La rebeldía contra la autocomplacencia
El Barcelona ganó en Wembley algo más que su cuarta Copa de Europa. Mucho se ha escrito sobre el ciclo mágico iniciado en el mismo verde hace casi 20 años, de la influencia decisiva de Cruyff para cambiar el rumbo futbolístico de una institución centenaria. Pero al destrozar y empequeñecer a un titán europeo como el Manchester United, empleando para ello quizás su obra maestra futbolística, el cénit de un equipo que ya ha dejado exhibiciones para la historia, el Barcelona de Guardiola ha conseguido de paso dos cosas: asentar definitivamente su sitio en la historia de este deporte, y, sobre todo, consumar la rebeldía de un grupo de jugadores único contra la famosa autocomplacencia.
Ese demonio que consumió a un equipo que parece lejano en el tiempo y menor en comparación con el actual. El conformismo acabó de manera súbita con el Barça de Rijkaard, un grupo que logró cotas de brillantez similares al actual, que se coronó con una Champions, que puso las bases del actual Barcelona recuperando la autoestima de Xavi e introduciendo poco a poco a Iniesta y a Messi. Aquel equipo al que se le suponía un recorrido mayor se vio cercenado, entre otras cosas, por el amor de Ronaldinho a las actividades extradeportivas y al amplio kilometraje de un Deco pasado de vueltas. La sonrisa del astro brasileño se fue apagando de manera frustrante para los que observaban desde fuera cómo el mayor talento de su generación y parte de las anteriores se desperdiciaba en fastos nocturnos.
Xavi y Puyol fueron testigos directos de aquello, y Guardiola debió aferrarse a esas historias para no permitir que volviera a pasar. Ayuda que Messi estaba en proceso de formación como persona, que Pep dedició sacrificar a jugadores que pudieran tener esos mismos tics dañinos, y sobre todo el empuje de un grupo que parece no conformarse con entrar en la historia, sino que se empeña en seguir haciéndola. Ayuda sobre todo el tener un modelo futbolístico definido hasta el extremo, que permite encarar a los rivales sin preocuparse tanto de ellos como ellos tienen que hacerlo de ti. En la final, Ferguson fue víctima de un debate que Guardiola no tenía que afrontar: el escocés tuvo que meditar entre ser fiel a lo habitual en el United, o tirar de la manta hacia atrás para cubrirse. Se quedó a medias, más cerca de lo primero que de lo segundo, y naufragó, penalizado por un centro del campo lacio, sin el músculo suficiente ni el talento necesario.
Supongo que esa lucha contra la autocomplacencia es la verdadera carcoma de Guardiola, el motivo de mayor peso que explique el agotamiento mental que tanto aduce el técnico para poner siempre el interrogante sobre la duración de su estadía en el banquillo azulgrana. Evitar la relajación de un equipo dos veces campeón de Europa y tres de España, colmado de elogios por la aristrocacia del fútbol mundial, es la labor principal de Guardiola: otros tienen que preocuparse de como frenar al rival, o de encontrar un estilo de juego.











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