Nota: Este breve relato es un modesto homenaje a John Kennedy Toole
No me gusta la playa. Odio la arena y me parece repulsiva la manera que tiene la gente de mostrar su cuerpo sin el mÃnimo pudor. DeberÃa haber leyes que prohibiesen este tipo de exhibiciones tan alejadas del buen gusto. Si no me apasionase el surf, jamás pisarÃa una playa. Pero mis padres me lo enseñaron desde pequeño y ahora, para mi desgracia, no puedo dejarlo.
Ayer empecé las vacaciones de verano. Mi novia, con la que llevo pocos meses saliendo, también. Hace unos dÃas me confesó que le encanta tumbarse al sol sobre la arena, que le gusta broncearse. En aquella ocasión no tuve la fuerza suficiente para explicarle lo vulgar que me parecÃa esa apetencia. Acababa de rechazar una entrevista de trabajo. Me habÃa costado una eternidad convencer a la señorita que me llamó de que su empresa no tenÃa el perfil deseado por mÃ. Le rogué encarecidamente que no volviese a contactar conmigo.
-¿Por qué no vamos a la playa? Tú puedes hacer surf y yo me tumbo al sol- me dijo mi novia esta mañana
No estaba seguro de que fuese una buena idea, sin embargo el parte de olas era inmejorable, por lo que acepté.
-Está bien, pero nos volvemos pronto que debo elaborar unos documentos importantes- le advertÃ
Mi primera decepción llegó cuando mi novia me recogió en casa de mis padres. Me subà al coche y comprobé que vestÃa una blusa holgada por la que se le podÃa ver el sujetador y llevaba puesto un pantalón cortÃsimo que le dejaba las piernas al aire.
-¿A dónde vas as�- Le dije
-¿Asà cómo?-contestó
-Pues como una desvergonzada
-Qué gracioso eres
Y se empezó a reÃr. Yo no le veÃa la gracia, pero ya que me iba a llevar a surfear, decidà aguantar las ganas de empezar una profunda discusión sobre los valores morales. Una discusión que habÃa pospuesto en demasiadas ocasiones. Ahora ya estaba convencido de que debÃamos afrontarla de manera urgente.
La segunda decepción apareció cuando observé que en el aparcamiento de la playa no cabÃa un alma. Detesto las aglomeraciones. Me producen contracciones en el estómago. Definitivamente, el dÃa no marchaba.
-¿Qué te pasa?- me preguntó mi novia al ver mi cara de angustia
-No, nada- contesté
Y de repente aparecieron sus amigas, que son lo más parecido que conozco a un grupo de cotorras. La angustia empezaba a crecer. Y terminó por desbordarse cuando desde la parte alta del aparcamiento constaté que no habÃa olas, que las infalibles páginas de predicciones meteorológicas habÃan infravalorado la intensidad del nordeste.
-Esto es una conjura- grité
Mi novia no entendÃa muy bien mi reacción.
- ¿Cómo? ¡Qué dices? – exclamó
Y en ese preciso instante tiré al suelo la tabla y el traje de neopreno. La angustia ya no me permitÃa ver lo que tenÃa a escasos metros delante de mÃ.
-Llévame a casa- supliqué
-¿Ahora? ¿Pero qué te pasa?
-Es la angustia
-¿Qué angustia? Yo no voy a ningún lado. Me quedo en la playa con mis amigas
Sus palabras estaban cargadas de odio y desconsideración. No podÃa creer que mi novia fuese tan poco comprensiva con mis problemas.
-Llama a un taxi. Es urgente. Necesito irme de aquÃ
Accedió a mi petición y se quedó junto a mà los cinco minutos que tardó el taxi en venir a buscarme. Durante ese tiempo no nos dirigimos la palabra. Yo realizaba los ejercicios respiratorios que me habÃa recomendado el médico para disminuir la angustia. Y cuando iba a montarme en el coche recordé que no tenÃa dinero. Se lo pedÃ.
-Solo tengo 20 euros para la comida- replicó
-¡Por Dios, esto es una emergencia!
Los gritos atrajeron la mirada de los veraneantes que abarrotaban el chiringuito del parking. Pienso que me dio el dinero para librarse de mÃ. Ya en la parte de atrás del coche, de regreso a casa de mis padres, todavÃa era incapaz de comprender lo egoÃsta que habÃa sido mi novia. Y entonces decidà que no la volverÃa a ver.