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Entradas para la categoría ‘Literatura’

La decepción

Martes, mayo 3rd, 2011

Abren la puerta del bar. Es Nicola. Paul lo ve entrar con la cabeza baja y, antes de que se la pida, ya le prepara una Budweiser. Sabe que hoy carga sobre sus espaldas una montaña de decepción. De esa terrible decepción que sacude a los jóvenes en el momento en que se dan cuenta de que, en contra de lo que pensaban cuando por su cabeza rondaban grandes ideas, no se van a comer el mundo, sino que es el mundo el que se los está comiendo a bocados. Un veterano camarero de Nueva York como Paul ha observado esa dolencia cientos de veces y la detecta como un dentista diagnostica una caries.

-¡Qué pasa, Nicola?-, exclama Paul en inglés, pero imitando el acento italiano que el chico aún conserva. Tan solo lleva tres años en Manhattan.

-¡Un mal día, eh! No te preocupes que aquí tienes una cerveza bien fresca esperándote. A esta, invita la casa-, dice el camarero tratando de animar al muchacho.

-Ha sido horrible. Por fin consigo exponer mis fotos en un sitio decente y no logro vender ni la primera. Son una basura. Tan malas como mis cuadros.

-No creo que te sirva de consuelo, pero yo te admiro.

-¿A mí? Pues ya me dirás por qué.

-En la vida hay dos clases de hombres. Los que, lo hagan mejor o peor, dedican toda su energía a crear y los que nos dedicamos a usar y comentar lo que otros crean. Yo solo admiro a los primeros.

De cristal

Domingo, mayo 1st, 2011

Sube las escaleras de la piscina contoneándose. Posa como si estuviese desfilando en Milán. Se siente observada y eso le gusta. A pesar de los años y el tren de vida con el que lo ha castigado, su cuerpo todavía conserva una silueta de vértigo. Quizás con curvas menos afiladas que en el pasado, pienso mientras vigilo sus movimientos.

«Con la caña que les he dado y todavía lucen. Ayer cerré todos los garitos de la ciudad», sonríe cuando baja la vista hacia sus piernas, delgadas y estilizadas como las líneas de un Kandinsky. El agua se le escurre por el bañador. De repente, fija la mirada en mis gafas de sol, guiña un ojo y lanza un beso en la distancia. Me quedo clavado. Sin aliento para reaccionar. Le encanta. Todavía provoca. Mantiene la vista quieta durante unos segundos y luego se cansa de jugar.

Me reclino en la tumbona y ella continua hablando. De todo un poco y de nada. Conversaciones insustanciales. Y, de pronto, me doy cuenta de que ya la conocía, de que habíamos coincidido en otros lugares. Y en muchas ocasiones, no era ella, sino él. La había visto en aquel pescador de Malpica que bebía ron a borbotones, en la huidiza Holly Golightly de Desayuno en Tiffany’s o en el viejo rockero que caminaba solo por las calles de Vallecas.

Tal vez me equivoque, pero debajo de esa mirada fría y calculadora creo que se esconde la niña a la que un día le quebraron su corazón de cristal, a la que un día le rompieron para siempre su alma, sensible como la porcelana. Y que se conjuró para no querer más. Y que se hartó de decir adiós de verdad. Por eso hoy está con nosotros y mañana saldrá con otros; por eso hoy vive en Londres y mañana buscará otro rincón del mundo para seguir escapando; y por eso, jamás habla en serio. Ahora lo veo en ella, pero, en realidad, todos son la misma persona.

La cima del cielo

Martes, abril 26th, 2011

El ligero silbido de los gorriones despertó a François. Abrió la puerta de la caravana y comprobó que el sol todavía no había superado la montaña que quedaba a su espalda. Pero el cielo ya proyectaba sobre el mar un color azul celeste que poco tenía que ver con la profunda oscuridad que había dejado la tormenta de agua y viento que les había sobrevenido la noche anterior mientras trataban de buscar un lugar donde dormir. François había seguido las indicaciones que le proporcionaba Lucie desde el asiento del acompañante. Ella se guiaba mitad por el mapa que acunaba en el regazo y mitad por la intuición. Sin embargo, la espesa lluvia, proyectada con saña desde el fondo del Atlántico, había logrado que se perdiesen. Vagaban como la tripulación de un viejo buque entre la densa niebla. Finalmente, alcanzaron un pequeño camino de tierra en el que se adivinaba la costa y decidieron que ya era suficiente para aquella jornada. Estacionaron en una explanada prácticamente anegada. Ni tan siquiera se bajaron a calzar las ruedas. Se tumbaron en la cama y apagaron la luz.

Empezó a caminar hasta que remontó una leve colina y entonces, a su izquierda, al pie de la ladera del monte, vio una playa salvaje. Solo había un sendero para llegar hasta la arena y, por momentos, recorría zonas especialmente escarpadas. De hecho, aparentemente, el acceso más sencillo era lanzándose al mar desde la punta rocosa que ahora tenía justo enfrente. Contempló el paisaje que se acababa de desplegar ante sus ojos y, conforme transcurrían los segundos, se dio cuenta de la perfección con la que, en aquel lugar, el verde y amarillo que tupían el terreno abrazaban el azul oscuro del océano y el brillo claro del amanecer.

