El ligero silbido de los gorriones despertó a François. Abrió la puerta de la caravana y comprobó que el sol todavÃa no habÃa superado la montaña que quedaba a su espalda. Pero el cielo ya proyectaba sobre el mar un color azul celeste que poco tenÃa que ver con la profunda oscuridad que habÃa dejado la tormenta de agua y viento que les habÃa sobrevenido la noche anterior mientras trataban de buscar un lugar donde dormir. François habÃa seguido las indicaciones que le proporcionaba Lucie desde el asiento del acompañante. Ella se guiaba mitad por el mapa que acunaba en el regazo y mitad por la intuición. Sin embargo, la espesa lluvia, proyectada con saña desde el fondo del Atlántico, habÃa logrado que se perdiesen. Vagaban como la tripulación de un viejo buque entre la densa niebla. Finalmente, alcanzaron un pequeño camino de tierra en el que se adivinaba la costa y decidieron que ya era suficiente para aquella jornada. Estacionaron en una explanada prácticamente anegada. Ni tan siquiera se bajaron a calzar las ruedas. Se tumbaron en la cama y apagaron la luz.
Empezó a caminar hasta que remontó una leve colina y entonces, a su izquierda, al pie de la ladera del monte, vio una playa salvaje. Solo habÃa un sendero para llegar hasta la arena y, por momentos, recorrÃa zonas especialmente escarpadas. De hecho, aparentemente, el acceso más sencillo era lanzándose al mar desde la punta rocosa que ahora tenÃa justo enfrente. Contempló el paisaje que se acababa de desplegar ante sus ojos y, conforme transcurrÃan los segundos, se dio cuenta de la perfección con la que, en aquel lugar, el verde y amarillo que tupÃan el terreno abrazaban el azul oscuro del océano y el brillo claro del amanecer.
-IncreÃble- susurró. Hablar en voz baja fue un acto reflejo. TemÃa romper la armonÃa que vestÃa aquella atmósfera. QuerÃa que nada cambiase. Por lo menos hasta que lo viese Lucie.
Inició el camino de regreso a la caravana. Anduvo despacio hasta que la colina volvió a esconder la playa. En ese preciso instante, echó a correr. Cuando llegó a la caravana despertó a Lucie con un beso.
-Hemos encontrado algo maravilloso- le dijo mientras ella se desperezaba.
Se vistió y fueron a ver la playa. Durante el trayecto comentaron lo poco que se parecÃa aquel sitio a la explanada lúgubre en la que habÃan aparcado la noche anterior. Y, de pronto, sin darse cuenta, remontaron la colina. Y los dos se quedaron en silencio. Ahora el paraje lucÃa incluso con mayor esplendor. Estaba adornado por una derecha amable que rompÃa desde la punta rocosa hasta el principio de la arena.
-Es precioso- exclamó Lucie. –El lugar perfecto para congelar el tiempo- agregó.
Después de desayunar cogieron las cosas y edificaron un modesto campamento en la punta rocosa desde donde rompÃa aquella derecha amable. François dio parafina a la tabla y Lucie se estiró en la toalla y comenzó a leer una revista. Después de cuarenta minutos de un baño solitario, François trepó por las rocas y se encontró de nuevo con Lucie que no podÃa parar de sonreÃr.
-Estamos en la gloria- dijo ella. Él se acercó apresuradamente para responderle con un beso tierno y apasionado. Entonces los dos sintieron que habÃan escalado hasta la cima del cielo.