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Savater y el Planeta

Lunes, diciembre 1st, 2008

Hizo bien en llamarle La hermandad de la buena suerte. Porque buena y mucha suerte es la que ha tenido Fernando Savater para ganar el Planeta con semejante novela, por llamarla de alguna manera. Los dos últimos triunfadores habían elevado un poco el listón. Los trabajos de Álvaro Pombo y de Juan José Millás se dejaban leer y no desmerecían sus carreras. Estaban en su línea, dialogado el primero e inquietante el segundo. Pero lo de Savater es increíble. No es ni novela negra, ni de misterios, ni de caballos, ni de nada. Hay algunos juegos de palabras y reflexiones, «los años solo traen desengaños», y poco más. Si alguien tiene que aficionarse a los caballos por leer este libro será con el fin de ponerse debajo de ellos para que lo pisoteen. Todo el suspense se resume en el tiempo en el que lo tienes en alto para leerlo. ¿Cómo un activista interesante y un intelectual con buenos trabajos puede ponerle su nombre y apellidos a este texto, que parece redactado a toda prisa y sin mayor ligazón? ¿Es que el dinero es capaz de todo? ¿No sintió sonrojo? ¿No tenía amigos cerca para que le dijesen que, entre sus virtudes, no estaba la de la novela de intriga? ¿Le pudieron las ganas de probarse a sí mismo como el Umberto Eco español para ver si estaba a la altura de El nombre de la rosa? ¿Por qué le ha hecho Savater daño tan gratuito a los bosques, con la cantidad de árboles que han tenido que sacrificar para la tirada del Planeta?

El Cervantes del Guinardó

Viernes, noviembre 28th, 2008

Nació dos días después de los Reyes Magos del 33. No tardó en saber que el partido era difícil. En el minuto uno se quedó sin madre. Y su padre tampoco compareció. Fue entregado a una familia. Y dejó de ser Joan Faneca para ser Juan Marsé. Fue feliz de niño y tuvo un padre adoptivo al que le gustaba conducir su vida por la izquierda, carril prohibido entonces. Sufrió, el padre, prisión, y el hijo se tuvo que poner a trabajar de crío, de aprendiz en una joyería, para ayudar en casa. Aquel aprendiz de joyero, que luego lo sería de laboratorio en París, quería ser escritor. Y pronto conectó con la izquierda divina que, en Barcelona, formaban Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, entre otros. Les cayó bien el chico duro, el pandillero de barrio y suburbial.

Marsé sabe que no hay fórmula literaria más efectiva que la suma de memoria e imaginación, cuyo resultado es esa ensoñación que brilla en sus novelas más que las joyas que pulía de chaval. Pisó los boulevares de París por consejo de Gil de Biedma para descubrir si, debajo de los adoquines, había alguna novela. Al final volvió a su casa, su barrio, y cerró los ojos para escribir Ultimas tardes con Teresa, con ese Pijoaparte acharolado, tan de época, y esa chica, tan de lavanda y de merienda con pastas, que descubre la emoción sobre una moto.

Aunque su último trabajo olía a encargo y prisa (Canciones de amor en Lolita’s Club), Marsé ha firmado libros sólidos, que se dejan leer. Su mezcla lleva oficio de narrador y poesía aprendida en el cine de barrio. El  mismo cine de barrio en el que él dice, con ironía, que proyectaban programa doble: “Película y paja”. Se ha llevado siempre mal con las versiones en celuloide de sus historias. Sobrevivió a la dinamita de un infarto y el jueves estaba feliz con su premio Cervantes. Él dice que, con sus libros, solo pretende “recuperar el tiempo y una ciudad perdida”. Y nos lleva de la mano a Si te dicen que caí o a Un día volveré, a ese laberinto que es también trampa de posguerra. Marsé es un artesano soberano que no se sale del esquema clásico de las novelas del siglo XIX. Un finalista eterno del Cervantes que, esta vez, llegó dos cuerpos por delante de Ana María Matute y sus hadas y de Caballero Bonald y su poesía medida de catalejos y meridianos. Un Cervantes de andar por casa, por el Guinardó de Barcelona.

Leo

Lunes, noviembre 3rd, 2008

Es así. Un chico besa a una chica contra una puerta. Cada vez que la besa, suena el timbre del periódico y la cámara de seguridad los registra. Registra los besos.
-No te preocupes. Son amigos míos, vienen a buscarme, dice el técnico de la radio.

