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Cine

Escrito por Antón Bruquetas
23 de agosto de 2007 a las 23:00h

Dentro de los actos de conmemoración del vigésimo aniversario del Pantin Classic, el viernes y el sábado llegan a Ferrol dos películas que ya están dando mucho que hablar: Young Guns 3 y Bra Boys.
En la nueva entrega de los jóvenes talentos Dean Reynolds, Ry Craike o Jeremy Flores, entre otros, demuestran lo que son capaces de hacer encima de una tabla. De Bra Boys sólo decir que se ha convertido en el documental de esta temática más taquillero de la historia. Se puede ver un trailer de este film en www.braboysfilm.com
Las películas se proyectarán en el Centro Cultural Torrente Ballester que está en la calle Concepción Arenla S/N (antes conocida como calle del Hospital) en el centro de Ferrol.
Los horarios son los siguientes:
El viernes 24 a partir de las 20:30,
La marea(Dir. Iván Sainz, Dirk Solder y Jim Box. Dur. 8 min)
Young Guns 3 (45 min)
The Thread (Dir. Patrick Trefz. Dur. 60 min)
El sábado también a partir de las 20:30,
Ta Luego Majo(Dir. Jim Box. Dur. 3 min)
Homenaje al Hombre Cocodrilo(Dur. 4 min)
Vaquero Tow, Kobby Aberton (Dur. 4 min)
3 foot Charlie (Marten Parsiel. Dur. 22 min)
Bra Boys (Sunny Abberton. Dur. 60 min)

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Escrito por Antón Bruquetas
19 de agosto de 2007 a las 23:00h

La Santa mira a poniente. Su corazón es una pequeña rampa donde se echan al agua las embarcaciones para salir a faenar. Aprovechan el canal que deja la laja que se adentra en el mar desde la primera línea de casas del pueblo. La misma laja que da forma, cuando sopla el viento del este y el mar está bravo, a una de las olas más imponentes de europa: El Quemao.
Emilio y Mabel ya estaban en Lanzarote. Era por la tarde y el nordeste había soplado con fuerza durante todo el día. Sin embargo a última hora, aunque los partes decían lo contrario, el viento parecía cansado. Bajó de intensidad hasta dejar caer las banderas y como la marea estaba subiendo decidimos echar un vistazo a los picos de La Santa. En la izquierda había un metro que rompía perfecto, pero en el agua ya flotaban más de veinte personas. Así que nos acercamos hasta El Quemao y allí lo encontramos.
Desperezándose después de semanas sin aparecer. Mostrando en un metro contundente la fuerza que puede desarrollar. Y tan sólo cinco surfistas agradecían aquel regalo. El baño duró una hora. Sin duda, lo que más me impresionó fue escuchar, cada vez que remontaba, el ruido que hacía el labio cuando se precipitaba sobre el fondo del mar. Es un sonido grave, de los que quedan, para siempre, registrados en la memoria.
Al lado del coche, ya con la toalla por la cintura, Miki se acercó y me dijo:
– Esto se parecía al Quemao de verdad.
– Pues cuando sea de verdad yo estaré fuera mirando- le contesté y nos empezamos a reír.
Con ese buen sabor de boca, al día siguiente decidimos partir hacia la Graciosa. Miki se quedó en Lanzarote. Tenía que trabajar. La Graciosa es una pequeña isla al noroeste de Lanzarote donde se puede disfrutar de buenas olas y la tranquilidad de un entorno solitario.
Después de coger el ferry en Orzola, nos hospedamos en la pensión Enriqueta. Sin lujos, pero con lo necesario para pasar la noche: una cama limpia y un cuarto de baño decente. Especialmente gratificante fue la charla que mantuvimos con el dueño del establecimiento. Durante unos minutos nos trasladó a los tiempos cuando el era un joven marinero que trabajaba por aquellas aguas. Por aquel entonces, nos explicó el hombre, las viejas y los meros aún eran inocentes y en el invierno el frío y el salitre convivían
entre la piel y los huesos. Así tenía las manos. No era capaz de estirar los dedos.
En La Graciosa no hay coches. Tan sólo los taxis de los lugareños que son todo terrenos que te mueven de un lugar a otro por un módico precio. Aunque para ser sincero no me acuerdo de la cantidad exacta que cuesta desplazarse por los distintos rincones de la isla. Las pensiones suelen contar con su propio servicio de taxi y, sin duda, echar mano de él es lo más recomendable, ya que, como en todos los lados, hay algún pirata que se aprovecha de la buena voluntad de los visitantes. La bicicleta constituye la
alternativa ecológica para desplazarse por La Graciosa. Las distancias no son muy grandes, pero siempre que no vayan muy cargados, porque las zonas de arena donde se entierran las ruedas abundan por todos los caminos.
El día cuando llegamos decidimos ir a la parte oeste de la isla. Allí hay una ola conocida como montaña amarilla, porque se encuentra debajo de una elevación de ese color. Es una derecha que rompe a la salida de un pequeño cabo y que tiene una primera sección muy agresiva y luego se diluye al ganar profundidad. Nos pareció distinta a todo lo que habíamos surfeado.
El segundo día visitamos la parte norte de la isla y nos llevamos la grata sorpresa de encontrarnos, en el refugio de una bahía, con la ola más larga y noble que surfeamos durante el viaje: El Corral. Estuvimos en el agua, disfrutando de un metro y medio juguetón, hasta que ya no pudimos mover los brazos.
Ese baño puso el punto y final a un viaje corto, pero intenso y que, como les decía, ahora escribo desde el recuerdo. Y la verdad es que, después de recordar toda estas vivencias, siento que tengo ganas de volver.

