo más. Y siempre aflora mi agradecimiento al país aunque mas, mucho más, en casa cuando piso suelo danés. Aquí hice mis primeras amistades abiertas: Birthe, Agne, Björn y otros cuyos nombres se han perdido en mi no-memoria.

Así que le tengo un respeto a este país de gente cerrada en sí misma, que con trabajo y esfuerzo han pasado de ser los más obres de Europa al puesto de honor de la riqueza. Respetar es aquí el verbo de uso nacional. Se respeta al otro, ero también a la naturaleza. Aunque la excesiva inmigración aceptada con más voluntad que control haya causado no sólo problemas sino una brecha en el sentimiento nacional.

Y volví a Lund, aunque no me bajara del tren. Y vi las inequívocas torres de la catedral mientras atisbaba la entrada a Stora Fiskaregatan, en cuyo número 10 pasé del 12 de julio al 17 de agosto de 1973 en la casta compañía de Birthe. Y todos los recuerdos vienen de golpe a la mente.

En los nórdicos se come de maravilla

viernes, marzo 20th, 2015

Red Natura del río Tambre. A mí me hacen mucha gracia los estereotipos del norte de Europa. Antes eran las suecas carnalmente excepcionales -estuve una docena de veces allá y juro que no vi ni una-, y ahora, desinhibidos de los Pirineos para abajo, el tema de conversación es la gastronomía. Resulta que dicen que parece que cuentan que por aquellos pagos se come mal. Pues no. Y desde luego, si no se miran los precios, se come de maravilla.

Un recurso muy utilizado es el smorrebrod (en danés) o smörgasbord (en sueco), de smörgås (sandwich) y bord (mesa). Sus orígenes, en el XIV, pero su popularización es mucho más reciente, ya bien entrado el siglo XX. Hay diferencias según los países, pero en el fondo es más o menos lo mismo. Y muy barato.

Adiós a Birthe Paulsen

miércoles, septiembre 26th, 2012

Red Natura del río Tambre. Birthe Paulsen se ha marchado, y con ella Lena. A estas alturas debe de estar despertando en su casa cercana a Oslo. Conocí a Birthe Paulsen en 1973, cuando un español me robó en Suecia todo mi dinero y emprendí el regreso a casa en autostop y con más pelo en la cabeza que el que tengo ahora. Ella y Agnetta Salomonson, Agge, me cogieron y me llevaron a su casa alquilada por habitaciones en Lund. Y allí me quedé, castamente, con Birthe durante cinco semanas, en su minúsculo cuarto de 1,60 de ancho y poco más de largo.

Yo jamás olvido. Ni para bien ni para mal. De modo que, tanto tiempo después, Birthe sabía que tenía abierta la puerta de mi casa. De modo que se vino… ¡a hacer el Camino de Santiago desde O Cebreiro y a conocer luego Fisterra! Leyó, se documentó y caminó con sol y con las tremendas lluvias del domingo. Ella fue quien me confirmó que la gente sigue siendo muy solidaria a lo largo del Camino, que kilómetros enteros de la Ruta están sin limpiar (“La culpa es de los peregrinos, que tiran plásticos”, me dijo) y que, en efecto, la Ruta transforma a todos, a ella también.

Ayer cogió un avión a Madrid-Londres-Oslo y luego un tren o autobús hasta casa. Antes nos despedimos de manera tan sencilla que parece que nos volveremos a ver mañana. Antes, también, me comunicó que Agge murió hace dos años, de repente, y sentí que con ella se iba un trozo de mi juventud, esa juventud idealizada en mi primer viaje solo que acabó siendo una gran vuelta a Europa y donde me pasó (casi) de todo, incluido el estar detenido ocho horas en Estocolmo.

Y cuando veía a la alta, muy alta, Birthe Paulsen, alejarse por el aeropuerto de Lavacolla adelante pensaba que ya empiezan a notarse los años, que otros no hay llegado hasta aquí, que quizás haya sido la última vez que nos vemos. Pero no quería dejar pasar la oportunidad de agradecerle su fiel amistad, my crazy Swedish friend. Desde hace 39 años, nada menos. Muchos matrimonios no duran tanto.