La noche está fría. Te calientas, a falta de besos, con lecturas. Lees a Sergio Pitol que lee a Alvaro Mutis, que lee a Joseph Conrad. Lees a José Pla, cada pitillo, un adjetivo, lees las atípicas memorias que hace del escultor Manolo. Te quemas las pestañas con el Amuleto de Roberto Bolaño, Bolaño a toda velocidad, entre nubes a las cinco de la madrugada, nubes de humo. Hablaste con tu hermana, que estaba tan guapa en las fotos, con sus ojos grandes y sus manos como en el aire.

-Con las manos parece que en vez de moverlas, das pinceladas, le dijiste.

Hablaste con tu madre. Quieres tanto a tu madre. No sabes qué será de ti cuando no puedas descolgar un teléfono y hablar con ella. Llamarla solo para decirle que la quieres. Tu hijo subió dos veces en el toro mecánico de los juegos infantiles y se cayó las dos veces, claro.

-Fui dos veces, pero me caí, le dijo a la madre.

La noche está fría y no llegan las palabras para calentarla. A veces, las palabras no bastan. Lees también a EHT, que habla de Olga Ramos, de cuando Olga Ramos vio una película sobre su vida con Sara Montiel y escupió, genial, dicen que es mi vida, pero esa mujer canta como un sereno.
La mujer que trabaja en tu casa te comenta:

-No conocí a nadie que leyera tanto. Siempre estás leyendo.

Crees que ella siente curiosidad por tu curiosidad, que habrá dentro de esas páginas que abres, que historias aparecerán ahí, que son los versos, para qué sirven los versos, ¿sirven los versos para algo?
Hoy te cruzaste a una mujer que te miró como si te conociese del pasado, siempre hay que tener un pasado para volver a él.
El día del atentado en Madrid. El frío tremendo. La imaginación:

-Te imaginas ahora una bomba aquí delante de la Guardia Civil. Te imaginas ahora un coche a toda velocidad que disparase sobre esos guardias. Qué barbaridad.

Y la imaginación se congeló en el aire. Caminasteis hasta la casa y, al abrir la puerta de la casa, estallaron las ventanas. Habían puesto la bomba de la imaginación. Salisteis corriendo hacia la Guardia Civil, hacia el peligro. El peligro atrae. Ella se cayó, se cayó en la acera. Se hizo daño en las rodillas. Había un matrimonio muerto y un niño ciego. Todo reventado. Las paredes eran montañas de ladrillos destrozados. Alguien golpeaba en el amasijo de una garita. Todavía con vida. Lo sacaron de allí los bomberos con una grúa. Tuvieron que desguazar los restos de la garita. La juventud que escupe hacia arriba se detuvo. Os amabais como nunca. Tiempo paralizado. La sensación de haber salvado la vida por segundos, minutos. El frío que os hizo volver antes. Imposible ir despacio por la calle. No tengo ganas de tomar nada, en los bares de enfrente, todos hechos añicos. Y así fue. Más tarde hicisteis el amor como dos cosas muy vivas, resucitadas.
Hay momentos que no se olvidan, que no se pueden borrar de la memoria. La memoria es una cuerda de la que tiras. A veces te ahoga al tirar, otras te da vuelo, te pone en órbita. El pasado es también una órbita. Las manos ya te entraron en calor al escribir, al leer. Las palabras es lo que tienen. Las palabras nunca te fallan, de momento. Las llamas y ahí están. Aparecen sobre el folio, como un ejército de anarquistas.
Pusisteis cartones en las ventanas, todas rotas. Roto el tabique donde tu cama. Los ladrillos sobre la cama. ¿Menos mal que no estabais en cama? Preguntas difíciles de responder. El destino, el azar del destino, lo quiso así, como cuando llamó a su casa.

-Mamá, estoy en Santiago.

-Hija, tendrás mucho frío. Menuda nevada.

Y ella estaba en Madrid y no sabía nada de la nieve. No sabía que había nevado en Santiago. Pero fue rápida.

-Es alucinante, la nieve blanca sobre la piedra, mamá, parece un milagro.

Un milagro era tenerte junto a mí, esas mejillas que dolía mirarlas de lo bonitas que eran. Los dos lagos de los ojos, dos espejos azules.
Escribir es mirarse en dos espejos azules, mirarse y no encontrarse. ¿Dónde estará? El amor es así. Lo tienes agarrado como un pajarillo en la mano y, cuando menos lo esperas, abres la mano, sin querer o queriendo, y el amor vuela a otro nido, a otro sitio. Y no vuelve.