Lanzarote III

Escrito por Antón Bruquetas
14 de agosto de 2007 a las 23:00h

Hace ya casi dos años desde que Miki Garrido, a quien nadie le puede reprochar que no camine por la vida a su manera, recibió mi llamada. Fue la tarde del día en que llegué a Lanzarote. Sentado en la terraza del apartamento, iluminado por los últimos rayos del sol que ya se perdía en el horizonte, agarré el teléfono y marqué su número.
-Ya estoy aquí, ¿cuándo me vas a enseñar la izquierda?- le pregunté.
-Mañana tengo que trabajar muy temprano, pero quedamos por la tarde y, aunque no nos echemos, la vemos ?me respondió.
Barajaba la opción de ir solo, pero no tenía prisa y además Miki, que conoce la ola a la perfección, podía mostrarme los pasos básicos para darme un baño cómodo: por dónde entrar y salir; medir el tamaño, porque muchas olas engañan; y la relación con los surfistas locales, que ya sabía complicada de antemano. Así que dediqué ese día a conocer algunos rincones de la parte oeste de Lanzarote. Visité los hervideros, unas perforaciones en la costa que catapultan el agua del mar hacia arriba cuando ésta rompe con fuerza en los días de temporal; las salinas, donde aún se sigue produciendo sal y que, a la vista, semejan campos de nieve en mitad del desierto; y un charco de considerables dimensiones y de color verde intenso que es producido por un alga que sólo habita en esa zona de la isla.
Pero aquella tarde el mar se estaba tomando un respiro y la izquierda permanecía oculta. Fue así durante los dos días siguientes, hasta que una mañana, muy temprano, justo al romper el día, la vi tal y como la había imaginado: una izquierda limpia, fuerte y noble. Me decidí a entrar con la 6?0, pero pronto se reveló como un gran error. Mi inexperiencia mezclada con la vitalidad de la ola durante el take off hicieron que no estuviese a gusto y que permaneciese en el codo para no arriesgar. Eso sí, en cada bajada,
desbordaba adrenalina y recuerdo que, en aquel amanecer en Lanzarote, disfruté como un enano. Después de una hora y media, cuando la marea dijo hasta dentro de doce horas, salí del agua con la satisfacción de quien ha cumplido un sueño. A mi lado Miki, que durante el baño se había hecho varios tubos, caminaba como si hubiese ido a comprar el pan. Sin embargo, por aquel entonces no tenía ni la más remota idea de que lo mejor del viaje aún estaba por llegar.

