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Aprendiz de madre

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Suplicio dominical

25 de abril de 2013 a las 17:09

Lo digo sin acritud, pero lo digo. Los domingos por la mañana los niños son unos monstruos.  Da igual si trabajas fuera de casa o si llevas toda la semana trajinando en el hogar. No importa si te quedaste currando hasta tarde o si dedicaste toda la noche del sábado a ponerte al día con tus series favoritas. Tampoco influye si usas una cama familiar o si los pequeñajos duermen en su propia habitación, de todas formas escuchas con total fidelidad y efecto surround todo lo que ocurre alrededor de los enanos.

Los despertares de mi monstruita particular comienzan cuando escucho a lo lejos que tose ligeramente, con discreción incluso. Al principio el silencio es tal que puedes detectar el tímido crujir del edredón y percibir como se desliza por su cama. Como si se hubiese escapado de un episodio de Walking dead, la susodicha se desplaza con sus pasos de ultratumba hacia el sagrado templo de descanso. Sientes el comprensible impulso de echarle el pestillo a la puerta pero te das cuenta de que  la pequeña zombie empezará a golpearla con su peculiar frenesí.

Pasas entonces al plan B -porque en estos casos más vale estar preparados-  y te quedas quieta como estatua prometiendo que no abrirás los ojos ni aunque te lo pida el mismísimo Nicholas Brody  en una cabaña en medio del bosque. Sabes que es tu última oportunidad de continuar bajo las mantas así que contienes la respiración y te preparas  mentalmente para enfrentar al enemigo cuyos pasos resuenan ya por toda la casa de forma amenazante.

Ilustración Paulino Vilasoa

Tu villana favorita gira con cuidado el pomo de la puerta y entra en tu habitación mientras ahogas un grito y abres los ojos a lo Carrie Mathison sin medicación. De pronto recuerdas tu estrategia de supervivencia y los cierras nuevamente escuchando como la enana pasa del padre y se dirige hacia tu lado de la cama. Discretamente tomas una bocanada de aire mientras sientes sus manos sobre tu cara y escuchas la escabrosa sentencia: «mami, mamitaaaaaa». Tú callas y juras por  Game of Thrones que esta vez no habrá poder sobrenatural que te saque de la cama un domingo a las 7 de la mañana.

Pero si algo tienen los villanos es un morro que se lo pisan, así que sin ninguna misericordia la pitufa comienza a levantar la voz y a convertir las tiernas caricias en sacudidas infernales. Sólo piensas en ponerte a salvo e intentas teletransportarte a la casa de Dexter  mientras escuchas en cámara lenta lo que ocurre a tu alrededor: «Mamaaaaaaa despieeeeeertaaaaaa. Quieroooo mi colaaaacaaaaooooo».

En un último intento por escabullirte del maldito karma te cubres la cabeza con la manta pero ahí ya la has cagado. El enemigo interpreta tu gesto de escapatoria como una provocación y comienza a reír estrepitosamente.  «Jajajajajajajaaja, estás despierta…  ¡Que te he visto!»

Y eso es todo, kaput. La batalla ha terminado. Así que coges tu maltrecha humanidad y te encaminas hacia la cocina mientras las lágrimas asoman y la envidia te corroe por las venas al escuchar los ronquidos del despreocupado padre de la criatura que seguramente sueña con Morena Baccarin.

Un plan macabro

Pero el pasado fin de semana durante el típico madrugón del día después de mi  maratón sabatino de series sucedió algo inesperado. La pequeña monstrua utilizo su estrategia habitual del manual  Cómo fastidiar a los padres o las 1000 y una formas de sacarlos de la cama un domingo por la madrugada  pero, cuando estaba a punto de culminar su objetivo,  descubrió mi móvil sobre la mesilla y sustituyó el habitual: «venga-mamá-que-ya-sé-que-estás-despierta» por un dulce y sorpresivo:  «Buenos días mami, ¿me dejas tu iPhone?». Resultado: una hora y media más en cama.

No pude evitar acordarme de mi adorado Steve Jobs y desee secretamente que estuviera descansando en paz en un paraíso infinito y sin Adobe Flash.

Así que ya sabéis, la fórmula secreta para garantizar un par de horas extras de descanso dominical es dejar provocativamente  el móvil con la batería a tope sobre la mesita de noche. Antes, claro está, tendrás que ocuparte de que el susodicho tenga una carpeta con su nombre llena de aplicaciones ruidosas y coloridas. No te arrepentirás 😉

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Escrito por Azucena Alfonsín 2 Comentarios
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Carlos González, el defensor de la lactancia

23 de marzo de 2010 a las 11:32

No es George Clooney, ni siquiera Brad Pitt y tal vez no tenga el encanto peculiar de Richard Gere, pero tiene miles de seguidoras alrededor del mundo. Casi todas madres preocupadas por el bienestar de los pequeños. Admiro profundamente el trabajo de Carlos González y su calidad como pediatra y padre. Es sin duda uno de los principales defensores de la lactancia materna, la crianza natural y el colecho. Acaba de presentar su libro más reciente Entre tu pediatra y tú y por ese motivo conversó con Arancha Serrano (Veinte minutos) sobre los tópicos que tanto nos interesan. Aquí un breve extracto de la entrevista:

¿Se debe buscar a un pediatra acorde con la ideas de los padres, o cualquier pediatra es válido?
Cualquier pediatra es válido, el problema es que pedimos a los pediatras cosas que no son de su ámbito. Un pediatra es una persona que ha estudiado el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades de los niños. Pero nos empeñamos en preguntarle cosas que no están relacionadas con su salud: si hay que cogerle en brazos o no, dónde tiene que dormir, qué hacer si no come.

¿Hay un exceso de información de cómo ser padres?
El exceso de información nunca es malo, lo malo es la desinformación o la información incorrecta. Por eso escribí el libro Bésame mucho, porque había leído libros sobre la crianza de los hijos que no me gustaban nada y pensé en escribir sobre lo contrario para que al menos los padres tengan dónde elegir. Me daba pena y rabia ver a tantos padres cuyo su deseo era atender a su hijo pero que no se atrevían a hacerlo porque algún experto había dicho que eso estaba mal (…)

Muchas madres no disponen de tiempo. ¿Es un mito la conciliación laboral?
Soluciones mágicas no existen: no puedes estar en dos sitios a la vez. Y a nuestras abuelas por lo menos las dejaban ir a trabajar con su hijo, como siguen haciendo muchas mujeres en el mundo, que llevan al niño atado a la espalda. En esta sociedad, aunque hay empleos que se podrían hacer con un niño en brazos, como una taquillera o una empleada de Hacienda, no se permite; está mal visto.

Puedes leer en Veinte Minutos la entrevista completa. En cuanto tenga el nuevo libro les posteo la reseña. Gracias a @Januszka por el dato.

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Escrito por admin 2 Comentarios
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