Lluvia en Tenby. Ystad, sin webcam

sábado, octubre 29th, 2011

Red Natura del río Tambre. Magnífico día a las orillas del río. Lástima que lleve todo el día dándole a la tecla. En el descanso de hace unos minutos aproveché para ver la webcam de Tenby, maravilla de sitio que hoy sufre vientos y lluvia, y de Ystad, la localidad que Henning Mankell situó en el mapa con su colección de novelas con el detective Kurt Wallander como protagonista. Y sorpresa, la de este último sitio está estropeada. Se ve una imagen fija. El tiempo se ha detenido en Ystad. Y me dan ganas de ir para allá.

Ikea A Coruña y el turismo

viernes, agosto 13th, 2010

Ikea A Coruña. Uno tiende a pensar en el turismo de manera clásica: o sea, con el cliché -aunque muy modulado- de sol y playa que nos han metido en los sesos. O sea, que turismo es viajar a un lugar donde no se hace nada. ¡Pues menos mal que está Ikea para dar toques de atención!

Así que como no nos hace falta absolutamente nada en casa, ni sitio que hay para ello, Coro, Martín y yo nos llegamos a Ikea pensando, incautos, que la crisis habría desmoralizado al personal. Llegar desde H&M de Dolce Vita (parada obligada, a pesar de que el centro comercial era un muermo) hasta Ikea requirió jugarse el tipo por el arcén de la carretera de cuatro y a veces seis carriles: ni una pasarla, ni aceras, ni nada. Y así casi un kilómetro con una tensión escasamente sana. Y una vez sanos y salvos aquí, en Ikea, la sorpresa: como el día no está de playa por estos lares, esto está petado. Tanto que Coro esperó 23 minutos en la cola del autoservicio… ¡a la una y media! A las tres menos cuarto la cola se había más que duplicado. Un buen grupo de portugueses y guiris pijos del centro de España (una rara concentración, la verdad) conformaban el grueso del pelotón.

¿La conclusión? Que hay una nueva manera de entender el turismo. Ikea es la prueba: toda esa gente nos estamos moviendo y estamos gastando. ¿Es turismo o no?

Comida sueca en Fjäderholmarna

domingo, junio 21st, 2009

 

 

Copenhague. Mi amigo y excelente gurmet Telmo Rodríguez, bloguero él y tertuliano gastronómico en una emisora de radio, se ha leído un post anterior y me ha mandado un sms acusándome poco menos que de tongo porque no he escrito ni una línea justo de lo que a él le interesa: la papancia, qué he comido en la maravillosa isla de Fjäderholmarna, en el archipiélago de Estocolmo. Así que habrá que hacerle un poco de caso por aquello de que no procede romper las amistades por tan poca cosa.

A la hora de comer me refugié en el Rökeriet, un conjunto de tinglados de pescadores astutamente recuperados para la hostelería, sin aditivos que llamen demasiado la atención. Saben que son, sobre todo, un sitio turístico, y la amabilidad rebosa tanto como la jarra de agua que colocan automáticamente en la mesa. Y ni frío fuera ni nada: el agua rebosa porque le han puesto hielo, inveterada costumbre sueca.

Venden como la gran cosa sus gambas ahumadas. Y son eso: gambas cocidas, lógicamente frías, y ahumadas, acompañas de salsa ali-oli. Pero entra la fama que le ponen, los tres tipos de pan con mantequilla que llegan al mismo tiempo que el agua y que no cobran aparte, y la cuidada presentación parece un plato de sobresaliente cuando en cualquier lugar de la costa gallega podía ser vulgar.

Ese fue mi primer plato. De segundo, salmón también ahumado, servido en lonchas gruesas, con patatas tempranas cocidas y salsa de nata amarga. Otra nota muy alta. Pasé de postre, y el café ni probarlo.

Queda el precio: igual que en España, excepto las cervezas, pero ya se sabe que en Suecia el alcohol no es barato. Pero en fin, también son las primeras que me meto en el bandullo en estos cuatro o cinco días.

Viendo amigos en Copenhague

viernes, junio 19th, 2009

Copenhague. Veinticuatro horas de relaciones humanas. Al llegar al aeropuerto de Copenhague me estaban esperando la hispanista Grethe Christensen y su marido, Ole Kjellerup, y lo hacían a la manera danesa: cada uno agitando con alegre energía una bandera española y una dannebrog, la enseña danesa tan querida en todo el país, así que la multitud se enteró de que plantaba allí sus reales un español. Claro que nadie me prestó la menor atención: quien más y quien menos hacía ondear la bandera propia y, si procedía, alguna otra esperando a amigos y familiares.