Lanzarote II

Escrito por Antón Bruquetas
11 de agosto de 2007 a las 23:00h

Después de unos minutos, al pasar San Bartolomé, giramos a la derecha en la rotonda del Campesino. Cada rotonda de esta isla es un legado de César Manrique y su casa, hoy convertida en museo, un ejemplo de cómo el ingenio puede transformar unos ferrados de piedra volcánica en una estancia donde pasar la vida a cuerpo de rey. Una larga recta con la antigua capital al fondo, La Villa de Teguise, que en 1852 cedió el testigo a Arrecife y un nuevo giro. Esta vez a la izquierda. Al remontar una pequeña loma ya se divisa el mar. A los lados de la carretera plantaciones de Aloe que le dan al terreno un aspecto ordenado. Algunas motas de verde se intercalan en el color amarillo de la tierra. Y cuando el camino se encuentra con el mar, en la ladera del Risco, aparece la playa de Famara. Está orientada hacia el norte y es de las partes de Lanzarote que más mar recibe, lo que la convierte en una buena referencia para saber cómo van a estar otros picos. La calidad de las olas varía en función del punto de la playa donde se surfee. El mejor sitio está, mirando hacia el océano, a la derecha del arenal, justo a los pies del Risco. Se conoce como el Papelillo y en los días buenos sorprende con tubos de calidad.
El calor, el madrugón, y las horas de viaje empiezan a cansarme. Quiero llegar al apartamento, dejar todo y meterme en el agua. Los apartamentos están a pie de playa. No son nada del otro mundo: dos habitaciones, un cuarto de baño, y un comedor con la cocina que tiene esos hornillos eléctricos que hacen prácticamente imposible, a no ser que seas un experto, elaborar un plato que sepa bien. Eso sí, la terraza es amplia y permite desde poner a secar todos los trastos mojados (tablas, trajes, toallas, etc) hasta montar lo que aquí llaman un asadero y que en Ferrol conocemos por churrascada.
Tiramos las cosas en una de las habitaciones y convenimos pasar el día en la playa. Hay poco mar. Llevo la tabla por si acaso, pero me apetece descansar. Ya habrá tiempo de llamar a Miki y que me enseñe lo que he venido a ver?.

Lanzarote (I)

Escrito por Antón Bruquetas
8 de agosto de 2007 a las 23:00h

Ya han pasado casi dos años desde que descubrí Lanzarote. Ahora es el recuerdo quien me guía a la hora de escribir. No sé si es el mejor compañero, porque, con el paso del tiempo, en el poso de la memoria las sensaciones ganan protagonismo sobre la realidad. En mi trabajo diario procuro que estas magnitudes no se mezclen, que sean como el agua y el aceite, de distinta densidad. Intento que las impresiones no se entrometan en lo que tengo que contar. Pero al final, una buena historia se fragua un poco en la vida y un poco en la cabeza del narrador. Confío en que la mía no invente demasiado y, si alguna vez viajan a Lanzarote, puedan reconocer la isla que yo les pinté.
Era casi medianoche y hacía calor, bastante calor. No era normal en octubre. El otoño en Madrid suele ser más llevadero. Me asomé a la ventana y observé los coches alborotados por la M-30. Daba vueltas. Estaba nervioso y aún no había acabado de hacer el equipaje. Sobre el sofá del salón, la primera tabla que tuve, una 6?2, y en el suelo una 6?0 que había comprado al final del verano. No tenía más. Me pasé la hora siguiente intentando encajarlas en la funda de toalla que me habían prestado. Cuando lo conseguí caí rendido en la cama y me quedé dormido. Recuerdo que durante la noche volví a ver aquellas olas que tantas veces había contemplado en los vídeos y también estuve con ella, ella siempre está en mis sueños.
Hacía calor, pero este calor era distinto, se pegaba al cuerpo. La cinta no paraba de girar y las tablas no aparecían. La gente de alrededor se marchaba con las maletas en la mano y una sonrisa. Y pensé que quedarme sin las tablas no era el mejor modo de empezar el viaje y, contrariado, me dirigía a poner la reclamación. Pero en ese momento algo me dijo que mirase atrás una vez más y entonces la funda apareció por el ventanuco que da acceso a los equipajes. ¡Magia!. Luego me aclararon que allí las cosas van con calma. Fuera me esperaba ella. Estaba tal y como la recordaba de la noche anterior. Nos montamos en el coche y conducimos hacia Famara, una playa de más de cinco kilómetros donde estaba nuestro apartamento y que sería el punto de partida desde donde conocí La Santa, el bar el Quemao, Caleta Caballo, Arrieta, Orzola, La Graciosa y los innumerables tesoros que guarda Lanzarote entre la lava y el mar.
(Continuará?)

