Un mal sueño argentino
Jueves, octubre 14th, 2010Las historias que ambienta Carlos Trillo siempre me han dejado un buen sabor de boca. La herencia del coronel me la deja con regusto a asco. Su última obra, con dibujo de su paisano Lucas Varela, te devuelve a los años de la dictadura de Videla en Argentina y, sobre todo, al peso que todavÃa puede tener aquel mal tiempo en personajes siniestros del presente. Como un mal sueño. La obra que acaba de editar Dibbuks tiene un ritmo ágil y un dibujo estupendo, nada oscuro aunque la historia se preste a ello. Será porque también se cuela alguna pizca de humor. Nos mezcla dos mundos, el de aquellos años 70 de dictadura militar, con la vida cotidiana, gris, del hijo de uno de esos coroneles que se encargaban de hacer “desparecer” a quienes no eran del agrado del régimen. Y el detenido podÃa ser cualquiera. La herencia del coronel tiene mucha miga en el tÃtulo, porque ese tipo siniestro deja a su hijo, un extraño oficinista, el legado de una muy mala juventud, unos recuerdos distorsionados y, sobre todo, una obsesión enfermiza con un determinado tipo de sadomasoquismo. Digamos que, en cierto modo, papá se llevaba el trabajo a casa, con unas tenazas, unas cadenas, unos martillos y un prisionero -prisionera, mejor dicho- de por medio. De ahà vendrán traumas y obsesiones.
Trillo, que ha pensado en una obra más para no-argentinos, hace recaer todo el peso, y la responsabilidad de la trama, en un personaje casi ausente, ese padre que ostentaba galones durante la dictadura. Pero pone el foco en un tipo vulgar, que inspira hasta pena: su hijo. Sabe jugar al tobogán, a que en algún momento comprendas la terrible situación de ese hijo, con una madre enferma, alterada y olvidada. Y también maltratada. El guión, con pocas lagunas (hay frases que sobran porque se sobreentiende lo que sucede), tiene puntos de tragicomedia en el amor platónico del hijo hacia una muñeca (algo más complejo), pero siempre sobrevuela que buena parte de todo lo que aquà está reflejado sucedió hace nada al otro lado del Atlántico, en ese Buenos Aires querido.
Terminas este estupendo libro con una sensación de decrepitud. Ojalá todo esto sea mentira. Ojalá no existan esos 30.000 desaparecidos, ojalá no exista la memoria y ojalá que el perdón fuera fácil. Una peste.