-Increíble- susurró. Hablar en voz baja fue un acto reflejo. Temía romper la armonía que vestía aquella atmósfera. Quería que nada cambiase. Por lo menos hasta que lo viese Lucie.

Inició el camino de regreso a la caravana. Anduvo despacio hasta que la colina volvió a esconder la playa. En ese preciso instante, echó a correr. Cuando llegó a la caravana despertó a Lucie con un beso.

-Hemos encontrado algo maravilloso- le dijo mientras ella se desperezaba.

Se vistió y fueron a ver la playa. Durante el trayecto comentaron lo poco que se parecía aquel sitio a la explanada lúgubre en la que habían aparcado la noche anterior. Y, de pronto, sin darse cuenta, remontaron la colina. Y los dos se quedaron en silencio. Ahora el paraje lucía incluso con mayor esplendor. Estaba adornado por una derecha amable que rompía desde la punta rocosa hasta el principio de la arena.

-Es precioso- exclamó Lucie. –El lugar perfecto para congelar el tiempo- agregó.

Después de desayunar cogieron las cosas y edificaron un modesto campamento en la punta rocosa desde donde rompía aquella derecha amable. François dio parafina a la tabla y Lucie se estiró en la toalla y comenzó a leer una revista. Después de cuarenta minutos de un baño solitario, François trepó por las rocas y se encontró de nuevo con Lucie que no podía parar de sonreír.

-Estamos en la gloria- dijo ella. Él se acercó apresuradamente para responderle con un beso tierno y apasionado. Entonces los dos sintieron que habían escalado hasta la cima del cielo.

La prensa

Sábado, abril 16th, 2011

“Una muchacha había muerto apuñalada a la vuelta del Wonder Bar. Un hombre había perdido una fortuna una noche en el Tropicana, trepó al escenario, abrazó a la cantante de color, luego se arrojó al puerto con su coche y se ahogó. Otro se estranguló a duras penas con un cinturón. También había milagros: una Virgen lloraba lágrimas de sal y ante la Virgen de Guadalupe ardió inexplicablemente el mismo cirio durante una semana, de viernes a viernes. De este cuadro de violencia, pasión y amor solo estaban excluidas las víctimas del capitán Segura: esas sufrían y morían sin el beneficio de la prensa”.

Graham Greene,
Nuestro hombre en La Habana.

Surf City

Martes, abril 12th, 2011


Foto: Richard Campbell

El reflejo del cielo encapotado quedó impreso sobre la fina capa de agua salada encerrada entre los surcos que la marea había dibujado minutos antes en la arena. James apareció en la playa con los zapatos en la mano. Los dejó caer y se puso de cuclillas para observar el dique cuyos pilares agitaba el Pacífico.

-¿Dónde estamos?- gritó Rachel desde el coche, un Ford Mustang del 67 al que el paso del tiempo le había desteñido su brillante color sangre. Ella había dormido durante la mayor parte del trayecto que los había llevado desde Arkansas hasta la West Coast. Veinticuatro horas de viaje para recorrer más de 1.960 millas.

-En Huntington, California- respondió James.

-También es conocida como Surf City- agregó apresuradamente.

-¿Y dónde están los surfistas?- preguntó Rachel.

-Cariño, ya es tarde. Está a punto de anochecer. Un amigo me contó que los surfistas se acuestan pronto para lanzarse al mar cuando sale el sol.

«Escribir es como surfear»

Lunes, marzo 28th, 2011

Un amigo me mandó un correo esta mañana en el que me decía que le echase un vistazo al último artículo de Enrique Vila-Matas. En el mensaje no incluía nada más, pero ahora sé que en el enorme espacio en blanco donde flotaban aquellas pocas palabras en realidad había escrito: «Esto te va a gustar de verdad».

Y no se equivocaba, mi amigo, con aquella frase que jamás llegó a escribir. La pieza de Vila-Matas aproxima como yo no había sido capaz de imaginar dos mundos tan trascendentes para mí: el de la literatura y el del surf. «Escribir es como surfear», llega a decir el autor catalán. Para ello, se apoya en una cita de Alan Pauls, quien usó este símil para referirse al instante en el que el escritor está a punto de concluir su novela.

Quienes compartimos estas dos pasiones, la de escribir (aunque todavía conservo la vergüenza necesaria como para que quede en un acto íntimo) y la de surfear, sabemos, tal y como refleja en su artículo el creador de Dublinesca, la sensación tan deslumbrante que se alcanza cuando estás a punto de concluir un relato, cuando ya no tienes que esforzarte más para crear, cuando ya es el propio relato el que te empuja a ti y lo hace, exactamente, como lo haría una ola en el mar.