Rosendo

Escrito por Antón Bruquetas
5 de agosto de 2007 a las 23:00h

Les decía que el domingo lo pasé mal en el agua, pues hoy confieso que parte de la culpa de ese trago amargo la tuvo Rosendo Mercado. Y se preguntarán ustedes, ¿Qué tendrá que ver el músico de Carabanchel en este entierro? El principio de la historia se remonta a hace más de 15 años.
Descubrí a Rosendo cuando, por casualidad, escuché una casete de Leño que había encima de mi cama. Corre, corre que te van a echar el guante. Y desde aquella el mismo sonido, con la fuerza de siempre, continúa en mi cabeza. Los temas de Rosendo y Leño ocupan un lugar imprescindible en la banda sonora de mi vida. Su música, con una filosofía de andar por casa, que es la única que merece la pena, ha amenizado largos trayectos en carretera entre Madrid y Ferrol, viajes de más de quince horas a los Alpes, o mi aventura americana.
El viernes me reencontré con Rosendo. Actuó en la Plaza de Armas de Ferrol ante siete mil personas. Un concierto donde, mientras repasaba el último disco, empezó frío. No se encontraba a gusto encima del escenario y no lograba la complicidad de los espectadores. De hecho, para que la gente no perdiese la paciencia, llegó a disculparse: Estamos tocando alguno de los trabajos del último disco. Sólo dos más?? Un gesto que habla por sí solo. Pero todo cambió cuando el pasado apareció para rescatarlo o quizás fue él quien rescató al pasado. Flojos de Pantalón, Pan de Higo, Navegando, Loco por Incordiar.Lo cierto es que desde ahí hasta el final Rosendo no paró de crecer y demostró porqué es una leyenda viva del rock nacional.
Así que después de algún tiempo nos volvimos a ver las caras. Un reencuentro entre dos viejos amigos que se alargó hasta que el sol nos dijo que era de día y donde no faltaron los brindis con cerveza y los recuerdos de tantos años juntos. Por su puesto, yo nunca he hablado en persona con Rosendo Mercado, pero el viernes lo celebré como si fuéramos íntimos. Se pueden imaginar cómo acabé.

Una derrota habitual

Escrito por Antón Bruquetas
4 de agosto de 2007 a las 23:00h

Suena el despertador. Son las ocho y media de un domingo. El parte anuncia que hoy estamos de suerte. Llamo a mi compañero de viajes. ¿Estás listo? ¿Cómo ves la marea? Perfecto, te recojo en 20 minutos. Y media hora después, comienza el ritual.
Un sándwich a medio comer y un largo viaje por delante. Primera parada: Doniños. El mar subió más de lo que pensábamos y los fondos no aguantan tanto tamaño. Además en el coche tenemos dos 6?0 y una 6?2. Volvemos a casa. Cambiamos las tablas y de nuevo en camino.
Segunda Parada: Pantín. La mítica derecha puede salir con fuerza. Durante el trayecto, con la música de fondo, rememoramos algunos baños que nos dejaron buen sabor de boca, pero también tenemos tiempo para hablar de política, de cómo le irá a Alonso en Hungría, de urbanismo sin control, de tráfico,?. Sin embargo, nueva decepción. Esta vez falla la dirección del mar. Viene del norte. Las olas entran al medio de la playa. Poco recorrido. Hay gente en el agua, pero no está nada cómodo. Acaba de echarse Luis Rodríguez, una buena piedra de toque, y no es capaz de desplegar su surfing. Nos desanima y rectificamos por segunda vez la hoja de ruta.
Tercera parada: San Jorge. Un recurso de invierno. Más música de fondo y otra vez afloran los recuerdos. Aunque en esta ocasión el escenario parece distinto. Días grises y fríos, mar enrabietado y adrenalina. Llegamos al aparcamiento y de repente una serie muda el pasado en presente. Lo veo grande, pero subestimo el tamaño. Emilio no. Quiere regresar a casa a por una 6?7. Tal vez los kilómetros y el verano imponen la negativa.
Al agua. Entro por la corriente y la primera serie me explica lo equivocado que estaba. Las olas llevan litros y litros de líquido elemento y para colmo estoy fuera de forma. Durante 15 minutos el mar se dedica a enseñarme lo pequeño que soy, que me puede zarandear como el matón de turno al compañero en el patio de un colegio, y esparce el miedo por todos los rincones. En esos instantes apelo a la inteligencia, a no desgastarme más de lo necesario y a creer en que aún puedo ganar. Trabajo y me alejo de la corriente. Veo las cosas más claras. Llega mi oportunidad y bajo la primera ola. Una izquierda con buena forma, quizás algo tendida. Surf de recorte, que diríamos. Acabo en la orilla. Medito si volver o no y decido echar un nuevo pulso. Aunque soy consciente de que aquella primera serie me dejó debilitado y que si me cae otra así en los dientes lo voy a pasar realmente mal.
Otra vez por la corriente. Miro a la costa para intuir si se acerca otra serie. Parece que el camino está despejado, pero en el momento crítico, cuando estoy cruzando el pico, (se remonta por la corriente de la derecha, pero la ola buena es la izquierda) aparece una de esas bombas solitarias. Remo hacia fuera con las fuerzas que me quedan y consigo librarme. Me alejo y espero en el codo a que el corazón se relaje. Libero la tensión. Y llega la nueva oportunidad. Una izquierda grande y limpia. Demasiado para la 6?2. Un giro al límite y aterrizo en la orilla. Miro de reojo. No voy a volver a entrar. Sé que esta vez ha ganado.