Cáncer

Miércoles, octubre 29th, 2008

Tenía las uñas azules como el cielo y nombre de río en las montañas y algo de pájaro en la cara. Y había sido madre de tres hijos. Vivía en aquel ático desde el que veía a los yonquis con la mirada perdida entre los árboles de la plaza. Su marido se fue con otro. Pero esa es otra historia. Se fue como los profesionales. Salió del armario, se fue a por tabaco y nunca volvió. Ella era pintora de una lienzos enormes, marcada por la luna. Tuve que ir a entrevistarla y me hizo café mientras tomaba un té. Un compañero me había contado su vida, pero yo solo tenía que preguntar por sus cuadros.

Es una mujer increíble. Tiene una energía que no sé de dónde sale. Sobre todo, después de lo que ha tenido que vivir. Fíjate que su marido la abandonó, al cargo de tres niños. Los sacó a adelante. De la mejor manera. El mayor, otro torrente de energía, ganó premios como fotógrafo. Era un cazador de imágenes. Le daban igual los periódicos que las galerías. Siempre estaba en marcha. Y tenía aquella ilusión de ir a una guerra. Una ilusión tonta. En las guerras solo se ve lo peor. Pero él quería estar allí. Y fue en una guerra donde le pegaron un tiro. Una bala perdida lo mató. Su madre se acuerda de la llamada terrible. De colgar el teléfono y sentir un silencio grande y de leer en un periódico que estaba tirado sobre una mesa que un tren había descarrilado en una estación de Francia y la máquina y los primeros vagones se habían caído desde una altura como de un primer piso a la calle, tras atravesar el vestíbulo. Un milagro, nadie había muerto. Se acuerda de la foto del tren derruido y de que se leía Gare Montparnasse. Su otro hijo varón, su segundo hijo, era una fuerza bruta. Nunca quiso estudiar y su única inquietud eran las mujeres, unas tras otras. Era grande y bello. Y trabajaba sobre un andamio. Se bebía la vida como las cervezas. No le gustaban los planes. Su madre creía que, con las mujeres, se vengaba de su padre y que era también por el padre desaparecido que nunca quería tener hoja de ruta. Pero hay vidas marcadas por la tragedia y esta vez fue su hija quien la llamó.

-Mamá, no sé cómo decirte.

-Qué pasó.

-Se cayó. Bruno se cayó del andamio. Está muerto, como Manuel.

Y un dolor se mezcló como el otro y, para madre e hija, las pérdidas se multiplicaron como una explosión atómica. Ella dejó de pintar. La única vez que dejó de los pinceles sobre el suelo.Mi compañero de redacción cogió aire para contarme el final de la historia, el golpe definitivo. Le prestó su voz a ella. La vi unos años después y me contó:

“La vida me ha maltratado, pero nunca quise dejar de mirarla de frente. Miento. Perdí las ganas de vivir después de perder a mis dos hijos varones. Pero me fui reconstruyendo como una casa en ruinas cuando mi hija, ya mi única hija, quedó embarazada. Tuvo un embarazo complicado y entendí que, más que nunca, me necesitaba como aquella madre que había sido, incandescente, me decía. Y llegó el niño de forma prematura y solo quedó el niño. Un varón que lloraba y gritaba. Primero pensé que lo iba a odiar siempre y luego, mientras enterraba a mi hija, comprendí que aquel niño era ya lo único que me unía a la vida con todas sus contradicciones, al miserable hecho de existir. Cuando enterré a mi hija también le daban sepultura también a un poeta que escribía mucho sobre árboles y sombras. Cuando enterré a mi hija no quise más explicaciones sobre nada. Metí un dedo entre la mano del pequeño y noté su calor. Era cuando las cobras mudan su piel y los estorninos buscan climas más cálidos. Volví a pintar y todavía estoy con ellos, de vez en cuando. Al soñar, los veo conmigo, tan claros, como si aún viviesen”.

Y yo tenía delante a aquella mujer prodigiosa. Y me daba la sensación de que a mí no me había pasado nada en la vida. Y ya no me importaba la pintura. ¿Para qué hacerle preguntas sobre cuadros? ¿Sobre el significado del arte?, mientras el otoño de Madrid aullaba como el metro contra los ventanales de aquel ático su carácter salvaje, lunático, fuera de control. 

