Tristes y vehementes
Uno de los grandes misterios del fútbol es su componente emocional. No ya el de los protagonistas, que cada vez está más tenido en cuenta con el rol de los psicólogos deportivos en la preparación de los jugadores. Sino el de los espectadores. Ese componente visceral es el único que mantiene al fútbol en el ámbito del deporte y evita que se encuadre de lleno en el del negocio. Porque no se puede controlar lo que sientan 30.000 personas en un estadio. Las emociones del aficionado, a su vez, pueden estar influenciadas por las que transmitan los protagonistas en el campo o en sus intervenciones públicas. A veces, consiguiendo resultados imprevisibles e improbables. Es en lo único en lo que el fútbol se parece a la Bolsa: las fluctuaciones del mercado (atribuidas no pocas veces a aspectos intangibles como “la confianza”, “el miedo”, “el temor”) en ocasiones son tan inexplicables como las filias y las fobias que generan ciertos personajes.
El deportivismo vivió como un drama la cara de Lotina. No ya su fútbol, sus decisiones deportivas, su último fracaso con el descenso. Eso vino después. Pero lo primero era su cara. Transmitía tristeza, amargura, un estado de ánimo propenso a la derrota; cómo va a motivar a los jugadores si al verlo dan ganas de llorar, decían no pocos aficionados del Dépor. El sambenito que le colgaron a Lotina seguramente estuvo detrás de que las ruedas de prensa del técnico vasco se convirtieran en una fuente de titulares y declaraciones rimbombantes que en un alto porcentaje se volvían en su contra. Todo por cambiar esa imagen.
Llegó Oltra y fue como abrir una persiana en una casa cerrada a cal y canto. Todo sonrisas, mensaje de optimismo, posicionamiento claro por un estilo de juego… Consciente o inconscientemente, Oltra fue el contrapunto puro de Lotina para el aficionado. Sus patinazos, sin embargo, los atribuye a su carácter vehemente. Achacó a la vehemencia su comparación del Dépor con el Madrid o el Barça, a que si la gente no quiere sufrir en Riazor se vaya al cine… Y por supuesto, a su airada reacción contra Zé Castro. Para quienes lo vimos desde la grada, sin saber todos los detalles, fue esperpéntico: un cambio no del todo normal (Manuel Pablo, casi tres meses sin jugar, iba a entrar como central), con un partido claramente a favor (3-0 ya en el marcador) y sin previsiones de complicarse, y de repente Oltra enloquece, gesticula, da gritos, vuela alguna botella de agua, luego se encara con el futbolista a pesar de que desde el banquillo le piden que pare…
La escena era surrealista. Luego te enteras de que fue Zé Castro quien pidió el cambio y que el gesto de salir por el fondo en vez de por el centro del campo le resultó tremendamente desagradable a Oltra. Zé Castro es sospechoso por su historial en el Deportivo y eso pone más interrogantes al asunto. Pero por muy feo que fuera lo que hizo el portugués, creo que la reacción de Oltra estuvo muy fuera de lugar. A no ser que haya más detrás que no sepamos. Aún así, la vehemencia no puede justificarlo todo. El buenrollismo y las buenas intenciones no dan carta blanca para equivocarse un número indeterminado de veces, sobre todo porque no hay verdaderos motivos para ello: el equipo mantiene todas sus opciones y emite más señales positivas que negativas. La vehemencia de Oltra debería quedarse en la manera en que defiende sobre el césped la idea de juego y su esquema de equipo, ambas inamovibles por el momento. Para lo demás, la mejor forma de apagar los incendios es no prender el fuego.
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