El localismo

Escrito por Antón Bruquetas
1 de agosto de 2007 a las 23:00h

A falta de olas, hoy tenía preparada mi primera crónica de viajes, sin embargo la cita de mi compañero Cristóbal Ramírez en su último post me obligó a cambiar de planes. Para ser sincero aún no me apetecía abordar este polémico tema. Creo que todavía no he encontrado los términos justos para explicarle a un profano en la materia a qué nos referimos cuando hablamos de localismo en el mundo del surf. De todas maneras lo voy a intentar. Pero antes de empezar, me gustaría aclarar que voy a desnudar este post de juicios morales sobre el fenómeno o dicho de otra forma, que no escribiré sobre si me parece bien o mal. Simplemente busco describirlo, enunciar las causas y paralelismos, y dar algunos consejos útiles.
La primera afirmación que se debe hacer sobre el localismo es que existe en la mayor parte de los sitios donde se practica el surf. Parece una tontería, pero la gente que no entiende del tema cree que se circunscribe sólo a unas playas o picos determinados, mientras lo que en realidad ocurre es que hay distintos grados de aplicación. Alrededor del mundo, en mayor o menor medida, los surfistas hacen prevalecer un derecho preferencial, que no exclusivo, sobre las olas de su entorno. Es decir, el localismo, al igual que la preferencia dentro de una ola, es una norma extendida y generalizada.
Como explicaba antes, esta norma no siempre se aplica de la misma manera. Los niveles dependen fundamentalmente de tres factores: el tipo de pico, el número de personas que lo frecuentan y, uno muy variable, que es el carácter de cada individuo. Sobre el tipo de pico, uno muy definido (la ola empieza a romper siempre en el mismo lugar), por ejemplo el de Mundaka o el de Patos, propicia que los surfistas se estorben, lo que genera conflictos. Además, ya hilando con el segundo factor, los picos definidos suelen ser de gran calidad, por lo tanto, los más demandados. Para que se hagan una idea es como si el pico definido y de calidad fuese una carretera estrecha por la que quieren circular muchos vehículos. Las posibilidades de un accidente se multiplican. Mientras que una playa grande con picos variables representaría una vía de alta capacidad. Sobre el tercer factor, poco que añadir. En la playa también hay personas regulares, malas y peores.
Ahora bien, establecido lo anterior, ¿por qué se generó el localismo? Sobre esta cuestión me referiré a una frase que un día le oí a mi hermano y creo que no va desencaminada: «El localismo representa el modelo de gestión que ha adoptado la comunidad surfera para administrar un bien (las olas), que se revela escaso». En el fondo esta polémica no se aleja mucho de la que creó el Plan Hidrológico Nacional y su posterior derogación. Salvando la gran distancia de que el agua dulce es un bien básico para la vida, el debate se centra en un recurso que unos creen que a otros le sobra y éstos piensan que ya bastante tienen con abastecer a los suyos.
Por último, y como guste o no guste el localismo está ahí, me gustaría dar tres consejos que pueden ayudarles a la hora de surfear en playas o picos donde no lo hacen habitualmente:
– el clásico, un mal pico con 5 siempre es mejor que uno bueno con 30
– en un pico concurrido procuren no echarse al mismo tiempo más de tres personas.
– esperen en el codo hasta que llegue su oportunidad. Al pico, muy poco a poco.