Géminis

Miércoles, octubre 29th, 2008

Te acuerdas. Tenían los ojos transparentes, como dos lágrimas verdes. Una quería ser artista y usaba guantes. La otra no quería ser nada. No, mejor. Solo quería ser feliz. Las conociste en Madrid, cuando vivías en aquel piso de la calle Jaén, cuando comías el menú del día en el Mesón de la Risa, al que le llamabais el Mesón de la Prisa. Era comer y marchar a clase. Eras estudiante, el tiempo feliz y perdido en los tardes de los cafés. Al principio, creíste que era solo una. Sonia. Te atendió en una tienda de ropa de Princesa. Salió de la oscuridad del ropero y desplegó su sonrisa. Era menuda. Otro día volviste y te atendió con el pelo rizo. Las mismas lágrimas verdes en los ojos, tal vez el mentón más redondeado. Pero pensaste que era la misma. Sonia. Luego apareció una amiga en común. Y sucedió el milagro. Una estaba en la barra. Sonia, con sus guantes, para no sentir el frío de querer ser artista. En la barra de los litros de cerveza de los locales de Moncloa. La otra salió del baño, con su pelo rizo. Y la sonrisa de querer ser solo feliz, y nada más que feliz. Se llamaba Andrea y era la hermana gemela de Sonia. Nunca te habías enamorado dos veces, de esa manera. Tú querías saber más de la chica con guantes que, a veces, tenía el pelo rizo. Y ahora querías saber más de la chica con guantes que se alisaba el pelo con una plancha para que no la confundieses con su hermana. Las dos rieron, como tantos otras veces, por la confusión. Estaba claro que estaban conectadas por ese hilo magnético que une a los gemelos más allá de los demás seres humanos. Quedasteis otras noches. Otras cervezas. Y las risas se solaparon con una naturalidad increíble. Siempre se tenían que ir pronto. Y llegó una noche que dijeron que no se iban a ir nunca. Y así se quedaron en tu cabeza. Las dos o el eco de las dos. Fueron a tu piso de estudiante. Y quisieron que las amases. Que las amases por orden. No juntas ni revueltas. Primero, una y luego la otra. Las dos tenían el rostro como de agua clara, hermoso. Lo organizó todo la que quería ser artista, tal vez más pícara o retorcida. Te dijo al oído: cuidado, mi hermana es virgen. Es su primera vez.E hicisteis el amor junto a la mesa pintada de un azul añil, por encima de esos alientos helados del invierno en Madrid, también en el interior de los pisos. No fue ninguna maravilla. Tampoco con la artista. Te había contado el secreto de su hermana. Creías que ella estaba más experimentada. Pero se estremecía de forma extraña, otra vez ese dolor antiguo. Por la mañana, llamó su padre. Sabía que sus hijas habían dormido ahí. Me iba a enterar. No tenían permiso para pasar la noche fuera de casa. El teléfono se lo dio la amiga común. Y ellas salieron corriendo como las del cuento. Fue la única vez que te acostaste con un espejo y su reflejo.

Los coches

Martes, octubre 28th, 2008

Ahí va una historia de las que no se pueden dejar correr. De las que hay que compartir. Se conocieron en el colegio. Se enamoraron en el recreo. Se besaban un beso por encima del otro. Aprendieron lo más importante juntos. Lo esencial, de la mano. Él se marchó a estudiar la carrera a Navarra. Cinco años de estudios, como un reloj. Un millón de cartas. Otro millón de viajes entre Pamplona y A Coruña. Primero en trenes. Después en coche. Cada puente largo, en las vacaciones. Todos los consideraban la pareja perfecta. Deshechos el uno para el otro. Competían a ver quién le regalaba más al otro en navidad, por los cumpleaños. Él la miraba como un caramelo. La risa de ella se repetía como un reflejo en el rostro de él. Ella empezó a trabajar antes. El último curso de él en Pamplona contaban los días. Los tachaban en un calendario, del que compraron dos copias iguales, para no perder la cuenta. Y llegó el verano y no hicieron caso de sus familias. No quisieron esperar a la boda. No podían más. Se irían a vivir juntos. Él prepararía la oposición en el apartamento en el que ella se había independizado. Se casarían más adelante. «Total no podemos estar más separados», repetían, enamorados, los dos se alimentaban del hambre del otro. Llegó el día. Él hizo el último viaje, con el coche lleno de equipaje. Fue el último viaje. Ella nunca pensó que se podía llorar tanto. Hoy tiene tres hijos y otra vida. Y al que es niño le puso el nombre de aquel hombre que nunca llegó a casa.

