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El camarote de las ideas perdidas

Escrito por Antón Bruquetas
25 de Diciembre de 2011 a las 14:23h

No me apasiona la Navidad. Y no se crean que es por esa molesta moda de oponerse a cualquier celebración establecida, ese movimiento moderno de atacar el calendario sin motivo aparente. No me gusta la Navidad por algo más natural, por lo que, intuyo, a muchos de quienes están leyendo estas líneas tampoco les hace demasiada gracia alcanzar esta hoja del almanaque. 

Son días que invitan a ejercitar la memoria, a echar la vista atrás, y en esa clase de ejercicios, conforme van pasando los años, casi nunca me salen las cuentas. Sillas en las que ya no se sienta nadie, ladridos de los que solo queda el eco, esos mensajes que ella ya no manda… También es cierto que hay sonrisas nuevas en la mesa y que los mensajes que mandaba ella ahora los envías tú. Y reconforta. Y alegra ver cara a cara a un ser querido con el que solo puedes conversar por teléfono el resto del año. Claro que sí.

Pero, qué quieren que les diga, me sigue lastimando contemplar cómo el oleaje, cuando barre la cubierta de este barco, se lleva por delante a alguno de mis marineros e incluso me duele más cuando son ellos quienes saltan por la borda para sortear el temporal con otro rumbo. Solo espero que el día en que esta nave, con velas zurcidas y cuadernas remendadas, zozobre, nos encontremos todos en una isla desierta, el lugar donde cualquier náufrago debe terminar su historia.

Mientras tanto lo que me apetecería es calarme un gorro de lana hasta las orejas y hacer sonar sin parar una armónica por algún rincón perdido de Manhattan durante las gélidas noches de invierno. Pero no sé tocar la armónica y tampoco vivo en Nueva York. Así que, pensándolo mejor, quizás sería más agradable una Navidad en Nueva Zelanda. Hace poco conocí a una chica de allí y me contó que lo que más le gusta de estas fechas en su país es que empieza el calor y que mata los días haciendo barbacoas en la playa con sus amigos. 

Y ahora me entran ganas de abrir una cerveza bien fría en un templado atardecer. Tirado en la arena, con una suave brisa de tierra acariciándome la cara, mientras el sol se refugia en el horizonte. Creo que empiezo a recordar el motivo de que este camarote de las ideas perdidas se llame El verano interminable… 

Ahhh, casi se me olvida, feliz Navidad a todos.

@antonbruquetas

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