Los ladrones de sonrisas
Las sociedades solo se convulsionan a golpe de catástrofe. Ocurrió con el desastre de Fukushima, los atentados del 11-M, el 11 de septiembre, el tsunami del sudeste asiático… Pero pocas veces se escandalizan cuando la sangrÃa de vidas es lenta; cuando las tragedias se resuelven en la intimidad; cuando los ladrones de sonrisas esperan sobre el asfalto, se visten con pinzas de cangrejo o bailan alrededor de la última miga de pan.
Javi, quien se marchó la semana pasada cuando todavÃa contaba poco más de treinta años, es uno de estos casos. Fuimos compañeros en la universidad y quizás yo le guardaba más afecto del que él me tenÃa a mÃ. Pero eso es lo de menos, porque de lo único que estoy seguro es de que el mundo no se podÃa permitir perder a una persona de su categorÃa. Alguien especial, con un talento natural para hacer reÃr, para transmitir felicidad… Hoy lo recuerdo igual que el dÃa en que lo conocÃ, que cuando jugábamos al baloncesto, que cuando comentábamos una de las genialidades de su admirado Andrés Montes,… siempre con esa cara que decÃa que la vida podÃa ser maravillosa. Luego nuestros caminos se separaron, él se refugió en su cÃrculo más cercano para combatir la enfermedad y nos perdimos la pista. El jueves dos llamadas me confirmaron que habÃa muerto.
Y ahora me pregunto si se hace algo para vendar estas heridas, si se hace algo para frenar una hemorragia que encharca, pero que en realidad permanece invisible… Y encuentro que no dispongo del valor suficiente para ahondar en esta cuestión… Como aseguró un dÃa Edward Whymper, “hay alegrÃas demasiado grandes para ser descritas con palabras y hay dolores sobre los que no me atrevo a extenderme”.
@antonbruquetas