El camarote de las ideas perdidas
No me apasiona la Navidad. Y no se crean que es por esa molesta moda de oponerse a cualquier celebración establecida, ese movimiento moderno de atacar el calendario sin motivo aparente. No me gusta la Navidad por algo más natural, por lo que, intuyo, a muchos de quienes están leyendo estas lÃneas tampoco les hace demasiada gracia alcanzar esta hoja del almanaque.Â
Son dÃas que invitan a ejercitar la memoria, a echar la vista atrás, y en esa clase de ejercicios, conforme van pasando los años, casi nunca me salen las cuentas. Sillas en las que ya no se sienta nadie, ladridos de los que solo queda el eco, esos mensajes que ella ya no manda… También es cierto que hay sonrisas nuevas en la mesa y que los mensajes que mandaba ella ahora los envÃas tú. Y reconforta. Y alegra ver cara a cara a un ser querido con el que solo puedes conversar por teléfono el resto del año. Claro que sÃ.
Pero, qué quieren que les diga, me sigue lastimando contemplar cómo el oleaje, cuando barre la cubierta de este barco, se lleva por delante a alguno de mis marineros e incluso me duele más cuando son ellos quienes saltan por la borda para sortear el temporal con otro rumbo. Solo espero que el dÃa en que esta nave, con velas zurcidas y cuadernas remendadas, zozobre, nos encontremos todos en una isla desierta, el lugar donde cualquier náufrago debe terminar su historia.
Mientras tanto lo que me apetecerÃa es calarme un gorro de lana hasta las orejas y hacer sonar sin parar una armónica por algún rincón perdido de Manhattan durante las gélidas noches de invierno. Pero no sé tocar la armónica y tampoco vivo en Nueva York. Asà que, pensándolo mejor, quizás serÃa más agradable una Navidad en Nueva Zelanda. Hace poco conocà a una chica de allà y me contó que lo que más le gusta de estas fechas en su paÃs es que empieza el calor y que mata los dÃas haciendo barbacoas en la playa con sus amigos.Â
Y ahora me entran ganas de abrir una cerveza bien frÃa en un templado atardecer. Tirado en la arena, con una suave brisa de tierra acariciándome la cara, mientras el sol se refugia en el horizonte. Creo que empiezo a recordar el motivo de que este camarote de las ideas perdidas se llame El verano interminable…Â
Ahhh, casi se me olvida, feliz Navidad a todos.
@antonbruquetas
Deja tu comentario