Cumpliendo una promesa

Escrito por Antón Bruquetas
31 de julio de 2007 a las 23:00h

A ti
Ocurrió una tarde de abril. Ya anochecía y las luces de la gran ciudad empezaban a encenderse. Al otro lado de la calle, tupida por robles americanos, esperaban para cruzar una pareja de ancianos y no sé por qué me fijé en ellos. Creo que fue el brillo de sus ojos. Los de él camuflados tras un cristal de lupa y los de ella, negros azabache, resaltaban sobre el blanco de su pelo. Bajo la apariencia de gastados destellaban de un modo singular. Me quedé entusiasmado observándolos.
-Ahora, Manolo. Despacito- Le dijo ella mientras le agarraba con suavidad el brazo izquierdo.
Y los dos cruzaron el paso de peatones. Manolo, encorvado, apoyado sobre un bastón de cerezo y con la cabeza a medio agachar embutida en un sombrero de otro tiempo. Y ella, animándolo a su lado y vigilando cada paso que él daba para que ninguno fuese en falso. Llegaron junto a mí y Manolo giró la cabeza hasta que logró regalar una mueca de complicidad a su fiel compañera. Entonces comprendí que se querían como el primer día en que se habían conocido, quizás hacía muchos años ya y habían recorrido un largo camino juntos repleto de subidas y bajadas, o, tal vez, hacía menos de una década en una excursión del Inserso, pero qué importaba eso si ahora se tenían el uno al otro.
Y, sin dejar de mirarlos, me puse a pensar en lo difícil que es encontrar un compañero de viaje; en que nos pasamos la vida mostrando una careta sólida para protegernos, pero en el fondo lo que buscamos es esa persona que nos quiera, que nos escuche y, sobre todo, que nos comprenda.
Así decidí que si un día escribía algo, te lo dedicaría, porque eres paciente conmigo; porque valoras lo que yo valoro; porque despertarme junto a ti es lo más bonito del mundo; porque me alimentas con tu sonrisa; porque, pase lo que pase, quiero recorrer este camino a tu lado; y porque te quiero. Muchas gracias, linda.

4 Fin

Escrito por Antón Bruquetas
30 de julio de 2007 a las 23:00h

Si hay algún sector dentro del mundo del surf que resalta en estos momentos por las evoluciones constantes que realiza es, sin duda, el de las empresas dedicadas a diseñar y fabricar quillas. Con la producción de tablas prácticamente parada en cuanto a novedades (llegó el epoxy y parece que aún no se ha consolidado), hemos asistido a cómo las quillas pasaban de simples modelos de plástico a aletas de tiburón construidas en fibra de carbono. Las compañías que se dedican al desarrollo de las quillas han ganado peso y ahora emplean técnicas propias de la industria aeroespacial. Pero, por lo que afirman los responsables de estas marcas, aún queda un margen considerable para la mejora. Así que parece que seguirán sorprendiéndonos.
Las quillas representan una variable más con la que se debe contar a la hora de elegir el material. Pueden hacer que una tabla funcione en determinadas condiciones o simplemente estropearnos un baño y no ser conscientes de ello. La norma básica, como ocurre con las tablas, es que tenemos que adecuar las quillas a nuestro peso y al estilo de surf que desplegamos. Un modelo caro que esté avalado por el prestigio de un profesional no siempre se revela como la mejor elección.
Pero lo que está en boca de todos es la revolución de las cuatro quillas. Ya se venía anunciando desde hace bastantes meses y ahora aterriza en las tiendas y pronto se verá en los picos. Yo aún no las he probado, así que no puedo hablar en primera persona sobre cómo se comporta una tabla con una quilla más de lo que venía siendo habitual. Sin embargo la semana pasada charlé con Paul Canning (pro retirado y que ahora trabaja para una conocida marca de tablas sudafricanas) sobre este tema y me comentó que las 4fin son más rápidas en el surf horizontal y que, al tener la quilla del medio desplaza hacia los laterales, derrapan más. Son ideales para días con viento girado y poco mar. Por el contrario, pierden competitividad en el desarrollo de maniobras verticales.
Espero probar una pronto y transmitirles mis impresiones. Si lo hacen antes que yo, por favor, cuéntenme cómo les ha ido.