Así que con Ole y Grethe conocí Dragor, un pueblo costero cercano a la capital y otrora de pescadores, y en el cual, como se suele decir, hace un par de siglos que se detuvo el tiempo. Una cerveza de tres cuartos de litro y de potentes efectos diuréticos sirvió para ratificar la alegría del encuentro.

Al día siguiente, hotel Nyhavn 71 por medio que parece que ha empezado una etapa de decadencia, comida a cuatro con Ana Amargós, su marido Henning Petersen y Ana María, la responsable de que nuestra embajada se haya convertido en los últimos años en una máquina de organizar acto tras acto para los profesores de español en Dinamarca, que pasan de los 700. El lugar de la comida es el Kanalkafeen, un descubrimiento de los Petersen y un magnífico lugar danés-danés, donde el único guiri es el que suscribe. Los Petersen, personas acogedoras donde las haya, son la ilusión en persona para sacar ideas. Después de su gran éxito con Spaniolerne (la historia de los españoles enviados a la fuerza a Dinamarca por Napoleón y su posterior huida a casa a luchar contra el gabacho), les queda el regusto nada dulce de que en España nadie hubiera subvencionado una exposición que ya había mostrado el camino del éxito en cinco museos daneses. Y ahora están intentando que algún organismo financia la traducción del excelente libro publicado al respecto en danés y que un organismo oficial español se comprometió a publicar.

Con la otra Ana, la de la embajada, de Ponteareas ella, la sobremesa se prolonga con un té y en una charla tan animada que sin darme cuenta el reloj llega a las seis y media. O sea, la hora de cenar. Es de esas profesionales que no sé si sabe algo de lo divino, pero de lo humano, de lo suyo, vaya que sí. Criterio, conocimiento y una cierta dosis de valor junto con capacidad de análisis la han convertido en un referente del español tanto aquí como en Noruega.

Y, por suerte, ha lucido el sol. ¿Qué más se puede pedir?

El Vasa Museet o cómo poner al visitante la piel de gallina

jueves, junio 18th, 2009

Estocolmo. Oscura. Así es la entrada al Vasa Museet. Cierto que el día tira con fuerza al gris, pero aún contando con ello el contraste es fuerte y los ojos tiene que acostumbrarse. Y cuando lo hacen mandan tal señal al cerebro que el susto semeja inevitable: el Vasa reconstruido es lo más parecido a un tremendo dinosaurio que uno imaginarse pueda. Enorme. Y con luces suaves e indirectas que le confieren un aspecto fiero y amedrentador. Los seres humanos parece que pululan a su alrededor, miniaturas insignificantes.
El museo ha sido concebido como un cofre que encierra un tesoro con, claro está, su restaurante y su tienda de recuerdos muy bien surtida. ¿Sólo eso? No, porque en los seis niveles a que puede acceder el público esperan mil y una sorpresas distribuidas con una cierta anarquía bien estudiada, así que uno, en realidad, no sabe con qué se va a encontrar. Quizás con la reproducción de la claustrofóbica cubierta de cañones, quizás con la reproducción -¡magnífica!- de la cabeza de algunos tripulantes del Vasa, quizás con piezas de vajilla o ropas recuperadas del barco… Y si la aventura no es lo de uno, constantemente parten visitas organizadas gratis y en varios idiomas (entre ellos, español) con guías chaquetas-rojas armadas de labia… y potente linterna.
Y todo ello, dedicado a un terrible barco que se hizo a la vela en su primera travesía y a los 1.500 metros se hundió en el puerto de Estocolmo el 10 de agosto de 1628. Una vergüenza convertida en gran recurso cultural nacional.