Tu nombre

Jueves, octubre 23rd, 2008

¿Quién no ha sucumbido a la tentación de teclear su nombre y apellido en el buscador de google, ese gigantesco loro que todo parece saberlo? Hacerlo se puede interpretar como un ejercicio de vanidad o de miedo (por si salen las multas impagadas o los controles de alcoholemia), pero lo que te aplica esa herramienta universal de Internet es un fuerte correctivo de modestia. Pones tu nombre y te das cuenta de tu sospecha era cierta: César Casal no es nada. Hay muchos César Casal. Son diez letras con múltiples interpretaciones en nuestro planeta diverso. Descubres que César Casal es un alto cargo de un importante laboratorio en Argentina. Un hombre del que, al seguirle la pista por el ordenador, sabes por una enorme esquela de un diario argentino que ha perdido a su hija. César Casal es también un guapo estudiante venezolano, con una barba que le da un aire bohemio y un grupo de amigos y amigas muy atractivos. Y César Casal es, en esa memoria de enciclopedia interminable del google, un hombre que quedó muy bien clasificado en un torneo de golf en Asturias. Y aparece otro César Casal en México, que, para colmo, se dedica a lo mismo que tú y escribe reportajes en prensa sobre Yucatán. Nuestro paso por la tierra es una milésima de segundo. El que se cree importante pierde el tiempo. Somos esa gota de un océano y, lejos de nuestras circunstancias, una maleta y un aeropuerto, nos convierten en otro hombre sentado a la espera de un avión. Un número más de un pasaje. Un reflejo más para una novela de espejos de Paul Auster.

La vida de verdad

Miércoles, octubre 22nd, 2008

Escribir era como cuando jugaba al fútbol y creaba ocasiones donde no las había. Escuchaba y le llegaban unas líneas. Y todo se iba quedando, como un eco en la cabeza, en el interior de un armario con piezas de ropas descolocadas y siempre un abrigo rojo al fondo, un rojo que llamaba.Oía palabras y le atraían como un imán. Escuchó esa expresión tan coloquial, la vida de verdad, y también se la quedó. Se la quedó como una medalla que se prende en el pecho y se luce en una noche de baile, en un salón enorme con arañas de luz que cuelgan del techo. Y la música que sale por los ventanales hacia los carballos del jardín, tras rebotar en el cristal de Bohemia de las copas y en los aceitunas de los martinis. ¿Cuál era la vida de verdad? ¿La de las noches con baile o la de los días de trabajo por el carril de las hormigas? ¿Dónde late nuestra existencia? ¿En el cuadro de Hopper de los domingos por la tarde cuando todos los pisos se convierten en pensiones vacías, como corazones sin propina? ¿O en esas noches de fieltro, con la luna llena quemando el diamante de los ojos de la mujeres hermosas? ¿La vida de verdad es pensar en la vida de verdad o vivirla? Y qué bonito es rimarlo todo sin recompensa. Por el placer de hacer cuentas con las palabras.

Más Ford

Martes, abril 29th, 2008

Vuelvo a Ford. O sigo con Ford y su trilogía sobre el hombre de clase media americano. Esa prosa morosa, por lenta. Esa manera de convertir cada párrafo en un fresco para desnudar la existencia de cualquiera. La vida pasa o sucede y las relaciones se suceden o pasan. Y Richar Ford nos lo cuenta con elegancia. Como una crónica de la punta del iceberg de los corazones helados. Y nos enseña también algo que olvidamos con frecuencia hasta que el terremoto nos sacude: que una vida se apaga como la luz de una vela. Solo hace falta un fatal soplido del azar. Que salga tu número en la lotería incierta.

Barras y estrellas

Miércoles, abril 16th, 2008

No me gusta Bush. No me gusta el beisbol. Pero hay momentos en los que el país de las barras y estrellas es muy grande. Richard Ford ha publicado la tercera entrega de la vida de su periodista deportivo y agente inmobiliario. Es la hora de la vejez, del cáncer en la próstata. Están todos los rituales norteamericano y esa prosa de Ford que nos corroe poco a poco como una corriente subterránea y que nos hunde en el fango de la melancolía. La vida es asombrosa y paradójica, escribe con razón. Dejo el libro y veo una película. Perdición, del dios Wilder. El cine negro, contado por un genio. La película gana en velocidad. Los diálogos son fuego cruzado. Todo está medido. Ay, esas frases que quedan de los grandes libros y las grandes películas. Como aquella actriz que tentaba a su amigo:

-Los pianos usados suenan mejor.