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Sobre el vaho de la memoria

Escrito por Rubén Santamarta
19 de Noviembre de 2012 a las 22:03h

A partir de este boceto, perpetrado hace unos 6 años en un hotel de Corea del Sur, nació Ardalén de la mano de Miguelanxo Prado. El cómic llega esta semana a las librerías. Kiko da Silva dice que es un libro incluso mejor que Trazo de tiza. Y si lo dice alguien que sabe tanto de tebeos… Puedes comprobar la calidad de este trabajo pasándote por aquí y leyendo sus 40 primeras páginas.

Tuve la inmensa suerte de leer Ardalén hace ya dos semanas, una cortesía que nunca agradeceré suficiente. Y con ese material escribí estas líneas en el Culturas de La Voz de Galicia:

El debate que sirve de excusa para presentar Ardalén es apasionante, y conviene empezar por esto: somos lo que somos porque recordamos, porque tenemos la seguridad (inconsciente) de que al levantarnos seguiremos sabiendo quién somos. Porque intuimos que todo eso, la memoria, es inalterable. Es nuestra. Pero ¿sería posible asimilar los recuerdos de otra persona? ¿No es cierto que si, por lo que sea, recordásemos lo que olvidamos, y olvidamos lo que recordamos, nos convertiríamos en otra persona?

Sobre ese asiento, el de la memoria, el de los recuerdos, acomoda Miguelanxo Prado la obra más extensa, tal vez más compleja y mejor ejecutada de su carrera. Regresa el dibujante coruñés a su género, el cómic, tras su muy personal apuesta cinematográfica, De profundis, un largometraje de animación que se emparenta mucho con este Ardalén, sobre todo en las incursiones en el mar que tan bien sabe desarrollar Prado.

Desde el 2004 no publicaba nada nuevo el también director de Viñetas desde o Atlántico. Su último lanzamiento en dibujo fue aquel La mansión de los Pampín que se llevó el premio a la mejor obra en el Salón de Barcelona. Ardalén, que ha supuesto cuatro años de desarrollo, nada tiene que ver con aquella premonitoria fábula sobre la especulación inmobiliaria. Y viene además con una novedad: es la primera vez que Prado verá su obra publicada, a un mismo tiempo, en gallego (la lengua en la que se expresa habitualmente) y castellano. Ambas llegan a la librería este 20 de noviembre. Publican, respectivamente, El Patito Editorial y Norma. Hasta la fecha lo normal era leer cualquier estreno de Prado en francés antes que en gallego. Se ha puesto fin a la paradoja. El resto de traducciones, media docena ya firmadas, y que el dibujante está haciendo manualmente en su casa (para reproducir la tipografía diferente que emplea para cada personaje) no estarán hasta la primavera.

Ardalén es un trabajo lleno de matices, de esquinas por las que parece que se escapa el relato. Con desconexiones que chocan pero que al final conforman todo el cuadro. Arranca con un extraño, pero bello, poema visual de cuatro páginas sobre unos paisajes que inspirados certeramente en Os Ancares (Lugo), donde se ambienta una obra que va viajando por Cuba, Venezuela y A Coruña desde mediados del siglo pasado. Habla ese poema de la quietud del mar y de la facilidad que tiene para devorar barcos y hombres, y su significado no se termina de entender hasta llegar a las últimas páginas.

Por el medio aparece una historia de investigación personal, la de una joven, Sabela, que trata de reconstruir (sin saber muy bien por qué) la vida de su abuelo tras emigrar a América, volver y regresar de nuevo al Caribe, sin que hubiera más pistas sobre su paradero. Una historia, esta de la emigración fallida, en la que se reconocerán muchos hogares. Las pistas de Sabela la llevan a una aldea por la zona de Noceda en la que conocerá a Fidel, un tipo anciano que, dicen, es el único que se fue a ultramar.

Pero su memoria, aparentemente, no está para mucha arqueología. La relación que a partir de su encuentro tejen Sabela y Fidel lleva a tres tiempos diferentes: presente, pasado y ficción. Y es en el tercero cuando vuela la imaginación del anciano y cuando la obra alcanza su pico emocional. Y Prado, su cumbre creativa. Las imágenes de salas de estar convertidas en un acuario, las secuencias de bailes imaginados o del paso de enormes ballenas por un prado tienen una fuerza estremecedora, deudoras del movimiento del realismo mágico. La trama se mueve así con soltura entre la realidad y la ficción, con una sucesión de personajes secundarios muy bien caracterizados, con diálogos estupendos y un acabado apenas perceptible, sin estridencias cromáticas, y una variada composición de planos.

Hay tres tiempos narrativos en Ardalén (nombre inventado de una especie de viento que cruza océanos), y pausas entre capítulos en los que se cuela un breve ensayo sobre la memoria, una entrevista, un tratado sobre ballenas… Y un conjunto de documentos (documentos de naufragios, resúmenes meteorológicos, cartas de la emigración, billetes de pasaje a América…).

El juego es el mismo que en Trazo de tiza: se deja en manos del lector el peso de cerrar la historia. Todo con la verosimilitud, empaque dramático y justificación narrativa suficientes para que uno se haga su propia composición y vaya reconstruyendo el complejo hipotálamo de Fidel, siempre a punto de evaporarse.

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