Pilotos, azafatas y asimilados se cuelan en las colas del aeropuerto de Estocolmo

miércoles, junio 17th, 2009

Aeropuerto de Arlanda (Estocolmo). Todo funciona con perfección nórdica en el aeropuerto de Estocolmo, llamado Arlanda. Hay gente, mucha gente, pero apenas alboroto. Aquello de “como un ejército de hormigas” viene aquí al dedo. Nada enturbió el funcionamiento de esas grandes instalaciones con cinco terminales hasta que, esperando en la única pero ágil fila para pasar el control de seguridad, hace aparición la tripulación impecablemente uniformada de un vuelo: comandante, su segundo, comodoro y tres azafatas. No, ello no esperan cola sino que forman, colándose, otra paralela. Y ante el silencio educado y el asombro de todos los que estábamos allí, pasan delante. Y con gran parsimonia, porque usted y yo tenemos limitado el tamaño de los bultos que metemos a bordo pero estos patanes parece que no. Y venga cada uno a poner maletas y bolsas, y a quitarse cinturones y chaquetas, y así pasan casi 10 minutos. Una vez que los señoritos y señoritas han pasado la cola de los vulgares mortales -que en este tiempo se ha ido engrosando hasta muy atrás- ésta se pone en marcha.

¿Y qué pasa sin alguno de esos remplazables mortales íbamos algo justos de tiempo? Pues eso, ajo y agua. Podrá argumentarse que la tripulación sería la que iba con el reloj en contra, pero la respuesta es fácil: es su trabajo, cobran cada minuto y, si les es necesario y conveniente, que salgan de sus casas u hoteles unos minutos antes. Justo los que me han hecho perder a mí de mi irremplazable vida. Porque, en fin, luego me los encuentro desperdigados y parsimoniosos haciendo compras en la amplia y sugestiva zona comercial del aeropuerto.

¡Qué lástima que no tuviera yo un disfraz carnavalesco de piloto! ¡No hubiera tenido que haber esperado toda esa cola de ciudadanos que de tan pacientes parecíamos tontos!

Aprovechando el tirón de “Millenium”

lunes, junio 15th, 2009

Estocolmo. No da la impresión de que los suecos tengan un gran concepto de Stieg Larsson, y, si bien popular por su trilogía Millenium, lo encuadran justo en lo que es: creador de best-sellers, pero nadie parece apostar por la calidad de su escritura y, desde luego, pierde en ese campo la batalla ante Henning Mankell y su impagable Kurt Wallander.

Pero eso no quita para que no aprovechen el tirón. Y lo hacen. Acaban de editar un desplegable en varios idiomas, entre ellos español, bajo el subtítulo de Un paseo por las huellas de Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, dos de los protagonistas de las obras de Larsson. Y como lo cortés no está reñido con lo valiente, de gratis, nada: cuesta un poco más de dos euros, que los partidarios del escritor no dudarán en pagar.

Por cierto, ¿para cuándo algo similar en Galicia? Porque algún escritor ya tenemos, no.

Me refugio en la isla de Fjäderholmarna

domingo, junio 14th, 2009

Fjäderholmarna. Otro día gris y lluvioso. Así que sigo el consejo de mi amigo el periodista Gabriel Mellqvist y aprovecho para hacer lo que hacen los estocolmeses que ya están de vacaciones: huyen de los múltiples barcos que con infinitas rutas exploran rutinariamente el archipiélago de las más de 20.000 islas y me cojo un transporte a la de Fjäderholmarna, hoy integrada en un parque natural, en el XIX escenario de una incruenta batalla por la producción local de vodka y en los años 40 del siglo pasado militarizada a toda prisa por su situación estratégica en la entrada por mar a la capital de Suecia.

A bordo no hay mucha gente: un joven que ha debido de pasar una larga noche y apenas se mantiene con la cabeza erguida en su asiento, un grupo de mujeres que hacen siempre el mismo recorrido y van a trabajar, un despistado, un par de parejas, un perro que se pone nervioso en plena navegación y yo. Treinta y cinco minutos de pacífico mar que parece un lago para llegar a una isla pequeña, muy pequeña -su perímetro medirá un kilómetro- y muy bien preparada para el turismo tranquilo: un museo marítimo atendido por voluntarios, restaurantes, cafés, varias tiendas de artesanía (a la de cristal llega un grupo de féminas que le han regalado por su cumpleaños a una de ellas el asistir al proceso de creación de una pieza de cristal, en el que la homenajeada tomará parte activa), una tienda con información al frente de la cual está una mujer encantadora, buena e innecesaria señalización de los caminos, gasolinera para barcos, museo del whisky, tienda de recuerdos con populares objetos piratas aunque los de la calavera y las tibias jamás surcaron estos mares, rubios y rubias atendiendo los negocios, una muchacha de inequívoca ascendencia magrebí que acabará regresando en mi mismo barco con un pañuelo cubriendo su cabeza y que aquí limpia los servicios (que los hay por todas partes, por cierto), contenedores de basura tan camuflados y adornados que hasta son bonitos, dos ametralladoras de cuando Hitler andaba por este planeta, gaviotas y otras aves que se enfurecen cuando uno se acerca porque es junio y han nacido los polluelos…

