La final de la NBA está siendo apasionante, si acaso no del todo bonita de ver. Cuatro marcadores apretados, el más claro decidido por 8 puntos de diferencia a favor de Miami. Tanto los Heat como los Mavericks capaces de robar un punto de la eliminatoria en campo ajeno. El aporte de pruebas que consoliden a Dirk Nowitzki como (lo siento Pau) quizás el mejor jugador europeo de la historia de la NBA, a pesar de que a lo mejor se quede sin anillo de campeón que lo rubrique. Lo impresionante que resulta ver la capacidad atlética, de carácter y de sentido de la oportunidad de Dwayne Wade, un jugadorazo reclamando su territorio como uno de los más grandes de los últimos 10 años.
Todo ese baloncesto queda en un segundo plano, sin embargo, ante la figura de LeBron James, que lo eclipsa todo, para lo bueno y para lo malo. Su rendimiento en la final contra Dallas ha generado de nuevo el debate no ya sobre su papel en la lucha de Miami por el anillo, sino sobre su lugar en la historia que el joven de 26 años ocupará cuando se retire. James no está teniendo una serie brillante para sus altos estándares (17 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias), desde luego palideciendo ante sus exhibiciones ante Chicago Bulls y Boston Celtics en el durísimo camino de la Conferencia Este hasta la final de la NBA.
Algunos le señalan como el gran perdedor hasta el momento en la final entre Miami y Dallas. Otros, que la figura de LeBron está tan polarizada que James no puede salir ganando, incluso cuando gana. Para un chico señalado a reinar en el baloncesto mundial desde los 16 años, convencido de que uno de sus objetivos en la vida era convertirse en “icono global”, que montó el pasado verano una especie de reality show para anunciar su decisión de abandonar Cleveland, su ciudad natal, para buscar un equipo a su medida capaz de luchar por los logros a los que parecía predestinado desde la adolescencia… Para ese chico, todos tenían en la cabeza qué tipo de jugador exactamente tenía que ser para ocupar en la historia del baloncesto un sitio determinado. Quizás el más alto.
La carrera de James ha sido una especie de lucha entre el jugador ejecutor capaz de promediar cerca de 30 puntos por partido, o el dominador total y definitivo del juego, una bestia con cuerpo de running back de fútbol americano capaz de promediar un triple doble, con una capacidad de pase insólita, posibilidad de correr el contraataque como nadie, volumen para postear y generar juego desde esa posición… James pareció en determinado momento más interesado en ser un contendiente por el título de máximo anotador que por convertirse en el point forward (un alero como base) definitivo. Pero cuando llegada la final de la NBA, cede su rol protagonista a un Wade imparable, explosivo como antes de sus lesiones y como cuando condujo a Miami al título al lado de Shaquille O’Neal, cuando James asiste a Bosh para la canasta decisiva de la victoria en el tercer partido o a Chalmers para igualar el segundo, las críticas arrecian sobre su falta de protagonismo, de reclamar su sitio, en el fondo de ser un poco más egoísta.
Las críticas sobre LeBron siempre estarán ahí. Que si no es un anotador eficiente en los momentos clave (ignorando varias canastas decisivas tanto esta temporada como, sobre todo, en su última temporada en Cleveland). Si busca con demasiada fruición ser él quien meta los puntos decisivos y falla, está traicionando el plan de ruta que le habían diseñando como el generador último de baloncesto, incapaz de hacer mejor a los que le rodean (precisamente, su gran virtud con los Cavaliers). O quizás todo sea producto del melodrama que rodea a James, una historia paralela al juego en sí, que por ahora muestra a un improbable finalista (los Mavericks) planteándole todo tipo de retos y una pelea infatigable al equipo que parecía diseñado para arrasar.
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