Anthony Ruffo, el ángel caÃdo
Cuando todavÃa era un adolescente descubrió el surf en Santa Cruz (California), el lugar donde nació. Rápidamente se enamoró del dulzor que la adrenalina libera por el cuerpo cuando la tabla se desliza sobre la pared de una ola. Y entonces, como años más tarde explicarÃa en una entrevista en el New York Times, Anthony Ruffo encontró un camino para vivir.
Arrancaba la década de los 80 y su estilo agresivo y desafiante, con un recorte abrasivo, cautivó a la industria. A los 21 años ganó su primera gran competición, lo que le permitió lograr varios contratos de patrocinio con marcas importantes. Empezaba a encarrilar su carrera, acababa de ingresar en el circuito mundial. Pero aquella victoria, tal vez, fue el primer paso hacia su caÃda.
«El consumo de drogas era habitual en los campeonatos», explicaba Ruffo a finales del año pasado. «Ir a Brasil y comprar nueve gramos de cocaÃna era parte del circo… Estaban las fiestas, las chicas…», añadÃa. A todo trapo, de la misma manera que se construyó un nombre dentro del agua, Ruffo edificó su reputación en la noche.
Durante años estuvo entregado a una vida sin freno. Iluminada por los estupefacientes y el abundante dinero que su talento le reportaba sin apenas esfuerzo. Sin embargo, poco a poco, Anthony Ruffo se fue haciendo mayor. Y si hay algo que las marcas no perdonan es que alguien pierda su juventud, que quede descatalogado. La cuenta corriente comenzó a desplomarse. TenÃa 35 años.
Cuando ya intuÃa el abismo, un amigo le ofreció metaanfetamina. Nunca hasta entonces la habÃa probado. Sintió un alivio instantáneo a sus problemas, similar al que experimentaba cuando giraba sobre el PacÃfico. Asà inició el sprint que lo llevarÃa a prisión.
Adicto a esta nueva droga, era incapaz de financiar las cantidades que consumÃa. Empezó a vender en su ciudad para una banda latina, Los Norteños. En el 2005 lo detuvieron por primera vez. Tuvo que pagar una multa y seguir un programa de rehabilitación que, por supuesto, nunca cumplió.
En el 2010, la policÃa irrumpió en su vivienda de Santa Cruz y encontró 28 gramos de metaanfetamina pura. Ruffo alegó que no eran suyos, pero no le creyeron. A la espera de juicio, contactó con una asociación de Nueva York que se dedica a la desintoxicación y después de una corta estancia en aquel centro, volvió limpio. «Me sentà otra vez con la mente clara. Una sensación que habÃa olvidado», dijo.
A lo largo del siguiente año, abrió una pequeña sucursal de la asociación en su propia casa, donde organizaba charlas para ayudar a los adictos a la metaanfetamina a dejar la sustancia. Para muchos, era solo un lavado de cara ante la posible condena a la que se enfrentaba; otros, por el contrario, querÃan creer que habÃa cambiado.
Infatigable, Ruffo trató de persuadir a los escépticos, no se cansó de anunciar que, como en el pasado le habÃa ocurrido con el surf, ahora habÃa encontrado un rumbo hacia el que caminar el resto de sus dÃas. Sin embargo, sus recientes obras en favor de la comunidad no convencieron al juez Paul Marigonda. La semana pasada dictó para él cinco años de cárcel, de los que probablemente solo cumpla uno. Quien un dÃa fue un leyenda en el océano recibió el veredicto con el rostro desencajado y 48 años sobre la espalda. En aquel momento, el nuevo ángel supo que su travesÃa habÃa terminado entre rejas.
@antonbruquetas

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