Luego está la atmósfera humana. Nadie da un grito, y sólo el grupo de la homenajeada con lo del cristal estalla en carcajadas un par de veces, igual que lo hace otro que ha bajado de una enorme zodiac y cuya guía ha dicho, al parecer, algo gracioso. Pero nada más. Respeto total, voces en volumen normal para no molestar, adoración por el medio ambiente…

En Suecia roban igual que en España

viernes, junio 12th, 2009

Estocolmo. Reconozco que mi sueco no es muy bueno: le he dicho al taxista que quería ir a Bryggtargatan y me ha soltado, sin que lo supiera, en Birger Jarlsgatan. Así que no he tenido más remedio que echarme una mochila al hombro, otra ponérmela por delante y empezar a andar hacia el Instituto Cervantes con casi 20 kilos de material pesado sobre el Camino de Santiago. ¡Espero que el Apóstol me lo tenga en cuenta! Y así, en otro día gris, he cruzado todo el centro haciendo lo que hacía la multitud que lo abarrota: saltando cuanto semáforo en rojo se interponía en mi itinerario mientras de vez en cuando se escuchaba algún claxon de los muy abundantes coches que avanzan a ritmo lento.

Pero llegué, claro. Con tiempo de sobra para la comida y ya no digamos para la conferencia ante varias decenas de profesores de español. Por suerte, Carmen Martínez, andaluza que da clases en Oulu (Finlandia) y que parece que le da repelús hablar de las lenguas minoritarias españolas y preferiría verlas convertidas en dialecto, y que ahora comparte mesa, se dedica a hablar de trivialidades y no pontifica de esto o de lo otro. Quizás también sea que, a pesar de su notable juventud, va aprendiendo a estar en los sitios.

El restaurante donde comemos a uña de caballo porque han tardado lo suyo en traernos la pitanza es muy bueno y está abarrotado, como todo el centro de Estocolmo. Además, ha empezado a llover con fuerza y quien más y quien menos ha buscado refugio y se ha puesto a cubierto. El coordinador de las actividades del Cervantes, buen conversador con un pie en Japón y que es el que acaba echando mano a la cartera, advierte de que en Suecia abundan los pequeños hurtos. En eso se diferencia este país del que conocí en 1973, cuanto a nadie se le ocurría tocar algo que no fuese suyo, y si se le ocurría era, con gran probabilidad, latino. ¿Tiene tal cambio algo que ver con la desorganizada inmigración? Nadie se atreve a decirlo así a las claras, y las personas mayores como yo o incluso más recurren a eufemismos del tipo “es que esto cambió mucho”. Todo apunta a que la inmigración, per se, no aumentó la pequeña delincuencia. Y que sí lo hizo, sin embargo, el modelo cultural: no se integró, no se asimiló, a esas gentes venidas de fuera. Se aplicó la compleja y siempre discutible plantilla multicultural y se respetaron módulos anacrónicos. Y así, impartiendo clases en el idioma nativo sea este ucraniano del sur o somalí del norte, hemos llegado adonde hemos llegado: hay que vigilar los objetos personales exactamente igual que en España. Lo cual es un claro atraso, por supuesto.

