Alberto Contador se subió al podio de París para coronarse vencedor del Tour de nuevo. A partir de ahí, todo me dejó un regusto amargo. Es difícil de explicar, porque lo que estaba viendo era un momento importante en lo deportivo, la consagración de una realidad: el mejor ciclista del momento y posiblemente de la década es español y está desatado.
La amargura no tiene que ver sólamente con el esperpéntico podio. No se debe al ridículo affair-himno. Ni siquiera con la mueca de asco de Lance Armstrong en el podio, donde demostró poca clase y respeto al vencedor (ni una mención en su twitter hace días) y falta de agradecimiento al don que tiene una persona de casi 38 años capaz de ser tercero en una de las pruebas deportivas más duras del mundo 3 años después de dejar de entrenar.
Tiene que ver con Contador. Con lo fácil que tiene la sonrisa el de Pinto y lo duro que le están poniendo disfrutarla de verdad. Le sabotean entre unos y otros la ceremonia de su segundo Tour. Supera las tensiones intestinas de su propio equipo que casi le devoran. Se muestra infinitamente más fuerte que sus rivales, ha ganado las 4 últimas grandes vueltas que ha disputado, ha superado una lesión cerebral, una suspensión a su equipo que le privó de otro Tour el año pasado…
Es todo una agonía la de este chico. Pero para mí el obstáculo más grave que tiene que seguir saltando constantemente es el de la sospecha. Yo no hago del triunfo de Contador una bandera de amor patrio, más que nada porque el ciclista corre por su equipo y por él mismo, no por la selección de su país. E intento mantenerme al margen de convertir a Contador en una especie de tótem inmune a todas las polémicas y siempre en posesión de la razón, de la misma manera que Alonso era la víctima de Hamilton/McLaren y que la natación sincronizada es un contubernio amañado por las rusas.
Así, ha sido casi imposible leer en España que Contador se equivocó en el movimiento que terminó con Kloden descolgado. Pero lo que motiva mi amargura no es una crítica a un movimiento táctico por lo menos desafortunado. Me duele leer en muchos sitios la sospecha del rendimiento espectacular de Contador en el Tour. Medios como The New York Times, Gazzetta dello Sport, Liberation (hoy mismo), la web especializada Cycling News…, añaden menciones de pasada al tema del dopaje. Bien sea basándose en las fórmulas que calculan el consumo de oxígeno en el rendimiento de los ciclistas (lo que usó LeMond en su famoso artículo de hace una semana), o bien basándose en la mera estupefacción ante lo impresionante: cómo pudo ganar el Giro de Italia si decía que estaba de vacaciones, o cómo con 62 kilos puede vencer una contrarreloj del Tour de Francia de 40 kilómetros.
Ése es el regusto amargo. Que un ciclista que ha ganado dos Tours, un Giro, una Vuelta (sólo cinco en la historia del ciclismo han logrado ganar las tres grandes) y ha demostrado ser el mejor de su generación, vea cómo pende sobre él una duda que no tiene, sin embargo, un Armstrong retirado capaz de ser tercero o un Wiggins que no estaba en ninguna quiniela. Yo me fío de todos los análisis que ha tenido que pasar hasta ahora, la única medida objetiva en estos momentos. Lo peor para Contador, es que es el mayor de los obstáculos y no está en su mano superarlo.
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