El gran seísmo
Viernes, Enero 15th, 2010Lo peor que le ha sucedido a Haití no es el devastador terremoto del martes. Lo peor lleva tiempo sucediendo. El suelo que pisan los haitianos hace mucho que está resquebrajado. La sociedad de ese pedazo de isla está quebrada desde hace tanto que se diría que ya es imposible recomponerla. Misiones de la ONU con cascos azules, en las que por cierto participa la Guardia Civil, el mismísimo Bill Clinton actuando como enviado especial de Obama, un ejército de oenegés y fondos transferidos desde los países ricos no han impedido que Haití sea el espejo caribeño del fracaso africano de Somalia.
Porque lo de Haití, por más que seamos incapaces de contener la furia de la tierra que de un manotazo puede matar a cien mil personas, no es una catástrofe natural. Es un desastre humano sobre el que el terremoto juega con ventaja. ¿Habrá todavía quien se pregunte por qué los pobres se empeñan en vivir en lugares de suelos inestables, en riberas de ríos que se desbordan, en casuchas con las que los vientos juegan a la peonza? El temblor no ha respetado ni al palacio presidencial, pero entre los muertos hay miles que no tenían un techo que caérsele encima. Los contrastes de un mundo tremendamente injusto y desigual son todavía más hirientes en lugares como Puerto Príncipe, a los que hemos abandonado a su mala suerte. La de ser saqueados por personajes como los Duvalier, por ejemplo.
El terremoto de Haití es una de esas tragedias que, aunque sea por unos segundos, nos acongoja. Como el tsunami de hace cinco años. Después del maremoto del 2004 se habló durante algún tiempo de las penosas condiciones de vida en muchos países del Índico. Con todos los turistas a salvo, la preocupación por aquellas personas que ya tenían poco antes de la gran ola cesó pronto. El drama es que el desastre continuo que padecen mil millones de personas en el mundo no nos sacuda cada día como el seísmo.