En Estocolmo (y van tres)

jueves, junio 11th, 2009

Estocolmo. Piso Estocolmo por tercera vez. La primera fue en 1973. La segunda, en 1978. Y ahora. De algo me acuerdo, y con claridad, por supuesto, pero la mayor parte de las cosas allá fueron al olvido.
Y lo que recuerdo, ahora es distinto. Antes todo impresionaba para los españoles, que, ansiosos por ver otro mundo fuera de las entonces constreñidas fronteras grises, abríamos la boca cuando pisábamos el extranjero. Hoy Estocolmo me parece una ciudad organizada, por supuesto que con bellos edificios, pero nada más. Avanzó poco, y España mucho. Cierto es que aquí no hay feísmo pero sí una buena cantidad de chalados de variopinto pelaje, alcohólicos y marginales que ocupan el centro con gente venida de otras partes y que aquí se han quedado por mil y un motivos honrados y razonables y otros tantos que no figuran en ese grupo. Aquí lo raro es ver rubios y rubias, y los que hay o entran en alguna de las categorías anteriores o bien son personal joven que acude a comprar, porque las tiendas sólo están en el centro-centro, claro.
Por lo demás, llueve, es el día en que los estudiantes que acaban los tres años de bachillerato han ocupado la ciudad a bordo de camiones y con grandes dosis de juega, y mi hotel, el Clarion, no merece la pena excepto que sólo se busque eso: un sitio para dormir. Como dicen los ingleses, any port in a storm.

De Estocolmo a la depresión de la T4

viernes, febrero 27th, 2009

Aeropuerto de Barajas. Vuelvo a pisar el aeropuerto de Arlanda, en Estocolmo, 35 años y medio después de haberlo hecho la primera y hasta ahora última vez. No me acuerdo de nada, claro, excepto muy vagamente. de la sala de recogida de equipajes (que quizás confunda con otra similar). Además había llegado de noche y ahora el avión de Finnair aterrizó a la una y diez de la tarde en medio de mucha nieve pero no tanta como para decir nada más de ella.

Las dos suecas que comen a mi lado no habían nacido cuando estuve aquí. Es de suponer que entonces Arlanda sería un aeorpuerto moderno, y ahora también lo es. Por lo demás, el sitio donde estamos los que esperamos media docena de aviones es reducido y no hay muchas cosas en las que entretenerse, excepto internet (de pago), una tienda con lo de siempre y un bar. Eso sí, todo muy limpio y organizado. Normal en Suecia.

El choque se produce cuando se desciende en la magnífica T4 de Barajas (sin duda alguna, una de las mejores terminales del mundo, impresionante) y lo primero que se ve son unos carteles de enorme tamaño con fotos de niños pidiendo a sus madres que denuncien casos de malos tratos y otros dos formatos de semejante calaña. Tres chicas extranjeras se quedan mirándolos mientras caminan despacio y una de ellas, que parece que entiende algo de español, les dice a las otras en inglés: “¡Ah! Es porque en España todos los hombres pegan a sus mujeres”. Esa es la imagen que damos. La España decimonónica. Tétrico, exagerado, inadmisible.

Entre Finlandia y Suecia, con maravillosa puesta de sol incluida

lunes, febrero 16th, 2009

Tornio (Finlandia). El viaje tiene su atractivo inicial, con desvío obligado por la Policía ya que un camión demasiado alto ha tenido a bien cargarse las señales superiores de la autovía. Después, nieve y más nieve, con la carretera bien limpia, un cementerio metido bajo el manto blanco y, de vez en cuando, alguna parada para recoger a un joven primero, a otro después, y el resto, gente que hace muchos años que se jubiló y que espera (a veces a la intemperie) a que llegue puntual el autobús.

Esa es la tónica desde Oulu hasta Kemi, con el conductor de este viejo cacharro (40 años) mostrándose como un maníaco de la sintonización de emisoras. Por cierto, sólo hay un altavoz, y está a su lado.

En Kemi las casas de las aldeas (o sea, los edificios de madera) dan paso al hormigón. Las viviendas tienen tres alturas y alguna, desperdigada, llega a las seis. Parada y fonda, pues, en Kemi, en una humilde y agradable estación de autobuses en la que hay algún vehículo tan viejo como éste. Baja la mayoría del personal, conductor incluido, se para el venerable motor y dentro quedamos, en el silencio más absoluto, cuatro personas.

Poco dura el descanso, cierto, y suben cuatro jóvenes -cada uno por su lado- y otro jubilado. Todo se hace aquí a ritmo no rápido y constante, sin tensión, sin nervios. Y con ese clima se llega a Tornio, en la práctica unida a la sueca Haparanda hasta el extremo de que más adelante voy a dar, de pura casualidad, con el edificio que fue aduana.

El día cunde, tras haber regresado a Finlandia, entrar de nuevo en Suecia y volver a Finlandia para subir al autobús a Oulu. Amabilidad en todas partes: en el Ayuntamiento, en el periódico de Haparanda, en Ikea, en el café Picnic del centro comercial (Tornio) donde al final hago el tiempo tomando un té y disfruto de la maravillosa puesta de sol (¡lástima de aurora boreal…!), en los conductores que siempre, sin excepción, ceden el paso a los viandantes… Y todo esto a 4.700 kilómetros de la Red Natura del río Tambre.

Hace frío en Ystad

miércoles, febrero 4th, 2009

Ystad (Suecia). Cae la noche y hace un frío de rayos en Ystad. Claro que, tal y como anda el tiempo, no es raro afirmar que no más que en Santiago. Pero aquí el frío imprime, a mayores, una sensación de soledad. Lógico, porque a las 5 de la tarde no hay nadie por la calle, y la poca gente que circula lo hace de forma rigurosamente individual, excepto una pareja que sale disparada rumbo a algún sitio muy concreto y, por supuesto, cerrado, que no andan las cosas para bromas. Uno se pregunta para qué rayos cierra la mayoría del comercio a las 6 si todas las tiendas están vacías, dando una sensación fantasmagórica.

Los refugios hosteleros son varios, pero en todos se cuentan dos o tres personas, y la siguiente pregunta es cómo sobreviven, porque mucho beneficio no deben de dar. Algunos, como la excelente cervecería pared con pared con el hotel Sekelgarden, ya cierran directamente lunes y martes, y trabajan a medio gas. La situación llega a ser de guión poco creíble de película: en el también magnífico comedor del hotel Continental –sin duda el mejor de Ystad, inmortalizado por Henning Mankell en sus novelas de Kurt Wallander– nos damos cita media docena de pavos y pavas, que diría Pérez-Reverte (don Arturo). Cada uno en una mesa, en el silencio más riguroso. El comedor sería una tumba si no fuese por la música ambiental de puro piano, que emana de un pianista tamaño natural pero de mentira. Eso sí, los altavoces han sido muy bien disimulados.

Aún no dieron las 7 de la tarde, y así están las cosas.

En Ystad de nuevo

martes, febrero 3rd, 2009

Ystad (Suecia). Estoy en la biblioteca de Ystad de nuevo. Una escapada de un par de semanas a Suecia, Dinamarca y Finlandia pra dar conferencias sobre el Camino de Santiago y hacer contactos que permitan potenciar la imagen de la via de pregrinacion. Dias libres en el trabajo a costa de vacaciones, claro. Y los gastos (basicos) los paga la Asociacion de Periodistas del Camino de Santiago. Quien quiera seguirme en Twitter, alli soy congostro. Y eso es lo que hay.

PD/ El teclado no tiene acentos, claro esta.

Una cervecería excelente en Suecia

domingo, julio 13th, 2008

Ystad (Suecia). De nuevo en Ystad, compruebo que en domingo veraniego no hay ni uno solo de sus habitantes por unas calles en las que circula un centenar de turistas de esos que interesan. La mayoría viene atraída por la figura literaria de Kurt Wallander, personaje maestro de Henning Mankell. Tiendas cerradas, claro (menos un supermercado céntrico que hoy, festivo, abre hasta las 9 de la noche) y restaurantes que no reciben a la clientela hasta el mediodía. Así que acabo encaminando mis pasos hacia la Steakhouse Bryggeriet, que no es otra cosa que una cervecería en un edificio del siglo XVIII, preciosa, en la que sirven carnes muy bien preparadas y mejor presentadas. Mia Jelcander, la encargada, es la misma que hace 15 meses, pero ahora me sorprende hablando un correcto español que aprendió hace años en Ecuador.

El sitio es de eso que merecen figurar en las guáis, y ni siquiera resulta caro en pleno estío. El reflejo de los dorados de la propia destilería en el interior y sus cachivaches, y la atmósfera amistosa en el patio interior hacen olvidar que en Suecia (como en todos los países del norte de Europa) el servicio no es comparable para nada -ni siquiera en el propio concepto- con el español, y los cubiertos se los coloca uno en la mesa tras cogerlos de un decorativo cubo. Es, simplemente, otro mundo, que con la presencia de Mia se hace más grato.